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LA FE 



NOVELAS DEL MISMO AUTOR 



PESETAS 

El Señorito Octavio (4. a edición), un tomo 3 

Marta y María (ilustrada por Pellicer), un tomo . 

(Agotada) 3 

El Idilio de un enfermo, un tomo. (Agotada) . 4 

Aguas fuertes (novelas y cuadros), un tomo 

José, un tomo 

Kiverita, dos tomos 

Maximina (segunda parte de Riverita). 

El Cuarto poder, dos tomos 

La Hermana San Sulpicio, de 6 
La Espuma (ilustrada por Alcázc ios 
tomos .... 8 



Los pedidos á D. VICTORIANO SUAREZ, Preciados, 18. 




LA FE 



NOVELA 

POR 

DON ARMANDO PALACIO VALDÉS 




MADRID 

TIPOGRAFÍA DE MANUEL GINÉS HERNANDEZ 

IMPRESOR DE LA REAL CASA 

Libertad, 16 duplicado 
1892 



ES PROPIEDAD 



I 



fo cabía en la iglesia una persona más. 
Hablando con verdad, tampoco cabían 
las que estaban dentro si ocupase cada 
cual el espacio que por derecho natural, el que 
la naturaleza enseñó á todos los animales, le co- 
rrespondía. Pero en aquel momento no sólo se 
infringía este derecho, pero se violaba descara- 
damente también la ley de impenetrabilidad de 
los cuerpos. D. Peregrín Casanova, persona que 
hacía viso en la villa, y que hasta entonces había 
guardado rigurosamente la ley en todas las so- 
lemnidades, lo mismo profanas que religiosas, 
tenía ahora metidas en los ríñones las rodillas 
de otro bípedo racional de seis pies de alto, lo 
cual le producía algunos movimientos convulsi- 



2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vos en el epigastrio y un vivo desasosiego acom- 
pañado de sudor copioso. D. a Teodora, señorita 
de cincuenta años, castísima, limpísima, pul- 
quérrima, que había huido toda su vida cual- 
quier contacto, fuere cual fuere, se vió obligada 
á sentarse sobre los pies del jorobado Osuna, 
sujeto de malísimos antecedentes, que no se es- 
taba quieto un momento. D. Gaspar de Silva, 
poeta famoso en la villa, tanto por sus versos 
como por sus callos, sufrió la operación cesárea 
de uno de éstos que le hizo con gran destreza el 
chico mayor de D. a Trinidad. De igual modo 
otra porción de vecinos respetables experimen- 
taron molestias sin cuento en aquella mañana 
memorable en que por vez primera cantaba misa 
un joven de la villa. 

Como siempre pasa, había bulaspara difuntos. 
En sitio privilegiado, entre la verja de madera y 
el altar, no sólo estaban la madrina y las seño- 
ras que habían pagado la carrera al preste, 
sino otras á quienes no asistía derecho alguno; 
y lo que es aún más digno de censura, unos 
cuantos hombres. El nuevo presbítero era casi 
un niño por la apariencia: los ojos azules, pro- 
fundos y tristes, la tez blanca y nacarada como la 
de una dama, los cabellos rubios, el cuerpo del- 
gado y esbelto. La emoción le tenía ahora muy 
pálido: esto hacía aún más interesante su fiso- 
nomía espiritual. Asistíanle como diácono y sub- 



LA FE 



3 



diácono el párroco de Peñascosa y D. Narciso, 
un capellán suelto procedente de Sarrio, esta- 
blecido hacía algunos años en la villa. 

En la iglesia sonaba murmullo sordo origi- 
nado por el cuchicheo de las comadres, que se 
disputaban el sitio ó se comunicaban sus impre- 
siones, por las exclamaciones y suspiros de males- 
tar de los hombres. El calor se iba haciendo por 
momentos intolerable. D. Peregrín dejaba esca- 
par por sus narices de trompeta unos bufidos se- 
mejantes á los de las locomotoras, y se alzaba 
sobre las puntas de los pies, sin lograr enterarse 
de nada. ¡Si al menos tuviera la estatura de su 
hermano Juan! Pero éste, que muy bien pudiera 
haberse quedado atrás, estaba perfectamente aco- 
modado en el presbiterio entre los curas, el al- 
calde y varios concejales, lo cual levantaba en 
su corazón una ola de envidia que le sofocaba 
aún más que las rodillas del jayán que tenía de- 
trás. Tal era su destino. Aunque se considerase 
mucho más inteligente que su hermano, y sirvie- 
ra largos años á la Administración pública en 
varias provincias de España, y hubiese leído la 
Historia universal de César Cantú y la de Es- 
paña de Lafuente, sin faltar un tomo, y poseye- 
se los mismos bienes de fortuna, con más la 
jubilación de 2.500 pesetas anuales, lo cierto 
es que D. Juan, sin haber salido jamás de Pe- 
ñascosa ni haber leído en su vida más que el pe- 



4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



riódico á que estaba suscrito, gozaba de mucho 
mayor prestigio en la villa. Esto, en concepto 
de D. Peregrín, no procedía más que de la esta- 
tura. En efecto, D. Juan Casanova era hombre 
alto y seco, de rostro aguileño, ojos grandes de 
párpados caídos y mirar imponente, calva vene- 
rable, cortas patillas blancas y marcha acompa- 
sada y majestuosa. Estas dotes extraordinarias, 
unidas á un hablar mesurado y prudente, le ha- 
bían captado el respeto y hasta la veneración de 
sus convecinos. Así que fué grande el estupor de 
éstos cuando á la llegada de D. Peregrín de An- 
dalucía, donde había estado empleado última- 
mente, le oyeron llamar ignorante y majadero á 
su hermano en una discusión que con él tuvo en 
el casino á propósito de la renta de tabacos. 
Vivían juntos, ambos solteros y entregados al 
cuidado despótico de D. a Mariquita, ama de lla- 
ves y dueño absoluto de sus vidas y haciendas. 

D. Juan, á fuerza de pasear su mirada severa 
y majestuosa por el mar de cabezas que se ex- 
tendía desde la valla hasta la puerta del templo, 
tropezó con la calva reluciente del pigmeo de su 
hermano. Viendo la congoja pintada en su sem- 
blante, se apresuró noblemente á hacerle señas 
para que avanzase, ofreciéndole sitio en el banco 
que ocupaba. Pero D. Peregrín, por ventura no- 
tando la imposibilidad de dar un paso, ó sofoca- 
do por la cólera, que se le había ido aumentando 



LA FE 



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poco á poco, respondió con una mueca de ira y 
desdén que sobrecogió á su infeliz hermano y le 
quitó por completo las ganas de insistir. 

— ¿Qué es eso? — preguntó D. Martín de las 
Casas, que estaba sentado á su lado. — ¿No quie- 
re venir D. Peregrín? 

— Es que lo ve imposible. ¿Quién rompe esa 
muralla de carne? 

— Pues cualquiera. Verá usted cómo voy allá 
y lo traigo en seguida — replicó D. Martín, hom- 
bre de carácter enérgico y expeditivo, disponién- 
dose á levantarse. 

D. Juan le retuvo por la manga de la levita. 

— No; déjelo usted... Acaso no quiera venir... 
Ya conoce usted su carácter. 

— ¡Pues hombre, no es plato de gusto estarse 
ahí sudando café con leche! — repuso con as- 
pereza, alzando al mismo tiempo los hombros. 

La iglesia es de las más espaciosas que pueden 
verse en una villa. Verdad que Peñascosa, con 
tener de siete á ocho mil almas, no cuenta con 
más templo que éste. Quizá por ser demasiado 
espaciosa, el sacristán y sus ayudantes no quie- 
ren encargarse de limpiarla á menudo. Su aspec- 
to es lóbrego y sucio. De las paredes, que no se 
enjalbegaron hace ya muchos años, penden ca- 
denas, cuadros sombríos y borrosos, una muche- 
dumbre de piernas, brazos, cabezas de cera ama- 
rilla y otra mayor aún de barquitos y lanchas 



6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que la fe de los marineros ó de sus familias han 
llevado allí en recuerdo de algún peligro mila- 
grosamente evitado. Mas para la función que se 
celebraba habíanla adornado cuanto les fué po- 
sible. Guirnaldas de flores circundaban los alta- 
res principales cubiertos de paños blancos plan- 
chados de fresco. Se habían colgado algunos cor- 
tinones en los lienzos de pared cercanos al altar 
mayor y tapizado una parte del suelo con la al- 
fombra, sucia ya y desgarrada por varios sitios, 
que salía á relucir hacía cuarenta años, en los 
días solemnes. D. a Eloísa, la madrina del nuevo 
presbítero, y las damas que la habían secundado 
en la noble empresa de darle carrera, habían 
añadido algunos pormenores delicados al adorno 
tosco y rutinario del sacristán. Grandes macetas 
de flores colocadas en artísticos floreros sacados 
de las mejores casas de la villa, algunas cortinas 
de damasco formando pabellón sobre los alta- 
res, candelabros, arañas. Donde, como es natu- 
ral, había recaído particularmente su atención y 
esmero era en el arreo del joven sacerdote. Alba 
finísima de batista bordada con primor, estola, 
casulla del más rico tisú de oro que pudo hallar- 
se en la capital, cáliz, de oro también, con al- 
gunas piedras preciosas. Las bondadosas seño- 
ras no habían escatimado el dinero para dar re- 
mate ó coronar la obra de caridad que hacía al- 
gunos años acometieran. 



LA FE 



7 



Todo el mundo lo recordaba en la villa; unos 
por haberlo presenciado, otros por haberlo oído 
contar frecuentemente. Hacía poco más de vein- 
te años había en Peñascosa un pescador de altura 
llamado Mariano Lastra, á quien todos sus com- 
pañeros apreciaban por sus sentimientos honra- 
dos y carácter apacible. Este pescador pereció 
con otros ocho tripulantes de la lancha en que 
iba, á consecuencia de una galerna de poca im- 
portancia. Sólo aquella embarcación había zozo- 
brado. Mariano se había casado hacía dos años y 
dejaba un niño de pocos meses. La viuda era una 
joven buenayhonrada, perode escasa disposición 
para el trabajo, y que sobre esto gozaba de poca 
salud. Vióse gravemente apurada parapoder sub- 
sistir. El niño le estorbaba mucho en cualquier 
trabajo. Dedicóse á asistir por las casas desem- 
peñando los oficios más bajos y penosos, traer 
agua ó fregar suelos, llevar recados; lo único 
que era capaz de hacer, pues no tenía oficio al- 
guno. Pero llegó un momento al parecer en que 
las fuerzas la abandonaron; su salud, cada día 
más vacilante, la iba dejando inútil para el tra- 
bajo. Fué despedida de algunas casas. Otras por 
caridad la siguieron empleando, aunque con me- 
nos frecuencia. Comenzó á pasar hambre y su 
hijo también. 

Un día fué despedida también de la única casa 
en que ya asistía. 



• 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Basilisa — le dijo la señora — Usted no puede 
ya traer agua y fregar suelos. Se está usted ma- 
tando y no consigue cumplir como es debido. 
Necesito buscar otra asistenta... Bien quisie- 
ra seguir manteniéndola... pero no soy rica, 
como usted sabe... tenemos muchos gastos... 

— Sí señora, sí, ya lo comprendo — respondió 
la infeliz con sonrisa humilde y forzada. — De- 
masiado ha hecho por mí. 

Salió de aquella casa, su último refugio, con 
el corazón apretado y las piernas vacilantes. 
Llegó á la zahúrda que habitaba en los arraba- 
les. Su hijo dormía en la cuna el sueño dulce y 
sereno de los ángeles. La infeliz cayó de rodi- 
llas y sollozó largo rato. Levantó la cabeza al 
fin, y dijo sordamente contemplando al niño: 

— ¡No, no irás al hospicio! 

Varias comadres, y hasta alguna señora tam- 
bién, se lo habían aconsejado. Pero la idea de 
abandonar al hijo de sus entrañas en manos de 
mujeres sórdidas y empleados brutales la había 
horrorizado siempre. Luchó bravamente cuanto 
pudo, privándose ella bastantes veces del nece- 
sario sustento para alimentar al niño, que ya con- 
taba cerca de tres años. Había llegado, sin em- 
bargo, el fin del combate y resultaba vencida. 
Le quedaba el recurso de pedir limosna, pero 
además del espanto que le causaba, compren- 
día muy bien que sus días estaban contados. Y 



LA FE 



9 



muñéndose ella, ¿qué iba á ser de aquella cria- 
tura? 

Meditó un buen espacio con los ojos secos y 
clavados en el niño, repitiendo de vez en cuando 
la misma frase: 

— ¡No, no irás al hospicio! 

De pronto se alzó animada por una voluntad 
fatal, besó á su hijo apasionadamente hasta que 
logró despertarlo, envolviólo en una manta y co- 
giéndolo en brazos salió de la casa. 

Era la hora del oscurecer. Desde lo alto de la 
Gusanera, donde Basilisa vivía, veíanse llegar al 
muelle ya las lanchas pescadoras. Una mu- 
chedumbre las aguardaba. Por la plaza, y por 
la calle larga que va desde ésta á la iglesia á 
orillas del mar, discurría también bastante gen- 
te. Basilisa tomó por la carretera de Rodillero, 
que ciñe la orilla opuesta de la pequeña enseña- 
damente por frente de Peñascosa, y marchó apre- 
suradamente, casi á la carrera. 

— ¿Por qué corres, mamá? ¿Dónde vamos? — 
preguntó el niño acariciándole con sus maneci- 
tas la cara. 

— Vamos al cielo, vida mía — respondió la des- 
dichada con los ojos nublados por las lágrimas. 
— ¿Vamos con papá? 

No pudo responder; se le hizo un nudo en la 
garganta. 

— ¿Vamos con papá? — insistió el chiquito. 



IO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Detúvose un instante para tomar aliento. 
— Sí, vamos á verle, rico mío — dijo al cabo. 
- — ¿No quieres ir al cielo con él? 
— No; yo contigo. 

Y al mismo tiempo la apretó el cuello con sus 
tiernos brazos y la cubrió el rostro de besos. 

— ¿Por qué lloras, mamá? — preguntó sorpren- 
dido al sentir en los labios el amargor de las 
lágrimas. — ¿No tenes nada? Toma mi corneta... 

Y le ofreció una de plomo que le había costa- 
do á Basilisa dos cuartos. Para Gil, que no 
comprendía la existencia sin estar enredando con 
algo, la mayor desgracia que podía pesar sobre 
un ser humano era el tener las manos vacías. 

La madre le apretó contra el pecho, descargó 
sobre sus rosadas mejillas una granizada de 
besos y continuó la carrera. Al llegar á cierto 
paraje en que la carretera se separa de la orilla 
del mar para internarse, dejóla y tomó una ve- 
redita que conducía á éste. Llegó á las peñas 
altas y sombrías que lo circundan por aquel pa- 
raje. Puso á su hijo en el suelo y arrodillándose 
después, rezó entre sollozos comprimidos una 
oración que, por no ir dirigida en forma, no de- 
bió de escuchar el Altísimo. 

Era ya casi noche cerrada. El mar estaba in- 
móvil, sombrío, esperando impasible que las lá- 
grimas de aquella infeliz mujer viniesen como 
tantas otras á aumentar el caudal amargo de sus 



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LA FE II 



aguas. Del lado de allá de la ensenada se veía la 
silueta del muelle y de tres ó cuatro pataches que 
ordinariamente yacen anclados cerca de él. El 
grupo de las lanchas pescadoras, un poco apar- 
tado, se movía y resonaba aún con los gritos de 
las mujeres ocupadas en abrir el vientre á los 
pescados, mientras los maridos descansaban ya 
gravemente en alguna taberna de la villa. Basi- 
lisa atendió un instante á aquellos ruidos tan 
conocidos. Ella también esperaba á su esposo en 
otro tiempo, le acariciaba con la mirada al lle- 
gar, tomaba de sus manos el capote de agua, la 
caja de los aparejos y el cesto de las provisiones 
y los llevaba con alegría á casa. Mariano llegaba 
poco después y se sentaba al amor de la lumbre, 
haciendo bailar entre sus manazas al tierno niño 
que contaba pocos meses. 

La viuda estuvo largo rato contemplando fija- 
mente el grupo de la ribera, que parecía ya una 
masa informe y movible. Su hijo, sentado sobre 
el césped, jugaba atascando de tierra la corneta. 
De pronto vino hacia él, le levantó entre sus bra- 
zos flacos y corrió hacia el borde del precipicio. 

— ¡Mamá! ¿Dónde vamos? — gritó el niño. 

La respuesta, si se la dio, debió de ser desde 
el cielo. Saltó con ímpetu al fondo del abismo. 
Al caer sobre las piedras de la orilla se deshizo 
la cabeza: quedó muerta en el acto: el niño salvó 
milagrosamente . El vientre de donde había sa- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lido le sirvió ahora de resorte para no despeda- 
zarse. 

Un marinero viejo, que andaba á la sazón por 
entre aquellas peñas á la pesca de pulpos, oyó 
el ruido y prestó los primeros socorros al niño. 
Corrió á dar la noticia: pronto se inundó el pa- 
raje de gente. El caso produjo honda impresión. 
Las mujeres lloraban y se pasaban al tierno in- 
fante de mano en mano prodigándole mil cuida- 
dos y caricias. Muchas se ofrecían á adoptarlo y 
hubo disputa sobre quién había de llevárselo. 
Enteradas las señoras de la villa y conmovi- 
das, quisieron asimismo recoger al huérfano. 
Las mujeres de los pescadores renunciaron en- 
tonces á ello en interés de aquél. Quedó, pues, 
en poder de D. a Eloísa, la señora de D. Martín 
de las Casas, secundada por otras seis ú ocho 
damas que de ningún modo quisieron renunciar 
á la participación de tan caritativa obra. 

La infancia de Gil (que así se llamaba el 
huérfano), si no feliz, tampoco fué desgraciada. 
Sus protectoras ejercieron sobre él una vigilan- 
cia un poco impertinente á veces, otro poco hu- 
millante también, pero cariñosa siempre y bien 
intencionada. Entre todas, aunque tomando par- 
te más principal D. a Eloísa, le pagaron la crian- 
za y el pupilaje en casa de un matrimonio ar- 
tesano que habitaba en la Gusanera, cerca de la 
casa en que la desgraciada viuda vivía. Cuando 



LA FE 



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estuvo en edad para ello, le mandaron á la es- 
cuela. Dio señales de ser un niño pacífico, re- 
servado, sensible, y comenzó á aprender sus lec- 
ciones muy bien. Sus siete ú ocho mamás se 
encargaban de preguntar al maestro por su con- 
ducta y aplicación siempre que le tropezaban en 
la calle, animándole «á que le apretase los tor- 
nillos.» El maestro se encargaba, en efecto, de 
apretárselos recordándole al mismo tiempo á 
cada momento, en presencia de sus condiscípu- 
los, su orfandad, su miseria y la imprescindi- 
ble necesidad que tenía de mostrarse humilde y 
agradecido con sus bienhechoras. Esto de la hu- 
mildad era cosa que no cesaban de cantarle al 
oído en la villa. Cuantos le tropezaban en la 
calle y se dignaban ponerle paternalmente la 
mano sobre la cabeza, le decían: 

— ¡Cuidado con ser humilde! Sé obediente y 
sumiso con las señoras que te han recogido por 
caridad, ¿entiendes?... por caridad. 

Y por último, sus condiscípulos se encargaban 
generosamente de advertirle sin cesar que era 
un desdichado sin padres, alimentado por la ca- 
ridad y que debiera estar en el hospicio y no al- 
ternando con hijos de zapateros distinguidos, 
albañiles, sastres y panaderos fashionables , y 
otra gente no menos principal y digna de res- 
peto. 

La humildad teníala en el corazón el hijo del 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ahogado y la suicida, que si no la tuviese, no 
sería fácil que se la inculcaran las burlas y des- 
precios de sus compañeros, ni los paternales 
azotes del maestro y de sus protectoras: porque 
éstas todas se creían con derecho á amarle, pero 
á castigarle también. Era la suya una natura- 
leza amante y agradecida. Comprendía que á 
todas sus protectoras debía respeto y cariño, y 
se lo tributaba. Claro que en el fondo de su co- 
razón sentía preferencias; esto es irremediable. 
Amaba con pasión á D. a Eloísa. Esta buena se- 
ñora, que era á quien más debía, jamás le reñía 
ni castigaba, ni le decía siquiera una palabra 
desagradable: tratábalo con extremada dulzura, 
le acariciaba como si fuese su hijo y ocultaba y 
disculpaba sus pequeñas travesuras. 

Cuando llegó á los doce años, se reunieron en 
cónclave las damas y deliberaron acerca de lo 
que debía hacerse con el chico. Desechóse por 
unanimidad la idea de dedicarle aL oficio de su 
padre. Pensaron en otros varios, sin lograr po- 
nerse de acuerdo, hasta que D. a Trinidad, la es- 
posa de D. Remigio Flórez, fabricante de con- 
servas alimenticias, propuso llevarle de criado 
recadista á su casa. Asintieron casi todas á esta 
resolución; pero D. a Eloísa, á quien le dolía, 
hizo presente á sus amigas que el chico había 
mostrado aptitud para los estudios, y que sería 
una obra meritoria hacer de él un sacerdote. 



LA FE 



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Las damas acogieron la idea con entusiasmo. 
Solo D. a Trinidad, señora de gran puntillo 3' 
amiga de imponer su voluntad á todo el mundo, 
se opuso fuertemente y se retiró desabrida de la 
reunión. Pasáronse las damas sin su concurso, 
y fijando una cantidad mensual, que abonarían 
á escote, mandaron el chico al seminario de 
Lancia, capital de la provincia donde nos ha- 
llamos. 

Fué Gil un seminarista modelo; aplicado, 
dulce, respetuoso, afecto á las prácticas religio- 
sas y mostrando mucho fervor en ellas. Las da- 
mas no tuvieron más que motivos para felici- 
tarse de su resolución. Cuando venía á pasar las 
vacaciones á Peñascosa, traía para cada una de 
ellas una carta del rector manifestando su satis- 
facción por la conducta y los progresos del huér- 
fano. En los dos ó tres meses que permanecía 
allí, les prestaba algunos servicios, repasando 
las lecciones á sus hijos, acompañándolas en 
sus oraciones ó sirviéndoles de amanuense, etc. 
Habitaba en casa de D. a Eloísa. Cada verano 
se iba trasformando un poco: el niño se conver- 
tía en hombre. Al fin dejó tres años consecuti- 
vos de venir, para tomar las últimas órdenes. 
Llegó el momento de hacerse presbítero. Cuan- 
do apareció al fin un día en Peñascosa en traje 
de sacerdote, su presencia causó emoción pro- 
funda en el corazón de sus protectoras. Todas 



IÓ 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se consideraban madres de él, y por consiguien- 
te, con derecho á llorar de alegría y á caer en 
sus brazos enternecidas. Por cierto que estos 
desahogos cariñosos dieron ocasión á algunos 
dimes y diretes entre ellas. Porque las que me- 
nos afectuosas y tolerantes se habían mostrado 
con el niño, eran más extremosas ahora con el 
hombre. Esto sacó de sus casillas á D. a Eloísa, 
D. a Teodora y D. a Marciala, que le trataron 
siempre con dulzura y hasta con mimo. 

Comenzaron los preparativos para la primera 
misa. Fué un certamen de primores entre ellas. 
Las ricas, como D. a Eloísa y D. a Teodora, se 
encargaron de comprar el cáliz y los ornamen- 
tos más costosos: las que no contaban con tan- 
tos bienes de fortuna, como D. a Rita, D. a Filo- 
mena y otras, suplieron el dinero con la habili- 
dad de sus manos bordando el alba, la estola 
y el paño del altar, que causaban admiración. Se 
arregló la iglesia, y en el adorno tomaron parte 
no sólo estas damas, sino otras muchas de la po- 
blación, sus amigas. Fué un acontecimiento de 
marca en Peñascosa, tanto por la calidad de las 
personas que habían costeado la carrera del jo- 
ven presbítero, como por las terribles circuns- 
tancias que habían dado lugar á esta protección. 
Se nombró madrina del oficiante á D. a Eloísa, 
por indicación de aquél. Ninguna tenía mejor 
derecho para ello; pero todas se creían con tan- 



LA FE 



to, y esto volvió á originar secretos resenti- 
mientos y algunas palabrillas desagradables. 

El preste volvióse hacia el pueblo y cantó con 
voz débil y temblorosa: 

— Dominus vobiscum. 

Todas las voces de la tribuna, rotas y casca- 
das, le respondieron acompañadas del estampi- 
do del órgano: 

— Et cum spiritu tuooooo. 

— ¡Qué blanco está! — dijo una joven artesana 
á la compañera que tenía al lado. 
— Parece una imagen. 

Cantó D. Narciso con voz atiplada, bajando 
y subiendo el tono y escuchándose con placer, 
la epístola. 

— ¡Hija, cómo lo repicotea el capellán! — vol- 
vió á decir la artesana. 

— Ya ves, tiene ahí á la hija del jorobado. 
Querrá lucirse. 

Era especie muy acreditada en la villa que 
D. Narciso y la niña de Osuna sentían una mu- 
tua inclinación, aunque sólo los espíritus hete- 
rodoxos y maleantes se atrevían á decirlo en alta 
voz. D. Narciso era, en verdad, mucho más 
dado á vivir entre el sexo débil que entre el fuer- 
te. Así que llegó de Sarrio haría unos tres años, 
poco más ó menos, fué el ídolo de las damas de 
Peñascosa por su elegante porte, que hacía con- 
traste con el desaliño de la mayor parte de los 

3 



l8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sacerdotes de la villa, por su conversación ale- 
gre, por sus bromitas y, sobre todo, por su afi- 
ción á estar siempre entre ellas. Distaba mucho 
de ser hermoso ni gallardo: era hombre de unos 
treinta y cinco años, seco, moreno, los pies gran- 
des y juanetudos y la dentadura muy fea; pero 
había logrado pasar plaza en seguida de chistoso. 
Jamás hablaba en serio á sus devotas amigas. 
Bromita va, bromita viene, un requiebro á ésta, 
una chufleta á la otra, sin acortarse nunca por 
estar en medio de un corro numeroso. Al con- 
trario, D. Narciso se placía extremadamente en 
ello, gozaba campando solo en el gallinero. Di- 
rigía la conciencia de la mayoría de ellas y se 
autorizaba el reprenderlas fuera del confesona- 
rio, á veces ásperamente. Casi todas recibían 
sus correcciones con sumisión, hasta con placer, 
y si alguna se rebelaba momentáneamente, era 
para demandar perdón enseguida. Con esto, don 
Narciso era el comensal obligado en todas las 
fiestas y gaudeamus de la sociedad elegante de 
Peñascosa: comía vorazmente, y de ello hacía 
alarde, bebía al mismo tenor, y cuando llegaban 
los postres, nunca dejaba de brindar con alguna 
coplita que resultaba casi siempre sucia. Porque 
D. Narciso, que á causa de su ministerio no po- 
día autorizarse bromas referentes á las relacio- 
nes de sexo á sexo, se creía con derecho á soltar 
las más asquerosas acerca de otras miserias del 



LA FE 



19 



cuerpo humano. Y las damas ¡caso extraño! las 
reían y celebraban cual si fuesen ingeniosidades 
y agudezas portentosas. Dos años después de 
llegado á la villa había tenido un fracaso. Ba- 
jando la escalera de cierta casa que frecuentaba 
mucho, se rompió una pierna. Se dijo que el ma- 
rido de la señora, cúya era la casa, le había ayu- 
dado á caer, por no estar de acuerdo enteramente 
con la hora y la ocasión de sus visitas; pero al 
instante las buenas almas de Peñascosa se apre- 
suraron á sofocar este rumor sacrilego. Y en 
prueba de la indignación con que rechazaron eP 
supuesto, las damas más principales de la villa 
se constituyeron en enfermeras al lado de su 
cama, no dejándole un instante solo, releván- 
dose noche y día cada pocas horas, como si hi- 
ciesen la guardia al Santísimo. D.Narciso me- 
recía estas atenciones del bello sexo. Nadie con 
más ahinco y fervoroso celo se ocupó jamás de 
la salvación de la hermosa mitad del género hu- 
mano. No sólo dirigía con particular esmero la 
conciencia de las que mejor lo representaban en 
Peñascosa, apacentaba sus ovejitas con amor, 
sin dejar por eso de arrojar alguna piedra á la 
que se extraviaba, como pastor diligente que 
era, sino que á fuerza de muchos desvelos había 
logrado fundar una cofradía, establecida ya en 
otros puntos de España y el extranjero, la cofra- 
día de las Hijas de María. En esta cofradía no 



20 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



entraban más que las jóvenes solteras. Tal pri- 
vilegio excitaba un vago despecho mezclado de 
apetito en las casadas. Creíanse humilladas con 
aquella exclusión. D. Narciso aprovechaba esta 
sombra de rivalidad para tenerlas más sujetas. 

— ¡Oh, señoras, no deben ustedes envidiar el 
privilegio! Ustedes tienen marido á quien con- 
templar y servir. 

Lo decía en un tonillo irónico que demostra- 
ba la hostilidad secreta que el capellán sentía 
hacia todos los maridos. Las damas, en quienes 
los encantos de aquéllos no ejercían ya fascina- 
ción alguna, sonreían forzada y maliciosamente 
como diciendo: «¡Ya, ya!» Se murmuraba que 
había varias enamoradas de él. D. a Marciala, la 
esposa del boticario de la plaza, había ido á Sa- 
rrio á llevarle calcetas estando el presbítero pa- 
sando una temporada con su familia. D. a Filo- 
mena, viuda de un teniente de navio, hacía á su 
hijo único ir á ayudarle á misa todos los días. 
Sin embargo, habíase notado cierta preferencia 
en él por Obdulia, la hija de Osuna, administra- 
dor de Montesinos. 

— ¿Pero será cierto que se gustan? — preguntó 
la joven artesana, oyendo á su compañera expre- 
sarse tan claramente. 

— ¡Chica, yo no sé! Lo que te puedo decir es 
que D. Narciso no sale de su casa, y que muchos 
días desde la ventana de mi cuarto los veo correr 



LA FE 



21 



uno tras de otro por el jardín de Montesinos ju- 
gando al escondite... Tanto, que se lo he dicho. 

— ¡Se lo has dicho! — exclamó la otra, estupe- 
facta. 

— Sí, niña... ¿no ves que confieso con él?... No 
había más remedio... Le dije: «Mire, D. Narci- 
so... no se ofenda usted... pero yo, viéndoles á 
usted y á Obdulia jugar en el jardín, tengo sos- 
pechas... se me ocurren malos pensamientos. 

— ¡Ave María, qué barbaridad! ¿Y qué dijo él? 

— Se puso todo sofocado... ¡Uf! Comenzó á de- 
cirme: «¡Por ustedes y otras como ustedes pier- 
den el crédito y la honra los sacerdotes y decae 
la religión!» Me llamó saco de malicia; que pa- 
recía mentira que se me ocurrieran semejantes 
atrocidades, y que por aquí y que por allá... Al 
principio quería comerme; después se fué sose- 
gando... «Tiene usted razón, D. Narciso, le res- 
pondí; pero yo no puedo remediarlo...» Y es la 
verdad, chica, no puedo remediarlo... ¡no puedo! 

Después de la epístola cantó el párroco de Pe- 
ñascosa el Evangelio. Tenía una voz áspera sin 
inflexiones. Cantó enteramente distraído sin mirar 
apenas al libro, levantando sus ojos pequeños y 
duros por encima de las gafas para contemplar 
fijamente, mejor dicho, para pulverizar con la 
mirada al hijo de la Pepaina, que disimulada- 
mente estaba arrancando las babas á los cirios 
y guardándoselas en el bolsillo. Aunque uno de 



22 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



los pilletes más desvergonzados de la villa, Lo- 
rito (que por tal nombre era conocido este joven 
distinguido) se sintió molesto y un tantico in- 
quieto bajo la mirada del clérigo. La cosa no era 
para menos. D. Miguel Vigil, párroco de Peñas- 
cosa, desde el año 25 de este siglo era uno de los 
nombres de peor genio de España, y no exagera- 
mos nada si decimos del globo terráqueo. Con- 
taba á la sazón ochenta y dos años; era alto, 
seco, las facciones pronunciadas, las cejas espe- 
sas y juntas, los ojos pequeños y penetrantes. 
Conservaba aún gran vigor físico, y lo que es 
aún más raro, en los cabellos que le quedaban 
apenas se notaban las canas. Mientras duró la 
primer guerra civil, abandonó el rebaño y se fué 
á las provincias vascas á pelear con las armas en 
la mano por la causa del Pretendiente. Volvió al 
cabo de algunos años. Su carácter bravio no se 
había dulcificado mucho andando á tiros por los 
montes. Los feligreses de Peñascosa tuvieron en 
él un pastor muy semejante á un capitán de ban- 
doleros. Nadie le levantaba el gallo en la pobla- 
ción. Los más arduos casos de conciencia solía 
resolverlos D. Miguel en un instante con media 
docena de mojicones ó de puntapiés bien dirigi- 
dos. Que Marcelino, el de Cosme, tenía en cinta 
á la hija de Laureana la tejedora y no quería ca- 
sarse con ella. D. Miguel se plantaba en casa de 
Cosme, cogía á Marcelino por las orejas, le daba 



LA FE 



23 



tres bofetadas de cuello vuelto, y á los quince 
días, quieras ó no, los tenía casados. Que Ramón 
el confitero le negaba á D. Cipriano dos mil rea- 
les que éste le había prestado sin recibo. El cura 
llamaba á Ramón á su casa, se encerraba con él 
en una habitación, tomaba un garrote y le obli- 
gaba á firmar el correspondiente recibo. Por me- 
dio de estos procedimientos teológicos D. Mi- 
guel infundía la moral evangélica entre las almas 
encomendadas á su cuidado. 

No eran de su agrado las novedades en el cul- 
to. Miraba con desprecio á los clérigos que tra- 
taban de introducirlas y cuidaban del traje y el 
aseo. Los toleraba porque sabía que estaban apo- 
yados por el obispo y el alto clero de la dióce- 
sis, pero se reía de ellos á todas horas de un 
modo grosero, irritante, y solía hacerles algu- 
nas jugarretas malignas, aguarles alguno de 
aquellos jolgorios místicos en que ponían más 
empeño. Tratábase, por ejemplo, de celebrar 
una comunión general de niñas con acompaña- 
miento de orquesta. El día que estaba señalado, 
D. Miguel enviaba á la iglesia una cuadrilla de 
carpinteros que se ponían á arreglar la tribuna 
con horrendos martillazos, que impedían escu- 
char las concertadas voces é instrumentos de la 
música. Otras veces obligaba á las penitentes 
asiduas de D. Narciso á examinarse de doctrina 
cristiana; ó bien las prohibía cantar en la igle- 



24 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sia después de un mes de ensayos, ó retiraba de 
los altares los paños que ellas habían bordado y 
aplanchado, ó las arrojaba de alguna capilla 
donde habían sentado sus reales, etc., etc. Es- 
tos actos de despotismo habíanle granjeado la 
animadversión de los clérigos afrancesados y del 
sexo femenino. A D. Miguel le daba un ardite 
por tal animadversión. El goce de su vida no era 
ser querido ó admirado, sino hacer en todo tiem- 
po y ocasión su voluntad. Además, podría tener 
todos los defectos que quisieran sus enemigos, 
pero nadie le conoció jamás sombra de inclina- 
ción hacia el sexo débil. Despreciaba á las mu- 
jeres positivamente: creía que ninguna era capaz 
de decir ni hacer cosa con sentido común. En su 
carácter viril parecía haber encarnado el espí- 
ritu romano, que negaba á la mujer facultad 
para regirse nunca por sí misma. 

Ni se crea que D. Miguel se mostraba tampo- 
co obediente con sus superiores. Al obispo le 
costaba un trabajo inmenso entenderse con él. 
Si le mandaba una orden, el cura la archivaba 
sin darla cumplimiento; si giraba una visita, me- 
tíase en cama fingiéndose enfermo para no reci- 
birle. Había concluido por no hacerle caso y de- 
jarle pasar con la suya. No confesaba en Peñas- 
cosa sino á media docena de veteranos de la 
guerra civil. Los demás feligreses se repartían 
entre los capellanes adscritos á la parroquia: las 



LA FE 



25 



cuatro quintas partes de las damas confiaban el 
fardo de sus flaquezas al irresistible D. Narciso. 
D. Miguel no sentía el menor desabrimiento por 
esta preferencia. Y sin embargo, el corto núme- 
ro de sus penitentes aseguraba que era un con- 
fesor prudente, discreto y delicado en sus pre- 
guntas. 

Terminó la lectura del Evangelio y pudo dar- 
se la satisfacción de contemplar un rato con 
persistencia los movimientos de Lorito. ¿Por 
qué estaba este pillo tan distraído mirando á la 
tribuna arrobado en la audición de las melodías 
del órgano, cuando no hacía dos segundos que 
le había visto meterse en el bolsillo media libra 
de cera por lo menos? Por el alma del párroco 
cruzaron pensamientos de muerte y exterminio. 
Tuvo fuerzas, no obstante, para contenerse. La 
misa continuó. El presbítero novel elevó la sa- 
grada Hostia con manos temblorosas, en medio 
de un murmullo de fervor y adoración. El órga- 
no, soltando en trémolo sus registros más gango- 
sos, contribuyó poderosamente á hacer más so- 
lemne y conmovedora la bajada del Hijo de 
Dios á las manos del hombre. Gil sintió estre- 
mecerse su cuerpo bajo la impresión. Una ale- 
gría inefable subió del fondo de su pecho y le 
apretó suavemente la garganta. Aquel favor in- 
menso, infinito, que su Dios le hacía, y que con 
tanto anhelo había esperado, removió hasta las 



20 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



últimas fibras de su corazón. Sus ojos quedaron 
velados por las lágrimas, y al hincar la rodilla 
en tierra, antes de elevar el cáliz de la pasión,, 
estuvo algunos segundos sin poder alzarse y á 
punto de caer desmayado. 

De muy distintas impresiones participaba el 
jorobado Osuna, administrador de Montesinos, en 
aquel momento. Ya sabemos que se había situa- 
do lo más cerca posible de D. a Teodora. Era 
también un hombre místico á su manera; pero 
en vez de buscar la unión con la Divinidad en 
abstracto, se placía en realizarlade un modo con- 
creto, por mediación de las mujeres gordas y 
frescas. Las mujeres gordas habían constituido 
su pasión dominante desde los felices días de la 
adolescencia. Dios sólo sabe el peso de las que 
Osuna amó desde este tiempo hasta los sesenta y 
cuatro años que ahora tiene. En Peñascosa el 
número era limitado; por eso de vez en cuando 
hacía excursiones á la capital para recoger del 
cieno de la prostitución alguna desdichada que 
traía y guardaba, durante quince días ó un mes, 
en alguna cámara oscura del cuarto bajo de su 
casa. Teníala allí como una fiera enjaulada, en- 
cargándose él mismo de llevarla el alimento y 
proveer á todas sus necesidades corporales. Al 
cabo de este tiempo la soltaba, y vuelta á comen- 
zar con otra. Toda la villa conocía estas flaque- 
zas de su temperamento. Contábanse de él en las 



LA FE 



27 



tertulias de hombres muchísimas anécdotas, gra- 
ciosas unas y sucias otras, que hacían reir á los 
pacíficos habitantes en las largas, lluviosas no- 
ches de invierno. No se violentaba para ocultar 
los excesos de su viciosa naturaleza. La mayor 
parte de estas anécdotas él mismo las había re- 
ferido: gozaba hablando de sus obscenidades. 
Los vecinos le despreciaban y le temían al mis- 
mo tiempo. Se le tenía por un ser extraño, mis- 
terioso, mal intencionado. Ocupaba un puesto 
desde el cual podía hacer daño á mucha gente. 
Era administrador de Montesinos, el propieta- 
rio más rico de Peñascosa, y habitaba una de 
las alas del inmenso palacio ó caserón que éste 
poseía.. Estaba viudo de tres mujeres, con una 
hija que ya conocemos de nombre. Era excesiva- 
mente pequeño, con una gran corcova á la es- 
palda, color macilento , mejillas pendientes y 
flácidas, ojos sin brillo y asustados siempre. 
Percibíase un leve temblor en sus manos, como 
sucede con frecuencia á los hombres gastados 
por la sensualidad. 

D. a Teodora había cambiado de sitio ya varias 
veces: corrióse hacia adelante, se fué después ha- 
cia un lado; todo inútilmente. Donde quiera que 
iba, sentía los pies de Osuna entre las enaguas. 
Y al sentirlos, una ola de rubor encendía sus 
frescas mejillas, se estremecía como una zaga- 
la de catorce años. En ninguna mujer se conser- 



28 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vó nunca más delicado y vidrioso el pudor virgi- 
nal. Algunas conversaciones, hoy corrientes, la 
ofendían: no se podía aludir en su presencia ni 
directa ni indirectamente á ciertos asuntos es- 
cabrosos. No decía nada, porque era la pruden- 
cia personificada y de tímido natural; pero se la 
veía ruborizada, inquieta, con ganas de retirar- 
se. Tan limpia y tan pulcra era de cuerpo como 
de alma. Le gustaba vestir con elegancia y cui- 
daba con refinamientos, no usados en Peñascosa, 
de su persona. Los que la conocieron de niña, 
decían que no había sido bonita, sino pasable, y 
que ahora, con sus cabellos blancos, sus carnes 
frescas y mejillas sonrosadas, estaba más guapa 
que nunca. ¿Por qué se había quedado soltera 
D. a Teodora, poseyendo una figura agradable y 
un regular caudal? Se decía que sostuvo amores 
muy finos y románticos con un teniente de Ara- 
piles que pereció en la acción de Ramales. La 
víspera de la batalla se había despedido de ella, 
por medio de una carta escrita sobre un tambor: 
el corazón le decía que al día siguiente «una bala 
traidora cortaría el hilo de su existencia, pero 
que moriría con el nombre de Teodora en los la- 
bios.» Esta conservaba la carta como preciosa 
reliquia y guardaba asimismo fiel su corazón á 
la memoria del valeroso y romántico teniente. 
Sin embargo, hacía muchos años que tenía un 
galán asiduo. D. Juan Casanova, aquel hidalgo 



LA FE 



2 9 



de rostro aguileño y majestuoso de que hemos 
hablado, iba á su casa indefectiblemente todas 
las noches, de ocho á once. Esto bastaba para 
que en la villa se creyese, no que era su amante, 
que nadie dudaba de la castidad de D. a Teodora, 
sino su enamorado platónico, y que más tarde ó 
más temprano concluiría por casarse con ella. 
Tal fausto acontecimiento se estuvo esperando 
veinte años en Peñascosa. A la hora presente ya 
se dudaba bastante de que se realizase. Los fu- 
turos se iban haciendo demasiado viejos, sobre 
todo D. Juan, á quien costaba esfuerzos sobre- 
humanos subir á la casa, por el maldito reúma 
de las rodillas. Cada día que pasaba eran, pues, 
menos aptos para el cumplimiento de los sagra- 
dos fines del matrimonio. Además, últimamen- 
te, cierto suceso de que más adelante haremos 
mención turbó un poco las tranquilas y afectuo- 
sas relaciones del avellanado hidalgo y de la fres- 
ca jamona. 

Cuando el diácono cantó élite, misa est, aquella 
dio un suspiro de consuelo y se dispuso á levan- 
tarse y huir de los indecorosos pies que la perse- 
guían. Pero era negocio más arduo de lo que se 
imaginaba. La iglesia estaba tan atestada de fie- 
les que nadie podía revolverse. Todos preten- 
dían besar las manos del nuevo sacerdote, ó al 
menos presenciar la curiosa y tierna ceremo- 
nia. Bajó éste una escalera del altar y quedó 



30 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



inmóvil y de pie frente á la muchedumbre, de 
rramando por ella una mirada vaga y sonrien- 
te. Hubo un fuerte murmullo que casi se con- 
virtió en gritería, cuando D. Narciso empu- 
jó suavemente á la madrina para que tributase 
la primera su homenaje al oficiante. D. Eloisa 
hincó las rodillas delante de su ahijado y le besó 
las manos con visible emoción. Cuando se levan- 
tó, corrían algunas lágrimas por sus mejillas. 
Después tomó un frasco de agua perfumada, dió 
otro á D. a Rita, y colocadas ambas á derecha é 
izquierda del presbítero, comenzaron á rociar á 
los que se acercaban á besarle las manos. Uno 
á uno, empujándose con prisa, fueron la mayor 
parte de los fieles rindiéndole este homenaje. 
Los hombres le besaban en la palma, las muje- 
res en el dorso, según estaba prevenido. Éstas 
se mostraban conmovidas, gozosas, riendo cuan- 
do D. a Rita ó D. a Eloisa les arrojaban al rostro 
algunas gotas de colonia: después se retiraban 
para dejar paso á las otras; y de lejos seguían 
contemplando con afectuoso interés la faz pálida 
y delicada del sacerdote. Sonaba en la iglesia 
rumor alegre. El roce de las enaguas, el cuchi- 
cheo y las risas contenidas de las damas, produ- 
cían un zumbido de colmena. El tañido de las 
campanas que el sacristán y algunos chicuelos 
repicaban alto en la torre, entraba vivo y gozoso 
por las ventanas. También penetraban algunos 



LA FE 



3* 



rayos de sol que se desparramaban por los alta- 
res, haciendo llamear sus dorados metales. Pero 
si en el camino tropezaban con alguna lindacabe- 
za blonda, de las que tanto abundan entre las ar- 
tesanas de Peñascosa, no tenían inconveniente 
alguno en detenerse á darla un beso de admi- 
ración. 

Gil estaba fuertemente conmovido; el corazón 
le saltaba dentro del pecho. Sentía impulsos de 
romper en sollozos: procuraba, no obstante, con 
esfuerzo reprimirse, y esto le causaba malestar. 
Aquellas muestras de veneración, aunque repre- 
sentaban una ceremonia usual, le avergonzaban. 
Al ver arrodillados á sus pies á todos los proceres 
y damas de la villa, que tanto respeto le habían 
infundido siempre, experimentaba confusión y 
desasosiega. Sus labios estaban contraídos por 
una sonrisa que revelaba más inquietud que pla- 
cer. D. a Eloísa y D. u Rita consumieron varios 
frascos de esencia, haciendo copiosas aspersio- 
nes, sobretodo á sus amigas, á quienes bañaban 
el rostro en medio de una algazara, que no por 
ser reprimida, era menos sabrosa. Poco á poco la 
religiosa solemnidad se iba trasformando en una 
fiesta de carácter íntimo y familiar. Las amigas 
de la madrina y de las damas protectoras del jo- 
ven presbítero se habían ido quedando detrás, 
formando en torno suyo un [grupo pintoresco, 
mientras el resto de la gente desfilaba por las 



32 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dos puertas de la iglesia. Un rayo de sol vino á 
dar sobre el preste: las ricas vestiduras de tisú de 
oro despidieron vivos destellos; su hermosa cabe- 
za rubia semejaba la de un querubín. Las damas 
le contemplaban extasiadas. 

El párroco y D. Narciso, asistentes de la misa, 
se habían retirado para despojarse de sus orna- 
mentos. No tardó el primero en volver provisto 
de sotana y bonete, debajo del cual se agitaban 
algunos pensamientos siniestros. La conducta 
de Lorito en lo concerniente á las babas de los 
cirios le había puesto pensativo y sombrío. Ha- 
cía ya algún tiempo que este joven personaje 
disfrutaba el privilegio de desazonarle. En una 
ocasión supo que se había encaramado sobre el 
tejado de la iglesia para apoderarse de algunos 
nidos de gorrión; en otra sospechó que le había 
robado las uvas que tenía la parra del corredor 
de la rectoral. Y aunque ya había procurado 
tranquilizar su espíritu por medio de algunos 
adecuados puntapiés, todavía lo sentía agitado y 
triste cada vez que el hijo de la Pepaina se ofre- 
cía á su vista. 

Sin preocuparse poco ni mucho de la conmo- 
vedora ceremonia que se estaba realizando en el 
presbiterio, D. Miguel recorrió la iglesia á paso 
lento, escudriñando todos los rincones. Las per- 
sonas que aún quedaban en el templo le abrían 
paso con más miedo que respeto. Penetró en to- 



LA FE 



33 



das las capillas y examinó minuciosamente el es- 
tado de los cirios que ardían en los altares. Al- 
guna huella debió de reconocer en ellos del paso 
del vándalo, porque su rostro se fué encapotando 
cada vez más. Ya no fué un reconocimiento, 
sino una verdadera caza la que emprendió al 
través de todas las capillas. En la última de la 
izquierda, donde está la pila bautismal, olfateó al 
fin la pieza. Marchó con precaución, y asomando 
su enérgica nariz aguileña, pudo al fin colum- 
brar la roma y barnizada de mocos del granuja, 
que en compañía de uno de sus más fieles discí- 
pulos se ocupaba en hacer crecer la inmensa bola 
de cera que había extraído de las velas. El pá- 
rroco sintió el nervioso temblor de los gatos á 
la vista del ratón: se preparó como ellos rozan- 
do el suelo con los pies, y ¡zas! de un par de brin- 
cos cayó sobre los bárbaros. Pero Lorito no era 
un vándalo vulgar de los que se dejan atrapar 
como un ratoncillo inocente. Sin ver á D. Mi- 
guel sintió su hálito poderoso, y bajándose re- 
pentinamente al tiempo que aquél llegó á echar- 
le la zarpa, consiguió que fallara el golpe y fuera 
á dar de bruces en el altar. Antes que el párroco 
pudiera revolverse, ya había emprendido la carre- 
ra hacia la puerta. Fué en vano. D. Miguel se 
apoderó rápidamente del Cristo de bronce que 
había sobre el altar, y se lo arrojó con tal ímpetu 
y certera puntería que le alcanzó en la cabeza 

4 



34 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



y le hizo venir al suelo soltando chorros de 
sangre. 

Al grito del chico y al ruido que produjo su 
caída acudió la gente; le levantaron y le presta- 
ron los primeros socorros, estancándole la san- 
gre con telas de araña y poniéndole un pa- 
ñuelo á guisa de venda. Mientras se llevaron á 
cabo estas operaciones, no dejó de murmurarse, 
aunque en voz baja, de la brutalidad del cura. 
Este, perfectamente satisfecho de su obra, se 
retiró majestuosamente á la sacristía , no sin 
que tuviera ocasión antes de administrar dos 
patadas en el trasero al cómplice, que andaba 
por allí trémulo y abatido con la desgracia de su 
maestro. 

Pero es el caso que el glorioso progenitor de 
éste, Pepe el de la Pepaina, como le llamaban 
en la población, para distinguirle de los otros 
muchos Pepes que había, pescador de oficio y 
un bruto muy pacífico, que hablaría sobre tres 
docenas de palabras por semana, al contemplar 
á su hijo en aquel estado, comenzó á vociferar 
en el atrio de la iglesia como un energúmeno. 
La síntesis de su discurso era que él no sentía 
respeto alguno hacia el estado eclesiástico, y 
que padecían una equivocación lamentable los 
que se atrevieran á suponer que él, Pepe Raya, 
dejaría de dar al cura, en cuanto pusiese el pie 
fuera de la iglesia, una de babor y otra de estri- 



LA FE 



35 



bor, y acaso también una buena patada en la 
popa que se la metiera bajo el agua. 

D. Miguel, que desde adentro había creído 
percibir alguno de los extremos de este discur- 
so, se empeñó en salir al atrio por ver su demos- 
tración; pero se lo impidieron D. Narciso y el 
sacristán. Lleváronle á la sacristía, y allí le tu- 
vieron entretenido hasta que desapareció el pe- 
ligro. ■ 

Al salir la gente del templo, el sol nadaba en 
el espacio azul, bañándolo de luz y de alegría. 
Repicaban las campanas con frenesí creciente. 
Estallaban multitud de cohetes, que impregna- 
ban el aire con el humo de la pólvora. Y las 
olas estallaban también suavemente en los pe- 
ñascos que casi rodean por completo la igle- 
sia de la villa. En aquel concierto gozoso de una 
naturaleza que sonríe pocas veces, sólo se oía la 
nota áspera de bajo profundo que entonaba el 
marido de la Pepaina. 



II 



RrjA eñascosa está situada en el fondo de una 
^%$¿¿_ pequeña ensenada del Cantábrico. Su ca- 
serio se extiende todo él por la orilla del 
mar, sin penetrar más de cien varas en lo 
interior. Sólo allá en el vértice de la angostura 
hay una plaza medianamente espaciosa, de la 
cual arranca la carretera que conduce á Nieva. 
La parte de la villa que se extiende á la derecha 
es menos importante y extensa que la de la iz- 
quierda. Por esta orilla corre la mejor y aun 
puede decirse la única calle del pueblo. Es lar- 
ga, empinada á trozos, á trozos llana, ancha en 
algunos parajes y en otros estrecha, con ánditos 
de un lado para los transeúntes. Las casas de la 
derecha tienen todas salida á la mar por medio 



38 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de escaleras mejor ó peor labradas, según la im- 
portancia del edificio. Termina en el Campo de 
los Desmayos, donde se alza la iglesia, sobre 
una punta de tierra que avanza en el mar. 
Este campo toma su nombre de algunos sau- 
ces que allí dejan caer sus ramas sobre tos- 
cos bancos de piedra, donde los honrados veci- 
nos se sientan á tomar el sol en invierno ó á res- 
pirar la brisa en verano. Es el paraje en que se 
efectúan todas las fiestas y regocijos públicos de 
la villa, las iluminaciones y verbenas, fuegos de 
artificio, ascensión de globos, música, danza y 
giraldilla: sirve además de punto de reunión 
para el gremio de mareantes cuando necesitan 
congregarse y tomar algún acuerdo, y de real 
para la feria y de campo de maniobras para los 
chiquillos de la escuela. No es maravilla que 
así suceda, dada la particular estructura dé la 
población, donde fuera de la plaza, no hay nin- 
gún otro espacio abierto y cómodo más que 
éste. 

El muelle es un espolón de piedra que arran- 
ca de la calle mencionada hacia su promedio y 
avanza poco más de cien varas por el mar. Ba- 
jase á él por una rampa suave donde hay media 
docena de tabernas por lo menos y dos cafetu- 
chos, el de la Marina y el Imperial. Unas y otros 
hierven de gente á todas horas, pero muy espe- 
cialmente á la del crepúsculo, cuando llegan del 



LA FE 



39 



mar las lanchas pescadoras y termina sus faenas 
la tripulación de los pataches y quechemarines 
anclados. Éstos son los únicos buques que lle- 
gan hasta Peñascosa. Hay, no obstante, un va- 
por que surca de vez en cuando las aguas de la 
ensenada y osa acercarse al muelle. Es un re- 
molcador de Sarrio llamado Gaviota: sus largos 
quejumbrosos silbos estremecen al vecindario 
de orgullo. Porque en lo tocante á amar á su 
pueblo y despreciar á los demás de la tierra, 
nadie ha ganado jamás á los peñascos, ni los ro- 
manos siquiera. No hay peñasco que no esté ple- 
namente convencido de que su puerto es el más 
favorecido por la naturaleza en toda la costa es- 
pañola: si no tiene la importancia comercial de 
Barcelona, Málaga ó Bilbao, consiste en que na- 
die se ha ocupado en proporcionársela por me- 
dio de obras adecuadas. Hacia Sarrio, villa que 
quintuplica su población y que ha adquirido gran 
importancia en los últimos años, sienten un odio 
y un desprecio inveterados. Cuando ven los va- 
pores cruzar por delante de la «abrigada, tran- 
quila y segura ensenada» de Peñascosa y meter- 
se en el «sucio y peligroso fondeadero» de Sa- 
rrio, todo buen peñasco siente latir su pecho con 
indignación, como el que ha sido víctima de un 
robo mira cruzar en coche á su estafador. Hay 
que oírles hablar de las cualidades del puerto de 
Sarrio, sobre todo cuando les escucha un foras- 



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tero. Principia á dibujarse en sus labios una son- 
risa levemente irónica y despreciativa que poco 
á poco se va acentuando hasta trasformarse en 
sonora, homérica carcajada cuando llegan á 
aquello de: «Los cangrejos están muy satisfe- 
chos todos de la boca de Sarrio. Dicen que en- 
tran y salen sin peligro alguno.» Si alguna vez 
las lanchas pescadoras de este puerto se ven 
precisadas á arribar á Peñascosa á causa del tem- 
poral, ¡con qué protección tan humillante los re- 
ciben los indígenas! Y cuando por sus negocios 
van éstos á la aborrecida villa, están allá inquie- 
tos, nerviosos: el tráfago y los ruidos del muelle 
les suena dolorosamente en el corazón: llegan á 
su pueblo con el estómago sucio y excitados, na- 
rrando los mil disgustos que la envidia de los 
sarrienses les ha causado. Llevan cuenta exactí- 
sima de todos los siniestros ocurridos en la ba- 
rra de su rival y no se cansan jamás de compa- 
decer á los pobres buques extranjeros á quienes 
la suerte impía conduce á un puerto tan inhos- 
pitalario. 

No sólo en el calado, en el abrigo, en la se- 
guridad del puerto, cifran su orgullo los peñas- 
cos. Poseen además otra porción de ventajas na- 
turales verdaderamente inapreciables. Existe en 
las afueras de la villa una fuente de agua ferru- 
ginosa que es admiración de propios y extraños, 
sobre todo de propios. Los extraños consideran 



LA FE 



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que si el agua no viniese unida á tantos cuerpos 
heterogéneos, se bebería con más facilidad y 
produciría los mismos resultados. Y verdadera- 
mente nosotros también nos inclinamos á pen- 
sar que su virtud saludable no se acrecienta con 
que los chicos del barrio orinen en ella y á ve- 
ces se desahoguen de otro modo aún menos di- 
plomático. Por influencia del clima, críanse en 
Peñascosa los mejores cerdos del orbe, con lo 
cual está dicho que en ningún país del extranje- 
ro saben lo que es comer jamón mas que en éste 
afortunado pueblo. Dicho se está igualmente que, 
si los cerdos de Peñascosa son los mejores del 
mundo, las castañas con que se crían estos cer- 
dos son las más gordas, las más suaves y nutri- 
tivas. El mar de Peñascosa tampoco es igual al 
de otros puertos: sobre todo con el de Sarrio no 
guarda parecido alguno. Hay personas que, sin 
saber por qué, se van debilitando paulatinamen- 
te en este pueblo, pierden el apetito y el humor: 
pues bien, hasta que van á tomar los baños de 
mar en Peñascosa no se ponen buenas. Los de 
Sarrio no producen efecto alguno medicinal : al 
contrario, todo el que se bañe allí se expone á 
erupciones, catarros, reúma y otros desarreglos 
tristísimos. Por la parte de Oeste, ó mejor di- 
cho Noroeste, la villa está resguardada de los 
vientos más vivos y constantes. El clima es, por 
lo tanto, suave y benigno: las epidemias no pros- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



peran. Los peñascos hacen saber con orgullo 
que, mientras en el último cólera murieron en 
Sarrio trescientas doce personas, en Peñascosa 
sólo murieron sesenta y una, y de éstas por lo 
menos treinta bajaron á la tumba por descuidos 
lamentables que las familias respectivas debie- 
ron evitar, aunque no fuese más que por el crédi- 
to déla villa. Inútil es hablar del pescado que se 
coge en este privilegiado puerto. En cien leguas 
á la redonda, nadie ignora que ni la sardina, ni 
la merluza, ni el congrio, ni el besugo admiten 
comparación con los de Sarrio. Como el caso 
parece extraño habiendo tan poca distancia de 
un pueblo á otro, los de Peñascosa lo explican 
por los mejores pastos que sus peces tienen. En 
suma, nosotros no conocemos otro pueblo más 
agradecido al Supremo Hacedor por las condi- 
ciones topográficas, hidrográficas y climatológi- 
cas con que le plugo favorecerle. 

Respecto á las etnográficas, la mayor ventaja 
que hemos podido apreciar es la hermosura y 
gallardía de las mujeres. Son altas, macizas, de 
tez sonrosada y ojos negros; la voz es dulce, so- 
nora y hablan con un dejo musical muy carac- 
terístico: parece que recitan al piano. No pre- 
sumen de bellas y lo son. En cambio se vana- 
glorian de cantar mejor que las de ningún otro 
pueblo de la provincia, y no es así. Cierto que, 
como acabamos de indicar, hay entre ellas mu- 



LA FE 



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chas voces gratas y extensas; pero el oído y so- 
bre todo el gusto no corresponden á la voz. Re- 
picotean de tal modo lo que cantan que no lo 
conoce nadie, ni el mismo autor que lo creó. En 
verdad que las peñascas abusan de las fermatas 
y fiorituras y que las muchachas de Sarrio, sin 
tener tan buena voz, cantan con mejor gusto y 
afinación. Silencio acerca de este particular, 
porque si alguien lo dice en Peñascosa, le sacan 
los ojos. 

Igualmente tienen metido las jóvenes peñas- 
cas en la cabeza (digamos en la hermosa cabe- 
za, que no hay mentira en ello) que poseen es- 
pecialísima aptitud para componer coplas opor- 
tunas ó de circunstancias. Las componen gene- 
ralmente sobre canciones populares que sirven 
para bailar en las romerías. Que se inaugura el 
edificio de las escuelas, copla al canto; que llegó 
el diputado del distrito á tomar baños, serenata 
y coplas; que D. José el Estanquero monta un 
servicio de ómnibus á la capital, coplita laudato- 
ria á D. José el Estanquero. Pero donde brilla 
principalmente el estro de las jóvenes artesanas 
es en las coplas satíricas: no necesitamos añadir 
que el blanco preferente de sus sátiras es el mez- 
quino, peligroso y sucio puerto de Sarrio. No 
suelen estar bien medidas las coplas; tampoco 
se ve en muchas de ellas el aguijón. ¡Qué im- 
porta! Las peñascas las cantan con un fuego y 



44 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un retintín que desespera á las jóvenes de Sa- 
rrio y les hace enfermar de ira. 

Los hombres suelen ser como en todas partes, 
más feos que hermosos, más tontos que gracio- 
sos, más groseros que corteses, más vulgares 
que originales. Sin embargo, hay en casi todos 
ellos un rescoldo de imaginación que, si no les 
sirve para escribir novelas, les hace más novele- 
ros y curiosos que á los del resto de la provin- 
cia. Cualquier acontecimiento insignificante ad- 
quiere proporciones grandiosas en Peñascosa. 
El pueblo se conmueve hondamente cada vez 
que arriba cierto bergantín-goleta trayendo tabla 
de pino rojo del Norte para D. Romualdo, y 
acude todo á presenciar la descarga. Un pres- 
tidigitador vulgar produce extraordinaria agita- 
ción y ocasiona largas y violentas disputas en el 
casino, en los cafés, en las tertulias de las tien- 
das, y encauza el gusto y la fantasía de los pe- 
ñascos por distintos derroteros. Llegó en cierta 
ocasión un magnetizador que dió algunas sesio- 
nes en el teatro (llamémoslo así). Durante seis 
meses los peñascos no se ocuparon apenas en 
otra cosa que en magnetizarse los unos á los 
otros. En ninguna tertulia se entraba que no se 
tropezase con alguna señorita dormida mientras 
un joven indígena, en actitud de espantarle las 
moscas, le arrojaba puñados de fluido á la cara: 
todo era médiums y espíritus, y veladores girato- 



LA FE 



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rios: algunos honrados vecinos quisieron volver- 
se locos: uno de ellos salió de noche pidiendo 
confesión á gritos porque había hablado con cier- 
to pariente difunto. Después llegó un frenólogo. 
Los peñascos se dedicaron otra temporada á 
palparse la cabeza y hacer vaticinios sobre el 
destino reservado á los niños. Los cuadros di- 
solventes de algún saltimbanqui engendraban la 
afición á las linternas mágicas, y las compañías 
dramáticas que por casualidad llegaban hasta 
allí, verdaderas cuadrillas de facinerosos, des- 
pertaban extrañas aptitudes para el arte escéni- 
co en muchos vecinos que hasta entonces jamás 
las habían revelado. Un náufrago austríaco les 
infundió el amor á la filología; dio unas cuantas 
lecciones de alemán y ruso á varias personas 
caracterizadas de la localidad, y al cabo de dos 
meses se escapó con seis mil reales de D. José 
el Estanquero, dos mil de D. Remigio Flórez y 
algunas pesetas más de otros caballeros. No se 
habló de otra cosa en un par de meses. 

Hay en Peñascosa un casino suscrito á cinco 
periódicos de Madrid y á uno de Lancia. El Faro 
de Sarrio, que les enviaban gratuitamente, fué 
devuelto á su destino á propuesta de varios so- 
cios dignísimos cuando este periódico propuso 
(¡qué asco!) la construcción de un gran puerto 
de refugio en Sarrio. Existe además una socie- 
dad de recreo, de la cual es alma y vida D. Gas- 



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par de Silva, un poeta de la localidad que tiene 
escritas más obras dramáticas que Shakspeare. 
Púsole por nombre el Agora, en consonancia con 
sus aficiones clásicas. Es el templo del arte. 
Allí se representan las piezas de D. Gaspar por 
los jóvenes aficionados y se leen sus poesías lí- 
ricas, en medio de las lágrimas y los aplausos 
de las señoritas de la localidad, adivínanse cha- 
radas y logogrifos, se cantan mandolinatas y stor- 
nellos en un italiano estupendo y se juega de mil 
modos ingeniosos. Verdaderamente el Agora de 
Peñascosa recuerda, más que la asamblea griega 
que le ha dado nombre, la tertulia de la reina 
de Navarra, aquella gozosa y poética reunión de 
hermosas damas y caballeros, donde rebosaba el 
ingenio y de la cual tanta gallarda invención ha 
salido. No llevaremos, sin embargo, nuestro afán 
de similitudes hasta comparar á D. Gaspar con 
Margarita de Valois. Cada cual en su género 
deben considerarse como seres privilegiados; 
mas pertenecen á géneros diferentes. 

D. Gaspar era un hombre alto, seco, con el 
rostro lleno de manchas coloradas que delataban 
su juventud borrascosa, el pelo ralo, la barba, 
que gastaba al uso de Espronceda, Larra y los 
literatos del treinta al cuarenta, entrecana y eri- 
zada, las manos y los pies descomunales, tan 
apretados por los callos estos últimos que el 
poeta andaba apoyado siempre en una muleta y 



LA FE 



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doblado fuertemente por el espinazo. Á pesar de 
esta circunstancia, no puede negarse que era un 
hombre notabilísimo, y con razón se vanaglo- 
riaba Peñascosa de haber sido su cuna y guar- 
darle en su seno. No se limitó jamás, como la 
mayoría de los literatos, á cultivar un género 
con mejor ó peor fortuna. Escribió poemas épi- 
cos, poesías líricas de todas clases, amorosas, 
satíricas, filosóficas, didascálicas; fué novelista 
y autor dramático. Las tres cuartas partes de 
sus obras permanecen manuscritas; pero bastan 
las impresas (á expensas de un primo hermano 
que el poeta tiene en Puerto Rico) para dejar de 
él imperecedera memoria. Por lo menos, los que 
hemos tenido la dicha de conocerle personal- 
mente, es seguro que no lo olvidaremos mien- 
tras nos dure la existencia. Silva era un poeta 
que guardaba más semejanza con los vates anti- 
guos que con los modernos. Como Shakspeare, 
como Moliere y Lope de Rueda, él mismo re- 
presentaba sus obras en la escena, reservándose 
los papeles de característico, á causa de la cur- 
vautra del espinazo. En este caso solía sacar 
una voz engolada y tremante que causaba hon- 
da emoción en sus convecinos. Los títulos de 
ellas tenían un sello de originalidad que recor- 
daba bastante los del inmortal dramaturgo in- 
glés. Entre otros títulos extraños, originalísi- 
mos, recordamos los siguientes: No me vengas 



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con belenes, que te rompo el esternón (comedia en 
tres actos), Entre col y col, lechuga (pieza en 
un acto), Y sin embargo se muere (drama entres 
actos) , ¿Le gustan ó no las rubias? (pieza en un 
acto). Aunque ha brillado y brilla en todos los 
géneros literarios, nosotros pensamos que su ge- 
nio es más dramático que lírico. 

No hay más sociedades reglamentadas en Pe- 
ñascosa. La tertulia de la botica, la de D. Mar- 
tín de las Casas y la de los mosqueteros (esta 
última al aire libre, en el Campo de los Desma- 
yos) son agrupaciones libres, sin ideal artístico 
ni político. 

De esta villa insigne por su maravillosa situa- 
ción geográfica- y por el talento de sus hijos, 
blanco de la envidia, no sólo de Sarrio, sino tam- 
bién de Santander y Bilbao y todos los demás 
puertos de la costa cantábrica, que en vano han 
pretendido humillarla; de este pueblo generoso, 
patriota, idealista, fué nombrado teniente párro- 
co el joven presbítero protagonista de esta verí- 
dica historia. Lo fué por influencia ó mediación 
de D. Martín de las Casas y otros proceres. No 
les costó trabajo obtener este nombramiento del 
obispo, porque Gil se había hecho notar extre- 
madamente como alumno aplicado é inteligente 
en el seminario de Lancia. Al mismo tiempo 
sus costumbres puras y la suavidad y manse- 
dumbre de su carácter, acreditadas por todos los 



LA FE 



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profesores, le ponían en aptitud de desempeñar 
cualquier oficio en la iglesia. El rector del semi- 
nario, varios dignatarios del clero y hasta el 
mismo prelado le insinuaron la idea de quedar- 
se en Lancia y hacer oposición á alguna de las 
prebendas que pudieran vacar en la catedral. 
Nadie dudaba de su pericia para conseguirla. 
Sin embargo, el nuevo presbítero rechazó con 
humildad la proposición, alegando la insuficien- 
cia de sus estudios, que esperaba ampliar con el 
tiempo, y su excesiva juventud para desempeñar 
cargo de tal importancia, caso de que se lo otor- 
gasen. En el fondo de su ser existía también, 
sin que él mismo se diera cuenta de ello, cierta 
repugnancia á la vida sociable y regalona de los 
canónigos. 

Gil era un místico. Había tenido la fortuna de 
tropezar, en el rector del seminario, con un 
hombre de una piedad exaltada, con un orador 
elocuente, apasionado, genial, un verdadero 
apóstol. Este hombre extraordinario, que for- 
maba contraste con el clero prudente y prosaico 
que le rodeaba, ejerció influencia decisiva en el 
espíritu delicado y soñador de nuestro héroe, 
consiguió arrastrarlo en su vuelo, comunicándo- 
le el fuego que devoraba su alma de asceta. Era 
medianamente instruido, pero hasta su pequeño 
bagaje de instrucción le pesaba. Sentía un res- 
peto idolátrico, que comunicó á su discípulo, ha- 

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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cia la Teología por lo que había en ella de mis- 
terioso é incomprensible. En cambio miraba con 
indiferencia la Filosofía y despreciaba las cien- 
cias naturales. Era, como todos los hombres de 
fe viva y corazón ardiente, enemigo de la razón. 
Cuando se cree y se ama de veras se apetece el 
absurdo, se despoja el alma con placer de su fa- 
cultad analítica y la deposita á los pies del obje- 
to amado, como Santa Isabel ponía su corona 
ducal á los pies de la imagen de Jesús antes de 
orar. Era un caso de suicidio por ortodoxia mís- 
tica. Bajo su dirección, el seminario de Lancia 
fué perdiendo el ligero barniz científico que por 
las últimas reformas se le había dado. Seguían- 
se los cursos de física, de historia natural, de 
matemáticas, de filosofía, pero con tan poco apro- 
vechamiento que ningún profesor se atrevía á 
dejar suspenso á un alumno, por mucho que dis- 
paratase en el simulacro de examen que se ha- 
cía. En cambio concedíase importancia decisi- 
va á las prácticas religiosas, á todos los ejerci- 
cios de piedad. Se pasaba el día orando, medi- 
tando. El alumno más apreciado no era el que 
mejor dijese y entendiese las lecciones, sino el 
que supiera pasar más horas de rodillas, ó ayu- 
nase con más rigor, el más silencioso y taci- 
turno. 

La mayoría de los colegiales, hijos de labra- 
dores y artesanos, cumplía con estos deberes 



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sin gran esfuerzo, viendo en ello una manera de 
arribar pronto y sin dificultades al sacerdocio. El 
estudio les hubiera mortificado más. Para Gil, tal 
género de vida representaba un trabajo constan- 
te, una lucha consigo mismo. Su inteligencia 
vigorosa apetecía el estudio, su fantasía el mo- 
vimiento. Con sistemática tenacidad se puso á 
contrariar las expansiones de su naturaleza, dió 
comienzo al lento suicidio que primero había 
operado su maestro y antes todos los místicos del 
mundo. Penetró en el pensamiento de aquél, par- 
ticipó del ideal sombrío de su vida, de su furor 
de penitencias, de su desprecio de los placeres, 
de los horrores y también de la ciencia del mun- 
do. En esta lucha con la carne hay su poesía. De 
otra suerte, no habría místicos. Cuando terminó 
la carrera era el modelo que se ofrecía á los co- 
legiales. Humilde, reservado, grave y dulce á la 
par, rezador incansable y con la nota de meritissi- 
mus en todos los. cursos. 

Ya le tenemos ejerciendo el cargo de teniente 
párroco en Peñascosa. Hubiera preferido mar- 
charse á regentar una parroquia rural. El trato 
mundanal le producía penosa impresión: para él 
Peñascosa, con su casino, sus cafés y tertulias, 
era un centro de frivolidad, por no decir corrup- 
ción. Pero D. a Eloísa y sus protectoras se ha- 
bían empeñado en tenerle en el pueblo, y el rec- 
tor del seminario, su venerado maestro, le acón- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sejó que no desatendiese sus ruegos: si la fri- 
volidad de la villa le molestaba, su tarea, en 
cambio, sería más meritoria y fructífera; las al- 
mas de los campesinos no necesitan tanto pro- 
lijo cuidado. Con la emoción y el anhelo de 
quien pone mano en una obra sacratísima, dió 
comienzo el nuevo presbítero á sus tareas. Le- 
vantábase al amanecer y se dirigía á la iglesia, 
donde entraba el primero, antes que el sacris- 
tán. Sentábase en el confesonario y allí perma- 
necía escuchando á los que se acercaban al sa- 
grado tribunal hasta las ocho, hora en que decía 
su misa. Después, aún se sentaba otro rato á 
confesar, y se iba á casa. Hasta la hora de co- 
mer, estudio, meditación, rezo. Después otra 
vez á la iglesia: rosario, enseñanza de doctrina, 
arreglo y aseo del templo. Desde que él llegó, 
éste comenzó á estar limpio y decoroso. Sin re- 
prenderle, logró con el ejemplo, echando él mis- 
mo mano al plumero y á la escoba, que el sacris- 
tán cumpliese con su deber. Pero en lo que más 
se placía su alma fervorosa era en acudir pron- 
tamente al lado de los moribundos, en permane- 
cer clavado junto á su lecho, exhortándoles al 
arrepentimiento, sosteniendo su confianza en 
Dios hasta que exhalaban el último suspiro. 
Esta era la parte grata de su tarea, la obra ver- 
daderamente divina que le dejaba el corazón ane- 
gado de dulzura y entusiasmo. ¡Arrancar un alma 



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de las garras del demonio! Cuando á la madru- 
gada, después de cerrar los ojos á un pobre feli- 
grés, se dirigía á la iglesia transido de frío, rota 
su flaca naturaleza por una noche de vigilia y 
trabajo, sus ojos se posaban en aquel mar siem- 
pre colérico, en aquel cielo sombrío, y en vez 
de sentir la tristeza y el dolor de la existencia, 
su espíritu se dilataba por la alegría y acudían 
á sus ojos lágrimas de reconocimiento. Era el 
gozo sublime de Jesús recorriendo á pie las 
abrasadas márgenes del lago Tiberiade, anun- 
ciando el reinado del Padre; era el gozo de San 
Francisco cuando tornaba á la Porciúncula con 
algún nuevo compañero de penitencia; era el 
del santo rey Fernando al apoderarse de Sevi- 
lla; era, en suma, el gozo de todos los após- 
toles. 

Se había ido á vivir con el cura, no por gusto, 
sino porque éste siempre lo había tenido en que 
los tenientes (ó excusadores, como allí se les lla- 
maba) viviesen á su lado, tal vez para tiranizar- 
los mejor. La rectoral estaba situada no muy 
lejos de la iglesia, á la entrada misma del Cam- 
po de los Desmayos. D. Miguel tenía por servi- 
dores una ama vieja y un criado joven. Los goces 
espirituales del pobre Gil estaban bien compen- 
sados con un sinnúmero de contrariedades y 
molestias que su rudo párroco le hizo padecer 
en seguida. D. Miguel era tan bárbaro en la vida 



54 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



privada como en la pública. Su voluntad despó- 
tica se dejaba sentir en todos los pormenores y 
en todos los momentos de la existencia. Luego, 
si esta voluntad fuese racional, vaya con Dios; 
pero la del formidable viejo era tan caprichosa 
como maligna. Se gozaba en contrariar los de- 
seos de los que á su alrededor estaban, por mí- 
nimos que fuesen. Al ama la tenía frita: un día 
le impedía dormir la siesta, otro día le mataba 
un perrito al cual tomara gran cariño, otro le 
tiraba los tiestos que tenía en el balcón ó la obli- 
gaba á permanecer en casa en ocasión de cual- 
quier gran solemnidad religiosa, ó le hacía pagar 
un desperfecto de la vajilla, etc., etc. Al criado 
le tostaba en parrilla: unas veces le mandaba 
en tarde de romería á cualquier aldea con un 
recado insignificante, para que no se recrease; 
otras veces le cerraba de noche la puerta si lle- 
gaba un minuto más tarde de lo convenido y le 
hacía dormir al sereno, ó bien le obligaba á qui- 
tarse las patillas, ó le vestía el ropón del mona- 
guillo porque notaba que esto le molestaba mu- 
cho. Al excusador le crucificaba. Había tenido 
muchos, y á todos los había estudiado silencio- 
samente durante algunos días para conocer sus 
tendencias y aficiones. Una vez enterado, se po- 
nía con particular cuidado á contrariárselas. Al 
anterior, hombre obeso y amigo de los pla- 
ceres de la mesa, le hizo pasar cada hambre 



LA FE 



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que por milagro no feneció; venia el infeliz de 
decir misa con ansia de tragarse el chocolate. 
¡Buen chocolate te dé Dios! El cura habia man- 
dado previamente al ama á algún recado que 
durase dos horas por lo menos. ¡Qué debilidad, 
qué sudores, qué congojas las del pobre cape- 
llán! Si llegaban en sus paseos vespertinos á 
alguna casa donde les invitaban á merendar, 
el cura rehusaba manifestando que ya lo habían 
hecho en casa. Él no padecía porque era extre- 
madamente sobrio, pero á su infeliz compañero 
se le hacía la boca agua. 

El estudio de Gil le causó gran sorpresa. En- 
tre los muchos tenientes que habían desfilado 
por su casa no había tropezado con un místico 
hasta ahora. Hubo alguno aficionado al culto y 
á la oración, pero sin la ardiente piedad y el en- 
tusiasmo que éste mostraba. El cabecilla de don 
Carlos le miró con una especie de curiosidad bur- 
lona, con la compasión desdeñosa con que los 
viejos miran casi siempre las ilusiones y los arre- 
batos de la juventud. Durante algún tiempo le 
dejó trabajar libremente en la viña del Señor; la 
inocencia y la bondad de Gil apagaban sus ins- 
tintos malignos. Pero al fin éstos no pudieron 
permanecer inactivos, y comenzó á poner obs- 
táculos al apostolado de su excusador. Unas ve- 
ces le quitaba de predicar en determinados días,, 
otras le prohibía sentarse tantas horas en el con- 



56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

fesonario ó le obligaba á decir la misa más tar- 
de. Hubo ocasiones en que, haciéndose el dis- 
traído, llegó á dejarle encerrado en su habitación 
para que no pudiera decirla á ninguna hora. 

Nuestro presbítero aceptaba resignado estos 
vejámenes y los encomendaba á Dios, como to- 
dos los disgustos y alegrías que experimentaba 
en esta vida. El carácter de D. Miguel le pro- 
ducía repugnancia y terror. Tenía el espíritu de- 
masiado inflamado por el amor divino para ver 
lo que había de cómico é interesante en este per- 
sonaje estrafalario, para contemplarlo yestudiar- 
lo con ojos de artista. Aquella violencia, mejor 
aún, aquella ferocidad, turbaba su alma delica- 
da; el poco apego que el cura mostraba á los 
asuntos teológicos ó de tejas arriba le indig- 
naba; pero sobre todo, la avaricia sórdida de 
aquel viejo, que estaba con un pie en el sepul- 
cro, del ministro de Aquel que dijo: «No que- 
ráis tener oro, ni plata, ni dinero, ni en vues- 
tros viajes llevéis alforja, dos túnicas, ni za- 
patos, ni báculo,» le causaba repugnancia in- 
vencible. El párroco de Peñascosa pasaba por 
hombre rico, y lo era en efecto. Cincuenta años 
regentando una parroquia populosa y viviendo 
con extremada economía, le habían permitido 
juntar un capital respetable. Había comprado 
muchas tierras, pero se decía que guarbaba en 
casa también una gran cantidad en metálico. Y 



LA FE 



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así debía de ser, atento la vigilancia que desple- 
gaba, sobre todo de noche. Después que termi- 
naban su frugal cena y rezaban un padrenuestro 
en acción de gracias, D. Miguel se levantaba, y 
tambaleándose un poco, porque el torso era más 
recio en él que las piernas, se dirigía á la cómo- 
da, sacaba de ella un par de pistolas enormes de 
chispa, y con una en cada mano se encaminaba 
á su alcoba, bajo la mirada atónita de Gil. Por- 
que aunque todos los días se repetía la escena, 
nunca dejaba de producirle estupefacción dolo- 
rosa. ¡Un sacerdote con dos pistolas en las ma- 
nos, en aquellas mismas manos que al día si- 
guiente habían de tocar el cuerpo de nuestro Re- 
dentor! Alguna vez había visto á su maestro el 
rector del seminario de Lancia en la cama. So- 
bre su mesa de noche había un crucifijo de bron- 
ce y unas disciplinas ensangrentadas. Al compa- 
rar ambos sacerdotes, no sólo sentía crecer su ad- 
miración hacia este virtuosísimo varón, pero 
también, á despecho suyo, nacía en su espíritu 
cierto desprecio hacia su párroco. 

Esto no obstante, su humildad le obligaba á 
rechazar este sentimiento y á repetirse la frase 
común á todos los místicos: «Así y todo es mejor 
que yo.» No sólo, pues, le miraba como su supe- 
rior jerárquico y le tributaba todo el respeto debi- 
do, sino que hacía esfuerzos por representárselo 
mejor que él moralmente. En el confesonario se 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



le ofrecían casos de conciencia complicados, que 
no entraban en las fórmulas de los libros que ha- 
bía estudiado. Viéndose apurado para resolver- 
los, acudía á D. Miguel en demanda de luces; le 
exponía tímidamente el caso pidiéndole consejo. 
El antiguo cabecilla le escuchaba con visible im- 
paciencia y, frunciendo el torvo entrecejo, solía 
contestarle ásperamente: 

— Anda adelante y no te detengas en patara- 
tadas. 

¡Pataratadas! El cura de Peñascosa calificaba 
así los extravíos de una conciencia, los dolores 
del remordimiento. El teniente se estremecía y 
hacía lo posible por ahuyentar los pensamientos 
que en aquel momento acudían en tropel á su ce- 
rebro. Concluyó por no pedirle consejo alguno, 
y obró cuerdamente. La teología moral de don 
Miguel era sin duda más deficiente que la tácti- 
ca militar. 

Después de recoger el último suspiro de los 
moribundos, el gozo mayor del novel presbítero 
consistía en sentarse en el confesonario y escla- 
recer la conciencia de sus penitentes y conducir- 
los por el camino de la perfección. Pero este gozo 
fué decayendo al observar la pequeñez, la insig- 
nificancia de los sujetos que á su tribunal se 
acercaban. Casi todos eran mujeres: por milagro 
llegaba un hombre á confesarse. Estas mujeres, 
siempre las mismas y con los mismos pecados, 



LA FE 



59 



concluyeron por aburrirle. Al principio, obser- 
vando la docilidad con que escuchaban sus con- 
sejos, la ardiente piedad que mostraban y afición 
á los sacramentos, imaginó que le sería fácil ha- 
cerlas cada día mejores, levantarlas hasta la san- 
tidad ó poco menos. Pronto se convenció de que 
era más difícil cambiar la vida de aquellas bea- 
tas que la de un pecador empedernido. Le causó 
gran desaliento: comenzó á fastidiarse de aque- 
llas nonadas, de aquellas confidencias domésti- 
cas insulsas y necias con que las devotas sazonan 
sus confesiones. Y no podía menos de admirará 
su compañero el P. Narciso, que se pasaba las 
horas muertas confesándolas con la misma afición 
que el primer día. No sólo las confesaba, sino 
que, por uno ú otro motivo, siempre estaba entre 
ellas: unas veces eran las Flores de Mayo, otras 
la novena de las Hijas de María, otras la congre- 
gación de San Vicente de Paul, etc. El P. Nar- 
ciso era, como ya sabemos, el director espiritual 
y el ídolo del sexo femenino de Peñascosa. 

Sin embargo, desde la llegada del P. Gil al 
pueblo, el rebaño había experimentado algunas 
bajas. Varias beatas abandonaron su sotana pro- 
tectora para colocarse bajo la férula del nuevo 
excusador. Este no tenía la verbosidad y la gra- 
cia del P. Narciso, ni se placía en gastar bro- 
mitas saladas con sus penitentas; pero en cam- 
bio poseía una figura delicada como la de un 



6o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



querubín, una sonrisa dulce y melancólica y mo- 
dales tan suaves y distinguidos, que compensa- 
ban bien las cualidades del otro. Algunas seño- 
ras así lo entendieron al menos, y se produjo la 
desbandada que acabamos de indicar. Mas lo 
raro, lo estupendo del caso fué que la oveja pre- 
dilecta del capellán de Sarrio, aquella Obdulia 
de quien murmuraban las jóvenes artesanas el 
día de misa nueva, abandonó también á su pas- 
tor, con quien triscaba espiritualmente, al decir 
de aquéllas, en el jardín de Montesinos, y vino 
humildemente á postrarse á los pies del joven 
presbítero. 

Dos meses después de tomar éste posesión de 
su oficio, se hallaba una tarde en el confesona- 
rio, rezando por su brevario de bolsillo. En la 
capillita donde acostumbraba á sentarse no ha- 
bía nadie. Dos mujerucas á quienes había con- 
fesado se habían ido ya. De pronto una figura 
elevada y esbelta tapó á medias la puerta, por 
donde entraba alguna claridad, no mucha. El 
P. Gil levantó los ojos y reconoció á la hija de 
Osuna. La conocía mucho de vista, aunque ja- 
más había hablado con ella. No ignoraba que 
era penitenta muy asidua del P. Narciso, y aun 
habían llegado á sus oídos ciertos rumores que 
rechazó, por supuesto, con indignación. Sin em- 
bargo, aquella joven tan aficióna la á la iglesia, 
tan suelta y andariega, no le era simpática. Ob- 



LA FE 



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dulia tenía la tez pálida, extremadamente páli- 
da, donde brillaban unos ojos negros grandes y 
hermosos como pocos. Sus cabellos eran negros 
también y abundantes, su talle delgadísimo. Todo 
en su persona indicaba un temperamento enfer- 
mizo. No podía llamársela con justicia hermo- 
sa, pero sí interesante y distinguida. Avanzó len- 
tamente por la capilla. El joven clérigo creyó 
que vendría á hacerle alguna pregunta referente 
á la comunión general del día siguiente. Pero en 
vez de eso, Obdulia se inclinó hacia él tímida- 
mente y le preguntó con voz temblorosa , donde 
se advertía extraña emoción: 

— ¿Me puede usted confesar? 

Quedó sorprendido y descontento. Tardó un 
instante en responder; al fin dijo gravemente con 
manifiesta sequedad: 

— Para eso estoy aquí , para confesar á todo 
el que lo desee. 

La faz pálida de la joven se coloreó fuerte- 
mente, sus labios temblaron como para dar las 
gracias; pero no dejaron escapar ningún sonido. 
Arrodillóse sobre la tarima contigua al confeso- 
nario, oró breves instantes y acercó al fin su ros- 
tro demacrado á la ventanilla enrejada. 

El P. Gil estaba inquieto, muy poco satisfe- 
cho de aquella preferencia. No que el confesar 
á una joven mas ó menos agraciada le importase 
nada. Era el suyo un temperamento puro, sose- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gado. La lucha con la carne no le había costado 
nunca grandes fatigas. Las mujeres eran para él 
seres débiles, más necesitadas, por tanto, de pro- 
tección y consejo: si había que vivir siempre 
prevenido contra ellas, era porque los Santos Pa- 
dres así lo habían establecido, teniendo presen- 
te sin duda su frivolidad y su naturaleza peca- 
minosa. El combate formidable que había ne- 
cesitado sostener no era contra la sensualidad, 
sino contra su espíritu analítico lleno de curio- 
sidad, enamorado de la ciencia. Su maestro ve- 
nerado, el rector del seminario, al verle entre- 
gado con ardor al estudio de las matemáticas, 
de la física, de la filosofía, le había dado la voz 
de alerta. ¿Por qué estudiar tanto? ¿A qué con- 
ducía, en último resultado, la ciencia? Lo nece- 
sario para salvarse se podía aprender bien en un 
día, en una hora, en un minuto. Lo importante 
no es saber, sino orar y trabajar. El hombre vir- 
tuoso es el más sabio, porque conoce el camino 
para llegar á Dios y lo sigue. Estas verdades se 
impusieron pronto á su espíritu y le previnieron 
contra su curiosidad científica y le impulsaron á 
sofocarla. Alentado por los consejos y por el 
ejemplo de su maestro, había matado la sed de 
conocimientos con el refresco de la oración y la 
penitencia. Logró, como él, amar lo inexplica- 
ble, lo absurdo, porque esto satisface mejor los 
anhelos de un alma enamorada. 



LA FE 



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Pero aunque la mujer no había sido para él 
jamás un peligro, guardaba en el fondo de su 
ser hacia ella ese rencoroso desprecio que carac- 
teriza á todos los místicos, no por la influencia 
que sobre ellos puede ejercer, sino por la funes- 
ta que despliega sobre otras pobres almas. En 
esta ocasión los dichos que sobre aquella joven 
corrían, su fama de caprichosa, estrambótica, des- 
pertaban en él cierto sentimiento de hostilidad 
que se tradujo en una reprensión tan dulce en la 
forma como severa en el fondo cuando la joven 
le dijo que no había tenido motivo para variar 
de confesor. 

— No he hallado nada en él de malo... Sola- 
mente que pienso que no acaba de entenderme — 
concluyó por manifestar, viéndose apretada. 

— Todo ministro del Señor — repuso áspera- 
mente el P. Gil — entiende lo que es pecado, y 
esto basta. 

Pero la confesión que siguió, larga, sincera, 
fervorosa, regada más de una vez por las lágri- 
mas, hizo cambiar la disposición del clérigo. 
Comprendió que no se las había con un alma 
vulgar, con una mujerzuela frivola, sino con una 
cristiana de corazón entusiasta como el suyo, to- 
cada del amor divino y ansiosa de perfección. 
Había sin duda bastante incoherencia en sus fra- 
ses, relataba pormenores ridículos y hasta necios 
é indignos en ocasiones, pero en otras se mos- 



64 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



traba grande y fuerte, pisoteando sus pasiones y 
lanzando su vuelo hacia la luz y la verdad. Hubo 
momentos en que su novel confesor pensaba es- 
tar escrutando el alma de una santa; hasta tal 
punto semejaban los ímpetus, los anhelos mís- 
ticos de aquella joven á lo que tenía leído en la 
vida de Santa Teresa, Santa Catalina de Sena 
y otras gloriosas madres de la Iglesia. El relato 
de las penitencias con que se mortificaba le im- 
presionó vivamente y le hizo formar de ella un 
concepto elevado. 

Sin darse cuenta de ello, Obdulia vino á hacer 
en aquella tarde una confesión general. Al co- 
municar al nuevo confesor las flaquezas de su 
temperamento, los movimientos pecaminosos de 
su alma, su vida entérale acudió á la memoria: 
¡una vida bien triste por cierto! Era hija de la 
primera esposa que su padre había tenido: no 
había conocido á su madre. Su padre había ca- 
sado otras dos veces, pero no habían durado mu- 
cho sus madrastras. Decíase en el pueblo que el 
lúbrico jorobado mataba á sus mujeres á cosqui- 
llas. Esta especie monstruosa, que halagaba la 
imaginación del vulgo, se la metían por el oído á 
Obdulia sus compañeras de colegio para hacerle 
rabiar. ¡Oh, cuánto había sufrido escuchándolas 
y observando el desprecio mezclado de terror 
que su padre inspiraba! Este era para ella cari- 
ñoso é indulgente. La pobre no comprendía la 



LA FE 



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razón de tal desprecio, á no ser por la joroba 
que la naturaleza le había dado. Parecíale, como 
es natural, enorme injusticia. ¿Tenía él por 
ventura la culpa de no haber nacido derecho 
como los demás? Todavía recordaba con lágri- 
mas la noche en que algunos jóvenes ebrios le 
ataron con una faja y le zambulleron en el mar 
repetidas veces entre bromas y risotadas. ¡Pobre 
padre! ¡En qué estado de cólera y miseria llegó 
á casa! Lo que no supo la niña fué que estos jó- 
venes le habían sorprendido en un portal oscu- 
ro en situación poco decorosa. Se asombra- 
ba dolorosamente cada vez que notaba el miedo 
que inspiraba á sus amigas; y cuando alguna de 
éstas, más benévola que las otras, la mostraba 
compasión, irritábase fuertemente sosteniendo 
con calor que su padre era muy bueno y que la 
quería entrañablemente. Su naturaleza había 
sido siempre pobre y enfermiza: varias veces se 
temió por su vida. Padeció desde la infancia 
fuertes hemorragias por la nariz, que la dejaban 
desangrada, aniquilada. Estuvo dos años, desde 
los doce hasta los catorce, paralítica de ambas 
piernas. Su padre la había llevado á varios esta- 
blecimientos balnearios sin resultado: hasta que 
un día, sin saber cómo ni por qué, echó á andar 
repentinamente. Otros muchos desórdenes expe- 
rimentó su organismo, sobre todo en el período 
de la adolescencia; pero el más señalado, ó por 

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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lo menos el que más llamó la atención de la 
gente y el que salía á relucir siempre que se ha- 
blaba de ella en la villa, fué una aberración del 
apetito que la impulsaba á comer la cal de las 
paredes. En vano se hicieron esfuerzos por su 
padre y maestras para arrancarle este vicio; en 
vano se la castigaba, se la recluía, se le ataban 
las manos. Al menor descuido, ya estaba descas- 
carillando la pared y haciendo en ella agujeros 
profundos. 

Esta y otras aberraciones desaparecieron al 
hacerse mujer. Tuvo un período, desde los diez 
y seis hasta los veinte años, en que su salud se 
fortaleció notablemente, en que se hizo una jo- 
ven gallarda y bien parecida. Pronto se secó 
aquella flor, no obstante. Su salud quebrantóse 
de nuevo, y aunque no se repitieron los extraños 
desórdenes pasados, comenzó á decaer visible- 
mente, á sentir frecuentes indisposiciones. Los 
amigos y su mismo padre atribuían estas dolen- 
cias á sus largas oraciones y penitencias. Le 
había acometido una afición desmedida á las 
prácticas piadosas, á frecuentar los sacramentos 
y á permanecer horas y horas en la iglesia. A 
pesar de las advertencias de todos y de los rue- 
gos de su padre, nunca quiso refrenar su pie- 
dad; antes iba cada día en aumento. La influen- 
cia de D. Narciso quizá tuviera buena parte 
en ello. 



LA FE 



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Había llegado Obdulia á los veintiocho años 
sin que hubiera tenido más que unos amores, 
cuando contaba diez y siete. Fué novia de un 
mancebo de Lancia que pasaba en Peñascosa 
largas temporadas en casa de unos amigos. Lle- 
garon estos amores á formalizarse. Se habló de 
boda, se hizo ropa la novia, se fijó la época. De 
repente llega el padre del muchacho de la isla 
de Cuba, y una noche lo empaqueta en la dili- 
gencia y se lo lleva, no se sabe adonde. Des- 
pués de este aborto de matrimonio, nada. El 
carácter de Obdulia, ordinariamente alegre, se 
hizo desde entonces melancólico y reservado. 
Sin duda el amor divino fué para ella un con- 
suelo en este fracaso del amor humano. Su ca- 
rácter experimentó al mismo tiempo una exalta- 
ción extraña. Antes, cualquier censura la echaba 
á risa y no le impresionaba; ahora, la observa- 
ción más delicada la conmovía fuertemente, le 
hacía derramar copiosas lágrimas. Su amor pro- 
pio se había hecho tan nervioso, tan excitable, 
que el más ligero choque con él sentíalo como 
una profunda puñalada. Su conciencia la acusa- 
ba continuamente de orgullo. Sostenía contra sí 
misma una lucha cruel, y no lograba calmar 
aquella singular irritabilidad. 

El P. Gil sondeó aquel día y los sucesivos 
(porque Obdulia se confesaba á menudo) con 
profunda emoción un espíritu verdaderamente 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



piadoso, al cual su lucha consigo mismo hacía 
aún más interesante. Era una de esas almas que 
sólo había visto descritas en los libros místicos. 
Su inefable dulzura, la sumisión con que recibía 
los consejos y advertencias, le sedujo y le inquie- 
tó al mismo tiempo: le inquietó porque descon- 
fiaba mucho de sí mismo, temía no acertar á 
comprender los anhelos ardientes, las recondi- 
teces sublimes de un ser superior á todos los 
que hasta entonces había conocido. Comenzó á 
prestar intensa atención á las extrañas confiden- 
cias de la joven, á sus escrúpulos, á sus alegrías 
y terrores, á sus visiones, porque las tenía de 
vez en cuando. Y ya no le sorprendió que los 
demás confesores no la hubiesen comprendido. 
Recordaba lo que le sucediera á Santa Teresa, 
y se propuso con el ejemplo no despreciar por 
ridiculas ciertas menudencias, señales de una 
conciencia siempre alerta, ni considerar como 
deslumbramientos y trampantojos los que muy 
bien podrían ser favores reales del Cielo. 

Lo que más le impresionó en la piedad de su 
nueva penitenta fué el afán de mortificarse. Tra- 
taba á su cuerpo sin compasión, un cuerpo de- 
licado como el tallo de una flor. Varias veces 
durante la noche levantábase á orar; al ama- 
necer, en los días más húmedos y fríos del año, 
salía de casa para ir á la iglesia, donde pasaba 
algunas horas de rodillas; ayunaba con un rigor 



LA FE 



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que no había visto ni en su ascético maestro del 
seminario, abstinencias prolongadas, terribles, 
que parecían imposibles de resistir; gastaba- cili- 
cios en las piernas y los brazos, y se disciplina- 
ba los viernes y en las vísperas de las fiestas 
señaladas. Este desapego de la carne, este odio 
de la bestia nunca lo había sentido el joven sa- 
cerdote. En vano se lo había querido inculcar su 
director espiritual, en vano había trabajado toda 
su vida por adquirirlo. Todo fué inútil. Las peni- 
tencias corporales le dolían, le aterraban de tal 
modo que apenas comenzadas tenía que suspen- 
derlas. Maltrataba á su espíritu con gran valor, 
sofocaba en él toda aspiración, todo deseo que le 
pareciese pecaminoso, lo humillaba siempre que 
quería; pero temía al dolor físico como la más 
sensible damisela: de ello se acusaba al confesor 
y se dolía en sus largas y fervorosas oraciones. 
Por eso las ásperas penitencias de la joven le 
causaron una admiración ilimitada. 

Todos admiran más aquello que les falta. 
Nunca se sintió más humillado ni dudó tanto de 
su virtud y su salvación. Y tomándolo como una 
advertencia del Cielo, se propuso intentar nue- 
vamente este camino de perfección, por el cual 
habían andado todos los que verdaderamente 
quieren acercarse á Dios. Alentado por el ejem- 
plo de la piadosa doncella, comenzó á maltratar 
su carne como ella: cada una de sus confidencias 



yo ARMANDO PALACIO VALDÉS 



servíale de ejemplo . Quiso también ayunar 
rigorosamente, quiso también levantarse al pri- 
mer sueño y pasar una hora en cruz de rodillas, 
quiso gastar cilicio, quiso disciplinarse. Fué 
un combate terrible con su naturaleza pura y 
tranquila de hombre sin pasiones, que no sien- 
te por tanto la necesidad de aquietarlas á lati- 
gazos. 

Su admiración por la virtuosa doncella le im- 
pulsó no sólo á tomarla de ejemplo, sino tam- 
bién de consejera. Era tan humilde é inocente 
de corazón que se sentía avergonzado teniendo 
que dirigir y reprender á quien en el fondo con- 
sideraba como superior. Poco á poco comenza- 
ron las mutuas confidencias. El nuevo clérigo, 
no teniendo en Peñascosa un director espiritual 
acomodado á su educación mística, abrió insen- 
siblemente su pecho y comunicó á la joven sus 
alegrías, sus triunfos y sus desmayos en la vía 
de salud que se había trazado. Fué una amis- 
tad espiritual, en que no se trataba otro asun- 
to que el del servicio de Dios, en que se pasaban 
largos ratos hablando dulcemente de las cosas 
del Cielo. Ni faltaban tampoco en sus colo- 
quios algunas bromitas inocentes que los re- 
gocijaban por breves intantes. 

— Cuando usted se encuentre en el cielo — 
decía sonriendo el P. Gil, — muy arrellanadita 
en la silla que le corresponda, ¡qué poco se acor- 



LA FE 



71 



dará de su pobre confesor, que estará padecien- 
do en el purgatorio! 

— ¡No diga eso, padre! Si usted no va dere- 
cho al cielo, ¿quién ha de ir? 

— ¡Oh, no! — respondía con un suspiro el 
sacerdote. — Usted tiene formado de mí un con- 
cepto muy equivocado... Yo soy un indigno pe- 
cador... Gracias infinitas daré á Dios si me lleva 
al purgatorio, aunque esté allí miles de años... 

Y lo decía de todo corazón el virtuoso clérigo. 
Creía de buena fe que, porque no le era posible 
macerarse, no poseía una virtud sólida, y se ale- 
graba en el fondo del alma de haber tropezado 
con un ser que gozaba de este privilegio. Acu- 
díale á la memoria frecuentemente el ejemplo 
del P. Gracián, á quien Santa Teresa tanto ha- 
bía ayudado en el camino de la perfección con 
sus virtudes y consejos. Su amor platónico al 
ascetismo le impulsaba á alentar en vez de re- 
primir prudentemente el de su penitenta. Cada 
mortificación que ésta se infligía y temblando y 
ruborizada venía á relatarle en el confesonario 
le causaba un gozo profundo, le parecía un triun- 
fo sobre el pecado y se forjaba la ilusión de que 
á él le correspondía una parte de la victoria. 

Muchas y variadas fueron las que la valerosa 
doncella consiguió sobre la carne en el espacio 
de pocos meses. Así como los hombres corrom- 
pidos agotan su imaginación en busca de nuevos 



72 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



placeres, así ella sobresalía en la invención de 
variados tormentos para su delicado cuerpo. La 
aprobación de su confesor, las frases de elogio 
que á despecho suyo se le escapaban de los la- 
bios, indudablemente calentaban su fantasía y 
aguijaban sus ímpetus. Un día se pasaba veinti- 
cuatro horas sin tomar alimento, otro echaba 
ceniza en el plato que más le gustaba, otro se 
ponía una camisa de lana burda á raíz de la 
carne, otro se disciplinaba hasta saltar la san- 
gre, etc. 

Cierta tarde se acercó al confesonario con la 
faz más radiante, con un gozo intenso pintado 
en sus grandes ojos negros y misteriosos. Aca- 
baba de lograr un nuevo triunfo sobre el enemi- 
go y ansiaba comunicarlo á su confesor. Pero 
éste, en vez de entretenerse en coloquios místi- 
cos como otras veces, y de enterarse con afec- 
tuoso interés de sus penitencias, de sus luchas 
con la carne, se atuvo severamente á los peca- 
dos. Se hallaba quizá en un momento de melan- 
colía ó de concentración del pensamiento. Man- 
túvose en una actitud reservada, hablando poco, 
tratándola casi como á una desconocida. Esta 
reserva impresionó á la joven. Hallábase ella 
precisamente en uno de esos momentos de ex- 
pansión, en que la alegría espiritual rebosa del 
pecho. Pensaba hacer partícipe de ella á su vir- 
tuoso confesor. Mas héte aquí que á éste le da 



LA FE 



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por callar y abreviar la confesión todo lo posi- 
ble. La joven se levantó al fin triste y sin poder 
reprimir un movimiento de despecho. Dió algu- 
nos pasos por la capilla, que estaba solitaria. 
De repente, no pudiendo vencer el deseo de ha- 
cer saber á su confesor la terrible penitencia que 
había llevado á cabo, se acerca de nuevo al 
confesonario, no por la ventanilla, sino por la 
puerta. 

— Padre — dice con voz temblorosa, ahogada 
por la emoción, — se me olvidó decir que esta 
noche hice una penitencia que acaso, por exce- 
siva, pudiera ser un pecado. 

El joven presbítero levantó los ojos sin com- 
prender bien, expresando una muda interro- 
gación. 

— Me he quemado con una plancha. 

El confesor permaneció silencioso, mirándola 
con ojos distraídos. 

— Me he puesto la plancha ardiendo en un 
brazo... 

El mismo silencio. El P. Gil, ó estaba pen- 
sando en otra cosa, ó el estupor le había inmo^ 
vilizado. 

Sin duda creyó lo primero Obdulia, porque 
dijo con cierta viveza: 

— Sí, señor, me he hecho en el brazo esta 
quemadura... 

Y al mismo tiempo levantó la manga del ves- 



74 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tido y puso al descubierto una herida fea y do- 
lorosa que tenía en el antebrazo. 

El sacerdote se encendió como una amapola, 
y volviendo prontamente la cabeza, repuso con 
aspereza mirando á las tablas del confesonario: 

— Bueno, bueno... Deje usted... Me parece 
excesivo, en efecto... Absténgase en adelante de 
hacer tales penitencias sin consultarlas antes con 
su confesor. 




dulce compañía de sus pistolas de chispa, el 
P. Gil salió de la rectoral con dirección á la casa 
de su protectora D. a Eloísa Montesinos. Pocas 
veces iba á la tertulia que ésta reunía por las no- 
ches. Ni tenía gusto en ello, ni el régimen seve- 
ro de la casa del cura lo consentía. Pero su pro- 
tectora se había quejado del abandono; hasta le 
pareció que estaba más fría con él. Temeroso de 
ser tachado de ingratitud y apesadumbrado real- 
mente, porque profesaba tierno y respetuoso ca- 
riño á la bondadosa señora, resolvióse á ir más 
á menudo, haciéndolo así presente al párroco. 
El agua de un fuerte chubasco le azotó el ros- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tro al poner el pie fueradela puerta. Abrió el pa- 
raguas, mas á los pocos pasos, el viento que so- 
plaba huracanado en el Campo de los Desmayos 
se lo volvió. En la imposibilidad de cerrarlo y 
sintiéndose empujado violentamente por el hu- 
racán, el joven excusador se refugió en el negro, 
enorme portal de Montesinos. Nunca pasaba por 
delante de él sin sentir cierto estremecimiento 
de temor y curiosidad. En aquel sombrío pala- 
cio habitaba un hombre misterioso de quien se 
contaban vagamente mil extrañas historias, á 
quien se atribuían además ideas y frases escan- 
dalosas contra la religión y sus ministros. El 
joven clérigo apenas le conocía. D. Alvaro Mon- 
tesinos había pasado casi toda su vida en Ma- 
drid. Hacía dos ó tres años solamente que había 
venido á establecerse á Peñascosa. Vivía en un 
retiro casi absoluto, paseando alguna que otra 
rara vez por las orillas del mar, enteramente solo. 
El resto de los días lo pasaba encerrado en casa, 
según se decía, leyendo ó escribiendo artículos 
impíos. El clero de Peñascosa hablaba de él con 
cierto desprecio rencoroso, del cual había llega- 
do á participar el P. Gil, sin conocerle. 

Arregló su paraguas lo mejor que pudo, y como 
los ímpetus del viento hubiesen sosegado un ins- 
tante, salióse del portal, no sin dirigir una mira- 
da de miedo y hostilidad á la gran puerta negra 
del fondo, en lo alto de la cual ardía tristemente 



LA FE 



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una lamparilla de aceite detrás de una ventani- 
lla enrejada. Salió del Campo de losDesmayos y, 
una vez en la calle del Cuadrante (que así se lla- 
maba la única grande y poblada de Peñascosa), 
el viento ya no soplaba tan recio y pudo aprove- 
charse del paraguas y llegar á casa de D. a Eloí- 
sa, situada en la plaza, sin mojarse seriamente. 
La morada de D. Martín de las Casas era tam- 
bién antigua, pero notablemente reformada, mu- 
cho más chica que la de su cuñado, con todas 
las comodidades y aditamentos exigidos por las 
necesidades modernas: portal de azulejos con 
cancela, escalera bien labrada de álamo con pa- 
samano charolado, las habitaciones con elegan- 
tes frisos y papeles, todo muy aseado y pintadito. 

— ¡Buenos ojos le vean, padre! ¡Qué caro se 
vende! — exclamó D. a Eloísa, que desde que su 
protegido había recibido las sagradas órdenes no 
le tuteaba. 

Al mismo tiempo se levantó y le besó la 
mano con verdadero afecto. Lo mismo hicieron 
D. a Rita, Obdulia, que desde hacía poco tiempo 
era tertulia asidua de la casa, Marcelina y tam- 
bién D. a Serafina Barrado, á pesar de la mirada 
oblicua que le dirigió su capellán D. Joaquín. 
D. a Marciala y D. a Filomena se hicieron las dis- 
traídas hablando con D. Peregrín Casanova, y 
saludaron al fin desde su asiento con sonrisa 
halagüeña. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Mientras duraron las salutaciones, D. Narci- 
so, que estaba arrimado de espaldas al piano, no 
quitó los ojos de su compañero, unos ojos don- 
de se leían claramente la aversión y el recelo. Sin 
que el P. Gil la provocara ni aun se diera bien 
cuenta de ella, existía viva rivalidad entre él 
y D. Narciso, á quien había arrancado más de la 
mitad de las hijas de confesión. Bien sabía Dios 
que no había hecho nada por conseguirlo; antes, 
al contrario, le pesaba mucho cada vez que una 
de ellas se acercaba á su confesonario. Pero 
¿qué le tocaba hacer? Nada más que confesarlas, 
pues era su obligación. Insistir mucho en que no 
variasen de confesor era conceder demasiada 
importancia á la cuestión de persona: no estaba 
dentro del espíritu del sacramento. Pero el ca- 
pellán de Sarrio no se hallaba penetrado de la 
intención de su compañero, y si se hallaba, no 
alteraba gran cosa sus sentimientos. Ateníase al 
resultado, y éste era triste para él. Antes de la 
llegada de Gil puede decirse que campaba él sólo 
entre el bello sexo de Peñascosa y señoreaba sus 
conciencias. Los demás capellanes no le hacían 
sombra alguna. Era el niño mimado de las bea- 
tas. Ninguno de sus chistes, de sus pasos y ges- 
tos pasaba inadvertido : las devotas que te- 
nían la dicha de escucharlos ó presenciarlos, se 
encargaban prontamente de difundirlos entre sus 
amigas. Á cada instante testimonios irrecusa- 



LA FE 



79 



bles de la viva simpatía y veneración que des- 
pertaba en la villa: regalos de casullas, de cor- 
porales bordados por dedos primorosos, de alza- 
cuellos de raso, etc., etc.; ofrendas más positi- 
vas aún, de jamones, botellas de jerez, tartas y 
chocolate. D. Narciso tenía admirablemente cu- 
biertas sus necesidades espirituales y tempora- 
les. Era un pastor que apacentaba felizmente sus 
ovejas, conduciéndolas con dulzura por el sen- 
dero de la virtud hacia el paraíso y trasquilán- 
dolas de vez en cuando el rico vellón para que 
no se enredaran en las zarzas. 

La aparición de su nuevo compañero vino á 
turbaraquella deliciosa Arcadia mística. Las ove- 
jas, acometidas súbito de agitación insana, se pu- 
sieron á saltar y encabritarse cual si escuchasen 
los sones de un caramillo encantado. Ni las pe- 
dradas ni los halagos lograron retener á una 
gran parte de ellas. Quedó en cuadro su rebaño, 
y él, que había tenido fuerzas para gobernar un 
hato tan considerable, desmayaba ahora al verse 
solo, al percibir la hostilidad con que le miraban 
algunas de sus antiguas y queridas ovejitas. Por- 
que no solamente ya no llegaban á su casa los 
ricos dones ultramarinos y nacionales de otros 
tiempos, sino que con profundo dolor notaba que 
empezaba á discutírsele. Decíase entre las dama s 
piadosas, y esto llegaba á sus oídos, que, si era 
cierto que tenía palabra más fácil que el joven 



8o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



excusador, la mayor parte de las veces «no había 
sustancia en lo que decía, » y que éste le aventa- 
jaba mucho en peso, en razón natural y en ins- 
trucción. Hubo ocasión en que al lanzar uno de 
sus chistes más picantes, relacionado como siem- 
pre con las materias fecales, apenas produjo risa 
entre las oyentes, y supo que una de ellas, des- 
pués que se fué, le había calificado de grosero y 
mal educado. De las gracias corporales no había 
que hablar, pues bien se le alcanzaba que nunca 
podría competir con la delicada y gallarda figu- 
ra de su rival. En resumen, D. Narciso se sentía 
minado en los cimientos y temía á cada instante 
venir al suelo. No es maravilla, pues, que la mi- 
rada y el saludo con que acogió al joven presbí- 
tero fuesen menos afectuosos de lo que debía es- 
perarse. No recordaba poco ni mucho la amable 
recepción que San Juan Bautista, maestro queri- 
do y celebrado, hizo al joven y divino discípulo 
que le había de eclipsar en seguida. 

— No le riñas, mujer. ¿Sabes tú, por ventura, 
si le será fácil salir de noche, con el miedo que 
D. Miguel tiene á los ladrones? — gritó D. Mar- 
tín de las Casas desde la mesa de tresillo donde 
jugaba con otros dos, un cura y un seglar. 

— No, señor; no es eso — dijo el clérigo, ru- 
borizándose bajo las miradas de toda la ter- 
tulia. 

— ¿Que no tiene D. Miguel miedo á los ladro- 



LA FE 



8l 



nes? — preguntó con acento afectadamente brusco 
el señor de las Casas. 

— Sí que lo tiene — repuso sonriendo dulce- 
mente el joven, sentándose al propio tiempo al 
lado de su madrina. — Sus razones habrá. Los 
ricos son los que temen. Los pobres, como yo, 
están tranquilos. 

— Pero ¿tendrá el señor cura tanto dinero 
como se dice? — preguntó D. a Marciala con cu- 
riosidad. 

— Yo no puedo decir á usted, señora... Presu- 
mo que sí, porque atiende mucho á su hacienda. 
Sus gastos son pequeños, y en vez de aumentarse 
los va restringiendo cada día más. Donde entra 
mucho y sale poco no tiene más remedio que ha- 
cerse montón. 

— Los derechos parroquiales deben producir 
mucho, ¿verdad? — preguntó con más curiosidad 
aún la esposa del boticario de la plaza. 

— Ya comprenderá usted que en una pa- 
rroquia tan extensa como ésta no han de ser 
cortos. 

— Pero D. Miguel perdonará muchosde ellos — 
replicó la señora, con una leve inflexión cómica 
en la voz. 

— Es posible, señora. Por mi parte, no lo he 
visto — repuso con perfecta ingenuidad el excu- 
sador. 

D. Narciso y D. Joaquín, el capellán de la 

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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



señora de Barrado, cambiaron una rápida mira- 
da significativa. 

Este capellán era un joven delgado, con rose- 
tas en las mejillas, indicio de un temperamento 
enfermizo, los ojos vivos é insolentes, la nariz 
fina, la boca pequeña, con un pliegue hipócrita 
y malicioso. Había sido un criadillo que doña 
Serafina metió en casa para recados y servir á 
la mesa, poco después de quedar viuda. Obser- 
vando su listeza y encariñada con él, una vez 
trasladado su domicilio á Lancia, le dio carrera, 
enviándole al seminario. En las horas que le 
dejaban libres las clases, Joaquín seguía desem- 
peñando su oficio de criado. Luego que tomó 
las órdenes le hizo su administrador; hoy era 
sus pies y sus manos. No salía á la calle sino en 
su compañía, era su director espiritual y su con- 
sejero temporal. Espectáculo curioso en verdad 
la trasformación súbita de un doméstico en se- 
ñor de su propia ama. Esta le trataba de usted, le 
llamaba siempre D. Joaquín y, públicamente al 
menos, le prodigaba mil muestras de respeto, 
obligando asimismo á los criados á tributárselo. 

D. a Eloísa volvió á insistir, preguntando con 
acento cariñoso: 

— Entonces, ¿cuál es la razón de su retraimien- 
to, picaro? 

— Señora, comprendo que á D. Miguel no le 
gusta mucho que salga de noche; pero la princi- 



LA FE 



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pal razón es que la mayor parte de los días es- 
toy rendido... ¡Como me levanto á las cuatro de 
la madrugada!... Otras veces necesito rezar un 
poco... 

— Usted trabaja demasiado, padre — dijo Mar- 
celina, una joven soltera que, al decir de la gen- 
te, frisaba ya en los cuarenta, fea, apergamina- 
da, muy habilidosa de manos y no poco también 
de lengua. — ¡Tantas horas de confesonario!..- 
¡Y luego los enfermos!... 

— Sin contar las horas que pasa de rodillas en 
oración... — apuntó con timidez Obdulia. Des- 
pués de soltar la frase se puso colorada. 

D. Narciso le clavó una mirada singular, en- 
tre irónica y agresiva, que la joven no pudo ver, 
porque ponía empeño en no mirar cara á cara á 
su antiguo confesor. 

El P. Gil hizo un gesto de impaciencia, mo- 
lestado por aquellos elogios, y para desviar la 
conversación de su persona, se encaró con uno 
de los que jugaban al tresillo. 

— Señor Consejero, hoy le he visto desde la 
rectoral sacar con la caña un pez muy gordo. 
Por cierto que me pareció un salmonete, y 
áD. Miguel una robaliza. Hemos disputado un 
poco. 

— Tiene mejor vista el cura que usted. Una 
robaliza era — dijo gravemente el caballero in- 
terpelado, sin levantar la vista de las cartas. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Este D. Romualdo Consejero era un anciano 
de bigote y cortas patillas blancas, color cetri- 
no, la frente surcada con profundas arrugas, los 
ojos grandes, severos, de párpados caídos. No 
sonreía jamás. Hablaba constantemente con 
acento de mal humor, como hombre desengaña- 
do de todo. 

— Los salmonetes no caen en el muelle, don 
Gil de las calzas verdes — profirió el señor de las 
Casas con su habitual rudeza, por no decir gro- 
sería. Solía llamar así, en broma, á su antiguo 
protegido. 

— Sí caen tal, D. Martín de las Casas blan- 
cas — profirió con voz sorda Consejero. 

Los tertulianos rieron, lo cual amoscó un tan- 
to á D. Martín, hombre, como ya sabemos, pro- 
penso á irritarse. 

— Yo lo creía así, Consejero de picardías — 
respondió con retintín, mirándole á la cara fija- 
mente, y poniendo sobre la mesa al mismo tiem- 
po un rey de copas. 

— Pues creía usted muy mal — replicó el an- 
ciano, siempre con los ojos sobre las cartas. — 
También creía usted que ese rey de copas iba á 
pasar triunfante, y... vea usted, ¡lo fallo! 

— Éso lo hará usted porque es un grosero y 
ha adquirido malas mañas allá por Málaga. 
Aquí el padre Norberto de seguro no lo hubiera 
hecho. 



LA FE 



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— ¡No, no! Yo soy incapaz... — dijo el cura, 
sofocado por la risa, tosiendo hasta reventar. — 
No he salido de Peñascosa... Yo lo que hago es 
achicarme y correr ese punto de oros de mi 
compañero. 

Y puso sobre la mesa un cuatro. 

— ¡Hurra por el cura! — rugió D. Martín, 
echando el caballo y recogiendo la baza. 

— Amigo, yo pensé que D. Martín no tendría 
el caballo — suspiró D. Norberto, dirigiéndose á 
Consejero con ojos de angustia. 

— Lo pensó usted porque es un babieca y lo 
ha sido toda su vida — repuso éste con afectada 
naturalidad donde se traslucía la cólera. 

— ¡Pero hombre de Dios!... — exclamó el cléri- 
go, disponiéndose á dar explicaciones. 

Consejero le atajó con ademán colérico, po- 
niendo resueltamente las cartas boca abajo so- 
bre la mesa. 

— ¡Hombre del diablo! digo yo... ¿Cómo se le 
ocurre á usted correr un punto no estando cu- 
bierto?.. 

Armóse una disputa violenta que duró breves 
instantes. Las de Consejero y el P. Norberto no 
se prolongaban mucho tiempo, porque éste, hom- 
bre de buena pasta, flemático, concluía por ca- 
llarse alzando los hombros con resignación y sa- 
cudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal 
de muda protesta. Las que se eternizaban eran 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



las de Consejero con D. Martín, siendo ambos 
á cual más irascible y tozudo. 

D. Martín de las Casas, teniente coronel reti- 
rado, que había hecho la guerra de Cuba, donde 
había recibido una herida en un hombro que le 
impidió continuar en el servicio, se creía en el 
caso, por su profesión, de llevarlo todo por la 
tremenda. Desde el año 1873 en que pasó al 
cuerpo de Inválidos no volvió á salir de Peñas- 
cosa. Contaba en aquella época cuarenta y dos 
años. Su esposa se alegró de aquel retiro forzoso, 
aunque deplorase que viniera al seno de la fami- 
lia con un hombro de algodón. Consideraba como 
virtud excelsa, privativa del militar, la energía lo 
mismo en el campo de batalla que tomando café 
en el casino. Sus disputas, sus baladronadas en 
este centro de recreo eran proverbiales en Peñas- 
cosa y las bofetadas que solía repartir al final de 
ellas también. Desde la llegada del tremendo te- 
niente coronel ningún vecino, por grave y respe- 
table que fuese, estaba seguro. Muchos hidalgos 
y ricos hacendados de la villa, que hasta entonces 
habían conservado inmaculadas sus mejillas, ni 
soñaban con que nadie pudiese atentar á ellas, 
las vieron selladas y rubricadas cuando más des- 
cuidados estaban por los dedos del feroz inválido. 
Esto fué causa de un lento reflujo entre sus amigos 
y conocidos, que le habían recibido cordialmente 
ásu vuelta del servicio. El movimiento ncfengen- 



LA FE 



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dró aquí el calor sino el frío. Poco á poco fueron 
dejándole aislado, juzgando su sociedad peligro- 
sa. Se vió necesitado á alternar con gentecilla de 
poco más ó menos y con clérigos, que por su sa- 
grado carácter estaban libres de sus manos ex- 
peditas, ó así lo parecía al menos. En el casino 
se le veía rodeado casi siempre de dos escribien- 
tillos de casas de comercio, un profesor de mú- 
sica, un maestro de obras y otros tres ó cuatro 
individuos del mismo porte. Le escuchaban como 
un oráculo, y si alguna vez en el calor de la im- 
provisación les largaba un soplamocos, blasfe- 
maban un poco por dignidad y volvían en segui- 
da á las buenas. 

Consejero formaba excepción. Tenía peor ge- 
nio que él. En el de D. Martín había mucho de 
afectado y profesional: el de aquél era puro y 
nativo. Pero su avanzada edad, su debilidad fí- 
sica y sus achaques le ponían á cubierto de cual- 
quier brutal agresión por parte de su amigo. 
Este solía concluir la disputa con un gesto vio- 
lento de desprecio. Alguna vez llegó á decirle: 

— D. Romualdo, si usted tuviera treinta años 
menos, le estampaba contra la pared. 

D. Romualdo vivía sólo. Un hijo que tenía 
empleado en Málaga se le había muerto hacía 
cuatro años. Disfrutaba una pequeña renta, sufi- 
ciente á subvenir á sus cortas necesidades, y no 
tenía otra ocupación que pescar con caña, ni 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



otro recreo que el de jugar al tresillo. La vida 
se partía para Consejero entre los anzuelos y los 
naipes. La mañana se la pasaba entera sentado 
sobre su sillita de tijera en el muelle ó en las 
peñas de tras la iglesia, con un sombrero de ji- 
pijapa si hacía sol ó un paraguas si llovía. Por 
la tarde, tresillo en el casino hasta las cuatro en 
que de nuevo tomaba la caña. Por la noche, tre- 
sillo en casa de D. Martín con éste y el P. Nor- 
berto. 

Era éste un clérigo al cual se le podrían echar 
cuarenta años de edad, aunque pasaba bastante de 
cincuenta, grueso, rollizo, colorado, admirable 
dentadura, los ojos redondos y saltones, la nariz 
ancha, sin una cana en el pelo ni una arruga 
en el rostro. Hablaba poco y reía mucho. Todo 
le hacía gracia: vivía en perpetuo espasmo de 
alegría y admiración. Celebraba cualquier insul- 
sez de los amigos como el chiste más acerado, 
hasta verse obligado á sujetar el vientre sacudi- 
do por los flujos de risa. Y los reía de buena fe, 
sin asomo de hipocresía ni adulación, lo cual, 
como es lógico, lisonjeaba el amor propio de los 
que estaban á su lado. Por tal razón quizá, el 
P. Norberto gozaba de generales simpatías en 
la villa y no era mal quisto de sus compañeros. 
Sólo se le conocían tres pasiones, los callos gui- 
sados, el tresillo y otra de que más adelante ha- 
blaremos. Cuando en una casa, de las que fre- 



LA FE 



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cuentaba, había callos para la comida ó la cena, 
ya se sabía que era de rúbrica el convidarle. 
Se servía dos ó tres platos colmados, se des- 
abrochaba, la frente le empezaba á ahumar y 
había que dejarle reposar después una hora so- 
bre la cama; si no, corría peligro de estallar como 
una bomba. Consejero solía decirle que cada día 
comía más callos y jugaba peor al tresillo. Y 
nunca soltaba la frase sin que el buen clérigo 
se retorciese ysofocase derisa. Los chistes jamás 
se hacían viejos para él. 

Las señoras apartaron prontamente su aten- 
ción de los tresillistas así que comenzaron á dis- 
putar. Todas las noches había una porción de 
reyertas como ésta. 

— Y usted, D. Narciso, tampoco ha venido 
ni ayer ni anteayer. ¿Qué ha sido de usted? ¿Reza 
también por las noches? — dijo D. a Marciala, que 
hacía calceta cerca de la mesa de tresillo; de vez 
en cuando alzaba las manos hacia el quinqué de 
los jugadores, para tomar un punto que se le ha- 
bía escapado. 

— No, señora; yo no soy gran rezador. No 
tengo la virtud de la oración. En cambio me 
abstengo de ciertos vicios, como el de murmurar 
de mis superiores y compañeros — profirió el ca- 
pellán con acento insolente, mirando con afecta- 
ción al techo. 

La alusión iba directamente al excusador, que 



gO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



acababa de hablar de la avaricia del cura. Así lo 
entendió él, y si no lo hubiera entendido clara- 
mente, se lo manifestaran los ojos de los circuns- 
tantes. Ante aquella brutal agresión se le encen- 
dió el rostro como una brasa. Las carcajadas 
malignas de D. Joaquín y D. Melchor concluye- 
ron de turbarle. 

— ¡Hombre, no está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Me gus- 
ta eso! ¡jo! ¡jo! Está bien eso de la abstención. 
¡Mucho que sí! Tiene usted ingenio, D. Narci- 
so. ¡Mucho ingenio! ¡jo! ¡jo! ¡jo! 

El P. Melchor se reía á boca llena de un modo 
insolente y grosero, mirando alternativamente 
al joven excusador y á D. Narciso. El capellán 
de D. a Serafina también se reía con una risita 
aguda, minúscula, que aparentaba sofocar lleván- 
dose el pañuelo á las narices. Las señoras per- 
manecían serias y disgustadas comprendiendo la 
venenosa intención del capellán de Sarrio. Sólo 
D. a Marciala sonreía frente á él aplaudiéndole. 

En Obdulia el dardo produjo aún impresión 
más dolorosa que en su confesor. Sintióse inva- 
dida por un frío extraño acompañado de ligero 
temblor; luego fuertes llamaradas de calor le su- 
bieron al rostro y con ellas un vivo irracional 
deseo de lanzarse sobre D. Narciso y arañarle. 
Costóle trabajo inmenso dominar sus ímpetus. 

— Malo es murmurar — dijo D. a Serafina Ba- 
rrado para salir del silencio embarazoso que rei- 



LA FE 



91 



naba, disgustada como las demás por aquella 
injustificada agresión; — pero muchas veces se 
toma por murmuración lo que no es. Se habla de 
cualquier persona... por hablar de algo, sin áni- 
mo alguno de ofenderla. Hasta nos reímos mu- 
chas veces de sus manías, y no dejamos por eso 
de estimarla, ni nos creemos superiores á ella... 

Al llegar aquí sus ojos tropezaron con los de 
su capellán, que había cesado de reir y le clava- 
ba una mirada fría y aguda como un puñal de 
Albacete. La pobre señora quedó acortada y sólo 
tuvo ánimos para concluir con voz más baja: 

— ...Al menos, eso me pasa á mí... 

— Y le pasa á todo el que tiene un corazón 
franco, señora — dijo impetuosamente Obdulia. 
— Sólo los envidiosos, los malintencionados sa- 
ben dorar la pildora de veneno y clavar el puñal 
cuando parece que están haciendo una caricia. 

La voz de la joven salía alterada, un poco 
ronca. 

D. Narciso dejó escapar una risita maligna y 
dijo con acento irónico: 

— ¡Mire usted cuántas cosas sabe de teología 
moral la señorita! Habrá que declararla doctora 
de la Iglesia, como á Santa Teresa. 

— ¡Caramba, tampoco está mal eso! ¡jo! ¡jo! 
¡Conque doctora de la Iglesia! ¡jo! ¡jo!... ¡Pero 
qué perverso es este D. Narciso! ¡Jo! ¡jo! ¡jo!... 
¡Es mucho D. Narciso! 



92 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No se ría usted tan fuerte, D. Melchor, que 
puede saltarle la dentadura — dijo la joven, por 
cuyos ojos pasó un relámpago de cólera. 

El P. Melchor cesó de reir repentinamen- 
te. Este clérigo, de edad de treinta y cinco á 
cuarenta años, alto, de facciones regulares, ojos 
grandes y negros sin expresión, y figura triste y 
descuadernada, presumía, según pública voz, de 
guapo, lo mismo que de inteligente, maligno, 
ilustrado, etc., etc. La frase de Obdulia le hizo 
un efecto terrible, porque imaginaba que lo de 
la dentadura postiza nadie lo sabía más que 
Dios y el dentista de Lancia que se la había 
puesto. Murmuró algunas frases incoherentes, 
pero Obdulia continuó sin hacer caso de él: 

— Yo de teología sólo sé que los sacerdotes 
están obligados á tener oración, y que el ala- 
barse de no rezar es más propio de impíos que 
de ministros del Señor. 

Lo dijo con calma y naturalidad que hicieron 
más incisivo y profundo el arañazo. 

— ¿Y dónde ha aprendido usted tanto, seño- 
rita? — preguntó D. Narciso, desconcertado ya. 

— Pues lo he aprendido en el catecismo ex- 
plicado y en los sermones del magistral de Lan- 
cia... á quien dicen por ahí que usted imita... 
pero nada más que en los gestos, ¿sabe usted? 

D. Narciso se sintió herido en lo más vivo 
de su ser, porque efectivamente hacía todo lo 



LA FE 



93 



posible por parecerse al magistral, notable ora- 
dor sagrado. Quedó algunos instantes silencioso 
y se disponía á contestar, cuando vino á inte- 
rrumpir el tiroteo la entrada de una nueva se- 
ñorita llamada Cándida, alta, delgada, enjuta y 
apretada, de la familia de los bacalaos. Fortuna 
tuvo D. Narciso, pues en la disputa llevaba la de 
perder. Obdulia poseía una imaginación vivísi- 
ma, y antes de haberse dado á la mística gozaba 
fama de alegre y chistosa entre sus amigas. 

D. a Eloísa aprovechó la oportunidad para 
cambiar la conversación, que se había hecho 
peligrosa. Detrás de Cándida entró D. a Teodo- 
ra. Venía ésta acompañada de D. Juan Casano- 
va. Este recto y majestuoso caballero tenía la 
costumbre desde tiempo inmemorial de hacer 
la tertulia por las noches á D. a Teodora. Cuan- 
do ésta venía á la de su amiga D. a Eloísa, lo 
cual sucedía una ó dos veces por semana, la 
acompañaba juntamente con el criado. D. Pe- 
regrín, después que llegó de su excursión bu- 
rocrática por Cataluña, también adquirió el há- 
bito de pasar un rato todas las noches en casa 
de D. a Teodora. 

No es posible resolver cuándo y cómo nació 
en la mente del antiguo oficial del gobierno civil 
de Tarragona la idea de suplantar á su hermano 
en el corazón de la fresca señorita; pero es cosa 
averiguada que nació, y que se desarrolló con 



94 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



extraordinaria fuerza en poco tiempo. Comenzó 
á tributarla mil atenciones, á recrearla con el sa- 
broso repertorio de sus recuerdos de empleado, 
á hacer gala en su presencia de un ingenio su- 
til, de una facilidad pasmosa para los retruéca- 
nos. Procuró asimismo demostrar su incontesta- 
ble superioridad intelectual sobre su hermano, 
llevando la contraria á cuanto decía, sonriendo 
despreciativamente cuando hablaba, vejándole, 
en fin, de mil modos. D. a Teodora, sin embargo, 
resistió tenazmente esta suplantación. Aunque 
debía de estar bien convencida de la superioridad 
de D. Peregrín, como hombre de mundo y eru- 
dito, no por eso dejó de seguir prodigando á don 
Juan las mismas señales de afecto. Al contrario, 
los desprecios de su hermano no sirvieron más 
que para que se lo manifestase más vivo que an- 
tes. Esto llenó de amargura el corazón de don 
Peregrín. Fué el motivo más poderoso de rencor 
entre los muchos que tenía contra su hermano, 
después de la estatura. 

Cándida fué á besar la mano del P. Melchor, 
de quien era hija de confesión, y le consoló, con 
el respeto, la sumisión y el cariño con que em- 
pezó á hablarle, del fracaso que acababa de expe- 
rimentar. 

Apenas se acomodaron todos de nuevo, D. Pe- 
regrín, que hasta entonces se había mantenido 
dentro de una locuacidad ordinaria, estimulado 



LA FE 



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por la presencia de D. a Teodora, quiso dar ga- 
llarda muestra desús maravillosas aptitudes para 
amenizar cualquier tertulia. Cogió por los pelos 
la ocasión que le dio D. Narciso, al censurar lo 
mal empedradas que estaban las calles de Peñas- 
cosa, para decir con su voz gangosa y penetrante 
en una pausa: 

— Siendo yo gobernador de Tarragona... 

— ¡Ya pareció Tarragona! — dijo sordamente 
Consejero, mientras colocaba las cartas. 

Los que estaban cerca oyeron la exclamación 
y rieron. A los oídos de D. Peregrín llegó el 
rumor, se detuvo un instante y dirigió una mira- 
da cobarde á Consejero. Después prosiguió con 
decisión su anécdota. Los quince días que había 
desempeñado el gobierno de Tarragona, por au- 
'sencia del gobernador y enfermedad del secreta- 
rio, eran la edad de oro de la existencia de don 
Peregrín, el período dulce y poético cuyo recuer- 
do hacía vibrar siempre su corazón. ¡Cuántos 
sucesos en aquellos quince días! ¡Cuántas imá- 
genes brillantes de gloria y poder surgían en 
súmente al pensar en ellos! Los más insignifi- 
cantes pormenores de tan hermoso sueño tenía- 
los presentes cual si acabaran de efectuarse. Po- 
dría decir cuántas veces había llovido en aque- 
llos quince días, qué había comido y bebido, de 
qué color eran los pantalones que gastaba. Du- 
rante algún tiempo, cuando hablaba de esta épo- 



g6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ca, solía decir: — «Haciendo yo de gobernador 
en Tarragona...» Más adelante sustituyó la frase 
con esta otra: — «Siendo yo gobernador de Ta- 
rragona...» 

Y cuando era gobernador de Tarragona suce- 
dió que la prensa local se quejó del abandono de 
las calles, achacándolo, como todo lo demás que 
andaba mal, á la administración conservadora. 
Entonces él, encargado de velar por el gobierno 
y el partido, había llamado al alcalde á su des- 
pacho y le había dicho: «Amigo mío...» Aquí 
una tirada de observaciones que D. Peregrín, 
cada vez que la repetía, iba haciendo más enér- 
gica, hasta convertirla en severísima filípica. El 
alcalde le respondía esto y lo otro (la respuesta 
del alcalde iba siendo cada vez más débil é in- 
significante). Entonces él, sin descomponerse 
poco ni mucho, con la mayor calma, como quien 
no dice nada, le replicaba: «Querido alcalde, tie- 
ne usted dos caminos para elegir: ó la suspen- 
sión, ó el arreglo inmediato de las calles.» 

— Al día siguiente, bien temprano, estaban 
trabajando dos cuadrillas de obreros en las ca- 
lles — terminó diciendo D. Peregrín con una fría 
sonrisa maliciosa. La conclusión y la sonrisa 
eran lo único que no se iba modificando lenta- 
mente en la interesante anécdota. 

O porque ya la hubieran oído muchas veces ó 
por no tener el espíritu bien dispuesto para esta 



LA FE 



97 



clase de confidencias administrativas, es lo cier- 
to que muy pocos eran los tertulios que aten- 
dían. Hablaban los unos con los otros en pare- 
jas ó en grupos de tres y de cuatro. Cándida cu- 
chicheaba con el P. Melchor, D. a Eloísa con su 
ahijado el P. Gil y con Obdulia, D. Joaquín con 
Marcelina, y el P. Narciso con D. a Filomena, 
Se puede asegurar que los únicos que escucha- 
ban realmente al exgobernador interino de Ta- 
rragona eran su hermano y D. a Teodora, esto 
es, los que ya conocían los pormenores de su 
gestión administrativa tan bien como él. Porque 
D. a Serafina Barrado, aunque estaba inmóvil y 
atenta con los ojos puestos en el orador, ofrecía 
tal vaguedad en la mirada, que bien se echaba 
de ver que se hallaba muy lejos de lo que decía. 
Lo que esta señora escuchaba, con impercepti- 
bles estremecimientos de dolor y rabia, era el ru- 
mor de la plática de su capellán con Marcelina. 
Hacía ya bastante tiempo que D. Joaquín distin- 
guía mucho á esta señorita; su penitenta. Estas 
distinciones llegaban al alma á D. a Serafina, que 
por lo visto aspiraba al monopolio de ellas. Te- 
niendo en cuenta que el capellán, fuera del acto 
de ser engendrado y nacer, era en un todo he- 
chura suya, parecía que tenía derecho á ello. 
Mas él no lo creía así, ó sentía placer en agitar- 
la con desvíos y seriedades injustificadas. No se 
pasaba un día sin que la buena señora expe- 

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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rimentase algún desaire por parte de su protegi- 
do. Acaso ella tomase como tal lo que no era; 
pero el clérigo, conociendo el afecto susceptible 
y celoso que le profesaba, debiera mostrar más 
cuidado en evitárselos. Ahora se notaba bien cla- 
ramente que sus apartes y cuchicheos eran inten- 
cionados: acaso tuvieran por fin castigarla por la 
defensa indirecta que había hecho del P. Gil, 
á quien D. Joaquín odiaba á par de muerte. 

D. a Marciala, más franca ó más colérica, ape- 
nas quitaba los ojos de D. Narciso y D. a Filo- 
mena, unos ojos escrutadores, inquietos, por 
donde pasaban de vez en cuando relámpagos de 
ira. En los centros de murmuración de la villa 
decíase que D. a Marciala estaba enamorada del 
P. Narciso. Aunque esto no sea creíble, por tra- 
tarse de una señora que toda la vida se había ma- 
nifestado muy circunspecta y religiosa, no hay 
duda que sus familiaridades con el clérigo po- 
dían dar lugar á torcidas interpretaciones entre 
la gente propensa á pensar mal del prójimo. 
Había casado ya tarde, cuando contaba más de 
treinta años, con D. José María, el boticario de 
la plaza. Este, que había sido toda su vida 
un republicano rabioso, que apenas frecuentaba 
la iglesia, y que reunía en su trastienda pol- 
las noches un grupo de demócratas (masones 
los llamaban las beatas del pueblo), por el in- 
flujo de su piadosa mujer había ido cambiando 



LA FE 



99 



poco á poco de opinión. Principió por alejar- 
se de la política y dejar la suscrición á El Mo- 
tín; después fué eliminando de su tertulia á los 
sujetos más exaltados y peligrosos; luego se le 
vio alternando cortésmente con varios sacerdo- 
tes. Finalmente, como llegase una misión de je- 
suítas á la villa, D. a Marciala consiguió llevar- 
le á confesar con uno. Desde entonces se reali- 
zó un cambio completo y radical en la vida de 
D. José María. El feroz republicano, suscritor 
de El Motín, se trasformó en un cofrade de San 
Vicente de Paul, hermano del Sagrado Corazón. 
Alumbraba en las procesiones, hacía la guardia 
al Santísimo con escapulario al cuello, etc., etc. 
Y no sólo practicaba todos los actos religiosos de 
un fervoroso creyente, sino que dió en acompa- 
ñarse de clérigos y en recibirlos en su trastien- 
da, en vez de los impíos que antes iban; de tal 
suerte, que su botica vino á ser al cabo de algún 
tiempo el centro de reunión de los tradicionalis- 
tas de Peñascosa. Tal fué la obra benemérita 
llevada á cabo con singular fortaleza y habilidad 
por D. a Marciala. En ella le ayudó muchísimo 
con sus consejos el P. Narciso. Acaso por esta 
razón su alma quedó tan ligada y agradecida á 
su director, que por no saber contenerse, daba 
pávulo y estimulaba á las malas lenguas de Pe- 
ñascosa. 

Fué, como ya sabemos, una de las que contri- 



IOO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



huyeron á la educación y á la carrera del P. Gil; 
pero en la deserción que se operó en el rebaño 
de D. Narciso á la llegada de aquél, permaneció 
fiel á su pastor. Quizá ayudase á mantenerla fir- 
me la huida de Obdulia, de quien ella tenía, se- 
gún fama, unos celos rabiosos, y por lo visto no 
le faltaba razón. Aspiró á sustituir á ésta en la 
gracia del elocuente y donoso sacerdote, y casi 
lo tenía conseguido. Desgraciadamente, se in- 
terpuso en su camino D. a Filomena, la viuda que 
ya conocemos, quien con más modestia y reser- 
va admiraba á su director espiritual y le pro- 
digaba en silencio y en la sombra mil atencio- 
nes delicadas, que concluyeron por hacer mella 
en su corazón. No significa esto que dejase de 
considerar y atender como debía á D. a Marcia- 
la; pero se observaba en él de algún tiempo á 
aquella parte más inclinación hacia D. a Filome- 
na, aunque nunca por supuesto tan señalada 
como la que había sentido por Obdulia. 

En la tertulia de D. a Eloísa se agitaban mil 
dulces sentimientos, á los cuales, como la som- 
bra á la luz, acompañan siempre otros amargos. 
Varias jóvenes solteras, á quienes el tiempo y 
los desengaños habían hecho más reflexivas, al- 
gunas señoras casadas en las cuales sus maridos 
no habían podido extinguir la sed de lo infinito, 
y tal que otra viuda necesitada de consuelos, se 
reunían todas las noches en torno de media do- 



LA FE 



101 



cena de presbíteros, formando un grupo intere- 
sante y conmovedor. Aquel pequeño mundo, aje- 
no enteramente á las luchas de la política, de la 
ciencia y de los intereses materiales, representa- 
ba un oasis deleitoso enmedio de la corrupción 
general de las costumbres. La perfecta sumisión 
de aquellas almas femeninas á sus directores, la 
benevolencia y la ternura con que éstos se esfor- 
zaban en conducirlas por el sendero de la virtud, 
prestaban á la tertulia un carácter suave, ino- 
cente y piadoso que no se hallará seguramente 
en las exclusivamente seglares. Existía una di- 
chosa compenetración de lo espiritual en lo tem- 
poral; era una imagen aproximada de lo que 
debe ser el reinado de Dios sobre la tierra. 

El rebaño místico se repartía, como era natu- 
ral. Cada clérigo tenía sus hijas de confesión, 
que le obedecían y le admiraban. Y ellos, apro- 
vechando, como expertos y hábiles pastores, el 
carácter y condición de cada oveja, solían esti- 
mularlas por medio de acertados manejos, ora 
halagando su amor propio, ora mortificándolo 
unas veces con celos, otras con saludable frial- 
dad, otras con alguna lisonja adecuada. Ni fal- 
taban tampoco en aquella exquisita sociedad al- 
gunos honestos recreos. No era todo hacer cal- 
ceta ni colchas de crochet: también se rendía 
culto á la música. El P. Norberto era organista 
de la iglesia, y aunque conocía poca música pro- 



102 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fana, algunos nocturnos tocaba, y cuando no, 
acompañaba al P. Narciso, que entre sus múlti- 
ples habilidades tenía la de tocar en la flauta 
dos ó tres pavanas y la sinfonía de Juana de Arco, 
También Marcelina sabía cantar La Stella con- 
fidente y la Plegaria á la Virgen, D. Melchor sa- 
bía hacer algunos juegos de manos; D. Peregrín 
Casanova sazonaba la tertulia con salerosos cuen- 
tos; Cándida recitaba admirablemente al piano 
varias fábulas morales; por último, el P. Joaquín 
tocaba, rascando los dientes con las uñas, cual- 
quier pieza musical, y remedaba el grito del ga- 
llo con tal perfección que cualquiera le confun- 
día con este bípedo. 

Aquella noche no hubo música. Los ánimos 
estaban un poco abstraídos. Reinaba cierta in- 
quietud en lá tertulia, motivada por la presen- 
cia del P. Gil, á quien ninguno de sus colegas, 
si se exceptúa el P. Norberto, mostraba simpa- 
tía. La conversación fué rodando de uno en otro 
asunto, todos de poca monta. En un momento 
de silencio, D. Juan Casanova, que tenía la 
cabeza inclinada hacia un lado, sin duda por el 
excesivo peso del cerebro, la descargó algún 
tanto, diciendo con su acostumbrada solem- 
nidad: 

— Eloísa, hoy he hallado á su hermano Alva- 
ro en el paseo de la Atalaya. Llevaba un panta- 
lón de cuadros. 



LA FE 



103 



D. a Eloísa suspiró, como siempre que se toca- 
ba el punto de su hermano. 

— Estos días ha estado un poco enfermo. Me 
lo ha dicho el criado — manifestó dirigiendo una 
mirada tímida á la mesa donde jugaba su ma- 
rido. 

D. Martín y su cuñado hacía tiempo que no se 
relacionaban. Por el motivo baladí de un mue- 
ble de la casa que aquél pretendía llevar á la 
suya, sin derecho alguno, rompieron de un modo 
violento. D. Martín (¿cómo no?) puso la mano en 
la cara á su cuñado, y á más de esto le desafió. 
Desde entonces, absoluta separación entre am- 
bos. D. Alvaro vivía en su enorme casa, entera- 
mente solo, y D. Martín en la suya con su espo- 
sa. Esta, de vez en cuando, á escondidas de don 
Martín, iba á visitar á su hermano. 

— No parece que goza de buena salud — dijo 
el P. Gil, á quien sin saber por qué interesaba 
aquel hombre. 

— ¡Oh! Sumamente enfermizo y delicado. Sólo 
cuidándose mucho puede ir viviendo. 

Los clérigos, como siempre que se trataba de 
Montesinos en presencia de su hermana, guarda- 
ban un silencio sombrío, con la cara larga y en- 
foscada. Si no estuviera ella, de seguro hubie- 
ran soltado alguna frase de indignación ó algún 
sarcasmo contra aquel impío, que tenía escan- 
dalizada á la villa con sus opiniones y con su 



104 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




conducta. Á duras penas respetaban el lazo es- 
trecho de familia. 

Hubo un silencio lúgubre, porque las damas, 
comprendiendo lo que pasaba en lo interior de 
sus directores espirituales, no osaban hablar. 
D. a Eloísa tornó á exhalar otro suspiro y dijo con 
acento dolorido, como si terminase en alta voz 
un monólogo: 

— ¡Qué lástima que le hayan pervertido en 
Madrid! Alvaro tiene buen corazón... y todos di- 
cen que es hombre de talento. 

Los clérigos se sintieron molestados por aque- 
llos elogios. Uno de ellos, el P. Melchor, se atre- 
vió á decir con sonrisita de suficiencia: 

— Señora, permítame usted que no reconozca 
talento en quien no admite las verdades de nues- 
tra santa religión. 

— Alo menos fué el primero en su cátedra y pa- 
saba entre sus profesores por un chico despejado. 

— Y lo será, señora, — dijo el P. Gil, á quien 
el tonillo agresivo de su compañero había dis- 
gustado. — Se puede tener talento y estar obce- 
cado en cualquier asunto. Su hermano, desgra- 
ciadamente, lo está en lo que se refiere al más 
interesante para el hombre. Mas no hay razón 
para negarle el talento. Los grandes heresiarcas 
lo han tenido; si no fuese así, seguramente no 
habrían podido dar apariencia de verdad al error 
y engañar tanta gente. 



LA FE 



Aunque se sintiese herido en ío vivo por esta 
réplica indirecta, el P. Melchor no osó respon- 
der, y prefirió hacerse el distraído devorando su 
enojo. Por más que no la confesasen, todos los 
clérigos de Peñascosa sentían la superioridad 
del P. Gil, que achacaban, por supuesto, á que 
era el único entre ellos que había seguido la ca- 
rrera lata de teología. Ningún otro intentó tam- 
poco llevarle la contraria por temor de hacer un 
mal papel. 

La conversación se encauzó por otro lado. 
Charlóse animadamente del proyecto de construc- 
ción de una nueva iglesia, cerca de la plaza, echa- 
do á volar por varios vecinos y al cual se oponía 
con todas sus fuerzas el cura, por temor de que 
se dividiera la parroquia. Los jugadores seguían 
en sus alternativas de silencio y ruidosos alter- 
cados. El P. Gil quedó mudo y pensativo, im- 
presionado con lo que acababa de oir y decir. 
La figura de Montesinos, á quien no había visto 
más de tres ó cuatro veces en su vida, y eso de 
lejos, flotaba en su imaginación despertando 
en él viva curiosidad. La afirmación de doña 
Eloisa de que había sido siempre el primero en- 
tre sus condiscípulos, contribuyó á hacer más 
grande, por no decir más interesante á sus ojos, 
aquel hombre. Un deseo vago, indefinido de acer- 
carse y conquistarle nació en su mente. Cuando 
la llegada de D. José María el boticario y de 



io6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Osuna dio la señal de disolverse la tertulia, aún 
rodaba este pensamiento por su cerebro en busca 
deforma. 

La noche seguía encapotada y triste. El cielo 
dejaba caer con pertinacia una lluvia menuda y 
fría. En la puerta de la casa los tertulios se di- 
vidieron: la mayor parte se quedó por las inme- 
diaciones de la plaza, otros siguieron por la 
calle del Cuadrante. Y en ella se fueron sepa- 
rando todos hasta que quedaron solos el P. Gil, 
Osuna y su hija, los únicos que vivían en el 
Campo de los Desmayos. Obdulia maniobró 
para que el P. Gil la tapase con su paraguas. 
El jorobado marchaba detrás, satisfecho de no 
pasar por la humillación de que su hija le ta- 
pase, pues á causa de la gran diferencia de es- 
tatura así sucedía siempre. 

Caminaron unos instantes en silencio, escu- 
chando el estruendo lejano del mar que batía 
contra las peñas y el leve rumor de la lluvia 
sobre el paraguas. La joven esperaba que el 
P. Gil sacara la conversación de su altercado con 
el P. Narciso, y de intento prolongaba indefini- 
damente el silencio. Viéndole taciturno y abs- 
traído, se aventuró á decirle con voz temblorosa: 

— ¿Está usted enfadado conmigo, padre? 

— ¿Por qué? — preguntó el clérigo con sor- 
presa, saliendo repentinamente de su medita- 
ción. 



LA FE 



— Por la disputa que he tenido con D. Nar- 
ciso. 

— ¡Ah! Sí... en efecto, no me ha gustado la 
actitud rebelde en que usted se ha colocado fren- 
te á él. Es indigno de una joven humilde y vir- 
tuosa como usted... 

Obdulia guardó silencio, sintiendo en el co- 
razón la censura de su director. Al cabo dijo, 
poniéndose colorada, lo cual nadie pudo ad- 
vertir: 

— Tiene usted razón; he cometido un pecado 
y me arrepiento... 

Después de una pausa larga, añadió humilde- 
mente: 

— No puede usted figurarse cuánto me disgus- 
ta el observar la envidia de D. Narciso. 

— ¿La envidia? — preguntó el sacerdote con 
sorpresa. — ¿A quién tiene envidia? 

— Á usted, padre, á usted — repuso con firme- 
za la joven. 

— No, hija, no — dijo el P. Gil todo azora- 
do. — Yo no puedo excitar la envidia de nadie... 
Soy un pobre clérigo... un miserable pecador... 

— Pues así y todo... yo me entiendo... 

Repuesto de su turbación, el sacerdote dijo 
entonces con aspereza: 

— Ruego á usted que no vuelva á decir esas 
cosas, ni que las piense... Se lo prohibo... Ad- 
vierta usted que se trata de dos sacerdotes — aña- 



I08 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dio después de una pausa, dulcificando la voz. 

Obdulia no replicó. Muda y con el corazón 
apretado por una pena extraña, siguió marchan- 
do al lado del clérigo. Este dirigió la palabra á 
Osuna sin volverse: 

— Al llegar al Campo vamos á sentir el aire, 
señor Osuna. 

— ¿Cuándo no sopla en ese maldito Campo? — 
replicó el jorobado con mal humor. 

Y en efecto, al abocar á él, una ráfaga vio- 
lenta les azotó el rostro y estuvo á punto de vol- 
verles los paraguas. La sotana del clérigo, las 
enaguas de la joven tremolaron: les costaba tra- 
bajo avanzar. 

Por fin alcanzaron el gran portal de Montesi- 
nos. Se limpiaron el rostro con el pañuelo y re- 
pusieron el desorden efe sus vestidos. El P. Gil 
volvió á dirigir una mirada curiosa y escrutado- 
ra á la oscura puerta en cuya cima ardía siempre 
la lamparita de aceite. 

— Adiós, señor Osuna, que usted descanse — 
dijo tendiéndola mano al jorobado. 

Luego tuvo un momento de indecisión: iba á 
tendérsela á Obdulia; pero turbado por la mira- 
da intensa y extática que la joven le clavaba, 
la llevó al sombrero y se inclinó gravemente, 
diciendo: 

— Buenas noches, señorita. 

Alzó de nuevo el paraguas y salvó de prisa la 



LA FE 



109 



distancia que le separaba de la rectoral. Los 
ojos de Obdulia, inmóvil á la puerta mientras su 
padre llamaba, le siguieron algún tiempo. 

Antes de penetrar en la rectoral, el P. Gil vol- 
vióse y quedó inmóvil también algunos instan- 
tes. Pero sus ojos no buscaron la puerta de don- 
de aquélla acababa de desaparecer. Fueron más 
arriba, abrazaron de una vez la extensa y som- 
bría fachada de la gran casa solariega que, ave- 
zada á los golpes del huracán, dormía grave y 
desdeñosa bajo la intemperie. Contemplóla lar- 
ga, atentamente. Sus ojos brillaron con un fuego 
de gozo místico. Era la mirada del apóstol, ávi- 
da, tierna, clemente. Tal debió ser la expresión 
que reflejaron los ojos de San Pedro á la vista 
de Roma. 



IV 




■i 



esde aquella noche el P. Gil no soñó 
con otra cosa. La fiebre del apostola- 
do le encendió de tal modo que no 
dejó rincón vacío en su cerebro para 



otro pensamiento. Dentro de él entablóse una 
lucha sorda entre el deseo vivo y ardiente de en- 
noblecer su vida con la conquista de un enemigo 
encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapodera- 
do, loco, que sin saber por qué le inspiraba. En 
sus continuos paseos por la estancia que ocupaba 
en la rectoral, mientras con el breviario en la 
mano decía los rezos obligatorios, á menudo se 
detenía ante la ventana, levantaba la punta del 
visillo y dirigía una mirada tímida y ansiosa al 
palacio de Montesinos. Allí estaba, adusto, im- 
penetrable, hostil como un baluarte fabricado 



112 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



por la impiedad. Los balcones eternamente ce- 
rrados. El hombre misterioso que lo habitaba 
debía de odiar tanto la luz del sol como la de la 
fe. El P. Gildirigía luego la vista al cielo y daba 
gracias á Dios desde el fondo del corazón por ha- 
berle tenido siempre de su mano, por haberle 
hecho nacer y vivir en la región luminosa de 
las santas creencias cristianas. 

En vano trató de inquirir pormenores de la 
vida y carácter de aquella oveja descarriada á 
quien ansiaba traer al redil. Los datos que le 
suministraron eran contradictorios. Mientras su 
hermana y algunas otras personas se lo presen- 
taban como un perfecto caballero, un hombre de 
buen fondo, extraviado por las malas compañías 
y la lectura de libros impíos, otras, que también 
pretendían conocerle desde la infancia, lo pinta- 
ban como un ser avieso, mal intencionado, rien- 
do siempre de las desgracias y las flaquezas del 
prójimo, insolente y agresivo de palabra, yaque 
de obra no podía serlo por su natural débil y 
enfermizo. Á este propósito narraban algunas 
anécdotas de su infancia y adolescencia que 
acreditaban esta opinión. Otros, en fin, le tenían 
por un desdichado, por un hombre á quien los 
desengaños de su carrera literaria y los profun- 
dos pesares domésticos habían llenado el cora- 
zón de hiél. Suponían que Montesinos, aficiona- 
do á las letras, enamorado de la gloria, había 



LA FE 



113 



ido á Madrid. En vez de ella, sólo halló glacial 
indiferencia: esto, unido á la catástrofe de su 
matrimonio, le había obligado á retirarse de 
nuevo á Peñascosa «rabo entre piernas,» como 
decían pintorescamente los graves biógrafos. Y 
terminaban afirmando que Montesinos desahoga- 
ba su amargura y despecho blasfemando de pa- 
labra cuando se le presentaba la ocasión y pu- 
blicando artículos en los periódicos y revistas 
de los masones. El P. Gil no sabía á qué atener- 
se. Inclinábase, no obstante, á esta última opi- 
nión, que conciliaba hasta cierto punto la bené- 
vola de su hermana y ciertos amigos con lámala 
fama que tenía en el pueblo. Lo que no dejaba 
de sorprenderle era que mientras el clero y los 
tradicionalistas de Peñascosa le detestaban cor- 
dialmente, los pocos republicanos y masones 
que había en la villa no le demostraban estima- 
ción alguna. Decíase que Montesinos se reía de 
ellos con más gana aún que de los católicos, y 
que había huido constantemente su trato. 

Todas estas noticias, que recogía de un lado 
y de otro disimulando, por supuesto, su proyec- 
to, no eran á propósito para apartarle de él. El 
misterio impenetrable que envolvía el carácter de 
aquel hombre le interesaba cada día más, y más 
le atemorizaba. Sabía cuánto importaba atraer 
un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuan- 
do esta alma era la de un hereje, un enemigo 

9 



114 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



encarnizado de ella, el acto crecía desmesurada- 
mente á los ojos de Dios. Dando vueltas á la 
idea, concibió varias veces el propósito de acer- 
carse inmediatamente á él, hablarle y conven- 
cerle con razones y con ruegos; mas pronto lo 
abandonaba temiendo un fracaso. No era que le 
mortificase lo más mínimo en su amor propio: 
estaba resuelto á padecer por Dios con alegría 
toda clase de martirios, cuanto más una injuria. 
Lo que temía era tener que renunciar á una em- 
presa tan noble y gloriosa. Poco á poco llegó á 
convencerse de que el mismo Dios se la enco- 
mendaba especialmente, que ésta era la tarea 
principal que le había impuesto al enviarlo á 
Peñascosa. Y convencido de que lo sublime del 
propósito no empece á que se adopten los me- 
dios más eficaces para llevarlo á feliz remate, 
resolvióse á comunicarlo con su madrina doña 
Eloísa y á pedirle ayuda. Grande fué el gozo de 
la buena señora al recibir la confidencia. Aplau- 
dió de todas veras el proyecto, que satisfacía los 
deseos más ardientes de su corazón, y prometió 
hacer cuanto humanamente fuese posible por que 
tan hermoso sueño se realizase. Hubo entre am- 
bos largas pláticas, en que se buscaron y ponde- 
raron los medios de llevarlo á cabo; se trazaron 
y se rechazaron diferentes planes; por último, 
quedaron convenidos en que el excusador fuese á 
la morada de D. Alvaro por encargo de su her- 



LA FE 



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mana á pedirle una limosna para las viudas y 
los huérfanos de unos pescadores que habían pe- 
recido recientemente en la mar. Aprovechando 
la ocasión, podía tantearle, hacerse amigo suyo 
y dar comienzo poco á poco á la obra de su con- 
versión. D. a Eloísa no dudaba del éxito, fiada 
en el buen fondo de su hermano y en la virtud y 
la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le 
había hablado de las prácticas religiosas, Alva- 
ro había respondido con alguna invectiva grose- 
ra contra los clérigos de Peñascosa; á unos los 
consideraba idiotas, á otros malvados; de todos 
se reía á mandíbula batiente. Pero ¿qué podía 
decir de este muchacho tan bueno, tan estudioso, 
de costumbres tan puras y austeras? 

El no estaba tan confiado. A medida que se 
acercaba el día de la visita, sentíase más agita- 
do y medroso. Pedía con insistencia á Dios que 
le diese fuerzas y valor, y preparaba sus argu- 
mentos y hasta sus frases con una atención exa- 
gerada. Una mañana, después de haber estado 
en oración largo rato, salió de la rectoral con 
paso firme, salvó la pequeña distancia que le se- 
paraba del palacio de Montesinos, penetró en el 
lóbrego portal y tiró del grasiento cordel de la 
campana. Esta sonó á lo lejos cascada y triste. 
El corazón del sacerdote se contrajo, á pesar 
del ánimo que la oración le había infundido. 
Presentóse al cabo de un buen rato de espera 



Il6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un criado anciano de semblante hosco. Al ver 
al excusador, sus ojos duros y penetrantes expre- 
saron asombro. 

— ¿D. Alvaro está? 

Tardó en contestar. 

— ¡Ya se ve que está! — respondió al cabo. — 
No sale nunca. 

— ¿Y se le puede ver? 
— ¿Por qué no? 

— Pues avísele usted que el teniente cura de 
la parroquia desea hablar con él por encargo de 
su señora hermana D. a Eloísa. 

— No hay necesidad. Venga usted conmigo — 
replicó bruscamente. 

Y después de cerrar y trancar con cuidado la 
puerta, echó á andar delante. No dejó de sor- 
prenderle al excusador el aire de autoridad del 
viejo doméstico, y lo poco en que tenía la vo- 
luntad de su amo para recibir ó no las visitas. 
Después de atravesar un gran patio húmedo, 
mal empedrado, donde crecía por todas par- 
tes la hierba, rodeado de columnas toscas de 
piedra manchadas de musgo, ascendieron por 
una escalera de piedra y tosca también, con los 
pasos gastados por el uso. En el piso principal 
salvaron un ancho corredor abierto, con el pavi- 
mento de madera, tan deteriorado que era pre- 
ciso ir con cuidado para no meter el pie por al- 
gún agujero. Por todas partes se observaba un 



LA FE 



117 



abandono extraño; las paredes sucias, descasca- 
rilladas, el suelo con un dedo de polvo, los te- 
chos agrietados: no parecía una casa habitada, 
sino una antigua abadía solitaria. La gran casa 
solariega de los Montesinos se pudría, se derrum- 
baba, sin que su dueño intentase en ella la me- 
nor reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En 
el piso segundo el criado le condujo al través de 
varias salas destartaladas y lóbregas, abrió al 
fin una puerta de cristales con visillos sucios, 
después de echar una mirada por el interior, 
dijo: 

— No está aquí. Habrá subido á la biblioteca. 

Vuelta á desandar lo. andado. Hallaron en el 
corredor una puertecita estrecha, y por ella en- 
tró el criado seguido del clérigo, subiendo por 
una escalera de caracol más oscura y más sucia 
aún que el resto de la casa. Cuando iban hacia 
el medio, el P. Gil oyó en lo alto una tosecilla 
seca que volvió á apretarle el corazón de temor. 
La biblioteca se hallaba en una de las dos torres 
cuadradas que la casa tenía á los lados. Había 
una pequeña antesala sin mueble alguno, con 
puerta de madera sin pintar, charolada por el 
uso, que el viejo empujó, diciendo: 

— Alvaro, aquí tienes al señor excusador, que 
desea hablarte. 

El susto que éste llevaba en el cuerpo no le 
impidió sorprenderse de la confianza extraña del 



Il8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



criado. ¡Un señor tan rico, tan noble, tan mis- 
terioso, tuteado por un criado! 

La biblioteca corría parejas con el resto de la 
casa en lo destartalada y sucia. Era una gran 
pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas pare- 
des estaban cubiertas á trechos de tosca estan- 
tería con libros. Estos andaban asimismo amon- 
tonados por el suelo sin orden ni curiosidad al- 
guna. Los había encuadernados con pasta anti- 
gua, los había también en rústica modernísima, 
pero todos eran víctimas por igual del descuido 
de su dueño y de la inclemencia del polvo. Dos 
ventanas de vidrios emplomados, sin cortinas, es- 
clarecían la estancia. Una estufa moderna, cuyo 
tubo, sostenido por alambres, salía por un cris- 
tal roto, la calentaba. Cerca de una mesa dete- 
riorada, cubierta por un hule todo salpicado de 
tinta, estaba sentado en un sillón antiguo de va- 
queta un hombre cuya figura y atavío corres- 
pondían perfectamente al decorado de la estan- 
cia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el 
rostro pálido, nariz y labios finos, los ojos pe- 
queños y de un color indefinible, el cabello ber- 
mejo y ralo, las manos diminutasy descarnadas. 
Vestía una bata usada, mugrienta, traía anudado 
al cuello un pañuelo de seda, y se cubría las 
piernas y los pies con una manta de viaje tan 
rapada y grasienta como la bata. 

Al abrirse la puerta levantó la cabeza, y sus 



LA FE 



IIQ 



ojos verdosos con puntos amarillos, como los de 
los gatos, se clavaron en el sacerdote con una 
curiosidad que llegó á ser insolente por el acto de 
no levantarse más que á medias del sillón ni ha- 
cer siquiera una inclinación de cabeza. E1P. Gil 
se había despojado del sombrero canal, y se incli- 
naba confuso y molesto bajo aquella fría y es- 
crutadora mirada. El criado se retiró y entornó 
la puerta. Después de preguntarle por la salud, 
tardó en hallar palabras el sacerdote. 

— Estará usted enterado, señor, de la desgra- 
cia que ha ocurrido hace algunos días en la mar. 
Unas cuantas familias han quedado sin más am- 
paro que la capa del cielo y el de las almas ca- 
ritativas. Confiado en la caridad de este pueblo, 
emprendí la tarea de implorarla de casa en casa. 
En cumplimiento de este deber y excitado por 
su señora hermana, me tomo la libertad de venir 
á pedirle á usted para las pobres viudas y huér- 
fanos una limosna por el amor de Dios. 

El dueño de la casa le contempló todavía unos 
instantes. Luego sacó del bolsillo una llave, 
abrió un cajón de la mesa, sacó unas monedas 
de oro y, alargando la mano, las depositó silen- 
ciosamente en la del sacerdote. 

— Dios se lo pague á usted, señor — dijo éste. 

No había más remedio que retirarse. D. Al- 
varo no decía una palabra ni le invitaba á sen- 
tarse. Pero el hacerlo sin tentar de algún modo 



120 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



su proyecto, le dolía tanto que permaneció in- 
móvil, á despecho de la mirada de despedida que 
aquél le estaba clavando. 

— No me sorprende su generosidad — dijo. — 
Su señora hermana me había hecho muchos elo- 
gios de su corazón, y veo que no estaba equivo- 
cada. 

— Supongo que á nadie más que á mi herma- 
na habrá usted oído hacer elogios de mi corazón. 

La voz del mayorazgo de Montesinos era sin- 
gularmente armoniosa y dulce, y contrastaba no- 
tablemente con lo inarmónico y triste de su figu- 
ra. El P. Gil, que era la rectitud personificada, 
quedó un instante suspenso. 

— En efecto, á nadie he oído hacer elogios de 
usted más que á su hermana — dijo al cabo, con 
naturalidad. 

Montesinos no pareció disgustado con esta res- 
puesta, pero sus ojos brillaron con más curiosi- 
dad, y volvió á examinar atentamente al clérigo 
de los pies á la cabeza. 

— Como los elogios de mi hermana no tienen 
valor alguno... saque usted la consecuencia. 

Una levísima sonrisa apuntó á sus labios al 
pronunciar estas palabras. 

— Para juzgar á los hombres no me atengo al 
juicio de los hombres, sino al de Dios. ¿Quién 
sabe la bondad ó la maldad que pueden ocultarse 
en el fondo de un alma? Hasta ahora lo único 



£Á FE 121 



positivo que sé respecto á usted, señor, es que 
no he llamado en vano á su puerta, es que los 
huérfanos desvalidos bendecirán su nombre y su 
corazón. 

Los ojos del caballero se desviaron brusca- 
mente del clérigo y expresaron malestar. 

— El dar una limosna más ó menos crecida 
nada tiene que ver con la bondad del corazón. 
Damos lo que nos sobra. ¿Está usted seguro de 
que si el dinero que acabo de darle me hiciese 
falta se lo daría? 

— No, señor: de lo que estoy seguro es de que 
haría usted bien en darlo aunque le hiciese fal- 
ta — respondió gravemente el sacerdote. 

El aristócrata le miró aún con más interés y 
quedó unos instantes pensativo. Luego alzó los 
hombros con indiferencia. 

— ¡Ps! Yo no sé hasta qué punto es eso cier- 
to. Suponiendo que mi dinero sirviese para que 
vivan esos huérfanos, no es gran favor el que les 
hago. Es más; si se considera lo que indudable- 
mente les espera en esta vida, puede asegurarse 
que les causo un terrible mal... Vivir abruma- 
dos de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y 
por fin de fiesta quizá una muerte aterradora 
como la de sus padres allá entre las olas embra- 
vecidas. ¡Hermoso porvenir! Bien pueden dar- 
nos las gracias esos pobres chicos por la felici- 
dad que les preparamos. 



122 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Todo hombre tiene un destino que cumplir 
sobre la tierra. 

— Conozco perfectamente ese destino. Pade- 
cer los innumerables dolores que la naturaleza y 
nuestros semejantes nos proporcionan. 

— Y si los padecemos con paciencia y los en- 
comendamos á Dios, lograr la recompensa reser- 
vada á los buenos. 

D. Alvaro hizo una mueca de desdén, y levan- 
tándose de la silla con señales de impaciencia, 
tendió la mano al sacerdote. 

— Señor excusador, nuestra conversación, si 
se prolongase, podría convertirse en disputa. 
Siempre es mala educación disputar con las per- 
sonas que vienen á visitarnos, pero en este caso, 
tratándose de un sacerdote, sería una verdadera 
ofensa. 

— Diga usted cuanto se le ocurra, señor. Mi 
deber es pregonar la verdad sin temor á las 
ofensas. 

El caballero volvió á mirarle esta vez con una 
benevolencia compasiva, y acercándose á él y 
poniéndole una mano sobre el hombro, le pre- 
guntó sonriendo: 

— Vamos á ver, señor cura, si usted fuera 
Dios, ¿haría un mundo tan perverso como éste? 

— Esa pregunta más parece una burla... — 
respondió con señales de tristeza y disgusto el 
clérigo. 



LA FE 



123 



— ¡Lo ve usted cómo se ofende!... Lo que yo 
pretendo preguntarle es si, teniendo usted en su 
mano fabricar un mundo bueno, poblado de 
seres felices, eternamente felices, crearía usted 
por capricho otro lleno de dolores, de tristezas, 
de amarguras, daría usted vida á unos pobres 
seres, malos y buenos, por el gusto de recom- 
pensar á los buenos y castigar á los malos. 

— Dios no ha creado el mundo malo, sino 
bueno. Fué el primer hombre quien se acarreó 
todos los dolores con su desobediencia. 

— ¡Ah, sí! El mito de la manzana. Yo no le 
creo á usted capaz, señor excusador, de un ca- 
pricho tan ridículo. ¿A qué conducía el reservar 
esa manzana, sobre todo conociendo el carácter 
caprichoso de Eva y la debilidad de Adán por 
ella? Pero dando por supuesto que esos dos me- 
recieran castigo, ¿qué tenemos que ver nosotros 
con su delito? Si una persona le agraviase, ¿sería 
usted capaz de vengarse en sus hijos y sus nie- 
tos? No lo creo. Principiaría usted por perdo- 
nar al ofensor, y si no le perdonaba, al menos 
se guardaría de causar ningún daño á sus hijos. 
Vea usted, por lo tanto, cómo me veo en la 
precisión de considerarle á usted mejor persona 
que Dios. 

Una ola de sangre subió al rostro del presbí- 
tero. El estupor, la indignación, le trabaron la 
lengua. 



124 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Eso es mofarse indignamente de las cosas 
más santas — articuló al fin. — Me sorprende que 
habiendo usted recibido una educación cristiana 
haya llegado á tal extremo de impiedad. 

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro 
macilento del hidalgo. 

— Efectivamente, he recibido una educación 
cristiana... al menos según se ha entendido has- 
ta ahora el cristianismo. Mire usted, señor ex- 
cusador, yo he tenido un padre que era como 
Dios. Por la más leve falta, hija de mi inexpe- 
riencia, de mi temperamento, de mi edad, me 
imponía un castigo bárbaro, cruel. Si me dor- 
mía durante el rosario, azotes; si cometía tres 
equivocaciones en la lección, azotes; si me caía 
un borrón en la plana escrita, azotes; si corría 
por la casa, azotes; si manchaba el vestido, azo- 
tes. ¡Siempre azotes!... Y no se tomaba si- 
quiera la molestia de dármelos por su mano: en- 
cargaba de la ejecución á Ramiro, ese criado 
que le ha conducido á usted hasta aquí, el cual, 
cristianamente, me los propinaba hasta hacer- 
me sangre. Pero todavía mi padre era mucho 
mejor que Dios en este punto; porque los azo- 
tes de Ramiro duraban un rato, mientras que 
los que los diablos nos han de dar durarán eter- 
namente, según aseguran ustedes... 

La sonrisa que vagaba por sus labios se apa- 
gó. Guardó silencio un rato: quedó profunda- 



LA FE 



mente ensimismado. Sus ojos, fijos en el suelo, 
se dilataron con expresión de terror. Por delan- 
te de ellos pasó en rauda y lúgubre visión toda 
su infancia. Su padre, alto, seco, con su gran na- 
riz encorvada y cortante como el pico de un águi- 
la. Jamás le había visto sonreír. La mitad de la 
vida la pasaba en la iglesia, donde se dejaba caer 
de rodillas con un fuerte golpe que le hacía estre- 
mecer (á veces imaginaba que tenía las rodillas 
de hierro ó piedra). Sólo le hablaba para repren- 
derle ó exigirle el cumplimiento de alguna ta- 
rea. No tenía más amigos que dos ó tres cléri- 
gos, con los cuales le oía abominar del liberalis- 
mo y la impiedad moderna. Se veía á él, pobre 
niño, enteco y enfermizo, pasando dos y tres ho- 
ras arrodillado en la iglesia, sin gustar jamás el 
placer de correr al aire libre como los hijos de 
los miserables pescadores, sin tener un compa- 
ñero con quien comunicar sus inocentes pensa- 
mientos. Un día igual á otro. El cielo siempre 
plomizo. La mar bramando tristemente en las 
peñas. El viento aleteando con violencia sobre 
los cristales. Y la casa silenciosa, lóbrega, su- 
cia, resonando de vez en cuando con los paseos 
lentos, acompasados, de su padre. Veíase más 
tarde en Lancia estudiando la segunda enseñan- 
za, hospedándose en casa de un clérigo del mis- 
mo temperamento y costumbres que su padre. 
Sus compañeros le despreciaban á causa de su 



126 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



debilidad, de su falta de destreza; los profesores 
le miraban con recelo por su carácter reservado 
y triste. Y por las vacaciones vuelta al lúgubre 
y aborrecible palacio, al austero régimen, á los 
eternos rezos. A pesar de sus ardientes deseos 
de seguir una carrera no lo consiguió. Su padre 
consideraba indigno del mayorazgo de la casa 
de Montesinos el escribir un pedimento ó trazar 
una carretera: á los abogados los llamaba curia- 
les, á los ingenieros canteros, á los profesores 
maestrillos. La milicia le agradaba, pero sus 
ideas tradicionalistas le impedían mandar á su 
hijo á servir á un gobierno liberal. No pudiendo 
servir á su rey con las armas, la vida de un no- 
ble debía ser levantarse temprano para oir misa, 
echar un vistazo á su hacienda, platicar un rato 
con el mayordomo, jugar al tresillo con los cu- 
ras, dar luego con ellos un paseo, rezar el rosa- 
rio, confesarse á menudo y dar constantemente 
ejemplo á los plebeyos de virtud y religiosidad, 
sin rozarse jamás con ellos. Pero á pesar del 
gran respeto que mostraba á los sacerdotes y de 
besarles la mano en público, Alvaro recordaba 
un pormenor que siempre le había llamado mu- 
cho la atención: á la hora de comer los criados 
servían antes al amo y á su hijo que al capellán 
de la casa. El orgullo nobiliario latía aún más 
vivo en el corazón de su padre que el sentimien- 
to religioso; pero sabía aliarlos tan bien en el 



JLA FE 



127 



fondo de su conciencia, que había llegado á creer 
que la religiosidad era una cualidad privativa de 
los aristócratas, y que por ella se distinguían me- 
jor que por ninguna otra del vulgo despreciable. 

Veíase en Peñascosa haciendo la vida de hi- 
dalgo desocupado, sometido como un niño de 
diez años á la autoridad despótica de su padre. 
Su espíritu imaginativo, soñador, no podía so- 
portar aquella inacción. Comenzó á leer á hur- 
tadillas novelas que le proporcionaba una seño- 
ra que tenía estanquillo en la calle del Cuadran- 
te. Subió después á la biblioteca, donde un clé- 
rigo, hermano de su abuelo, que pasó por sabio 
en vida, había dejado gran copia de libros, y co- 
menzó á devorarlos. Leyó á Platón, á Descar- 
tes, á Santo Tomás, á Fenelón, etc. 

Se hizo sabio. Pero al entrar la luz de la 
ciencia en su espíritu, también se deslizó la 
duda. ¡Qué tormentos tan crueles le causó! En 
su vida, triste, monótona, sólo la religión, el 
pensamiento de Dios, la promesa de la inmor- 
talidad, de otro mundo más justo y más hermo- 
so endulzaba un poco el amargor de las horas. 
Y hé aquí que repentinamente desconfiaba de 
esta dulce promesa, dudaba de las verdades 
todas de la religión, hasta de la existencia de 
Dios. En un principio anduvo receloso, som- 
brío, temiendo que su padre le descubriera en 
los ojos sus abominables pensamientos. Des- 



128 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pués, atormentado cruelmente, abrumado por 
ellos, ansioso de hallar remedio á su mal, de 
una mano que le sostuviese antes de caer en 
el abismo de perdición, tuvo el valor un día 
de arrojarse á los pies de su padre y confesár- 
selos. El viejo aristócrata quedó aterrado , y 
para remediar la locura de su hijo (así la ca- 
lificó) no halló otro remedio que aconsejarle la 
penitencia, los ayunos, las mortificaciones de 
todo género. Para él estas dudas no provenían 
más que de rebeliones de la carne, á la cual ha- 
bía que combatir con la humildad y las disci- 
plinas. 

Saltó pronto la barrera de la duda y cayó en 
el campo de la incredulidad. Desde entonces, ni 
un momento de vacilación; más y más conven- 
cido cada día de que este mundo no valía nada, 
y que fuera de este mundo no había que esperar 
otra cosa. Murió su padre y se confesó con re- 
mordimiento que no lo sentía. Respiró con an- 
sia y delicia el aire de la libertad. Hubo un mo- 
mento en que la vida le pareció menos horri- 
ble; el mundo tuvo para él una dulce sonrisa. 
Fué cuando, el bolsillo bien repleto, se marchó 
á Madrid. Primero la ciencia le ofreció un con- 
suelo y un entretenimiento. Se puso al corrien- 
te con avidez de las últimas ideas en filosofía, 
en historia, en ciencias naturales; alternó, dis- 
cutió con los hombres más eminentes de Espa- 



LA FE 



129 



ña. Y tuvo la satisfacción de observar que allá 
en sus soledades de Peñascosa, meditando sobre 
los libros antiguos, había llegado á los mismos 
resultados que los filósofos modernos. Después 
vino el amor: un sueño dulce y embriagador, 
una música penetrante y divina que le suspendió 
algún tiempo sobre la miseria de la tierra, que 
le reconcilió con la vida y despertó en su cora- 
zón la esperanza infinita, la ilusión de la dicha 
inmortal. La caída de aquel mundo luminoso, 
encantado, risueño, fué bien cruel; una de las 
páginas más negras que registra la historia de 
los hombres, jdondelas hay tan negras!... 

— Por lo demás — dijo saliendo de su éxtasis 
doloroso y pasando la mano de esqueleto por la 
frente, — yo he tomado bastante tiempo en serio 
esas cosas que usted cree. Me ha costado mucho 
dolor, muchas horas de insomnio, muchas lágri- 
mas separarme de ellas. Déjeme usted que á 
cambio de tantas lágrimas me ría ahora un 
poco. 

— De modo — dijo el sacerdote con mal repri- 
mida agitación — que, olvidando por entero las 
creencias que usted mamó, la santa religión de 
sus padres, se declara usted enemigo de Dios... 

— Sí, señor, enemigo de Dios y de los hom- 
bres... Es decir, de Dios desgraciadamente no 
puedo serlo, porque no existe. Si existiera, á juz- 
gar por sus obras, sería un Dios bien perverso. 



130 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



No pudiendo serlo de Dios, lo soy de los hom- 
bres, no para hacerles daño, sino para huir de 
ellos como se huye de las bestias feroces. Desde 
que nací me han hecho experimentar muchos do- 
lores. Sin embargo, nunca intenté vengarme de 
ellos, porque sé muy bien que son malvados por- 
que así los ha creado la Naturaleza ó el Destino; 
hacen daño como lo hacen las fieras, por el 
egoísmo que ruge dentro de todo ser animado. 
El mundo está organizado para devorarse los 
seres, unos á otros. Lo que pasa entre los peces 
pasa entre los hombres; sólo que nosotros no 
abrimos la boca y nos tragamos la víctima de 
golpe, lo cual, después de todo, es una ventaja 
para ella, sino que la vamos devorando á peque- 
ños mordiscos, arrancándole la carne hasta de- 
jarla en esqueleto... ¿No me ve usted á mí? — 
añadió con sonrisa feroz apuntando á su ros- 
tro. — El pez que me ha comido lo entendía. No 
me ha dejado más que los huesos. 

El P. Gil, cada vez más aterrado, se atrevió 
á preguntar: 

— ¿Y usted piensa que no hay sobre la tierra 
ningún hombre honrado, ninguna mujer vir- 
tuosa? 

— Sí los hay, pero son productos excepciona- 
les de la Naturaleza; mejor dicho, son aberracio- 
nes de un organismo creado para el mal. Los 
hombres buenos sufren las consecuencias de toda 



LA FE 



aberración; no pueden subsistir. Todos los ani- 
males nacen con defensa para la lucha en el com- 
bate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen 
garras, otros tienen cuernos, otros tienen alas 
para huir: el hombre bueno es el único animal 
que carece de medios de defensa. No siendo apto 
para luchar, está fatalmente destinado á perecer. 
Es la pobre mosca que se enreda en la inmensa 
tela de araña labrada por los bribones que com- 
ponen la inmensa mayoría del género humano. 
El consuelo único que el hombre bueno puede 
tener es que sus verdugos tampoco son felices. 
La vida es un gran fraude para todos, para los 
buenos y para los malos. Dentro del universo se 
oculta una fuerza astuta, perversa, que nos im- 
pulsa, que nos dirige hacia un fin desconocido 
para nosotros, en el cual nada tenemos que ver. 
Para este fin misterioso necesita de nosotros y 
nos obliga á reproducirnos. No le importa que 
seamos desgraciados. El individuo para ella es 
nada, la especie lo es todo. Obra como el dueño 
de una ganadería, que antes de matar un buen 
caballo que ya no sirve, le obliga á dejar una 
cría. Preocupada únicamente con la perpetuidad 
para que no le falten jamás instrumentos, nos 
engaña con el señuelo del placer, de la ambición 
ó del orgullo. Usted mismo, que no obra por nin- 
guno de estos móviles, es igualmente un instru- 
mento de la especie. Al preocuparse con la suer- 



132 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



te de esos pobres huérfanos, al buscar con afán 
los medios de que vivan, obedece usted incons- 
cientemente las órdenes de esa fuerza malvada. 
Cuando no le basta el atractivo del placer para 
la conservación de la vida, apela al sentimiento 
de compasión que ha puesto dentro de nosotros. 

El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta 
de impiedades, sintió un estremecimiento de ho- 
rror al oir aquella interpretación monstruosa 
del sentimiento de la caridad. A este estreme- 
cimiento sucedió una viva irritación. Necesitó 
un gran esfuerzo de voluntad para no romper en 
insultos contra el blasfemo. 

— Todo eso está muy bien — dijo dominándose 
y sonriendo forzadamente; — pero usted me dis- 
pensará que le haga una pregunta. En ese pesi- 
mismo tan desconsolador que usted profesa, en 
la idea deplorable que usted ha formado del 
mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo 
brutal (¡perdón por la frase!) que tanto gusto 
tiene en exhibir, ¿está usted seguro de que todo 
depende de la razón fría y serena? ¿No habrán 
influido nada sus tristezas individuales , los 
acontecimientos desgraciados de su vida? 

Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracun- 
dos; le había herido en lo vivo. 

— ¡Ah, la eterna cantilena! — exclamó impe- 
tuosamente. — Cuando no se puede atacar una 
teoría, se escudriñan los móviles del que la sus- 



LA FE 



133 



tenta. ¿Qué pretende usted probar con eso? Su- 
pongamos que el mundo es un paraíso, que to- 
dos los hombres, menos yo, son felices, y que mi 
pesimismo depende en un todo de mis desgra- 
cias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me 
ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, 
criatura desdichada, á calificar á Dios (caso de 
que lo hubiera) de perverso, puesto que pudien- 
do haberme hecho feliz como á los demás me 
hizo desgraciado? Todo el que padece sobre la 
tierra puede preguntar á Dios como Job: ¿Cuán- 
do la existencia te pidió la nada?... Por lo de- 
más — añadió adoptando un tono despreciativo, 
insultante, — desde que usted ha entrado por esa 
puerta supe á lo que venía. No quiero discutir 
con usted, porque me aburriré. Estoy persuadi- 
do de que la religión en que usted cree no es 
más que un conjunto de hipótesis inocentes como 
las de todas las demás religiones inventadas por 
la miseria y la cobardía de los hombres, que no 
pueden resignarse á morir buenamente como los 
demás seres animados, como nos lo enseña irre- 
futablemente la experiencia, que no pueden con- 
vencerse de que han nacido para el dolor. Y esto 
no lo creo por capricho, sino después de haber 
estudiado y meditado el asunto largamente, des- 
pués de haber seguido paso á paso con cuidado 
la historia de las religiones más importantes. 
Si hubiera de elegir alguna entre ellas, no sería 



134 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ciertamente el cristianismo, que es una de las 
más tristes é insensatas. Me sucede lo que á Goe- 
the: la cruz me crispa los nervios. Ni Santo To- 
más, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me 
han convencido. Por consiguiente, ninguno de 
ustedes me convencerá. Usted no tiene más res- 
petabilidad para mí que la que le preste su ca- 
rácter y sus obras. De su ciencia y de la de to- 
dos sus colegas , obispos y arzobispos me río á 
carcajadas. 

Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de 
arriba abajo; pero estos ojos se dulcificaron re- 
pentinamente al ver temblar una lágrima en 
los del P. Gil. 

— Dispénseme usted , señor excusador — se 
apresuró á decir, acercándose á él, — si le he 
ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con 
facilidad... 

— Adiós, señor, adiós — respondió el P. Gil, 
estrechando la mano que Montesinos le tendía. — 
Á mí no me ha ofendido... Es á Dios á quien... 

— Entonces estoy contento, porque eso no im- 
porta nada... — replicó sonriendo. — Hasta lavis- 
ta. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa 
á su disposición. 




V 




alió de aquella casa maldita en un esta- 
do de confusión y tristeza indescripti- 
bles. No quiso ir á la de D. a Eloisa, que 
le esperaba impacientemente. Cuando 
más tarde la vió, manifestóle su fracaso en cor- 
tas y secas palabras. 

Durante algunos días hizo esfuerzos para ale- 
jar de su pensamiento aquella desagradable en- 
trevista y hasta la imagen del blasfemo. Abru- 
mado, abatido por un recibimiento tan brutal, 
no imaginaba que hubiese medio alguno de com- 
batir aquel diablo rabioso henchido de ira y de 
impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y 
día en sus oídos, le perseguían, le dolían como 
crueles latigazos. Conocía algunos razonamien- 
tos de los herejes; aquellos que los libros de 



I36 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



teología traían, y que el autor, con la autoridad 
de los Santos Padres, refutaba siempre victorio- 
samente. Sabía de la existencia de los raciona- 
listas, pero sus noticias eran deficientes y vagas. 
Jamás había visto expresado de un modo tan cí- 
nico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien 
estuviera verdaderamente convencido de que Dios 
no existía. 

Disipada, no obstante, al cabo de algún tiem- 
po la impresión, no pudo menos de pensar que 
se había amilanado pronto. Demasiado sabía 
que la oveja no se le había de entregar de bue- 
nas á primeras, que iba á encontrarse con un 
hombre avisado, erudito, á quien no se atraería 
con cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué 
abatirse repentinamente? ¿Por qué darse por ven- 
cido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su ha- 
bitual y sincera modestia, que no estaba prepa- 
rado para este combate. Debajo de las frases 
irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos 
adivinaba un estudio largo de la materia, un sis- 
tema meditado y completo. Para combatir este 
sistema y los razonamientos que la impiedad 
puede alegar era menester conocerlos de ante- 
mano, discutirlos y ponderarlos previamente en 
la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del 
incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso 
no se atrevía á intentar de nuevo aquella apete- 
cida conversión. 



LA FE 



137 



Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos 
más obstáculos encontraba en el camino, más 
vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas 
de los santos había visto que jamás se daban por 
vencidos en su lucha con el pecado. Por enorme, 
por imposible que la empresa fuera, una y otra 
vez la acometían con creciente ardor, fiados úni- 
camente en la ayuda de Dios. Debía hacer otro 
tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las presta- 
ría. Trabajar sin descanso hasta conseguir la 
vuelta del hijo pródigo, hasta destruir este foco 
de impiedad que podía contagiar los corazones 
sanos de Peñascosa, hasta remover aquella pie- 
dra de escándalo. 

Quedó decidido en su pensamiento que volve- 
ría de nuevo á la carga. Pero esta vez iría me- 
jor apercibido; conocería perfectamente todos 
los argumentos de los herejes y llevaría prepa- 
rada la réplica. Comunicó con su maestro el 
rector del seminario de Lancia el proyecto de 
la conversión y le rogó que pidiese al prelado 
un permiso para leer libros prohibidos. Tardó 
poco en mandárselo el rector, pero en la carta 
que lo acompañaba no aparecía muy entusias- 
mado con la empresa de su discípulo. El ascéti- 
co sacerdote gozaba más con perfeccionar las 
almas creyentes y buenas, que en atraer las que 
definitivamente se hallaban en las garras del 
pecado. 



I38 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil 
fué cierta Vida de Jesús, muy popular á la sazón 
entre los impíos y de la cual se hablaba siempre 
con desprecio mezclado de terror en el semina- 
rio. La leyó con profundo dolor y tristeza. Nues- 
tro Señor Jesucristo era considerado por el he- 
reje que la escribiera como hombre. Le prodi- 
gaba mil irrisorias alabanzas, le manifestaba 
exagerada admiración, pero era para demostrar 
mejor su condición exclusivamente humana y 
deslizar el veneno de la impiedad con más fruto. 
El libro estaba atestado de patrañas. «El cris- 
tianismo, decía, es un fenómeno histórico, y 
como tal debe ser estudiado históricamente.» 
Esto era evidentemente absurdo, porque el cris- 
tianismo significa la redención del género hu- 
mano por el Hijo de Dios; es la revelación de 
la verdad divina. El autor pedía que se exami- 
nasen los relatos de los Evangelios mediante 
los mismos principios con que se juzga cual- 
quiera otra tradición, que no se impusieran de 
antemano á la crítica los resultados y se la de- 
jase libre de hipótesis preconcebidas. Esto era 
otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar á 
la fe, á la palabra de Dios, los mismos princi- 
pios que á los hechos y á las palabras de los 
hombres? De este modo iba respondiendo uno 
por uno á los argumentos del autor racionalista, 
y deshaciéndolos. 



LA FE 



139 



Preocupado con esta discusión interior y ga- 
noso de exteriorizarla, como acaece con todo lo 
que llena y embaraza nuestro espíritu, se aven- 
turó á hacer otra visita al mayorazgo de Mon- 
tesinos. Esta vez le recibió muy bien, con exqui- 
sita amabilidad, como si le remordiese la con- 
ciencia de su grosería pasada. Hablaron de co- 
sas indiferentes. Montesinos tuvo ocasión de 
manifestarle que tenía muy buenas noticias de 
su carácter, que conocía las virtudes que le 
adornaban. El P. Gil se ruborizó con estos elo- 
gios y respondió, sonriendo tristemente, que lo 
que quisiera en aquel momento era tener mucho 
talento y mucha ciencia para convencerle de la 
verdad de la revelación. «¿De cuál revelación? — 
le había preguntado el hidalgo sonriendo tam- 
bién con benevolencia. — ¿Cómo de cuál revela- 
ción? — Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cris- 
tianos, los buddhistas, los mahometanos, los ju- 
díos, todos creen su religión revelada por Dios. 
— Hablo de la única verdadera, de la revelación 
de Nuestro Señor Jesucristo. — ¿Y en qué se 
funda usted para creer que ésa es verdadera y 
las otras falsas? — En que las otras están llenas 
de cosas monstruosas, irracionales — respondió 
imperiosamente el clérigo, — en que sólo la reli- 
gión del Crucificado llena todas las aspiraciones 
de nuestro sentimiento y nuestra razón. — ¡Ten- 
ga usted cuidado, señor excusador! — exclamó el 



I40 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mayorazgo soltando una alegre carcajada — que 
está usted haciendo depender la verdad reve- 
lada del aserto de la razón, que está usted pro- 
clamando la supremacía de ésta, lo cual es una 
proposición herética. — ¿Cómo? ¿cómo? — pregun- 
tó aturdido el sacerdote.» Pero Montesinos cam- 
bió la conversación bruscamente. No se atrevió 
á insistir. 

Le costó gran trabajo tragar aquella pildora. 
Estuvo una porción de días sin poder pensar 
apenas en otra cosa. La idea de que sin darse 
cuenta de ello pudiera incurrir en algún error 
condenado por la Iglesia le inquietaba vivamen- 
te. Indudablemente el leer libros heréticos, el 
pensar demasiado en los fundamentos de la reli- 
gión era parecido á jugar con fuego. Mejor haría 
en dejar los dados quedos y á Montesinos que se 
lo llevase el diablo. Contra esta resolución cla- 
maban todos los santos que vivieron en el mundo 
y los mandamientos divinos que ordenan amar al 
prójimo como á uno mismo. Por otra parte, pre- 
sentía que su agitación interior no iba á cesar. 
Las ideas de la Vida de Jesíis y las que había 
oído á Montesinos bullían confusamente en su 
cerebro, y no se calmarían repentinamente por 
un esfuerzo de la voluntad. ¿Por qué no había de 
ahondar en el examen de los orígenes de la reli- 
gión cristiana? ¿Por qué no había de conocer 
hasta en sus últimos pormenores los datos de la 



LA FE 



141 



discusión, á fin de confundir, de pulverizar á 
cualquier racionalista que se le presentase, por 
sabio que fuera? En esto no había peligro algu- 
no. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha 
acerca. 

Dedicóse con ardor, con frenesí se puede de- 
cir, al estudio. Montesinos, con quien empezó á 
intimar, puso á su disposición la biblioteca. Leyó 
sin tregua, con atención profunda, los escritos 
más sobresalientes acerca de las investigaciones 
críticas sobre el cristianismo primitivo, sobre los 
libros del Nuevo Testamento y la historia de los 
dogmas. Bebió á grandes tragos el veneno de la 
herejía sin percibir su sabor, con la esperanza de 
que al agotar el vaso quedaría perfectamente 
tranquilo, seguro para siempre de la insensatez 
y maldad que encerraba todo lo que se opusiera 
á la Iglesia de Cristo. Mas ¡ay! no sucedió así. 
Al cabo de algunos meses la duda levantó su ca- 
beza hedionda en su espíritu atribulado. Estuvo 
muchos días sin confesárselo, procurando enga- 
ñarse á sí mismo, desviando los ojos para no 
verla. Llegó un momento, sin embargo, en que 
ya no fué posible. La infame se había ido enros- 
cando cautelosamente á su alma, se había apo- 
derado insensiblemente de toda ella. ¡Qué estu- 
por! ¡Qué horrible desconsuelo! 

La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios 
sugiere es la infalible verdad. En la Biblia 



142 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



no pueden existir narraciones falsas ó contra- 
dictorias. Esto se repetía el sacerdote á cada 
instante, hasta en voz alta cuando se hallaba 
solo. 

Si la Escritura no fuese de origen divino, 
¿cómo se explica que Isaías pudiese profetizar 
que Jesús nacería de una virgen y que había de 
ser en Belén? ¿Cómo pudo el mismo Isaías, siglo 
y medio antes de Ciro, señalar á éste como liber- 
tador de los judíos? ¿Cómo pudo Daniel, bajo el 
imperio de Nabucodonosor, profetizar el naci- 
miento de Alejandro Magno y muchas particula- 
ridades de su historia? 

¿A quién dirigía con violencia el P. Gil estas 
contundentes preguntas hallándose solo? A un 
heresiarca invisible que le replicaba silbando 
como una serpiente: «Los diferentes libros de la 
Biblia son obra de los hombres , como todos los 
demás que se atribuyen origen divino, el Corán, 
los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de 
diversos géneros y épocas. Los libros atribuidos 
á Moisés y á Samuel son compilaciones muy 
posteriores, en las cuales se han introducido 
fragmentos de diferentes épocas. Lo mismo pasa 
con los libros del Nuevo Testamento. Isaías no 
ha pensado con su hijo de virgen para nada en 
Jesús. El último tercio de las profecías de Isaías 
procede de un contemporáneo de Ciro y todo el 
libro de Daniel de un contemporáneo de Antio- 



LA FE I43 



co, por lo cual muy bien pudieron profetizar lo 
que ya había sucedido.» 

El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los ca- 
bellos, horrorizado de aquella disputa sacríléga. 
¡Él, un ministro del Altísimo, buscando reparos 
y contradicciones á las palabras del Espíritu 
Santo! Merecía que la tierra se abriese repenti- 
namente y se lo tragara. Aquellos libros infames 
que le había prestado el hereje Montesinos te- 
nían la culpa. Arrebatado de santa indignación 
contra ellos, sin repararen que no le pertenecían, 
los cogió todos un día, hizo un montón con ellos 
en el patio, y le dió fuego. D. Miguel, que esta- 
ba muy lejos de sospechar lo que pasaba por el 
alma de su teniente, aplaudía desde el balcón 
con fuertes risotadas el auto de fe. 

Quedó más tranquilo desde que no tuvo en la 
habitación aquellos perversos enemigos de su 
salvación. Dejó por completo la lectura y entre- 
góse de nuevo á los deberes del confesonario, 
que tenía algo abandonados. Y procediendo con 
sus dudas de crítica histórica como los santos 
antiguos procedían con las tentaciones de la 
carne, comenzó á mortificarse despiadadamente. 
Él, que hasta entonces se había mostrado débil 
y cobarde en esta vía de perfección, siguióla aho- 
ra con arrojo, ansioso de pagar con los dolores 
del cuerpo la rebelión escandalosa del espíritu. 
Mucho le confortó y ayudó en este trance el 



144 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ejemplo de la piadosa hija de Osuna. Cada día 
descubría en el alma pura de su penitenta nue- 
vos tesoros de bondad y perfección cristianas. 
Creía estar en presencia de una de aquellas ele- 
gidas del Señor, consagradas por la Iglesia y 
adoradas por los fieles de toda la cristiandad: 
Santa Teresa, Santa Isabel, Santa Catalina, 
Santa Eulalia, la beata Margarita de Alacoque. 
Las mismas particularidades que había leído en 
la historia de estas santas, observábalas ahora 
en su hija de confesión; la misma sed de peni- 
tencia, iguales escrúpulos y temores, la misma 
humildad, los mismos favores divinos. 

Porque Obdulia, llena de vergüenza, como si 
se acusara de un pecado grave, temblando de 
emoción, le había confesado que de vez en cuan- 
do experimentaba desmayos hallándose en ora- 
ción, caía al suelo repentinamente, y en los bre- 
ves momentos en que permanecía sin sentido, 
veía unas veces á Jesús entre nubes rodeado de 
ángeles, escuchaba una música divina, embria- 
gadora; otras veces notaba que un ángel grande, 
fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y tras- 
parentes, se acercaba á ella y le ponía con dul- 
zura la mano en la cabeza, diciéndole: «Perse- 
vera;» otras, las más, percibía solamente una 
gran claridad, que la bañaba toda de placer, sin 
ver. á nadie; pero se sentía acompañada como si 
todos los santos y santas del cielo vagasen invi- 



LA FE 



145 



sibles á su alrededor. Al principio, como confe- 
sor prudente, mostró no dar importancia á aque- 
llas visiones: podría muy bien estar equivocada; 
el diablo finge muchas veces tales escenas para 
engañar á las almas incautas, deslizando en ellas 
el veneno de la vanidad y la soberbia. Obdulia 
persistía, sin embargo: los síncopes eran cada 
vez más frecuentes y prolongados, las visiones 
más intensas; aseguraba con mal reprimido fue- 
go que veía á Jesús, que veía al ángel. El P. Gil 
dudaba siempre, ó fingía dudar, haciendo un ges- 
to desdeñoso cada vez que la joven relataba con 
labios temblorosos aquellos favores del cielo. 
Sólo había un signo seguro para reconocer si 
venían directamente de Dios; cuando el alma se 
perfecciona con ellos á tal punto que un levísi- 
mo pecado venial le causa tanto dolor y tantas 
lágrimas como el más nefando y mortal. Ahora 
bien, en ella todavía existían las rebeliones de 
la carne, todavía apuntaba el amor propio. No 
podía juzgar divinos aquellos deslumbramien- 
tos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo 
ante esta actitud severa y reservada. 

Pero poco á poco el sello que el sacerdote pe- 
día para reconocer el origen celestial de sus vi- 
siones fué apareciendo. El espíritu de la joven 
se acendró de todas las impurezas. Su devoción 
á las prácticas religiosas, sobre todo al sagrado 
pan eucarístico, era cada día mayor. Se desha- 

11 



I46 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cía, se derretía en amor divino, rompiendo mu- 
chas veces en exclamaciones de entusiasmo, en 
frases incoherentes , como si estuviera loca. Y 
con esto, su humildad y sumisión tan perfec- 
tas, que bastaba una mirada de su confesor para 
confundirla, para hacerle temblar y pedir per- 
dón por los actos más inocentes. A la postre no 
tuvo más remedio aquél que inclinarse ante la 
voluntad de Dios y confesar su presencia. Lo 
hizo con gran placer. Después de sus sacrilegas 
dudas, estaba ansioso de ver los testimonios de 
la omnipotencia y de la bondad infinitas; quería 
anegarse en el océano de lo inexplicable, de lo 
sobrenatural, para escapar á la crítica minucio- 
sa y perversa que todo lo marchita. Consideróse 
feliz, libre de ella, teniendo á su lado tan claro 
ejemplo del poder milagroso de Dios. Creyó que 
así le advertía para que no volviese á caer en la 
tentación, que le enviaba un faro para esclarecer 
las tinieblas de su espíritu. Recordaba siempre 
lo que le había pasado al P. Gracián, á quien 
Santa Teresa tanto ayudó en el camino de la vir- 
tud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. 
Y en el fondo de su corazón nació un gran res- 
peto á par que una inmensa gratitud hacia aque- 
lla piadosa mujer, que le libertaba de las garras 
del demonio. Escuchó con atención el prolijo re- 
lato de sus visiones, y armado de santa emula- 
ción emprendió de nuevo con más ardor, si no 



LA FE 



147 



con más fe, el camino de las mortificaciones, que 
había abandonado mientras gimió en la servi- 
dumbre de la duda. 

Obdulia, que durante los últimos meses le ha- 
bía visto con pena distraído , sintió gran ale- 
gría al hallarle de nuevo atento, solícito, escu- 
chándole horas enteras desahogar las menudas 
preocupaciones de su espíritu sin impacientarse. 
Era un retorno feliz á la dulce confianza, á las 
pláticas místicas, á las familiaridades de antes. 
Y como suele acontecer en casos semejantes, 
se apretó más el lazo entre ellos; esto es, la 
confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo 
de poco tiempo consultaba con su penitenta, no 
sólo los asuntos piadosos, sino también los do- 
másticos; era su consejera espiritual y temporal. 
La joven devota penetraba todos sus pensamien- 
tos, á veces antes de formularse con precisión 
en su cerebro. 

— Padre, hoy está usted de mal humor; es por- 
que no ha podido decir misa en el altar de la 
Concepción como otras veces. — Tiene usted 
ojeras; bien se ve que se ha pasado toda la no- 
che rezando. — Ya sé por qué dijo la misa el do- 
mingo más tarde: esperaba que llegase doña 
Eloísa. — Ese alzacuello le aprieta á usted mu- 
cho. Está usted incómodo. ¿Quiere que yo se lo 
arregle?... 

Sus vidas se iban compenetrando insensible- 



I48 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mente. No sólo tenían un rato de plática casi 
todos los días en el confesonario, sino que por la 
tarde se veían en la iglesia, al rosario, y por la 
noche también á menudo en casa de D. a Eloísa. 
Además, de vez en cuando, para algún motivo 
piadoso, como una novena, una reunión de la 
cofradía, etc., la joven iba á la rectoral á con- 
sultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, 
porque tenía gran miedo á D. Miguel. Se le ha- 
bía metido en la cabeza que éste la miraba de 
mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le fal- 
tase razón para suponerlo. 

Esta confianza llegó á pecar de excesiva en 
algunas ocasiones. Al menos así lo pensó el 
P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando 
algunas familiaridades que le chocaban, y en 
ocasiones llegaron á turbar momentáneamente 
la limpidez de su conciencia. Un día le habló de 
sus apuros económicos. El padre le daba poco 
dinero para los gastos de la casa, y como tenía 
el vicio de la caridad, de dar limosnas á troche y 
moche, había contraído deudas, que la mortifi- 
caban; sobre todo había una tendera á quien de- 
bía veinte duros, que la molestaba á todas ho- 
ras y le amenazaba con decírselo á su papá. 
¿No podría él facilitarle por poco tiempo esta 
cantidad? El clérigo tampoco los tenía, pero se 
los pidió á su madrina y se los entregó rubori- 
zado. Ella los aceptó sin vergüenza alguna, 



LA FE 



I 49 



como la cosa más natural. Otro día le llevó á la 
iglesia el paquete de cartas del novio que había 
tenido para que las leyese. Más adelante le pidió 
el escapulario que traía al cuello, y tanto le instó 
y tales pretextos adujo, que concluyó por obte- 
nerlo. Al día siguiente le confesó, sonriendo, 
que no había sido para ponérselo á una amiga 
que acababa de morir, sino para traerlo ella sobre 
el pecho. Estas cosas herían é inquietaban va- 
gamente al joven sacerdote. Las bromitas que la 
beata se permitía de palabra también rebasaban 
algunas veces los límites convenientes. Un día 
le dijo repentinamente: 

— ¿Sabe usted lo que estoy pensando, padre? 
Que el ángel que viene muchas veces á ponerme 
la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy pa- 
recidos á los de usted. 

Y soltó la carcajada al decirlo. El clérigo rió 
también ruborizándose. Luego quedó serio y de 
mal humor. 

Un suceso extraño, que escandalizó á la villa, 
vino de un modo indirecto á estrechar aún más 
su relación y á inquietar al P. Gil. Cierta noche 
se despertó despavorido con el ruido de una de- 
tonación dentro de casa. Levantóse de un sal- 
to y acudió corriendo á la habitación de D. Mi- 
guel, donde se figuró que había sonado. Al lle- 
gar á ella quedó petrificado de terror ante la 
escena que apareció á su vista. Un hombre se 



150 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



revolcaba en medio de la habitación en un charco 
de sangre, mientras D. Miguel, de pie sobre la 
cama, agitaba triunfante una pislola gritando con 
sonrisa feroz: — ¡Ya cayó uno! ¡Ya cayó uno! — 
La mortecina luz de una bujía tirada en el sue- 
lo alumbraba aquella fatídica escena. 

El caso había sido que, hallándose el párroco 
en la cama, un hombre había penetrado en su 
dormitorio, le había despertado y le intimó para 
que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmu- 
tarse echó mano al chaleco, sacó la llave y la 
arrojó al medio de la habitación. Luego, mientras 
el ladrón la recogía, sacó una de las pistolas que 
tenía debajo del colchón y le descerrajó un tiro 
dejándole tendido. La bala le había penetrado 
por los ríñones. El excusador, dominando su es- 
panto, se apresuró á prestarle los auxilios espi- 
rituales. Sólo tardó tres horas en espirar. 

El suceso se comentó mucho y de muy diver- 
so modo en el pueblo. Algunos aprobaban la con- 
ducta del cura. Estaba en su derecho defendién- 
dose de un facineroso que Dios sabe lo que ha- 
ría con él después de robarle. Otros, los más, la 
censuraban con acritud. Un sacerdote no puede 
obrar como los demás en tal caso. Es un minis- 
tro de Jesucrito y debe proceder siempre con ca- 
ridad aunque sea en legítima defensa. El P. Gil 
estaba profundamente indignado, aunque guar- 
daba silencio. Un sacerdote, antes que ensan- 



LA FE 



grentar sus manos, no sólo debía dejarse robar, 
sino matar. Nuestro Señor así lo había enseña- 
do cuando San Pedro cortó la oreja al soldado 
que venía á prenderle. Obdulia traslució bien 
los sentimientos que le agitaban y le aconsejó 
que dejase la rectoral y se estableciese en otra 
casa. 

— Usted ya no puede vivir ahí después de lo 
que ha pasado, padre. El susto que ha llevado 
ha sido muy fuerte, y todos los días tiene que 
renovarse la impresión viendo el sitio. 

No era esto precisamente lo que quería decir, 
sino que un hombre verdaderamente cristiano y 
virtuoso debía de padecer mucho viviendo al 
lado de quien acababa de dar muerte violenta á 
un semejante. Pero si no lo decía con las pala- 
bras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza 
de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa 
hacía mucho tiempo. La compañía del párroco 
le era molesta, como ya sabemos. Ahora, des- 
pués del asesinato (así lo calificaba su concien- 
cia), se le había hecho insoportable. D. Miguel 
había incurrido en la censura de la Iglesia, se 
le retiraron las licencias para confesar y decir 
misa: mientras llegase la rehabilitación pa- 
saría una temporada. Aprovechando aquellos 
momentos de flaqueza del terrible cura, con la 
ayuda de su madrina alquiló una casita no muy 
lejos de la iglesia y se trasladó á ella. Una anti- 



152 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gua criada de D. a Eloisa vino á servirle y á ser 
su amajde gobierno. 

Libre ya del temor al párroco, Obdulia empe- 
zó á frecuentar la nueva casa del excusador y á 
ejercer en ella una alta vigilancia. Enterába- 
se de la ropa blanca, del estado de las sotanas, 
de los alimentos que más placían al padre, de las 
particularidades de su cama. Algunas veces ve- 
nía á ayudar al planchado ó llevaba para aplan- 
char en su casa aquellas cosas más delicadas, 
como las albas y los roquetes, recosía las medias 
que se habían roto, quitaba las manchas de las 
sotanas, etc. Estas eran las tareas ordinarias. 
Pero también se ocupaba en alguna obra más 
fina, en bordarle un amito, ó unos corporales ó 
cualquier otra prenda de las vestiduras sacerdo- 
tales. D. a Josefa, el ama de llaves, no aceptaba 
de buena gana este protectorado; pero como aún 
no había echado raíces hondas en la casa y ob- 
servaba la estrecha amistad que aquella señorita 
llevaba con su amo, no se atrevía á protestar. 
Contentábase con murmurar de ella cuando iba 
á visitar á su antigua señora y llamarla entrome- 
tida y tonta. Más adelante fué tascando el freno 
de peor voluntad aún y concluyó por desbocarse, 
como ya tendremos ocasión de ver. Tampoco el 
P. Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la at- 
mósfera de atenciones delicadas, de afecto y ve- 
neración en que la joven le tenía envuelto. Por 



LA FE 153 



más que la profesaba viva admiración y tenía 
en cuenta sus consejos, sentía un vago malestar 
cada vez que la veía ocupándose del cuidado ma- 
terial de su persona. Le parecía á él que esto era 
rebajar el carácter de aquella amistad espiritual, 
formada y sostenida para mejorar sus almas, para 
ayudarse en el camino de la perfección. No tenía 
noticia alguna de que Santa Teresa repasase las 
medias de San Juan de la Cruz. Además, no se 
comprendía muy bien el desprecio de la carne, 
que tan bien practicaba ella, con las comodida- 
des de que pretendía rodearle. ¿Por qué había de 
ser tan severa para ellay tan blanda para él? ¿Por 
ventura, le suponía tan débil y cobarde que no 
podía vivir sin tales cuidados? 

El P. Gil meditaba esto, apoyado en la ba- 
randa de un corredor enrejado que su habita- 
ción tenía sobre el mar. El sol declinaba entre 
celajes carmesíes, envolviendo en una onda de 
luz tibia y rojiza el pueblo y la rada. El lienzo 
de rocas que la cierra allá enfrente alzaba su 
masa enorme sobre las aguas, proyectando ya 
una vasta región de sombra. Y entre aquel ne- 
gror los ojos del presbítero percibían el fulgor de 
las olas, mostrando y apagando á cortos interva- 
los su blancura. El muelle estaba desierto: aún 
no era llegada la hora de la vuelta de las lan- 
chas. Los pataches y quechemarines cabeceaban 
dulcemente, aburridos de su inacción. Una ga- 



154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



viota volaba en círculos concéntricos rozando 
con sus alas la superficie del agua. El suave le- 
jano rumor de las olas henchía el ambiente dor- 
mido de un murmullo sordo. La pequeña ense- 
nada sólo vivía del juego movible de la luz que la 
bañaba de una claridad sangrienta que se iba re- 
tirando lentamente detrás de las peñas. 

Tan absorto estaba, que D. a Josefa necesitó 
llamarle tres veces desde la puerta para conse- 
guir que se volviese. 

—¿Qué hay? 

— Una señora está abajo preguntando por us- 
ted. Dice que necesita hablarle en seguida. 

— ¿Una señora? — replicó el P. Gil abriendo 
mucho los ojos. — Será la señorita Obdulia. 

— No, señor, no es ésa — replicó el ama ha- 
ciendo con los labios un gestó de desdén. — La 
señora que aguarda abajo es mucho más guapa 
y elegante. 

— ¿No la conoce usted? — preguntó algo acor- 
tado por la intención que advertía en las pala- 
bras de D. a Josefa. 

— No, señor, es forastera. 

— Pues hágale usted subir. 

Tardó pocos segundos en aparecer una linda 
joven como de veinticuatro años, rubia, de ros- 
tro blanquísimo y facciones delicadas, vestida 
con elegancia peregrina. En su vida había visto 
el P. Gil, ni aun en Lancia, una dama tan dis- 



LA FE 



155 



tinguida. Su traje era sencillo, de viaje, pero tan 
original el corte y con tal lujo y esmero en los 
pormenores, que se echaba de ver inmediata- 
mente la elevada calidad de la persona. Despe- 
día de ella un perfume suave que vino á herir su 
nariz así que puso el pie en el cuarto. Miróla con 
sorpresa, que se convirtió en estupefacción al 
ver que la dama avanzó con resolución hasta él, 
y sin decir palabra se dejó caer de rodillas á sus 
piés sollozando. 

— ¡Señora... por Dios... levántese usted! — 
dijo aturdido. 

La dama no se movió. 

— Señora, levántese usted — repitió de nuevo 
cogiéndola suavemente por un brazo. 

La forastera se levantó en silencio y se dejó 
caer en una silla, alzó el velito del sombrero que 
le tapaba los ojos y se los enjugó con el pañue- 
lo. El P. Gil, en pie frente á ella, aguardaba á 
que se explicase. Y como no daba señales de 
hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez más, 
aventuróse á decir: 

— Señora, desearía saber en qué puedo ser-' 
virla... 

Todavía tardó unos instantes en responder. 
Al cabo dijo, sin apartar el pañuelo de los ojos: 

— Soy la esposa de D. Alvaro Montesinos. 

El excusador dió un paso atrás involuntaria- 
mente. 



56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



¿Cómo? ¿aquella dama era la mujerzuela des- 
preciable que había hecho la desgracia de D. Al- 
varo, de quien su madrina D. a Eloisa hablaba 
siempre con horror? Por ésta conocía la triste 
historia del aquel matrimonio. El heredero de 
la casa de Montesinos se había enamorado como 
un loco de una joven de buena familia, pero sin 
dinero; una de esas chicas que suelen verse en 
Madrid en todos los teatros y en todos los sa- 
raos á la caza de un marido rico. Aun con serlo 
Montesinos, Joaquinita Domínguez (que así se , 
llamaba) le dio cordelejo una temporada, espe- 
rando tal vez que llegase otro con la misma ha- 
cienda y mejor figura; porque la del mayorazgo 
de Peñascosa era, cierto, de lo más raquítico y 
desgraciado que pudiera verse. Mas como no lle- 
gaba, resolvióse un día á enamorarse perdidamen- 
te de él y se lo demostró de un modo que no daba 
lugar á dudas. «Todo el Madrid elegante» recor- 
dará á una linda rubia abonada al turno prime- 
ro par del teatro Real, que se pasaba la noche 
charlando con un caballero flacucho y pálido sen- 
tado en la fila de atrás; que en el teatro de la 
Comedia y en el de Apolo no le quitaba los ge- 
melos de encima desde su platea; que lo llevaba 
de remolque en el paseo del Retiro, y hasta por 
las mañanas, cuando iba de tiendas, se la veía 
con él, escoltados por la mamá. Enteramente 
convencido de su amor, el hidalgo la pidió en 



LA FE 



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matrimonio, y la obtuvo no sin algún trabajo, 
pues á la mamá costóle muchas lágrimas entre- 
garle aquella joya, que era la alegría de la casa. 
En los primeros cuatro meses gastó D. Alvaro 
la renta de todo el año. Joaquinita quiso coche 
y palco en los teatros, y dio reuniones y saraos. 
Pero estaba tan hermosa y su marido la encon- 
traba tan alegre, que con el amor frenético que 
la profesaba no le hubiera rehusado ni la sangre 
del corazón si un día se la pidiera después de un 
beso de amor largo, oprimido, espasmódico, como 
los que le daba cuando tenía que pedirle una vivie- 
re de brillantes ó una sociable de doble suspensión. 

A los seis meses justos se le antojó á la joven 
esposa viajar por Europa, un viaje largo que ha- 
bía de durar un año ó más; visitar toda Francia, 
Italia, subir luego á Inglaterra, pasar á Alema- 
nia y correrse hasta San Petersburgo. El ena- 
morado Montesinos no puso obstáculos á este 
deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un 
capital respetable para realizarlo, atento á las 
comodidades y boato con que Joaquinita preten- 
día viajar. Pidió á préstamo sobre algunas de sus 
fincas 30.000 duros y salieron de Madrid. En 
Hendaya vieron en la fonda del ferrocarril to- 
mando chocolate á Federico Torres, un sieteme- 
sino madrileño hijo de un ministro del Tribu- 
nal de Cuentas. A Joaquinita siempre le había 
sido muy antipático, sin saber por qué. 



I58 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Adonde irá este títere? — preguntó por lo 
bajo, después de corresponder fríamente á su sa- 
ludo. 

Montesinos alzó los hombros con indiferencia. 

— ¡Qué pelea le tienes á este chico! Yo le en- 
cuentro fino y agradable. 

— ¡Qué horror! — exclamó ella riendo. 

En Pau volvieron á verle en la estación, y ya 
no le vieron más. En Marsella pensaba el ma- 
trimonio detenerse cuatro ó cinco días; pero al 
tercero, viniendo D. Alvaro de la estación de 
arreglar el asunto del sleeping-car para el día 
siguiente, con gran sorpresa no encontró á su 
esposa en casa. La sorpresa convirtióse en ho- 
rrible estupor al observar el desorden de la habi- 
tación. El gran baúl mundo de su mujer había 
desaparecido. Había diferentes prendas de ropa 
por el suelo. Los criados le dijeron que la seño- 
ra había hecho trasportar el baúl después de irse 
él para facturarlo en doble pequeña, según de- 
cía. Luego había salido y no había vuelto. Mon- 
tesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le 
cruzaba por el cerebro, abrió con mano convul- 
sa el secreto del cofre donde guardaban el dine- 
ro. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo 
de una vez toda su desgracia, cayó al suelo como 
herido por un rayo. Estuvo algunos días entre 
la vida y la muerte. Cuando recobró el conoci- 
miento, hizo telegrafiar á su cuñado D, Martín, 



LA FE 



159 



el cual se presentó inmediatamente y le condujo 
á Peñascosa. No tardó en saberse que Joaquini- 
ta se había escapado con Federico Torres, y que 
viajaban alegremente por Europa con el dinero 
del hidalgo. 

Esta era la mujer que tenía delante el P. Gil. 
Después de aquel primer movimiento de repul- 
sión, se rehizo y dijo: 

— Serénese usted un poco, señora, y dígame 
en qué puedo favorecerla. 

— Acabo de llegar de Madrid — articuló con 
trabajo la dama, — y me he dirigido á casa de 
mi marido, con quien hace tiempo estoy reñi- 
da... Deseaba reconciliarme con él... que con- 
cluyese esta separación tan fea y tan escandalo- 
sa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... 
no me permitió verle... me cogió por el brazo... 
me arrojó de casa á empellones... ¡sí, á empe- 
llones! 

Aquí la dama volvió á estallar en sollozos, y 
se tapó de nuevo el rostro con el pañuelo. 

El clérigo esperó á que continuase; pero vien- 
do que no lo hacía, tomó de nuevo la palabra. 

— Siento mucho ese percance, señora... Pero 
no creo que haya motivo para tal desconsuelo. 
Las ofensas que se perdonan no se sienten. Per- 
done usted á ese pobre criado que ha obrado 
sin saber lo que hacía, y dígame qué es lo que 
puedo hacer en su obsequio. 



lÓO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Secóse los ojos la esposa infiel. Volvieron á 
humedecérsele y volvió á secarlos. 

— Según me han dicho ahí en la posada, usted 
es la única persona que visita á mi marido... Yo 
le suplico, por lo más sagrado, ya que es usted 
su amigo, que intervenga para que termine nues- 
tra separación. Lo deseo hace mucho tiempo con 
ansia... Confieso que no he sido buena para él... 

— Sí, sí; lo sé todo — interrumpió el clérigo con 
impaciencia. 

La dama se puso fuertemente colorada. 

— Confieso que le he ofendido gravemente... 
Fué un momento de obcecación... una tentación 
del demonio... Pero yo siempre le he querido... 
y le quiero... No tengo inconveniente en humi- 
llarme, en pedirle perdón de rodillas... Ya ve us- 
ted, padre, si no le quisiera no me humillaría... 
¡Me horroriza la idea de no obtener su perdón, 
de morir lejos de él sola, maldita! ¡ Ah, qué por- 
venir tan espantoso!... Si mucho hepecado, crea 
usted que mucho he padecido en estos últimos 
tiempos... 

— Señora, ya puede usted comprender si yo 
tendría satisfacción en unir un matrimonio di- 
suelto... lo mismo el de usted que cualquier otro, 
Mi misión es predicar la concordia entre los hom- 
bres y morir por ella si es preciso. Aun sin pe- 
dírmelo tengo el deber, por mi cargo, de procu- 
rar en esta parroquia la reconciliación de los ma- 



LA FE 



161 



trimonios desavenidos... Pero este caso es deli- 
cado. Aparte de la ofensa gravísima que usted 
ha inferido á su esposo, del escándalo que la 
acompañó, de los que la siguieron, todo lo cual 
dificulta extraordinariamente la reconciliación, 
aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. 
Y es que su marido de usted está fuera de la 
Iglesia católica. No tengo sobre él otra influen- 
cia que la que puede dar una amistad superficial. 
Ninguno de los razonamientos á los cuáles pu- 
diera yo apelar como sacerdote tiene fuerza 
sobre su ánimo. Al contrario, dadas sus ideas, es 
posible que sirviesen para embravecerle más, ó 
cuando menos de mofa... 

— Sí, sí — interrumpió la dama con voz chillo- 
na, malévola, — mi marido ha sido siempre un 
impío, un ateo escandaloso. 

— Señora, de poco sirve creer si se obra como 
si no se creyera — replicó severamente el excusa- 
dor, á quien había herido el tono agresivo de la 
dama, tan contrario á la humildad de antes. 

Tornó á ponerse colorada y bajó los ojos afec- 
tando de nuevo una gran contrición. El P. Gil 
prosiguió: 

— De todos modos , como cristiano y como 
sacerdote, estoy dispuesto á hacer todo lo que pue- 
dan mis fuerzas por conseguir lo que usted de- 
sea. Dudo mucho del éxito de mi intervención... 
Sé también que me expongo á ser arrojado como 



IÓ2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



usted de la casa, pero no me importa. Cumpliré 
mi deber, y si no conseguimos nada, me quedará 
al menos la satisfacción de haberlo cumplido... 

Quedóse pensativo unos instantes, mientras 
la dama mantenía sobre él una mirada intensa y 
ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo 
más que con ella, prosiguió: 

— El dirigirme ahora á casa de D. Alvaro 
ofrece inconvenientes. La gente del pueblo es 
curiosa... Vendrían las hablillas... después el 
escándalo... Opino que deberíamos aguardar un 
rato á que concluyera de oscurecer, ó mejor aún, 
que yo fuese por delante á tantear el asunto... 

— ¡No! ¡no! — exclamó la dama. — No le pre- 
venga usted. Se negaría á recibirme. Es nece- 
sario cogerle de improviso ; aprovechar el pri- 
mer movimiento de su corazón , que es gene- 
roso. Luego, cuando reflexiona, se hace malo, 
burlón... 

— Como usted quiera. Entonces, aguarda- 
remos. 

Pero en el instante de pronunciar esta pala- 
bra se hizo cargo de lo inconveniente de perma- 
necer tanto tiempo á solas con una mujer, y dijo 
un poco turbado: 

— Usted me permitirá que mientras tanto la 
deje sola unos momentos... Soy con usted en se- 
seguida. 

En vez de ser con ella, mandó á su ama para 



LA FE 



163 



que la acompañase. Sólo cuando la luz se hubo 
extinguido por completo subió de nuevo con el 
sombrero en la mano, preparado á salir. La es- 
posa de D. Alvaro, así que le vió en esta traza, se 
levantó de la silla. 

Había cerrado ya la noche. La gente de mar 
se había retirado á sus casas ó á las tabernas. 
Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circu- 
laban pocos transeúntes. El excusador y la es- 
posa de Montesinos caminaron un rato en silen- 
cio en dirección al Campo de los Desmayos. Al 
aproximarse á él ambos se sentían agitados, te- 
merosos. Tanto para calmarse un poco como 
para prevenirse, se detuvieron un instante, y me- 
tiéndose en el hueco de una puerta, cuchichearon 
con animación. El P. Gil insistía en su idea de 
entrar primero en la casa y explorar el ánimo de 
D. Alvaro: tenía miedo á un escándalo. La dama 
se oponía con calor, convencida hasta la eviden- 
cia de que su marido se negaría en absoluto á 
recibirla, y tomaría precauciones para que no 
pisase el suelo de su casa. Cuando más embebi- 
dos se hallaban en la discusión, del hueco de 
otra puerta cercana salió una sombra estrecha, 
elevada, y se aproximó á ellos rápidamente. 

— Buenas noches, padre, buenas noches. 

Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de 
su voz al pronunciar estas palabras cierta ironía, 
mezclada de cólera, que sorprendieron á la vez 



164 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza 
y respondió fríamente: 
— Buenas noches, hija. 

— ¿Va usted á hacer oración, ó viene usted? — 
preguntó con el mismo retintín y sonriendo. 

— Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. 
En este momento me ocupo de asuntos de mi 
ministerio — replicó en tono severo el P. Gil. 

Pero este tono, en vez de sosegar á la joven ó 
amedrentarla, la encrespó al parecer. 

— Usted siempre haciendo algo por Dios, pa- 
dre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la iglesia, que ála ca- 
becera de los moribundos... que en los huecos 
de las puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere an- 
tes que yo, ya tiene usted un testigo de alguno 
de sus milagros para que le canonicen... Vaya, 
no quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. 
¡Jü ¡jü 

Y cuando hubo dado dos ó tres pasos, sin vol- 
verse dijo: 

— ¡Y que aproveche! 

La esposa de Montesinos levantó la cabeza y 
clavó en el P. Gil una mirada de estupor y cu- 
riosidad. 

— ¿Qué es eso? 

El sacerdote, rojo de vergüenza y de indigna- 
ción, alzó los hombros en señal de ignorancia y 
echó á andar hacia el caserón de Montesinos. 



vi 



¿I>X/J¡Ql tirar del cordel grasiento, el mismo 
Vg^^W tañido lúgubre, que tanto había impre- 
W sionado al P. Gil la vez primera que 
puso los pies en aquella casa, produjo á ambos 
un estremecimiento de temor y ansiedad. No 
tardó en oirse la voz cascada de Ramiro. 
— -¿Quién es? 
— -Gente de paz. 

— ¿Quién es? — tornó á preguntar. 
— Soy yo, Ramiro. Abre — respondió el sacer- 
dote. 

La puerta giró pausadamente sobre sus goz- 
nes y apareció la silueta del viejo, débilmente 
esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía 
sobre el dintel. 

— Pase usted, señor excusador — dijo sin per- 



l66 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cibir á la dama, que se había ocultado detrás de 
éste. Pero viéndola al fin, dio un paso atrás y, 
abriendo los brazos en actitud de impedir la en- 
trada, exclamó: 

— ¡Ahí ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni 
por esas... ¡No entrará usted, no! 

— Vamos, Ramiro — dijo con dulzura el sacer- 
dote, poniéndole una mano sobre el hombro, — 
déjanos paso, que éste es un asunto delicado y 
que no te concierne. 

— Pase usted cuando quiera, pero esa mujer 
no puede pasar. 

— ¿Por qué no puede pasar? — preguntó con en- 
tereza el sacerdote, alzando la cabeza. 

— Porque aquí no entran p.... ni ladronas. 

Ante aquella injuria bárbara, la dama se tapó 
el rostro con las manos y dejó escapar un gemi- 
do. El P. Gil se puso rojo, y cogiendo al viejo 
por un brazo, le sacudió con violencia. 

— Sea usted más comedido, y ya que no res- 
pete la sotana que visto, guarde los miramientos 
que se deben á las señoras. Ante Dios y ante los 
hombres ésta es la esposa legítima de su amo de 
usted. Déjeme el paso franco, que á usted no le 
toca en este asunto más que oir, ver y callar. 

Y dando un empellón al viejo, se volvió di- 
ciendo: 

— Venga usted, señora. 

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera 



LA FE 



167 



á caer presa de un síncope, se puso á correr de- 
lante de ellos, gritando: 

— ¡Alvaro, Alvaro! ¡Que entra la z... en tu 
casa! 

Dos criadas se asomaron á la escalera y con- 
templaron con estupor la escena. El viejo no se 
detuvo en el principal; siguió hasta el segundo, 
dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía 
con Joaquinita, dijo á ésta al llegar al piso pri- 
mero: 

— Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente. 

Cuando llegó al segundo, tropezó con D. Alva- 
ro que salía á punto de su habitación. Su rostro, 
siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba 
miedo. En cuatro palabras Ramiro le había en- 
terado de lo que ocurría. Por la tarde, cuando 
por primera vez había venido la esposa infiel á 
la casa, no lo había hecho. D. Alvaro no pro- 
nunció una palabra. Cogió con mano convulsa 
por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su 
gabinete. Luego cerró con cuidado la puerta. 

— ¿A qué viene esa mujer? — preguntó hacien- 
do inútiles esfuerzos por aparecer sosegado. La 
voz salía de su garganta débil y ronca. 

— Viene á implorar su perdón. 

— Se equivoca usted; viene por dinero — repu- 
so sonriendo ya forzadamente. 

El P. Gil permaneció un instante silencioso y 
dijo al cabo: 



l68 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No me atrevo á asegurar á usted nada. Pa- 
rece que está arrepentida... Su acento es sincero 
y ha llorado con verdadero dolor en mi pre- 
sencia. 

Un relámpago de ira pasó por los ojos del 
hidalgo. En aquel tropel de emociones que se 
agitaban en su espíritu, la indignación logró ven- 
cer á todas las demás y profirió con acento des- 
preciativo: 

— Estoy perfectamente convencido de que no 
viene más que por cuartos... pero de todos mo- 
dos, me importa un bledo su arrepentimiento y su 
sinceridad... Si está arrepentida, que pida á un 
cura la absolución. El figurarse por un instante 
que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto, es 
una idea que sólo cabe en un alma tan miserable 
como la suya. 

— El perdón jamás degrada. Es la virtud que 
más ennoblece al ser humano — manifestó el clé- 
rigo, sorprendido. 

D. Alvaro le clavó una larga mirada colérica. 
Después alzó los hombros con desdén y dijo: 

— Está bien: dejemos eso. Lo que importa es 
que, ya que la ha traído, se lleve usted inme- 
diatamente á esa señora. 

— Me atrevería á suplicarle que, aunque no la 
perdone, le permita al menos hablar con usted... 
Quizá tenga algunas revelaciones que hacerle. 

— No soy curioso. Puede guardarse sus revé- 



LA FE 



169 



laciones ó confiarlas á quien se le antoje... Por 
mi parte (escuche usted bien lo que voy á decir- 
le) — al mismo tiempo le cogió con mano crispa- 
da la muñeca, — por mi parte, ni ahora ni nunca 
cruzaré con ella la palabra... Puede usted de- 
círselo. 

El P. Gil bajó la cabeza y permaneció silen- 
cioso mientras el mayorazgo comenzó á pasear 
agitadamente por la estancia con las manos en 
los bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en 
su rostro una sonrisa sarcástica y dejaba esca- 
par por la nariz un leve resoplido que acusaba 
la tensión de su espíritu, como el pito revela la 
tensión de la caldera de vapor. 

— Ya que eso no pueda ser — manifestó al cabo 
de un rato consuavidad el sacerdote, — usted com- 
prenderá, D. Alvaro, que esa señora no puede 
irse á dormir fuera de esta casa sin dar pábulo 
á las malas lenguas, sin renovar conversaciones 
que no deben renovarse. Por egoísmo, ya que no 
por caridad, debe usted consentir que su esposa 
duerma hoy en esta casa, pues no creo que le 
convenga á usted escandalizar á la población. 

D. Alvaro prosiguió sus paseos agitados sin 
responder palabra, como si no hubiese oído la 
proposición del sacerdote. Al cabo de un rato se 
plantó delante de él y, mirándole fijamente, 
dijo: 

— Está bien. Dígale usted que, si es su gusto, 



170 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



no hay inconveniente en que duerma en esta 
casa... aunque se necesite bien poca dignidad 
para aceptarlo — añadió bajando la voz y recal- 
cando las sílabas. — Y si quiere dinero para el 
viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionará. 

— Le doy las gracias por esta deferencia, pero 
me voy muy triste — replicó sonriendo el P. Gil. 
— Cualquier sacrificio haría por borrar de su 
memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la 
cadena de su matrimonio. ¡Cuánto daría en este 
momento por ser un hombre elocuente!... 

— La elocuencia, señor excusador, ha servido 
en este mundo para que se cometiesen grandes 
vilezas; pero creo que ninguna lo sería mayor 
que la que usted me propone. 

— Para usted es una vileza lo que para mí se- 
ría un acto noble y generoso, propio de un imi- 
tador de Cristo. No nos entendemos en lo que se 
refiere á lo que es dignidad ó indignidad... 

— Lo siento por usted, padre — repuso el ma- 
yorazgo, tendiéndole la mano. 

— Y yo por usted, D. Alvaro. Buenas noches. 

Al quedarse solo éste, siguió paseando toda- 
vía unos momentos; luego se paró delante del 
cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No 
tardó en presentarse Ramiro. 

— Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la 
eche? — preguntó el viejo, sin aguardar las órde- 
nes de su amo. 



LA FE I7I 



— No. Condúcela á la sala, enciende todas las 
lámparas y avisa á Dolores que suba. 

El criado permaneció inmóvil, mirándole con 
sorpresa. 

» — ¿Y vas á consentir que esa... 

— ¡Silencio! — exclamó el mayorazgo con ener- 
gía, llevando el dedo á los labios. — Haz inme- 
diatamente lo que te mando. 

El viejo se alejó gruñendo. Al instante se pre- 
sentó la doncella. 

— Dolores, di á la cocinera que prepare cena 
para la señora que está abajo, y que haga todo lo 
que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla 
fina, arregla el gabinete azul y toma del armario 
la ropa mejor para ponerla en la cama... Que 
no le falte absolutamente nada. Ayúdala á des- 
vestirse: cualquier cosa que ordene la hacéis in- 
mediatamente. ¿Estás enterada? 

— Sí, señorito; pierda usted cuidado, que se 
la tratará como quien es. ' 

D. Alvaro dirigió una mirada oblicua á la 
doncella y se apresuró á decir, algo acortado: 

— Despáchate pronto y enséñale el gabinete 
azul. Si desea dormir en otro lado, puedes mos- 
trarle también el que llamáis cuarto del obispo. 

Otra vez quedó solo y otra vez emprendió su 
paseo nervioso de un ángulo á otro de la cáma- 
ra. A pesar de la fortaleza f sosiego que había 
mostrado para rechazar las súplicas del P. Gil, 



172 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



su cerebro trabajaba agitado, febril. Aquella vi- 
sita tan inesperada removió los recuerdos felices 
y aciagos que se habían depositado en el fondo 
de su ser, y que ya no le molestaban. Su vida 
matrimonial, que en aquellos tres años se había 
ido alejando de su memoria como un sueño que 
la claridad de la aurora desvanece, surgió de 
pronto delante de sus ojos, tan próxima que la 
tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al 
cuadro. Y ante aquella visión sentíase turbado, 
como si los sucesos acabasen de efectuarse. 

Después de pasear algunos minutos á grandes 
trancos, comenzó á detenerse á menudo, pres- 
tando oído á los ruidos que llegaban del piso pri- 
mero. Adivinaba más que percibía los prepara- 
tivos que la servidumbre estaba ejecutando en 
obsequio de aquella vil mujer que le había reve- 
lado toda la negrura y todo el dolor de la exis- 
tencia: «Ahora bajan la lámpara del comedor... 
Ahora sacan la vajilla. . . Deben de estar haciendo 
la cama... Ha salido gente: será Rufino á bus- 
car ála tienda alguna cosa... Parece que están 
hablando en el gabinete azul...» 

Ya no paseaba. Con el oído pegado á la ce- 
rradura, recogía ávidamente todos los rumores 
que llegaban de abajo. Y como llegaban dema- 
siado confusos, concluyó por abrir la puerta, 
avanzar cautelosamente hasta el pasamanos de 
la escalera y escuchar desde allí, inmóvil, reco- 



LA FE 



173 



giendo el aliento. Había imaginado vagamente 
que su esposa, una vez sola y libre, subiría has- 
ta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, 
para darse el gozo de arrojarla con algunas frases 
despreciativas que le llegasen hasta el fondo del 
alma. Hubo un instante en que pensó que este 
deseo se realizaba. Sintió pasos en la escalera: 
toda su sangre fluyó al corazón; se apresuró á 
dejar el pasamanos y á meterse de nuevo en el 
cuarto. Era Dolores que subía á pedirle una lla- 
ve. Cuando se fué, tornó á su espionaje; permane- 
ció en la escalera larguísimo rato sin saber por 
qué hacía aquello. Escuchó el rumor confuso de 
la conversación de Dolores y su mujer. La don- 
cella era charlatana; Joaquinita también tenía un 
temperamento expansivo: la plática se animaba 
cada vez más. Hasta se le figuró percibir algu- 
nas alegres carcajadas de su esposa, que le sor- 
prendieron más que le indignaron. Por fin notó 
que se ponía á cenar. Dolores iba y venía con 
los platos. Terminó la cena. La doncella se de- 
tuvo en el comedor y prosiguió la charla. Can- 
sado de estar en pie, se sentó en uno de los pel- 
daños de la escalera. Al hacerlo sintió vergüen- 
za y comenzó á darse alguna cuenta vaga de las 
emociones que embargaban su espíritu. Una 
hora larga esperó de aquel modo, percibiendo el 
rumor confuso de las voces, en el cual nada po- 
día distinguir, ni siquiera cuál era la de su es- 



174 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



posa y cuál la de la criada. Al cabo observó que 
salían del comedor. Todavía se figuró que su 
mujer aprovecharía aquella ocasión para subir 
á visitarle. Se puso en pie vivamente y se pre- 
paró á meterse en su cuarto tan pronto como 
sintiese pasos en la escalera. Pero esperó en 
vano. La señora se dirigió con Dolores hacia 
el gabinete azul. Sintió cerrarse la puerta tras 
ellas: luego notó que se abría de nuevo y salía 
la doncella y tomaba el camino de su cuarto. 
Sin duda había ayudado á desnudarse á la se- 
ñora y la dejaba en la cama. 

Con la cabeza entre las manos, los codos apo- 
yados sobre las rodillas, permaneció inmóvil, 
abstraído, escuchando ya solamente la voz de 
su pensamiento y los latidos de su corazón. Un 
vivo despecho, del cual no quería darse cuenta, 
le mordía cruelmente las entrañas. Sentía la 
necesidad de avistarse con su mujer, de inju- 
riarla, de escupirla, de abofetearla. ¿Por qué ha- 
cía unos instantes se había negado á recibirla, y 
ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? 
El mayorazgo creía que era porque su odio y su 
indignación habían crecido. No supo el tiempo 
que permaneció en aquella postura. El deseo de 
verse frente á su esposa ardía cada vez más vivo 
en su pecho, le ponía inquieto, excitado; se iba 
convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa 
que le devoraba. ¡Oh, tenerla entre sus manos, 



LA FE 



175 



apretarla hasta hacerle gritar de dolor, hacerle 
padecer en el cuerpo lo que él había padecido en 
el alma! Puntas de hierro candentes le pincha- 
ban por la espalda, las manos le temblaban 
como si le pidieran una estrangulación con que 
calmar sus ansias; un calor insoportable le subía 
de las piernas al cerebro. Las tinieblas se espe- 
saban, le envolvían en una atmósfera tibia, so- 
focante, como si se hallase en un subterráneo. 
Hubo un instante en que pensó que no podía 
moverse; los miembros entumecidos se negaban 
á obedecer á su voluntad. Hizo un esfuerzo, sin 
embargo, como si tratase de romper una tela 
que le sujetara, y se puso en pie. 

Se dirigió con paso vacilante á su cuarto. La 
luz del quinqué que ardía sobre la mesa le hi- 
rió de tal modo que estuvo á punto de caer 
ofuscado. Apagóla de un soplo, buscó á tientas 
la ventana y la abrió de par en par. Una ráfaga 
viva de viento y agua le azotó el rostro y pene- 
tró rugiendo por la estancia, echando á volar 
los papeles de la mesa. D. Alvaro aspiró con 
delicia el aire frío y húmedo, asomóse á la ven- 
tana y expuso su frente ardorosa á la inclemen- 
cia del chubasco. Las mil agujas de la lluvia se 
le clavaron en las mejillas y convertidas en lá- 
grimas las bañaron Completamente. Por algunos 
minutos gozó con voluptuosidad de aquel frío, 
apeteciendo que le penetrase en el cerebro y so- 



I76 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



segase su desordenada actividad. La noche no 
era tenebrosa. A pesar del espeso toldo de nu- 
bes, la luz de la luna conseguía cernirse y es- 
parcía una débil y triste claridad. Sólo cuando 
algún nubarrón más espeso y más negro pa- 
saba por delante de ella descargando su fardo 
de agua, la luz se extinguía casi por completo. 
Las olas se estrellaban contra los peñascos que 
sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El 
viento silbaba entre las grietas de la torre de la 
iglesia. La música lúgubre de los elementos em- 
bravecidos calmó un poco la fiebre del hidalgo. 

Consolado por aquel refresco, respiró con li- 
bertad; se creyó dueño de sí. Sin embargo, á los 
pocos instantes el mismo deseo agudo, candente, 
volvió á pincharle el cerebro. ¡Oh, tener delante 
á la infame, vomitarle en el rostro las injurias 
que su dolor y su indignación habían acumulado 
durante tres años; luego cogerla así por el cue- 
llo y retorcérselo! Aquel instante de placer com- 
pensaría los tormentos que había experimentado. 
Un minuto que valía por toda una existencia de 
dolor. ¿Y por qué no gozarlo? ¿No tenía en su po- 
der al verdugo de su dicha? ¿No estaba allí deba- 
jo, durmiendo tranquilamente, mientras él se 
agitaba todavía entre crueles torturas? Apartóse 
un poco de la ventana y se secó el rostro con el 
pañuelo. Sintió que era impotente para luchar 
con aquel apetito de venganza. Toda su filosofía 



LA FE 



177 



despiadada, indiferente, se había ido á pique. El 
mundo dejó de ser pura representación; se con- 
vertía en realidad innegable; la vida adquiría el 
valor absoluto que tiene para todo ser finito. Era 
forzoso, á despecho de la razón, satisfacer los 
instintos animales que gritan en el fondo de nues- 
tro ser. En vano, para calmarse, se decía que to- 
das aquellas emociones nada valían ni significa- 
ban en el curso eterno de las cosas, que dentro 
de muy poco tiempo todo sería humo; en vano se 
representaba la imbecilidad del ser humano, lu- 
chando y padeciendo en holocausto de una fuer- 
za que se burlaba de él. Todos sus pensamien- 
tos se estrellaban contra un anhelo poderoso, 
irracional que le dominaba. El bruto, como su- 
cede siempre, podía más que el filósofo. 

Buscó á tientas la salida, y apoyándose en las 
paredes llegó hasta la escalera. Al bajar el pri- 
mer peldaño, sus botas rechinaron en el silencio 
de la casa. Sentóse y se despojó de ellas. Luego 
se deslizó hasta abajo sin hacer el menor ruido. 
Sin tropezar, por el conocimiento perfecto de la 
casa, avanzó por los corredores hasta llegar á la 
puerta del gabinete azul. En aquel momento el 
gran reloj del comedor dio una campanada. No 
supo á qué hora pertenecía esta media. Acercó 
el oído á la cerradura y estuvo un rato escuchan- 
do sin percibir ruido alguno. Indudablemente 
Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se des- 



13 



178 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lizó hasta la puerta de escape que la alcoba te- 
nía en el pasillo y volvió á poner el oído. Al cabo 
de un momento pudo oir una respiración igual y; 
serena. Un vivo estremecimiento corrió por todo 
su cuerpo al percibirla. Sintió un nudo en la gar- 
ganta, pero un nudo de fuego: el corazón quería 
saltarle del pecho: apoyó las manos sobre él para 
apagar el ruido de las palpitaciones. La traidora 
dormía tranquilamente sin curarse de él. ¿Aquel 
deseo de reconciliación era, pues, una farsa? 
¿Venía á buscar dinero solamente? ¡Qué misera- 
ble! ¡Qué mujer tan odiosa! 

Empleando todas las precauciones imagina- 
bles, levantó el pestillo de la puerta y empujó. 
Tenía el pasador echado por dentro. Entonces 
se fué á la puerta del gabinete. Aquélla estaba 
abierta. Avanzó por la estancia sobre la punta 
de los pies conteniendo la respiración, llegó has- 
ta la alcoba y levantó las cortinas. Dio un paso 
más y chocó con la cama: puso la mano sobre 
ella y la deslizó hacia la cabecera. Sintió la pre- 
sión del cuerpo de su esposa al hincharse con la 
respiración. Acercó el rostro hacia el sitio donde 
debía de estar la cabeza de la dama, y dijo muy 
quedo: 

— Joaquina, Joaquina. 
- No despertó. 

— Joaquina, Joaquina — repitió. 

Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces 



LA FE 



179 



la sacudió levemente por el hombro, llamándola 
de nuevo. 

La dama dió un grito y despertó despavorida. 
— ¡Jesús! ¿Quién es? ¿Quién va? 
— No te asustes, soy yo — dijo con voz débil el 
mayorazgo. 

— ¿Quién? ¿Quién? — replicóla dama, con seña- 
les de terror en la voz, echándose hacíala pared. 

— Soy yo, soy Alvaro... Mira — añadió con voz 
temblorosa, — sé que has venido á hacer las amis- 
tades... Has hecho bien... Olvidémoslo todo, co- 
mencemos una nueva vida... 

La dama no respondió. Metida contra la pa- 
red, escuchábase su respiración aún anhelante 
por el susto. 

— Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidar- 
te — prosiguió con la misma voz temblorosa, apa- 
gada por la emoción, — pero fueron inútiles... 
Estás metida á hierro y á fuego dentro de mi pe- 
cho... Has sido mi primero, mi único amor en 
este mundo... Me has hecho mucho daño, ¡mu- 
cho! pero aunque me hicieses mil veces más, no 
se borrarán de mi alma los momentos de dicha 
embriagadora que te debo... ¡Te quiero, sí, te 
quiero, te adoro!... Aunque me llamen co- 
barde, indigno, lo repetiré á la faz del mundo 
entero... ¡Si supieses cuánto he sufrido! No ha 
sido mi dignidad, mi orgullo destrozado lo que 
me ha hecho padecer... Mi corazón es el que ha 



l8o ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sufrido... ¡Qué desconsuelo! ¡Qué tristeza tan 
honda! Parecía como si una mano helada me 
arrancase suavemente las entrañas... Pero ya 
pasó todo... ¿Verdad que ya pasó?... Comenza- 
remos á amarnos de nuevo, como aquella tarde 
en que te estreché entre mis brazos por primera 
vez, en una calle de árboles de los jardines de 
Aranjuez... 

El mismo silencio por parte de Joaquinita. 

— Contéstame... ¿Te he asustado, vida mía? 
Perdóname... ¿Por qué no has salido luego que 
se fué ese cura?... ¿Pensabas que iba á arrojar- 
te?... No, preciosa mía... no... Te quiero, te 
adoro... 

Al mismo tiempo, alargando las manos, trope- 
zó con una de su esposa, la cogió y la llevó á sus 
labios con entusiasmo. La dama la retiró pron- 
tamente. 

D. Alvaro quedó sobrecogido. 

— ¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tien- 
do yo la mía, y soy el ofendido?... ¿No has ve- 
nido á reconciliarte conmigo?... 

— Sí, sí, Alvaro — murmuró ella. — A eso he 
venido... Me has asustado... 

— Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué 
alegría me causa el oir tu voz! Pensé que nunca 
ya, ¡nunca ya! la volvería á oir. ¿Quieres ser mi 
esposa? — añadió bajando la voz, inclinándose 
para acercar la boca al rostro de la dama. — Dé- 



LA FE 



181 



jame un sitio á tu lado, hermosa... Déjame ser 
una noche feliz... 

— No, Alvaro, ahora no — volvió á murmurar 
la esposa infiel. — Mañana... Déjame, estoy muy 
cansada... Déjame hasta mañana... 

— No te molestaré. Me estrecharé cuanto pue- 
da y dormirás tranquila... 

— No, ahora no puede ser... Mañana. 

— ¿Por qué no? ¿No quieres ser mi mujercita? 
¿No quieres que seamos felices otra vez, como en 
aquellos primeros meses de nuestro matrimonio? 

— Sí, lo quiero... Pero ahora estoy muy ner- 
viosa... Deseo quedarme sola... Mañana será 
otro día, y te prometo ser tuya... Ahí tienes mi 
mano... Vete á dormir, Alvaro... Hasta ma- 
ñana. 

Montesinos buscó en la oscuridad aquella pe- 
queña y hermosa mano, que tan bien conocía, y la 
apretó contra sus labios perdidamente, la devoró 
á besos. Joaquina la abandonó en su poder, espe- 
rando que al cabo se marcharía. Soltóla, en efec- 
to, pero fué para echarle los brazos al cuello y 
apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, 
aplastando sus labios con besos brutales, frené- 
ticos. La dama forcejeó rabiosamente para des- 
asirse, y lo logró, haciendo tambalearse á su ma- 
rido de un empellón. 

— ¡Te he dicho que no quiero, que no quie- 
ro! — le gritó con voz colérica. — Si vuelves á 



l82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas 
calles... ¡Vete! ¡Vete! 

D. Alvaro quedó clavado al suelo por el estu- 
por. No eran sus palabras las que le dejaban frío, 
horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja 
de un puñal, que le llegaba hasta lo más hondo 
del pecho. 

— ¡Vete! ¡Vete! — repitió ella alzando aún más 
el grito. 

En aquel momento ni un pensamiento cruza- 
ba por el cerebro del mayorazgo: todas sus fa- 
cultades quedaron aniquiladas, rotas por la sor- 
presa y el horror del golpe. No sentía más que 
una viva impresión de anhelo, como si se hubiese 
caído de algún sitio muy elevado y estuviese aún 
por el aire. El mundo desapareció en medio de 
aquella oscuridad; nada existía en las tinieblas 
que le envolvían, ni siquiera su pensamiento. 
Sólo quedaba una voz estridente, fatal y un gran 
dolor, un dolor eterno. 

—¡Vete! ¡Vete! 

Tropezando con los muebles, brincando como 
si escapase de una catástrofe, salió de aquella 
estancia. Se encontró en la escalera agarrado fuer- 
temente al pasamanos para no caer. Allí se de- 
tuvo y quiso coordinar sus ideas. ¿Por qué corría? 
¿Qué había pasado? No se daba razón de aque- 
lla huida repentina. Trató de volverse y penetrar 
de nuevo en la estancia de su esposa y entrar en 



LA FE 



183 



explicaciones; pero las piernas se negaron á obe- 
decerle. Un horror instintivo, como si hubiese 
delante un pozo negro y hondo,» le detuvo. Avan- 
zó, cogiéndose con ambas manos á la barandilla, 
y llegó hasta su cuarto. El huracán, penetrando 
por la ventana abierta, se había enseñoreado de 
él; los papeles volaban, los muebles á que se iba 
agarrando estaban mojados. Sus manos tropeza- 
ron con el sillón del escritorio, y se sentó sin in- 
tentar siquiera buscar los fósforos ni cerrar la 
ventana. Así permaneció inmóvil, con los ojos 
desmesuradamente abiertos en la oscuridad, sin 
sentir el frío que le penetraba hasta los huesos ni 
el agua de los chubascos que le bañaba á inter- 
valos la cabeza, no pudiendo determinar si el ru- 
mor que le ensordecía y le mareaba era realmen- 
te el de las olas ó sonaba tan sólo en su cerebro. 

Así le sorprendió la claridad del día, un día 
triste y sucio, como casi todos los del invierno en 
Peñascosa. Alzóse al fin como un sonámbulo, 
entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en 
la cama. Ramiro no pudo despertarle á las nueve 
para tomar el desayuno. Era un sueño invencible, 
de aniquilamiento, semejante á la muerte. Dor- 
mía en una inmovilidad absoluta, con los ojos en- 
treabiertos y el rostro densamente pálido. Cuando 
á las tres de la tarde salió de aquel profundo le- 
targo, supo, sin asombro alguno, que su esposa 
se había marchado en la diligencia de Lancia. 



VII 



( J&P\\ ESPU És de desahogar su ira la hija de 
{S^Jj Osuna, siguió por la calle del Cua- 
^3 drante abajo, riendo todavía nervio- 
samente algún tiempo. Pero aquella risita se 
apagó al cabo. Sintió un desasosiego extraño, 
cierto abatimiento que hizo flaquear sus pier- 
nas. Detúvose un instante: le acometieron de- 
seos de volverse y espiar de nuevo á la pareja 
que dejaba allá en el Campo de los Desmayos. 
El temor de ser notada la contuvo . Aunque va- 
gamente, se daba también cuenta de lo singular 
y censurable de su conducta. ¿Por qué había he- 
cho aquello? ¿Quién era ella para espiar los pa- 
sos de su confesor, ni menos reprenderle? Su 
despecho era tan vivo, sin embargo, que no le 



l86 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



permitía arrepentirse. Tenía la boca seca; le ar- 
dían las mejillas. Siguió caminando apresura- 
damente, y se dirigió al muelle. Estaba ya soli- 
tario. La brisa del mar le refrescó un poco. Se 
sintió, no obstante, tan agitada que no quiso 
volver á casa: necesitaba charlar, distraerse. 
Iría á casa de D. a Eloísa y cenaría allí como 
otras veces. 

Justamente iban á ponerse á la mesa los espo- 
sos cuando llegó ella. Les acompañaba el P.Nor- 
berto, lo cual significaba que había callos. 

— ¡Qué sofocada vienes, hija! — exclamó doña 
Eloísa. 

— ¿No sabe usted?... Vengo sola desde casa de 
D. a Trinidad... Vengo á cenar con ustedes... 
Pero háganme el favor de mandar un recado á 
papá. 

Se esforzaba en aparecer serena y risueña. 

— Conque sólita, ¿eh? Sólita á las ocho de la 
noche — dijo D. Martín en tono de broma. 

— ¡Ay, si supieran ustedes qué agitada ve- 
nía!... Anda tan poca gente por la calle. En un 
momento en que me vi sola, eché á correr hasta 
que hallé á unas mujeres. 

— ¿Qué? ¿Tenía usted miedo que la tomasen 
por una de esas palomas que aquí el P. Norber- 
to caza con lazo? — tornó á decir D. Martín con 
ático humorismo de cuartel. 

La joven se ruborizó hasta las orejas. Doña 



LA FE 



187 



Eloísa dirigió una mirada severa á su marido. 

— Vamos, no empieces á barbarizar, Martín. 

— ¡ Señor, yo. no hablo más que de la posibi- 
lidad de una equivocación! — replicó el inválido 
riendo. — Y si no, que me diga el P. Norberto 
si hay mucha diferencia en la figura entre una 
señorita y esas amiguitas suyas. 

— No son amigas mías, D. Martín — replicó 
riendo benévolamente el buen sacerdote; — son 
ovejas descarriadas... 

— Pero usted no les tira piedras para que vuel- 
van al redil, sino besos... 

—¡Oh! ¡oh! ¡D. Martín! 

El bueno de D. Norberto, capellán y organis- 
ta de la parroquia, demasiado modesto para as- 
pirar á sacar triunfante la virtud y la fe entre las 
clases elevadas, se dedicaba con entusiasmo hacía 
ya tiempo á arrancar del vicio á esas pobres mu- 
jeres que caen en él la mayor parte de las veces 
por miseria. Se introducía en las asquerosas 
moradas que ocupaban, las catequizaba hacien- 
do esfuerzos titánicos de oratoria que le ponían 
rojo como un tomate y le obligaban á toser y es- 
cupir de un modo imponente. Y cuando el arte 
de Bossuet no producía efecto, apelaba al dinero. 
Era un soborno piadoso en el que había gastado 
el corto caudal que heredara de sus padres y que 
se llevaba también la mayor parte de su paga. 
Había logrado el arrepentimiento de varias pe- 



l88 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cadoras, á las cuales solía llevar á cierto asilo ó 
convento establecido para ellas en Valladolid, 
sufragando él, por supuesto, los gastos de viaje, 
instalación, etc. Pero á cambio de estos triunfos 
experimentó el buen capellán horribles desenga- 
ños. Muchas veces las bellas pecadoras se mos- 
traban arrepentidas, le sacaban todos los cuartos 
que podían y concluían riéndose de él y contan- 
do el chasco por la villa. Pero no desmayaba en 
su obra. Estaba á prueba de risas y fracasos. Al- 
gunas que comenzaron engañándole, habían ter- 
minado arrepintiéndose sinceramente. El sueño 
de D. Norberto era fundar en Peñascosa un 
convento de arrepentidas. Para lograrlo sería 
capaz de andar pidiendo limosna por toda la 
provincia, de trabajar él mismo como bracero 
en el edificio, hasta de renunciar á comer callos 
por el resto de su vida. 

En la villa todos conocían esta su manía. La 
mayor parte se mofaba de ella. No había quien 
no se creyese con derecho para darle acerca del 
particular su bromita más ó menos pesada, según 
la educación del individuo. Mas, por mucho que 
lo fuesen, jamás se le vio enfadarse ni dar siquie- 
ra señales de impaciencia. Reía bondadosamen- 
te ó se alejaba tapándose los oídos. Nadie duda- 
ba tampoco, aunque algunos lo aparentasen, de 
su recta intención y del completo desinterés con 
que trabajaba en este asunto. Las mismas mu- 



LA FE 



jerzuelas, que le engañaban, no osaban calum- 
niarle, y si alguna lo había hecho, pronto fué ca- 
tegóricamente desmentida por sus compañeras. 

— ¡Martín, te pido por Dios que no desba- 
rres!- — exclamó llena de angustia D. a Eloísa. 

— Mujer, hablo de besos místicos. 

— Sí, D. a Eloísa — se apresuró á decir D. Nor- 
berto, — su esposo quiere referirse á los medios 
suaves que necesito emplear para convencer á 
esas desgraciadas. 

D. Martín, comprendiendo que había ido de- 
masiado lejos, asintió, no sin dirigir un guiño 
expresivo al capellán. 

Sentáronse á la mesa. Obdulia hacía esfuer- 
zos atroces por comer, pero su estómago se ne- 
gaba á recibir alimento alguno. Seguía en un 
estado de agitación bien visible. D. Martín la 
embromó acerca de su falta de apetito. ¿Estaría 
por ventura enamorada? A pesar de su inclina- 
ción á la iglesia, él apostaba á que había de 
concluir apasionándose violentamente. De una 
sola ojeada conocía él los temperamentos desti- 
nados al amor. Había ciertas señales: la ojera, 
que ella tenía muy pronunciada, los ojitos un 
poco entornados, los labios secos... y otras, y 
otras. El jefe de inválidos volvió á deslizarse. 
D. a Eloísa estaba en brasas, y otra vez le llamó 
al orden con voz angustiosa. Sucedía esto muy 
á menudo. D. Martín gozaba lo indecible coló- 



igO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



reando las mejillas de las damas con sus frases 
atrevidas. Le parecía que era el adecuado com- 
plemento de aquella otra tendencia que sentía á 
enrojecer las de los caballeros con sus prover- 
biales bofetadas. Ambas inclinaciones acusaban 
su temperamento heroico y daban testimonio in- 
negable de su procedencia del arma de caballe- 
ría. Obdulia solía responderle con oportunidad 
y con gracia, dejándole no pocas veces amosca- 
do; pero la preocupación que ahora la embarga- 
ba le impidió tomar nota de sus palabras y darles 
su merecido. Antes de terminar la cena sintióse 
indispuesta y tuvo que salir á otra habitación y 
arrojó cuanto había comido. 

Á los postres llegó D. a Serafina Barrado con 
su capellán y mayordomo. Ambos venían encar- 
nados, risueños y extraordinariamente locuaces. 
Los ojos les brillaban con fuego alegre y mali- 
cioso, que llamó la atención de sus amigos. 

— Ahí va un cigarro, D. Martín — dijo el joven 
presbítero, ofreciéndole uno de acreditada vitola, 
igual al que él estaba chupando voluptuosamente. 

— ¡Buen tabaco! — exclamó el amo de la casa 
dándole vueltas entre los dedos. — ¡Qué latigazos 
se pega usted, amigo! 

— Regulares, regulares — respondió el clérigo 
con sonrisa de satisfacción, dirigiendo al mismo 
tiempo una mirada expresiva á su antigua ama, 
que le pagó con otra brillante y cariñosa. 



LA FE 



I 9 I 



— ¿Dónde los compra usted? 
—No los compro: me los regalan. 
Otro cambio de miraditas risueñas y apasio- 
nadas. 

— ¡Ah! Entonces le salen á usted por una frio- 
lera. ¿Se puede saber quién es el señor tan ge- 
neroso... 

— No es señor; es señora. 

Otra miradita. 

— ¡Ah, picaro! Ya sabía yo que gozaba usted 
de gran favor entre las damas. 
, Por la fisonomía alegrísima de D. a Serafina co- 
rrió una nube que la oscureció momentáneamente. 

— Es regalo de D. a Serafina, con motivo de 
ser hoy mi cumpleaños — se apresuró á decir el 
presbítero. 

- — ¡Ya me parecía á mí que venían ustedes hoy 
demasiado contentos!... Con tan fausto motivo 
hubo juerga, ¿verdad? 

— ¿Cómo juerga? — preguntó D. Joaquín con 
cierta inquietud, temiendo la franqueza militar 
de su amigo. 

— Sí, una comidita íntima con algunos platos 
extraordinarios y un par de botellas de burdeos. 

— No fué burdeos — replicó D. Joaquín rien- 
do. — Fué borgoña. 

—Mejor que mejor. 

—¡Ya lo creo! — exclamó D. a Serafina, comién- 
dose con los ojos á su capellán. 



ig2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y volvió á comenzar entre ellos el tiroteo de 
miraditas y guiños, prodigándose mil atenciones 
tiernas que denotaban un estado de felicidad per- 
fecta. 

La llegada de D. a Rita no turbó poco ni mu- 
cho su éxtasis delicioso. Esta señora, pequeña 
y regordeta, con grandes ojos negros sin expre- 
sión y dientes grandes también, sanos y amari- 
llos, entraba siempre con un cesto donde guar- 
daba la labor. Sacábala con lentitud, trabajaba 
media hora en silencio escuchando atentamente 
todo lo que se decía, y al cabo recogía de nuevo 
los bártulos y se iba á hacer lo mismo á otra 
parte. De este modo recorría en la noche tres ó 
cuatro casas. Era su manía la de saber; saberlo 
todo, hasta lo más trivial é insignificante. Se la 
toleraba bien en todas partes, porque á pesar de 
su desmedida febril curiosidad nunca hubo dis- 
gusto alguno por su causa. Gozaba con saber 
tan solamente: era un placer desinteresado, in- 
tenso, como el de los hombres de ciencia que 
no miran el resultado que sus conocimientos les 
puede dar. Como el avaro amontona en su caja 
monedas de oro sin pensar en utilizarlas jamás, 
así D. a Rita atesoraba en su cerebro cuantas 
noticias privadas podía recoger en sus peregri- 
naciones por la villa, sin molestar á nadie con 
ellas. Pocos se guardaban, pues, de hablar se- 
cretos en su presencia; pero si alguno lo hacía 



LA FE 



193 



y llegaba á notarlo, le acometían tales ansias y 
congojas por conocer lo que le ocultaban, que no 
dormía, ni descansaba un momento; andaba pá- 
lida, ojerosa, se hacía grosera, intratable. Una 
vez que descubría el ansiado secreto, aunque 
fuese la cosa más baladí, recobraba la [calma y 
serenidad, volvía á su ser dulce, pacífico, in- 
ofensivo. Algunos sujetos maleantes, como don 
Martín, el P. Narciso, D. Joaquín y otros, so- 
lían embromarla fingiendo algún misterio entre 
ellos, la atormentaban, le hacían perder el jui- 
cio de pura curiosidad. 

Pero cuando entró el P. Narciso, D. Joaquín 
se puso más grave, ocultando á su compañero 
aquella dicha inefable, que le retozaba dentro del 
alma, evitando encontrarse con los ojos alegres, 
chispeantes de su antigua ama. Aquél sintió en 
seguida en la nariz el tufillo aromático del ciga- 
rro, dirigió una mirada escrutadora á su colega, 
otra á D. a Serafina y se puso al tanto. 

— Hubo gaudeamus, ¿verdad? — preguntó por 
lo bajo. 

D. Joaquín negó descaradamente. 

Unos tras otros fueron llegando Consejero, 
Cándida, D. a Filomena, el P. Melchor, Marce- 
lina y, en suma, casi todos los tertulianos habi- 
tuales. Formáronse pronto los grupos de siem- 
pre, se disgregaron los elementos de aquella so- 
ciedad, operándose en ella el fenómeno químico 



194 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de las afinidades electivas. Mas esta operación 
no se efectuaba sin las violentas conmociones y 
sacudidas que se observan en el seno de la natu- 
raleza, sin las acciones y reacciones á que da 
origen toda fermentación. Aquella noche Cán- 
dida, la huesuda señorita que ya conocemos, en 
vez de ir á besar la mano al P. Melchor y sen- 
tarse á su lado y cuchichear toda la velada, fué 
á hacer lo mismo con el P. Norberto. ¿Por qué 
esta deserción? En la tertulia nadie lo sabía más 
que los interesados y D. a Rita. El P. Melchor 
había tenido la imprevisión de decir en una casa 
que los roquetes que le hacía la citada joven eran 
escasos de manga, y que le costaba trabajo con 
ellos doblar el brazo. En cambio, había elogia- 
do calurosamente un alzacuello que le había re- 
galado D. a Marciala. El caso era grave, como 
cualquiera comprenderá, y debía producir este 
triste resultado. D. a Marciala, viendo al padre 
Narciso cada vez más inclinado á admitir y agra- 
decer la fervorosa admiración de D. a Filome- 
na, mostraba su sentimiento y despecho, acer- 
cándose á D. Melchor y hablándole con afec- 
tado cariño. D. a Filomena, después de algunos 
años de adoración resignada, silenciosa, había 
llegado, cuando ya no lo esperaba, á la meta de 
sus aspiraciones. Tanta atención, tanto cariño 
habían logrado al fin cautivar el espíritu del elo- 
cuente capellán de Sarrio, quien daba claras 



LA FE 



195 



muestras á la viuda de su afecto. Después de 
haberlo intentado en vano muchas veces, aqué- 
lla había recabado de él que fuese preceptor de 
su hijo, y que tomase el cargo con afición. Su 
temperamento dominante y fogoso se manifes- 
tó en seguida. El pobre niño tuvo que experi- 
mentar no sólo un trabajo excesivo, superior á su 
edad, sino una serie de castigos crueles, malévo- 
los, refinados. Y D. a Filomena, que era la dul- 
zura personificada, que jamás había levantado la 
mano sobre su hijo, consentía impasible que 
aquel hombre lo azotase despiadadamente. Aca- 
llaba su conciencia diciéndose que era para su 
bien. 

Marcelina, que había soñado con suplantar 
á D. a Serafina en el corazón de D. Joaquín (y 
en realidad había cierto fundamento para este 
sueño, pues el joven presbítero no cesaba de 
distinguirla entre todas), andaba ya bastante 
desengañada. Adquirió el convencimiento de 
que aquél la tomaba como instrumento para ha- 
cer padecer un poco á su ama y tenerla más 
atenta y sumisa. Tal convicción la empujó de 
nuevo hacia D. Narciso, á quien hacía tiempo 
había abandonado; pero éste, que nunca le había 
profesado gran afición, como á Obdulia, la re- 
chazó sin miramientos. Si embargo, la ex-joven 
seguía luchando bravamente con D. a Filomena. 
Hacía pocos días había regalado al capellán una 



I96 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



colcha de crochet que era una verdadera mara- 
villa de trabajo pacienzudo y habilidoso. Por 
cierto que la viuda, al verla sobre la cama del 
clérigo, experimentó un vivo disgusto y lloró 
muchas lágrimas en secreto. 

Estas agitaciones espirituales, estas luchas 
de sensibilidad y abnegación entre las piadosas 
damas que allí asistían, eran precisamente las 
que daban algún interés dramático á aquel mun- 
do sereno, inocente. No eran ciertamente las 
competencias groseras que se establecen en las 
sociedades profanas, donde las intrigas afectan 
un carácter violento, donde las relaciones del 
varón y la hembra tienen su fundamento siem- 
pre en la explosión de los sentidos, llevan el se- 
llo abominable de la animalidad. Aquí todo se 
efectuaba de un modo suave, inocente, espiri- 
tual: los pequeños sacudimientos de que hemos 
hecho mención semejaban el leve rizado de un 
lago trasparente y hermoso. Era aquella tertu- 
lia como una antesala del cielo, donde las rela- 
ciones de los ángeles, de los santos y las santas 
alcanzan el supremo grado de la pureza in- 
mortal. 

Lo que estaba pasando por el alma de la hija 
de Osuna confirma bien la idea que acabamos de 
formular. Después de experimentar aquel tras- 
torno gástrico, hijo de la excitación en que se ha- 
llaba, cayó en profundo desfallecimiento físico y 



LA FE 



197 



moral. Sentía la impresión de si hubieran come- 
tido con ella una gran perfidia, y aunque su pensa- 
miento le decía vagamente lo absurdo de tal sen- 
sación, no podía minorar su intensidad, ni menos 
desecharla. Odiaba al P. Gil, le odiaba con toda 
su alma. Daría algo por vengarse. ¿De qué? No 
se lo decía; pero allá en el fondo del alma es- 
taba persuadida de que tenía razón para ello. 
Formó resolución inquebrantable de no confe- 
sar más con él. ¡Con él! ¡Un sacerdote que en- 
tra de noche en los portales á cuchichear con 
mujeres hermosas y elegantes! ¡Puf! Sería ver- 
güenza el hacerlo. Obdulia estaba bien segura 
de que la mujer que hablaba con su confesor 
era linda. Esta seguridad la torturaba. Por su- 
puesto que, si tenía el atrevimiento de venir á 
hablarle, le daría un desaire de los gordos, le 
volvería la espalda. Y confesaría otra vez con 
D. Narciso. Y diría á sus amigas en qué situa- 
ción le había visto con una señora desconocida 
y elegante. Porque no cabía duda de que vestía 
con elegancia, bien lo había reparado. Aquel 
abrigo largo no estaba hecho en Peñascosa. 
¿Quién sería? Alguna de Lancia, seguro, que 
vendría á hacerle una visita. Y ¿por qué se vie- 
ne de lejos á visitar á un sacerdote no siendo su 
madre, ó su hermana ó su deuda? ¿No sabe esa 
señora que la fama de los sacerdotes es muy de- 
licada y cualquier cosa la quiebra? El cerebro 



I98 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de la joven no cesaba de dár vueltas y más vuel- 
tas á estas ideas y á otras análogas, mientras 
su cuerpo permanecía inmóvil, abatido, clavan- 
do los ojos obstinadamente en las manos de 
D. a Marciala, que no dejaba un momento su cal- 
ceta. Sentíase enferma, deseaba irse; pero una 
vaga esperanza, que no podía definir, la retenía 
á su pesar. 

Mientras tanto el P. Norberto estaba sorpren- 
dido y confuso por las inusitadas atenciones de 
que era objeto por parte de Cándida. El pobre 
no estaba acostumbrado á que se las prodigasen. 
El bello sexo de Peñascosa le profesaba cierto 
desdén compasivo. Teníasele por un sacerdote 
virtuoso, pero de muy cortos alcances. Sus mis- 
mos compañeros, cuando hablaban de él, lo ha- 
cían sin dejar de los labios una sonrisa medio 
protectora, medio burlona. Para las damas, la 
virtud del P. Norberto no tenía poesía, carecía 
de ese encanto especial que en otros sacerdotes 
la hace contagiosa, era una virtud pedestre, que 
no se traducía en conceptos delicados y sublimes 
como en el P. Narciso, el P. Gil y otros. Así 
que rara era la joven que se confesaba con él, ni 
menos la que apeteciese su conversación ó tu- 
viese gusto en envolverle entre nubes de incien- 
so, como hacía Cándida en aquel momento. Su 
misma inclinación á rescatar las mujerzuelas 
perdidas, por más que se respetase, no le hacía 



LA FE 



199 



simpático á las señoritas. Verdad que él se pa- 
saba admirablemente sin esta simpatía y no le 
quitaba de engordar cada día más y pasar la vida 
riendo. Las lisonjas que le estaba vertiendo al 
oído con voz insinuante su nueva hija de confe- 
sión, en vez de agradarle, le turbaban, le moles- 
taban visiblemente. Fué una de las pocas veces 
en que pudo vérsele serio. Hacía rechinar la si- 
lla, cambiando de postura á cada instante, y res- 
tallaba los nudillos de las manos de un modo 
formidable, tosía, se ponía colorado, y de vez 
en cuando dejaba escapar de la garganta un leve 
bufido con que su modestia alarmada protes- 
taba. Por último, solicitado vivamente por la 
dulce perspectiva del tresillo, aprovechó una 
pausa de la doncella para levantarse y decir tor- 
ciendo un poco las caderas á guisa de saludo: 

— Con permiso de usted, señorita. 

En cuanto salió de aquella situación angus- 
tiosa, su faz sanguínea se dilató y volvió á apa- 
recer en ella la sonrisa de benevolencia univer- 
sal que le servía de principal ornamento. Su lle- 
gada al grupo donde estaban Consejero, D. Mar- 
tín, Osuna y otro caballero militar de Lancia 
fué acogida con alegría. 

— Te presento — dijo D. Martín á su amigo fo- 
rastero, bajando la voz y echando una mirada 
recelosa alrededor para cerciorarse de que no le 
oía su mujer, — al padre Norberto, un cura que 



200 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



te podrá informar de todos los chamizos de la po- 
blación, si deseas conocer alguno. 

— ¡Oh, oh! ¡D. Martín, por Dios! 

— ¡Atrévase usted á decir que no los conoce! 

— Hombre, sí... de algunos sé... Por desgra- 
cia, necesito entrar en ellos alguna vez... 

— Este señor se dedica á las jóvenes extravia- 
das — continuó D. Martín, dirigiéndose ásu com- 
pañero, que sonreía lleno de asombro. 

— ¡Jesús! Considere, D. Martín, que este se- 
ñor no me conoce... 

— Pues para que le conozca á usted hablo. 

D. a Eloísa, de lejos, echaba miradas de terror 
á su marido, observando la confusión de D. Nor- 
berto y la risa de los otros. 

— Bueno — prosiguió el señor de las Casas, 
haciéndose prudente y conciliador, — yo no diré, 
D. Norberto, que usted vaya con mala idea á 
esas casas de perdición; pero lo que sostendré 
siempre es que les está usted prestando un gran 
servicio: está usted haciendo su agosto. 

— ¿Cómo, cómo? — preguntó asustado el clé- 
rigo. 

— Pues muy sencillo; ayudando á que se eleve 
el precio de la mercancía. Recuerde el ejemplo 
de Carmen la zapatillera... 

Ésta era una muchacha á quien el P. Norber- 
to había conseguido sacar de una casa de prosti- 
tución y llevar á un convento. Al cabo de algún 



LA FE 



201 



tiempo se salió y volvió á la mala vida. Tornó 
D. Norberto á persuadirla al arrepentimiento, 
y otra vez ella se vino del asilo y se entregó al 
vicio. 

— ¿Y qué tiene que ver?... 

— Voy á explicárselo, padre, voy á explicár- 
selo... Atiendan ustedes... Cuando usted cate- 
quizó á Carmen, no me negará que la mercancía 
estaba bastante depreciada ya... 

— ¡Yo no sé! ¡Qué cosas tiene usted, D. Mar- 
tín! — exclamó el clérigo azorado. 

— Me consta, padre, me consta. Pues bien, 
después que estuvo un año por allá y engordó un 
poco en el convento y volvió rodeada de cierta 
aureola de honradez, el precio se elevó nota- 
blemente. Vuelve usted á llevársela cuando ya 
estaba un poco estropeadilla y la demanda ha- 
bía mermado hasta un punto que hacía temer 
por la bucólica, y ahora que viene otra vez gor- 
dita y santificada, se cotiza de nuevo como en 
sus mejores tiempos. 

— ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Vaya todo por Dios! — ex- 
clamó el clérigo tapándose los oídos, pero sin 
enfadarse.— No sea usted tan malo, D. Martín. 

D. a Eloísa, que bien advertía lo que estaba 
pasando, se levantó al fin de la silla y vino hacia 
ellos, preguntando con mal humor: 

— ¿No juegan hoy al tresillo? 

— Vamos allá, vamos allá — respondió su ma- 



202 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rido, sofocando la risa que le fluía del cuerpo, 
como á los demás. 

Sentáronse Consejero, D. Norberto y él á la 
mesa, y no tardaron en abstraerse de todos los 
ruidos mundanales bajo la influencia fascinado- 
ra de la espada, la mala y el basto. Poco des- 
pués Consejero rechinaba los dientes y se tiraba 
cruelmente del bigote, encontrándose dos veces 
seguidas con el tres de bastos, su enemigo per- 
sonal. Hacía ya muchos años que se tenían de- 
clarada una guerra á muerte. Cada vez que le 
venía á las manos, Consejero se crispaba, juraba 
sordamente como un carretero. El tres de bas- 
tos , malintencionado y socarrón como ningún 
otro naipe, gozaba al parecer con verle irritado, 
y se colaba bonitamente siempre que podía en 
el montoncillo que le repartían. No sólo en la 
tertulia, sino en toda la villa era conocida esta 
antipatía. Algunos, con ciertas precauciones por 
supuesto, porque D. Romualdo se disparaba fá- 
cilmente, le embromaban con ella. En cierta 
ocasión, pescando con caña detrás de la iglesia, 
sacó en el anzuelo un naipe que resultó ser el 
tres de bastos. No le cupo duda de que lo habían 
tirado allí con intención, pero no dijo palabra 
para que no se rieran. 

Mientras tanto Osuna había ido á frotarse un 
poco contra D. a Eloísa. Entre todas las da- 
mas que asistían á aquella tertulia no había más 



LA FE 



203 



que dos gordas, D. a Teodora y D. a Eloísa. Es- 
taba también en buenas carnes D. a Rita, pero 
era blanda, amarilla. Las demás «escocia pura,» 
como él llamaba á las flacas, aludiendo al baca- 
lao. Así que no tenía fin el desprecio que nues- 
tro jorobado profesaba á aquella sociedad dege- 
nerada y exhausta de tejido adiposo. Sólo iba 
por allí á buscar á su hija, ó cuando material- 
mente no sabía dónde refugiarse. D. a Eloísa 
miraba con benevolencia (como lo miraba todo 
la buena señora) aquella pasión que el monstruo 
parecía sentir hacia ella. Cuando se le acercaba 
demasiado, separábase dulcemente, sin extin- 
guirse por eso su sonrisa bondadosa. En cambio 
D. a Teodora le tenía un gran miedo, verdadero 
terror. Lo mismo era aproximarse Osuna, que 
ya estaba la casta jamona sofocada, inquieta, un 
color se le iba y otro se le venía. Pero era tal 
la vergüenza que sentía, que no hubiera declara- 
do á su mismo padre las insinuaciones del sucio 
contrahecho. ¡Qué diferencia entre este indecen- 
te y el sereno, majestuoso y romántico D. Juan 
Casanova! Ni con D. Peregrín podía com- 
parársele, con ser éste, en concepto de la ma- 
dura doncella, un sujeto mucho más voluptuoso 
y terrestre. 

D. Peregrín había llegado, según costumbre, 
de los últimos. Y si la tertulia no advirtió en la 
mayor estridencia de sus bufidos nasales, en su 



204 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



parpadear infinitamente más solemne y en la 
grave manera de poner una pierna sobre otra y 
echarse hacia atrás que algo importante, impor- 
tantísimo, tenía que comunicar, fué que no qui- 
so advertirlo. Aguardó pacientemente, como to- 
dos los hombres seguros del éxito, á que hubie- 
se una pausa, y cuando llegó, profirió con su 
voz gangosa, penetrante, encarándose con el 
ama de la casa: 

— ¿A que no sabe usted á quién acabo de ver 
entrar en casa de su hermano, en compañía del 
excusador? 

A Obdulia le dio un salto tan recio el cora- 
zón, que pensó caer al suelo. Los demás, inclu- 
so D. a Eloísa, alzaron la cabeza con curiosidad. 

— ¿Quién era? 

— Su cuñada Joaquina — gritó más que dijo el 
ex-gobernador interino de Tarragona, como si 
anunciara el juicio final. 

Profundo estupor en toda la tertulia. 

— ¡Mi cuñada! — exclamó. 

— Su misma cuñada — confirmó D. Peregrín 
con trompeteo horrísono. 

— jNo puede ser! — dijo D. a Eloísa. 

— ¡No puede ser! — exclamó su marido, sus- 
pendiendo el juego. 

— ¡No puede ser! — repitió D. a Serafina Ba- 
rrado. 

El ex-gobernador de Tarragona dejó escapar 



LA FE 



205 



por la nariz algunos resoplidos fragorosos, como 
una locomotora que desaloja el vapor sobrante, 
y repuso: 

— ¿Creen ustedes, señores, que no tengo ojos 
en la cara? 

Esta pregunta trascendental, acompañada del 
adecuado fruncimiento de cejas, produjo bas- 
tante impresión entre los interruptores. 

— Bien pudo usted haberse equivocado — dijo 
el inválido. 

— ¡Es tan fácil! — exclamó D. a Eloísa. 

— La he visto como les veo á ustedes ahora, á 
tres pasos de distancia. Venía yo de hablar con 
el sacristán para la cuestión del aniversario de 
mi señor padre, cuando al embocar la calle del 
Cuadrante veo al P. Gil con una señora que me 
pareció forastera. Quise saber quién era, y me 
detuve un poco cerca del farol, ocultándome de- 
trás del quicio de una puerta. Era Joaquinita, 
sin duda alguna. Esperé un poco y los seguí con 
la vista hasta que entraron en casa de Monte- 
sinos. 

— Pero ¿usted la conoce bien? — preguntó el 
P. Narciso. 

— Lo mismo que á usted. 

— Peregrín, debes tener presente que no le 
has hecho más que una visita en Madrid, y por 
la noche, según me has dicho — apuntó tímida- 
mente D. Juan. 



206 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El ex-gobernador arrojó á su hermano una mi- 
rada de indecible desprecio. 
— Juan, no metas la pata. 
— Peregrín, no sé por qué... 
—¡Juan!... 
— ¡Peregrín!... 

— ¡Que no la metas! ¡Que no la metas! A esa 
señora la he visto después de visitarla otra por- 
ción de veces en la calle, y la he saludado. Por 
lo tanto, me veo en la triste necesidad de mani- 
festarte que lo que acabas de decir es una imper- 
tinencia. Cuando he asegurado que conocía á esa 
señora, es porque la conocía. Yo no hablo nun- 
ca á humo de pajas. Si fuera un hombre ligero 
y sin fundamento, no hubiera podido ocupar las 
posiciones que he ocupado. Sírvate de gobierno. 

— Ahora que me acuerdo — dijo Cándida, — hoy 
he visto apearse de la diligencia á una señora ru- 
bia con un traje muy elegante. 

D. Peregrín alzó los hombros con un gesto de 
profundo desdén, como si quisiera decir: «¿Á 
qué viene usted en mi apoyo para contrarrestar 
los absurdos de este necio?» 

Aquel dato y aquel gesto concluyeron de ani- 
quilar á D. Juan, cuyo rostro expresó el abati- 
miento. Pero D. a Teodora, con sus grandes ojos 
serenos, le clavó una mirada tan afectuosa que 
las facciones del caballero, contraídas por la pe- 
sadumbre, se fueron dilatando gradualmente, y 



LA FE 



207 



una plácida sonrisa melancólica concluyó por 
esfumarse en sus labios. La frente de D. Pere- 
grín, en cambio, quedó surcada instantáneamente 
por una porción de arrugas. La innegable supe- 
rioridad que tenía sobre su hermano, ¿de qué le 
servía? Cuanto mejor la demostraba delante de 
la fresca jamona, tanto más se inclinaba ésta á 
favor de él. Razón tenía el juez de primera ins- 
tancia de Tarragona cuando le decía que la mu- 
jer era un tejido de contradicciones. 

Obdulia sintió que una alegría intensa, infini- 
ta, le entraba á chorros dentro del alma. Su cuer- 
po, enervado, incapaz de movimiento, adquirió 
súbito la ligereza de un pájaro. Quería salir pron- 
tamente de aquella estancia y surcar los aires y 
cantar su gozo. Cualquiera podría observar el 
cambio operado en ella. Al mutismo obstinado 
en que yacía sucedió una locuacidad extrema, 
una charla animada, insustancial, entreverada de 
carcajadas extrañas en que se placía, desahogan- 
do la emoción que la embargaba, estirando sus 
nervios encogidos. Ni sabía bien lo que estaba 
diciendo, ni D. a Filomena, con quien platicaba, 
se enteraba tampoco, atenta á contemplar la faz 
inteligente del P. Narciso y gozar del brillo de 
sus humoradas. Al poco rato sintió la garganta 
seca y calor inusitado en las mejillas. El caba- 
llero de Lancia, que allí estaba, hizo la obser- 
vación, que se apresuró á comunicar á Osuna, 



208 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de que su hija tenía los ojos muy negros y bri- 
llantes, y que le sentaban muy bien las rosetas 
encarnadas que el calor le había sacado en el 
rostro. 

La noticia había producido sensación en to- 
dos. Pocos eran los que conocían allí á la esposa 
de Montesinos, aunque nadie ignoraba los inci- 
dentes del drama conyugal que había retraído al 
mayorazgo á Peñascosa. Pero lo que en los ex- 
traños era pura curiosidad, en la buena de doña 
Eloísa se ofreció, como es lógico, con la aparien- 
cia de viva y honda emoción. Quiso desde luego 
salir á saber lo que pasaba en casa de su herma- 
no, quiso después que fuese su marido, quiso en- 
viar un criado. A todo se opuso D. Martín que, 
viendo las cosas con más frialdad, comprendía 
que cualquier paso de éstos en aquel instante 
era inoportuno. La conversación se animó extre- 
madamente, hasta el punto de que los tresillistas 
suspendieron el juego y tomaron parte en ella. 
Los comentarios que se hicieron, infinitos. Se 
forjaron mil hipótesis sobre el caso. Unos opina- 
ban que la esposa, arrepentida, venía á pedir per- 
dón á su marido, otros que hacía el viaje tan 
sólo para reclamar de él alimentos, otros que su 
intento era entablar la demanda para formalizar 
el divorcio, otros que el marido la había llama- 
do, no pudiendo desterrar de su corazón el amor 
que la profesaba (la mayoría del elemento femé- 



LA FE 



209 



niño se inclinaba á esta suposición), otros que 
el P. Gil, motu proprio, había escrito á D. a Joa- 
quinita y había preparado la escena, á fin de que 
D. Alvaro la perdonase, otros que había persua- 
dido á éste á que la llamase á Peñascosa. Ni fal- 
taba tampoco quien supusiera que D. Alvaro y 
su esposa hacía tiempo que mantenían corres- 
pondencia, y que era ella quien resistía venir á 
visitarle hasta la hora presente. 

— De todos modos, lo que no ofrece duda es 
que el P. Gil tiene una intervención muy prin- 
cipal en el asunto, y á él le pertenece la gloria de 
la reconciliación — dijo gravemente D. Narciso. 

— Si la hay — repuso Consejero. 

— La habrá — replicó el capellán. — La habrá, 
y aquí D. Martín tendrá quizá el gusto pronto 
de ver un sobrinito que le distraerá con sus tra- 
vesuras y sus gracias. 

D. Martín, á quien su alma de héroe no le qui- 
taba de tener muchísimas ganas á la herencia 
del cuñado, cuya salud era endeble, arrugó las 
narices y murmuró groseramente: 

— Me tiene sin cuidado. 

— No lo creo; no puedo creerlo, D. Martín. A 
usted no puede menos de alegrarle que la noble 
casa de Montesinos no se extinga, que haya quien 
lleve honrosamente este apellido... Luego ha de 
parecer bien aquella casa tan grande con unos 
cuantos chicos que la alegren con sus risas y sus 

15 



210 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gritos. La obra del padre Gil es de las más me- 
ritorias que ha llevado á cabo, y eso que las ha 
hecho muy buenas. 

Obdulia le clavó una mirada colérica; pero 
templándose súbito, repuso con sonrisa inocente: 

— Usted no tiene nada que envidiarle, don 
Narciso. ¿Quién no recuerda en la villa los mu- 
chos matrimonios que por su mediación están 
hoy bien avenidos? Sin ir más lejos, todo el mun- 
do sabe que D. Feliciano quería muy poco á 
D. a Nieves... y ya ve usted, hoy están como dos 
pichones. 

Este D. Feliciano era el marido que, según 
se decía en secreto , había roto una pierna al 
P. Narciso arrojándole por las escaleras. 

Los circunstantes se miraron con inquietud. 
Hubo un silencio embarazoso. Consejero soltó 
la carcajada, y exclamó, poniendo una carta so- 
bre la mesa, como si se refiriese al juego: 

— ¡Anda, vuelva usted por otra! 

Todos comprendieron que se dirigía al padre 
Narciso, y esto aumentó la inquietud. El clérigo 
se puso colorado y murmuró: 

— Gracias , gracias. Todos tenemos obli- 
gación... • 

— Usted va más allá de la obligación, padre... 
Muchas veces lo que usted hace es pura devo- 
ción — replicó la hija de Osuna con encantadora 
sencillez. 



LA FE 



211 



— ¡Arrea! — volvió á exclamar Consejero, con 
la vista fija en las cartas. 

— ¿Qué es eso, D. Romualdo? — preguntó rien- 
do D. Norberto. — ¿Le ha tocado el tres de 
bastos? 

— Sí, señor; pero me consuela que hay palos 
para todos. 

— Pues yo no tengo ninguno — replicó el Cán- 
dido presbítero. 

— ¡Otro los recibirá! 

— Hacemos todos lo que podemos; pero no 
cabe duda que unos pueden más que otros. El 
P. Gil es un santo, es un apóstol de los pri- 
meros tiempos de la Iglesia. Ninguno de nos- 
otros tiene la presunción de competir con él en 
celo ni en sabiduría — manifestó D. Joaquín, vi- 
niendo en socorro de su amigo, con una risita 
venenosa que haría saltar una piedra. 

— En sabiduría puede que tenga usted razón, 
D. Joaquín — replicó vivamente Obdulia; — pero 
en celo, me parece que está usted en un error. 
Es usted demasiado modesto... No es por adu- 
larle, pero tratándose de celo, yo creo que es 
usted tan celoso como el primero, ¿verdad, doña 
Serafina? 

Un gruñido de todo punto extraño se escapó en 
aquel momento de la garganta de Consejero, al 
cual siguió inmediatamente un violento golpe de 
tos que le dejó sin respiración por algunos se- 



212 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gundos. D. Joaquín también sintió cierto picor 
en la garganta, que le obligó á toser volviendo 
la cabeza. D. a Serafina no contestó á la pregun- 
ta, porque se distrajo hablando con D. a Eloísa. 

La conversación cambió de rumbo, como si 
tácitamente todos convinieran en que aquél era 
peligroso. Poco después cesó de ser general, y 
volvieron á formarse los grupitos de costumbre. 
D. Martín estaba malhumorado y disputaba á 
cada jugada. D. a Eloísa hablaba tranquilamente 
del caso. Ninguno, por estupendo que fuese, 
conseguía alterar el sistema nervioso de la buena 
señora. Su interlocutora D. a Serafina seguía di- 
rigiendo frecuentes miraditas y sonrisas á su 
capellán; pero éste se había puesto repentina- 
mente serio, cejijunto. Una nube de tristeza 
pasó también por la bella alma apasionada de 
la respetable viuda, y sus miradas comenzaron 
á ser tímidas, inquietas, llenas de muda recon- 
vención. 

Sonó la campanilla de la puerta. Nadie lo 
advirtió mas que el ama de la casa y Obdulia, 
cuyo rostro se cubrió de palidez. Clavó los ojos 
en la puerta con espanto, como si por ella fuese 
á entrar un aparecido: sus nervios se pusieron 
en tensión bajo una misteriosa influencia mag- 
nética. Un minuto después alzóse la cortina y 
apareció la esbelta figura del P. Gil. 

Todos los ojos se volvieron hacia él con ex- 



LA FE 



213 



presión de curiosidad. La noticia de la llegada 
de Joaquinita los tenía sobresaltados: se anhela- 
ba saber lo que había pasado. Pero antes de que 
nadie hablase ni el sacerdote diera paso alguno 
por la sala, Obdulia se levantó de la silla, avan- 
zó precipitadamente á su encuentro y se dejó 
caer de rodillas á sus pies. Al mismo tiempo le 
tomó una mano y comenzó á imprimir en ella 
vivos y fuertes besos, mientras bañaban sus me- 
jillas las lágrimas y le rompían el pecho los sollo- 
zos. El P. Gil quiso arrancarse á aquellas de- 
mostraciones, pero no pudo. La arrepentida don- 
cella le tenía sujeto con las manos crispadas. 
Turbado hasta lo indecible, no supo decir más 
que 

— Obdulia, cálmese usted... ¡Cálmese usted! 
¡Cálmese usted, por Dios! ¡Levántese usted!... 
¡Levántese usted, por Dios!... 

Su faz blanca, nacarada, estaba cubierta de 
vivo rubor. Un soplo de emoción delicada y mís- 
tica corrió por toda la tertulia. Algunas jóvenes 
también se ruborizaron. Los clérigos se miraron 
unos á otros. Consejero, después de echar una 
mirada socarrona de absoluta indiferencia al 
grupo, convirtió de nuevo la vista á los naipes y 
murmuró: 

— ¡El Redentor y la Magdalena! 

Pero Obdulia soltó al fin la mano del sacerdo- 
te y cayó al suelo, presa de un violento ataque de 



214 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nervios. Entonces todas las señoras se precipi- 
taron hacia ella y le prodigaron los cuidados de 
costumbre. Porque escenas semejantes é idénti- 
cos ataques se producían á menudo en aquella 
tertulia de vírgenes nerviosas y viudas místicas. 
Salieron á relucir los pomos, los frascos de an- 
tiespasmódico. Un olor penetrante de éter se es- 
parció en seguida por la estancia. 




VIII 



W >V*1 Y< 

' ^-*41!¿4 A distinción entre las llamadas natu- 
£§§<H^) raleza, orgánica é inorgánica es com- 
pletamente arbitraria. La fuerza vi- 
tal, como vulgarmente se la concibe, es una qui- 
mera. La materia en que reside la vida nada tie- 
ne de especial. No existe en los cuerpos orgáni- 
cos ningún elemento fundamental que no se en- 
cuentre ya en la naturaleza inorgánica: la sola 
cosa especial es el movimiento de esta materia. 
La vida no es más que un modo particular más 
complicado de la mecánica: una porción de la 
materia total pasa de tiempo en tiempo de su 
curso habitual á otras combinaciones químicas y 
orgánicas; después que ha permanecido en ellas 
un cierto período vuelve al movimiento general.» 
El P. Gil leía con profunda emoción estas y 



2l6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



otras análogas proposiciones en un libro que ha- 
bía sacado de la biblioteca de D. Alvaro. Des- 
pués que hizo un auto de fe con los libros histó- 
ricos de éste, referentes á los orígenes del cristia- 
nismo, estuvo mucho tiempo sin tomar siquiera 
en las manos ningún otro de su biblioteca. Con- 
tinuaba visitando al mayorazgo de vez en cuan- 
do, pero huía de toda conversación metafísica. 
La salud de D. Alvaro empeoraba á ojos vistas 
desde la llegada y súbita partida de su esposa. 
Su tristeza, su estado miserable le inspiraban 
cada día más compasión. El horror que antes 
sentía hacia él había desaparecido. Por encima 
de las diferencias religiosas y filosóficas, de la 
oposición de inteligencia y carácter asomaba 
briosamente el amor á la humanidad que latía 
en el corazón profundamente cristiano del joven 
sacerdote. D. Alvaro era un hermano que pade- 
cía. Ante esta consideración, todas las demás 
ceden en las almas donde ha soplado el espíritu 
del sublime Nazareno. Pero D. Alvaro tampoco 
era el malvado diabólico, que se había represen- 
tado en los primeros días que le conoció. A ra- 
tos lo parecía. Un demonio hablaba y reía por 
su boca en ocasiones, maldiciendo de Dios y de 
los hombres. En otras, sin embargo, mostrába- 
se dulce, afectuoso, compasivo, y hablaba con 
tal inocencia que parecía estar oyendo á un niño. 
Aunque se defendiese contra ella, el P. Gil no 



LA FE 



217 



podía menos de sentir cada día más afición á 
este desgraciado. 

Una mañana departían los dos en el gabinete 
de la torre que servía de despacho y bibliote- 
ca. D. Alvaro había pasado toda la noche to- 
siendo. Estaba fatigado, molido. Al cabo de un 
rato cerró los ojos y se quedó traspuesto en la 
butaca. El P. Gil ni creyó bueno el despertarle 
para despedirse, ni se atrevió á marcharse sin ha- 
cerlo. En esta incertidumbre, se puso á hojear 
algunos libros que andaban esparcidos sobre la 
mesa. Tropezaron sus ojos con uno de geogra- 
fía, y leyó distraídamente algunos párrafos. Al 
cabo la lectura logró interesarle. El autor des- 
cribía pintorescamente algunas comarcas desco- 
nocidas y ciertos fenómenos de la mar muy cu- 
riosos. La instrucción del P. Gil en las ciencias 
naturales era limitadísima. En el seminario de 
Lancia ocupaban éstas un lugar muy secunda- 
rio: apenas si se les exigía á los alumnos algu- 
nas nociones insignificantes de física, química é 
historia natural. Además, siempre les había pro- 
fesado cierto desprecio inculcado por el rector 
su maestro; el desprecio que los ascetas sienten 
hacia todo lo que se relaciona con la materia. 
Así que tales descripciones le cogían de nuevas. 
El libro era célebre en el mundo científico; ha- 
bía oído hablar de él; pero nunca cayera en sus 
manos hasta entonces. Titulábase Cosmos; su 



2l8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



autor, Alejandro Humboldt. Cuando D. Alvaro 
abrió los ojos al fin y le vio enfrascado en la lec- 
tura, le preguntó sonriendo: 

— ¿Le interesa á usted ese libro, padre? 

— Muchísimo. 

— Pues lléveselo usted... Llévese usted el 
primer tomo, que ése es el segundo. 

Y levantándose y sacándolo de uno de los ar- 
marios, se lo presentó al sacerdote. Este vaciló 
en tomarlo. 

— ¿Está condenado por la Iglesia? 

— No lo creo — replicó sonriendo el hidalgo. — 
Es un libro puramente expositivo, sin intención 
alguna polémica. 

En esta confianza se llevó á su casa el tomo 
primero y se puso con afán á leerlo. Comenzaba 
con una descripción elocuentísima del mundo 
sideral, del panorama de las grandezas celestes. 
El autor desenvolvía con pluma vigorosa el me- 
canismo inmenso de los cuerpos que giran en el 
espacio. Ante su vista asombrada pasaron mun- 
dos tras mundos, sistemas tras sistemas en la 
sucesión sin fin de los universos estrellados, glo- 
bos inmensos volando en rápido torbellino sobre 
sí mismos, lanzados á toda velocidad en los de- 
siertos del vacío. ¡Qué velocidad, eterno Dios! 
Una bala de cañón es una tortuga en compara- 
ción con ellos. Estos globos, millares y millo- 
nes de veces más grandes que nuestra tierra, ca- 



LA FE 219 



minan centenares de miles de leguas por día. 
Bajo la acción irresistible de fuerzas colosales, 
misteriosas, son arrebatados por el espacio con 
la rapidez del relámpago. Y todos ellos son mun- 
dos donde palpita la vida con eterna y maravi- 
llosa fecundidad: en la combinación misma de 
sus movimientos hallan la renovación de su ju- 
ventud y belleza: son otros tantos soles que es- 
parcen y trasmiten como el nuestro á otras tie- 
rras que los acompañan su luz y su vida. En 
ellos también se alzan las montañas hermosas 
coronadas de nieve, también suspira el viento 
en los bosques y se retratan sus paisajes en los 
lagos silenciosos; también se despliega en su su- 
perficie la inmensidad de los océanos, agitados, 
turbulentos unas veces, otras serenos, ilumina- 
dos por los resplandores de la luz crepuscular; 
también se sufre, también se goza, también se 
lucha, también se ama... Y todas estas moradas 
del espacio navegan al través del océano celeste 
sin temor á los escollos, á los choques ó á las 
tempestades, sostenidos y guiados por una fuer- 
za invisible que jamás se equivoca. Más allá de 
esos millares de astros, que percibimos á simple 
vista, hay cien millones que percibimos con el te- 
lescopio; más allá de esos cien millones hay 
otros millones de millones más, que recorren la 
inmensidad con celeridades aterradoras. Eso que 
nos aparece como un poco de polvo blanco, como 



220 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



leve imperceptible vapor, es una nebulosa: mi- 
llones de soles tan grandes y mayores que el 
nuestro la forman, escoltados por una legión de 
planetas y satélites que respiran y beben su 
aliento. Y esta nebulosa no es más que una pro- 
vincia del éter. Más allá hay otras, y otras, hasta 
el infinito. 

Ante esos movimientos inconcebibles que 
arrastran por los desiertos infinitos á millares y 
millares de soles; ante esa colosal catarata, esa 
lluvia de estrellas que rueda sin cesar por los 
abismos del espacio; ante esas órbitas incon- 
mensurables; ante esas distancias y velocida- 
des donde la imaginación se pierde, descritas 
con la firmeza de un sabio y el fuego de un poe- 
ta por el barón de Humboldt, el joven presbítero 
se sintió acometido de un vértigo. Sujetóse las 
sienes con las manos y estuvo largo rato con los 
ojos cerrados. Al abrirlos, percibió las mejillas 
húmedas. Algunas lágrimas se habían deslizado 
entre sus pestañas. 

Una melancolía profunda invadió su alma. 
¿Por qué? ¿Todas aquellas maravillas no prego- 
naban la grandeza del Creador? Sin duda; mas á 
pesar de esto, el desconsuelo le ahogaba, como 
el hombre que repentinamente se ve perdido en- 
medio del océano. Estaba acostumbrado á medir 
su insignificancia en el orden moral, su maldad 
y perversión comparadas con la bondad infinita 



LA FE 



221 



de Dios. Pero nunca había visto de modo tan 
evidente lo ínfimo y microscópico de su natura- 
leza. La tierra que habitamos le pareció un po- 
bre globo ridículo navegando por el espacio sin 
ser notado ni sentido de nadie. Las guerras, las 
grandes catástrofes y trasformaciones históri- 
cas que en ella se efectúan, cosas tan desprecia- 
bles y risibles como las luchas de los seres que 
habitan una gota de agua. Y lo que era peor, 
Jesucristo, cuya figura, aun en sus momentos de 
duda, se le aparecía elevada siempre y majes- 
tuosa, se presentaba ahora á su imaginación 
como un grano de polvo; la historia de la Re- 
dención, tan insignificante como la caída de una 
hoja. 

Quiso penetrar más en el estudio de la Natu- 
raleza. Después del Cosmos leyó otra porción de 
libros de astronomía, defísica, de geología. Poco 
á poco se acostumbró á ver en los fenómenos 
naturales el resultado de la actividad de las fuer- 
zas inherentes á la materia. El mundo pudo ha- 
berse formado, sin la intervención de una Inteli- 
gencia, por la sola acción de las leyes naturales. 
La antigua idea de un Arquitecto inteligente, de 
un inspirador personal de los instintos se fué de- 
bilitando en su espíritu. Y cuando menos lo ima- 
ginaba comenzó á dudar de la existencia de un 
Dios personal separado del Universo. El acto de 
la creación lo encontraba inconcebible, absur- 



222 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



do. En todas partes veía la acción de una fuerza 
constante que opera según leyes fatales, no la 
de un Dios que puede obrar por capricho, cuya 
voluntad es capaz de contrarrestar estas leyes. 

La idea era aterradora. El P. Gil hacía es- 
fuerzos desesperados por arrojarla de su cere- 
bro, aunque inútilmente. Cayó de nuevo en aquel 
estado angustioso de duda en que le dejaran los 
libros de exegesis bíblica, mucho más angustio- 
so y miserable porque se veía lanzado en ple- 
no materialismo, lejos de la idea de Dios y de la 
inmortalidad. Luchaba bravamente procurando 
representarse á todas horas las verdades subli- 
mes de la religión, la idea de un Dios padre de 
las almas, arquitecto y director del Universo, á 
quien ofenden nuestros pecados, á quien ablan- 
dan nuestras súplicas y nuestras lágrimas: se aga- 
rraba con toda su alma á estas firmes doctrinas: 
estaba un día entero unido con fervoroso anhelo 
á ellas: pero cuando más descuidado se hallaba, 
un pensamiento impío, fatal, caía en su cerebro 
y lo volvía todo del revés. La idea del Dios per- 
sonal separado del Universo le parecía un absur- 
do, porque Dios no sería entonces infinito, pues 
que estaba limitado por el mundo; la creencia 
de que nuestras oraciones pueden alterar el cur- 
so de las leyes naturales, un cuento de viejas 
para engañar á los niños; la religión, en con- 
junto, una serie de mitos, más ó menos ingenio- 



LA FE 



223 



sos y bellos, creados por la fantasía viva, pero 
infantil aún de los hombres. Cuando esto le pa- 
saba, el P. Gil se mesaba los cabellos y se mor- 
día las manos; metía la frente por la almohada, 
á ver si lograba paralizar su pensamiento. Se 
horrorizaba de sí mismo. 

Después del lamentable suceso que privó á 
D. Miguel de licencias para confesar y decir 
misa, quedó él al frente de la parroquia. Y aun- 
que poco después se rehabilitó al párroco, el 
obispo no quiso que apacentase otra vez las ove- 
jas de Peñascosa. No le privó del curato (que 
esto no podía hacerlo), pero le puso un coadju- 
tor para desempeñarlo. Se encomendó este car- 
go interinamente al P. Gil, en espera del nom- 
bramiento definitivo. Todo el peso y la respon- 
sabilidad de la cura de almas de Peñascosa vino 
á recaer, pues, sobre nuestro presbítero en los 
momentos en que más necesitaba él que curasen 
la suya, lacerada por la duda. El trabajo de velar 
por los intereses de la religión, de mantener 
viva en aquel pueblo la antorcha de la fe, que 
era para él antes un manantial de puros goces, 
se le hizo molestísimo, odioso; se convirtió en 
un tormento. ¿Con qué derecho subía á la cáte- 
dra del Espíritu Santo á exponer la divina pala- 
bra, ó escuchaba en el confesonario los pecados 
del creyente, ó elevaba en el altar la sagrada 
Hostia, él, que dudaba si las palabras del Evan- 



224 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gelio fueron ó no pronunciadas por Jesús, si la 
confesión auricular era ley divina ó una institu- 
ción creada en interés de la hierocracia, si el 
sacramento de la Eucaristía encerraba una ver- 
dad sublime ó era una reminiscencia délos sím- 
bolos y misterios de las religiones del Oriente? 

Muchas tardes, agobiado por sus pensamientos, 
salía de casa y recorría á paso largo las orillas 
solitarias de la mar. La brisa le refrescaba las 
sienes, la vista del océano calmaba la fiebre de 
su cerebro. Sentábase en un peñasco batido pol- 
las olas, y permanecía horas enteras con los 
ojos extáticos clavados en el horizonte. La be- 
lleza imponente de aquel espectáculo no logra- 
ba cautivarle. Ni el clamor de las olas, ni su 
cambiante manto de ópalo y plata y zafiro, ni 
los hermosos celajes abrasados por los rayos del 
sol moribundo serenaban jamás por completo su 
frente. La misma arruga dolorosa la cruzaba 
siempre, la misma fatal interrogación se leía 
constantemente en ella. ¿En esta agitación eter- 
na de las aguas hay algo más que una fuerza 
ciega empujando los átomos unos contra otros? 
¿La luz hermosa que reverbera en el horizonte 
es algo más que una vibración de la materia? 
Ese pájaro que hiende los aires y se precipita 
en el agua para atrapar un desdichado pez y de- 
vorarlo, ¿qué misterio guarda dentro de su orga- 
nismo? ¿Yo mismo soy otra cosa más que una 



LA FE 



225 



expresión individual de la fuerza que anima á 
todos los seres del Universo? 

Pero cuando estos pensamientos, horribles 
siempre, le apretaban como las cuerdas de un 
potro, se le hacían irresistibles, era cuando le 
acometían al tiempo de ejercer alguna función 
de su sagrado ministerio. Si al celebrar el santo 
sacrificio de la misa ó dar la absolución á un pe- 
nitente cruzaba por su espíritu una de estas ideas 
negras, sentía la misma impresión que si le ate- 
nazasen el cerebro con un hierro candente, le 
asaltaba una congoja que le dejaba paralizado. 
Pensaba morirse. Lo deseaba ardientemente por 
librarse de aquel suplicio. 

Un día le avisaron para llevar el Viático á un 
caserío próximo á la villa. Como era preciso ca- 
minar algún tiempo á campo traviesa, fué sin 
campanilla ni convocar á los fieles. Salió solo 
con el sacristán, la bolsa de los corporales col- 
gada al cuello y en ella la Sagrada Forma. El 
camino ceñía á trechos la orilla de la mar. Fas- 
cinado como siempre por la inmensidad del 
océano, distrajo su atención del misterio inefable 
que llevaba sobre su pecho, dejó de balbucir ora- 
ciones y entregó su pensamiento á las mismas me- 
ditaciones que noche y día le embargaban hacía 
tiempo. Los rayos del sol desparramados sóbrelos 
cristales del agua le impulsaron á considerar la 
acción suprema, omnipotente de este astro sobre 

16 



226 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la vida terrestre. Él es quien la ha creado, quien 
la sostiene, quien la renueva. La flor le debe su 
perfume, la fiera su agilidad y su instinto san- 
guinario, nuestra alma sus impresiones más 
dulces ó terribles. El sol es el padre de todo, del 
amor y del odio. Consideró después que la vida 
no es más que un dinamismo inmenso en cuyo 
seno se trasforman las fuérzas formidables de la 
física y de la química. Todos los seres de la 
tierra, hombres, animales, plantas, están ínti- 
mamente ligados. La vida de todos ellos es una 
misma, y esta vida universal no es otra cosa que 
un incesante cambio de materias. Un movimien- 
to universal arrastra á los átomos, como á los 
mundos. Mil ondulaciones se entrecruzan en la 
atmósfera, mil fuerzas se combinan, el calor y 
la luz, la afinidad y el magnetismo se unen en 
los misterios del mundo vegetal y mineral. To- 
dos los seres están constituidos de las mismas 
moléculas, que pasan sucesiva é indiferentemen- 
te de uno á otro, de modo que nada les pertenece 
en propiedad. Nuestro cuerpo se renueva de tal 
modo que al cabo de cierto tiempo no poseemos 
ya un solo gramo del cuerpo material que po- 
seíamos antes. Este movimiento de renovación 
se opera en cada uno de los animales, en cada 
una de las plantas. Los millones de seres que 
habitan la superficie del globo viven en mutuo 
cambio de organismos. La molécula de oxígeno 



LA FE 



227 



que ahora respiro fué ayer respirada por uno de 
estos árboles que bordan el camino. La molécula 
de carbono que arde en uno de estos montoncitos 
de hoja seca que sirven para abonar la tierra, qui- 
zá haya ardido ayer en los pulmones de un héroe. 
Quizá en una de esas conchas de ostras que ya- 
cen adheridas á estas peñas se esconda el fósfo- 
ro que formaba las fibras más preciosas del ce- 
rebro de Jesucristo... 

Sintió dentro de su ser algo que se desgarra y 
cae. Había olvidado por completo que llevaba 
consigo el cuerpo divino del Redentor. Le pare- 
ció una cosa tan extraña, tan fuera de la reali- 
dad eterna que veía y palpaba, que imaginó estar 
soñando. Y sin saber de qué antro oscuro de 
su ser venían, le acometieron unas ganas feroces, 
impías, de soltar la carcajada. ¿Qué comedia era 
aquélla? Un poco de harina amasada y tostada 
ayer por el ama de D. Miguel se trasformó por 
arte mágico en la persona de Jesucristo, un ser 
que desapareció de entre los vivos hace diez y 
nueve siglos. ¿Esas leyes soberanas, sublimes de 
la Naturaleza, quedarán violadas porque unos 
cuantos insectos de este microscópico planeta 
reunidos en concilio lo decreten? Separó los ojos 
del mar y los fijó en el sacristán, que corría de- 
lante silbando á su perro, que se escapaba detrás 
de unas gallinas. ¡Qué reverencia la de aquel 
hombre, llevando á su lado al Dios de los cielos, 



228 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



al Creador de todas las cosas! Y la carcajada 
subía del pecho cada vez con más ímpetu, lle- 
gaba á la garganta, tocaba en los labios, estaba 
á punto de estallar. Un extraño temblor le hizo 
dar diente con diente; sintió la frente bañada 
por un sudor frío; se le turbó repentinamente la 
vista, y cayó al suelo sin conocimiento. Cuando 
lo recobró, estaba en brazos del sacristán y dos 
ó tres labriegos que por allí andaban. Le habían 
bañado la cara con agua fría, le abrieron la so- 
tana y le quitaron el alzacuello. Uno le echaba 
el humo del cigarro á la nariz. La bolsa de los 
corporales con el cuerpo del divino Redentor 
yacía sobre la paredilla de un prado. El P. Gil 
se apresuró á recogerla, se la colgó de nuevo al 
cuello, y después de orar un instante hincado de 
rodillas, siguió su camino sin separar los ojos 
del suelo. 



IX 



í fcOx u con f esor > hasta que le retiraron las li- 
>s¿§y cencías, había sido D. Miguel. Se con- 
iKT fesaban mutuamente, como acontece 
entre los clérigos. Con él fué con quien 
comunicó primero sus dudas. El viejo cabecilla 
quedó más sorprendido que escandalizado de 
ellas. Le parecían cosa tan insustancial que no 
merecía la pena de fijar mucho tiempo la aten- 
ción. Los dogmas eran para él como las leyes fí- 
sicas de la gravedad, la impenetrabilidad, etc. Se 
contaba con ellos sin pensar en su existencia. 
Todo el drama conmovedor de la pasión y muerte 
de Jesús lo miraba el párroco de Peñascosa en el 
fondo como una especie de romanticismo que 
sirve de acompañamiento obligado á la verdadera 
religión. Esta consistía en la misa, los respon- 



230 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sos, el rezo del día, el rosario, la abstinencia de 
carne en los días de vigilia, y sobre todo en los 
derechos parroquiales, que tal vez juzgaba si- 
multáneos con el acto de la Creación. No se pa- 
raba, pues, en analizar y desvanecer las dudas de 
su excusador. «Anda adelante. — No hagas caso. 
— ¡Pataratadas! — Déjate estar. — ¡Otra te pego! 
— ¿Cómo no había de resucitar al tercero día, 
majadero? ¿No ves que lo dice San Juan y San 
Mateo y San Marcos?» Estos eran los consuelos 
que ordinariamente le prodigaba. 

Nuestro sacerdote unas veces se entristecía 
con ellos, pero otras se confortaba pensando 
que no debía de estar tan condenado y maldito 
cuando D. Miguel tomaba sus terribles dudas 
con tanta calma. Cuando á éste le retiraron las 
licencias no tuvo más remedio que buscar otro 
confesor. Convencido de la hostilidad con que 
le miraban D. Narciso, D. Melchor y D. Joa- 
quín, no quiso desahogar con ninguno de ellos su 
conciencia, aunque bien sabía que en el tribunal 
de la penitencia nada tienen que hacer las sim- 
patías ó las antipatías. Fué á dar con un joven 
capellán, más joven aún que él, recién llegado 
del seminario. Era hijo de un carpintero de la 
villa, tan tímido y encogido que apenas sabía 
saludar, feliz de verse elevado sobre su antigua 
condición , tributando un respeto sin límites á 
todas las grandezas del cielo y á todas las pe- 



LA FE 



231 



queñeces de la tierra. Éste quedó vivamente 
impresionado con la confesión del P. Gil, y des- 
de luego trató de convencerle de que todo aque- 
llo venía del demonio y que no había otro re- 
medio más que ponerle la cruz y darse buenas 
disciplinas, rezar y ayunar mucho. Por espíritu 
de humildad y obediencia, el excusador hizo lo 
que su confesor le mandaba, secretamente per- 
suadido, sin embargo, de que no adelantaría 
nada. Ya antes había intentado estos medios, sin 
resultado. Las dudas seguían atormentándole; se 
le ofrecían cada vez más crueles, más imponen- 
tes. El tímido capellán pasaba un rato muy 
amargo cada vez que le confesaba; temblaba y se 
azoraba como si le sucediese una desgracia: tanto 
padecía y tales temores le asaltaban, no se sabe 
de qué, que poco á poco fué excusándose de oirle 
en confesión y concluyó por negarse en absoluto. 

Entonces se le ocurrió ir á ver á D. Restituto, 
párroco de una de las aldeas inmediatas á Pe- 
ñascosa, hombre que pasaba entre sus compa- 
ñeros por avisado, prudente y aficionado á los 
libros. Decíase que tenía una gran biblioteca y 
que en su juventud había hecho en Lancia ejer- 
cicios brillantísimos á una de las prebendas de 
la catedral, y que no se la dieron porque el 
obispo la tenía reservada para un sobrino. Don 
Restituto, herido por la injusticia se había reti- 
rado á aquel curato rural, y nunca más quiso 



232 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



salir de él para intentar nueva contienda. Si 
continuó dedicado al estudio de la teología ó 
pagó en ella el desaire que había recibido, no 
se sabe con certeza. Gustábale, sí, cuando alguna 
fiesta ó funeral le reunía con sus compañeros, 
mostrar erudición y excederles en ingenio y su- 
tileza para defender cualquier proposición; pero 
los curas de las parroquias inmediatas todos 
eran moralistas, esto es, ninguno había estudiado 
la carrera lata de teología más que él. Pocas 
gracias que los arrollase en las disputas de so- 
bremesa. Por lo demás, D. Restituto llevaba 
tanta labranza y estaba tan interesado en ella, 
que no debía de tener mucho tiempo, ni humor 
tampoco, para profundizar en la Dogmática ni 
en la Patrología. 

Nuestro acongojado presbítero salió una tar- 
de, después de comer, y encaminó sus pasos ha- 
cia la aldea donde moraba el teólogo. Le cono- 
cía bastante, pero no le trataba con intimidad. 
Estaba apartada la aldea como media legua. 
El camino era vario y pintoresco: callejas es- 
trechas con altos setos de zarzal, trozos de bos- 
que, vereditas entre maizales y senderos al tra- 
vés de los prados. A la entrada de una garganta, 
sobre una vega de maíz y teniendo detrás algu- 
nas praderas deliciosas, estaba asentado el prin- 
cipal caserío de la parroquia. La iglesia y la 
casa rectoral estaban un buen trecho más allá, en 



LA FE 



233 



una angostura sombría y húmeda. Todo dormía 
en el silencio más completo cuando el joven 
sacerdote llegó. Las gallinas picoteaban en la 
calle delante de lá casa; un gato rabón se lavaba 
la cara sentado sobre la paredilla de la huerta, y 
un mastín desorejado dormía de bruces sobre la 
tabla del hórreo vecino de la casa. Este mastín 
fué el encargado de romper la paz de aquel para- 
je, alzándose iracundo contra el advenedizo, la 
drando con un grito ronco, apagado, testimonio 
de su decrepitud. El P. Gil detuvo el paso, y co- 
menzó á decir en tono dulce y persuasivo: 

— ¡Toma, toma! ¡Quis, quis! 

¡Que si quieres! El mastín, viendo al recién lle- 
gado achicarse, se creció horriblemente. ¡Guau, 
guau! gritó, buscando el registro más feroz y 
amenazador que pudo hallar en su pecho. Al 
mismo tiempo clavaba una mirada de extermi- 
nio en el presbítero y avanzaba, aunque con cier- 
ta cautela, hacia él. Este, aterrado por aquellos 
ladridos salvajes, dio tres ó cuatro pasos atrás y 
extendió el brazo con el paraguas, que traía para 
quitarse el sol, hacia adelante. «¡Paraguas! El 
recurso de los cobardes,» debió pensar el mastín. 
Y se encrespó de tal modo ante aquel ultraje, que 
no lo hubiera pasado, bien el clérigo á no salir á 
la puerta una vieja chillando: 

— ¡Cuco! ¡Cuco! ¡Aquí, Cuco! ¡Fuera, Cuco! 
¡Maldito perro! ¡Aquí!... ¡Aquí! ¡Ven aquí! 



234 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El perro vaciló un instante, dejó de ladrar y 
mostró bastante claramente la resolución de vol- 
verse otra vez á dormir como si no hubiera pa- 
sado nada; pero la vieja no se dió por satisfecha; 
exigía un acto de sumisión. 

— ¡Aquí, Cuco! ¡Aquí, ahora mismo! 

El Cuco bajó la cabeza humildemente y em- 
prendió hacia ella una marcha lenta, penosísi- 
ma, como si el camino estuviera erizado de pe- 
ligros. 

— ¡Aquí! ¡Venga usted aquí! 

«Me trata de usted, ¡malísimo!» se dijo el pe- 
rro, á quien no hacían efecto las pompas y vani- 
dades. Y avanzó con mayores precauciones aún, 
asegurando bien la pezuña á cada paso que daba, 
meneando el rabo de un modo vertiginoso. 

— ¡Aquí! ¡Aquí! — seguía gritando la vieja. 

Por fin, á una velocidad máxima de seis pasos 
por minuto, llegó el Cuco á su destino. La vieja 
le cogió por la parte de oreja que le quedaba y 
dió tres ó cuatro tirones con fuerza. El perro 
lanzó un aullido de dolor. Luego le cogió por 
la otra, y otros tantos tirones. Mayor y más tris- 
te aullido aún. Cumplidos sus deberes con la 
justicia de la tierra, el mastín se retrajo de nue- 
vo hacia la tabla del hórreo, no sin lanzar por lo 
bajo algunas imprecaciones y blasfemias. Esta 
escena se repetía unas cuantas veces al día, 
siempre que alguna persona sospechosa, como 



LA FE 



235 



ahora, llegaba con propósitos hostiles á la recto- 
ral. El Cuco deploraba en su fuero interno que 
no le hubieran rapado mejor las orejas. 

— Buenas tardes, D. Gil — dijo la vieja, cam- 
biando súbito la expresión colérica por otra son- 
riente, melosísima , dando muestras de que le 
conocía. 

El P. Gil, á quien no sucedía otro tanto, res- 
pondió muy cortésmente y preguntó por D. Res- 
tituto. 

— El señor cura debe de estar hacia el esta- 
blo. Pase usted, D. Gil. Iré á llamarlo. 

— No hay necesidad: yo mismo iré á buscarlo. 
¿El establo está aquí?... 

— Sí, señor; aquí detrás de la casa. 

Dio la vuelta á toda ella el sacerdote, subió 
algunos pasos por una calleja sucia, y se encon- 
tró con una misérrima fábrica hecha de piedras 
del río sin labrar apenas, con una puerta des- 
vencijada. Estaba cerrada, y á nadie vio por allí 
delante. Iba á dejar aquel sitio y volverse á la 
casa, cuando detrás del establo oyó ruido de vo- 
ces. Fuese hacia allá, y halló, en efecto, á don 
Restituto , sorprendiéndose no poco del traje y 
la situación en que se le apareció. 

El anciano cura vestía unos calzones anchos 
. de pana, remendados, como los que gastan los 
paisanos por aquella tierra; traía en los pies al- 
madreñas con escarpines de paño burdo, cha- 



236 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



queta lustrosa por el uso, y camisa de lienzo 
hilado por el ama, sin alzacuello ni cosa que lo 
valga. Era el traje de un labrador, sin quitar ni 
poner nada. Pero lo que hacía verdaderamente 
peregrino y estrafalario el atavío es que en la 
cabeza traía un bonete viejo y grasiento. 

El P. Gil quedó asombrado de aquella figura, 
y más asombrado, cuando advirtió la ocupación 
á que el párroco se entregaba. Estaba, con una 
rodilla hincada en tierra, desollando un becerro. 
Le ayudaba en la operación el criado. Tenían al 
animal extendido entre los dos, la mayor parte 
de él en carne viva ya. Volvió la cabeza D. Res- 
tituto al sentir pasos, y hallándose con su joven 
compañero, se puso en pie y vino hacia él con 
las manos ensangrentadas empuñando un enorme 
cuchillo. 

— ¿Qué milagro es éste, amigo? ¡El futuro cura 
de Peñascosa se digna hacernos una visita!... 
Mira, no te doy la mano, porque ya ves cómo la 
tengo. Bien de salud, ¿verdad?... Por aquí tam- 
poco hay novedad. 

D. Restituto trataba de tú, familiarmente, á 
todos los clérigos más jóvenes que él desde la 
primera entrevista. Cuando Gil le hubo expli- 
cado el motivo de su viaje, mostró cierta extra- 
ñeza, pero se apresuró á responderle: 

— Bueno, bueno. Yo voy á concluir en segui- 
da. Vete á casa, y espérame. 



LA FE 



237 



Pero el joven manifestó deseos de ir á la 
iglesia. 

— ¿A la iglesia? — dijo sorprendido. Entre ellos 
era costumbre confesarse en casa. — Está bien. 
No hay inconveniente. Pide al ama la llave, y 
espérame allí. No tardaré. 

¡Pluguiera á Dios que hubiese tardado más! 
Y sobre todo, pluguiérale que hubiera tenido 
tiempo á lavarse bien. Porque el teólogo despe- 
día de sí un vaho de matadero que derribaba. 
Mientras duró la confesión, y duró bastante, el 
P. Gil apenas pudo pensar en otra cosa. Sentía- 
se asfixiado por aquel olor nauseabundo; acu- 
díanle unas congojas y sudores que estuvieron á 
punto varias veces de privarle del sentido. Don 
Restituto sintió verdadera satisfacción en poder 
sacar á relucir su antigua batería de proposicio- 
nes teológicas. A cada duda que su atribulado 
penitente le ofrecía, contestaba victoriosamente 
con un texto latino. Como el veterano descuelga 
con gozo sus armas á la señal de guerra, así el 
viejo opositor á la lectoralía de Lancia descolgó 
de su memoria los textos enmohecidos ya de Pe- 
rronne y de Balmes. ¿Cómo dudar de la inmor- 
talidad del alma, cuando ésta es una cosa sim- 
ple, y las cosas simples no pueden descompo- 
nerse? ¿Quién se atreve á imaginar que la Iglesia 
católica puede algún día perecer, cuando están 
ahí sangrando las palabras de Jesucristo: «Las 



238 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



puertas del infierno no prevalecerán (non prceva- 
lebuntf)» ¿Cómo se ha de dar más crédito á la 
palabra de los hombres que á la de Dios? Pues 
qué, ¿la Divina Sabiduría no ha dicho: «Yo para 
esto nací y para esto vine al mundo, para dar 
testimonio á la verdad?» Y este testimonio ¿no 
está bien claro y bien patente en las obras visi- 
bles que exceden al poder natural, por ejemplo, 
en la curación de los enfermos, en la resurrec- 
ción de los muertos y en otros admirables mila- 
gros llevados á cabo por Nuestro Señor Jesu- 
cristo y por los Santos Apóstoles? 

El P. Gil recibió la absolución, prometiendo 
no ser más demente ni idiota; así juzgaba don 
Restituto al que dudaba de las verdades revela- 
das por angélico ministerio. Poco después de 
besar aquella mano no bien purgada de la san- 
gre del becerro, y cuando se hubo levantado 
para rezar ante un altar la penitencia, nuestro 
presbítero se sintió indispuesto. Tuvo que salir 
inmediatamente de la iglesia, acometido de vio- 
lentas náuseas. En el pórtico devolvió toda la 
comida. Llevóle á casa el cura, y quiso curarle 
con una taza de salvia, remedio supremo que 
empleaba contra todas las dolencias que afligen 
al género humano; pero su joven compañero, 
que sabía á qué atenerse sobre su enfermedad, 
rehusó obstinadamente toda medicación. El pá- 
rroco entonces pasó á mostrarle la huerta, en la 



LA FE 



239 



cual tenía cifrado tanto orgullo como en la pro- 
fundidad de sus conocimientos teológicos. Esta- 
ba llena de árboles frutales y legumbres. No se 
veía una flor ni un arbusto de adorno. Desde allí 
pasaron á un vasto prado, donde tenía unos 
cuantos operarios alzando pared. D. Restituto 
comenzó á darles instrucciones, aprobó algunas 
cosas, reprobó otras, olvidándose por completo 
de su huésped. Uno de los operarios le participó 
que el molino había parado porque el hijo de 
Cosme había desviado el agua más arriba para 
secar el cauce del riachuelo y pescar las angui- 
las. D. Restituto se enfureció y anunció su pro- 
pósito de demandar á Cosme y pedirle indemni- 
zación de daños y perjuicios. De él no se burla- 
ba nadie; estaba resuelto á hacer que se respeta- 
se su propiedad. Desde allí se corrieron á los 
maizales, y el párroco mostró á su compañero 
con extremado gozo el estado magnífico de las 
plantas. El agua había venido muy á tiempo, 
pero más que al agua se debía á la gran canti- 
dad de abonp que había echado. 

— Tú dirás: ¿dónde podrá hacer D. Restituto 
tanto estiércol para una tierra como ésta, de 
quince días de bueyes? Voy á explicártelo. Yo, 
aunque tengo nueve cabezas de ganado, no po- 
dría abonar ni la mitad de la tierra que llevo. 
¡Aquí del intelectos! En todas las parroquias, 
como tú sabes bien, hay una porción de pobre- 



24O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tes, á los cuales no es posible sacarles un cuarto 
ni por bautizos ni por matrimonios ni por nada. 
Pues bien, á estas calamidades vivientes les 
obligo á echar de vez en cuando delante de sus 
casas (vulgo pocilgas) una buena cantidad de 
hoja seca ó tojo. Con el agua y el paso de los 
transeúntes y el estiércol de las reses que cruzan 
se convierte al cabo de algún tiempo en abono. 
Cuando ya está bien podrido me lo traen y voy 
formando montón hasta que llega el tiempo de 
distribuirlo por la tierra. ¿Qué tal? 

Desde allí saltaron á una heredad de prado. 
D. Restituto, en cuanto se vió en ella, dejó es- 
capar una risita aguda y burlona, que hizo le- 
vantar la cabeza á su joven compañero y mirar- 
le con curiosidad. 

— Este es el prado del molino de abajo... el pra- 
do del molino de abajo, ya sabrás... ¿Cómo? ¿no sa- 
bes la historia de este prado? Pues ha corrido 
mucho por la villa... Pertenecía á los mansos de 
la parroquia, y había quedado trasconejado cuan- 
do la venta de todos ellos. Yo lo llevaba, y nadie 
en la parroquia se atrevía á denunciarlo. Pero 
había aquí un tabernero rico llamado Lino (que 
ya reventó, á Dios gracias, el año pasado), y este 
Lino le tenía muchas ganas al prado. Al fin dió 
el soplo en la administración, guardando la 
mano, porque no quería ponerse mal conmigo, 
y lo sacaron á subasta. Dos días antes de hacer- 



LA FE 



24I 



se , vino por acá el muy hipócrita y me dijo: 
«Señor cura, voy á hacer postura al prado del 
molino de abajo, pero si usted lo quiere me que- 
do en casa.» El tunante trataba de sonsacarme 
la cantidad que yo pensaba ofrecer. «No, no 
lo quiero; puedes rematarlo cuando gustes,» 
le contesté. El hombre, viendo que yo no iba al 
remate , y sabiendo que ningún vecino estaba 
en situación de tirarle, se las prometía muy fe- 
lices. Y mandó á Lancia á un primo hermano 
suyo. Pero á éste le fui á tropezar camino de 
Peñascosa, y le hablé muy al caso, representán- 1 
dolé el pecado en que incurría rematando bie- 
nes de la Iglesia, le prometí darle en arriendo 
el prado, y le puse cuarenta duros en la mano. 
¿Qué había de hacer el hombre? Fué á Lancia, 
lo remató y me lo traspasó á mí acto continuo... 
¡Vaya una risa que se armó en el pueblo, amigo! 
Lino enfermó de rabia, y en cuanto se le presen- 
tó ocasión, que fué al cabo de dos meses, vinien- 
do de una romería, le pegó una puñalada á su 
primo... ¡Pero, anda, que buenos cuartos le cos- 
tó la tal puñaladita! No lo hizo con diez mil 
reales. 

Como ya el sol declinaba, después de haberle 
enseñado un lagar, que acababa de construir para 
la sidra, D. Restituto llevó de nuevo á su peni- 
tente á casa y le convidó á chocolate. Pero el 
excusador no se sentía aún bien. Además tenía 



17 



242 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



prisa. Rehusó todo convite y emprendió el cami- 
no de Peñascosa. El cura le acompañó un buen 
trecho. 

Fuera ya de sus fincas y comprendiendo por 
el continente reflexivo del excusador de Peñas- 
cosa que su ánimo seguía embargado por pensa- 
mientos serios, D. Restituto quiso volver á la 
carga, aunque le pareciese sobradamente de- 
mostrado que todas las dudas de su compañero 
no eran más que bombas de jabón, las cuales 
deshace con un soplo cualquiera que haya salu- 
dado siquiera la Sagrada Teología. 

— Debes fijarte, querido — le decía con protec- 
ción ilimitada, — que las verdades de la fe no son 
contrarias á la razón, sino que están sobre ella. 
Lo contrario de lo verdadero, ¿qué es? Lo falso, 
¿no es cierto? ¿Y cómo ha de tenerse por falso lo 
que está divinamente confirmado? Las cosas que 
sabemos por revelación divina no pueden ser con- 
trarias al conocimiento natural, porque el conoci- 
miento natural viene también de Dios, puesto que 
Dios es el autor de nuestra naturaleza. Porque 
exceda á'la razón una cosa no debe reputarse 
contraria á ella. Así dice San Agustín que aque- 
llo que como verdad se demuestra por los libros 
santos, sea del Antiguo, sea del Nuevo Testa- 
mento, de ningún modo puede .serle contrario. 
El entendimiento humano no puede llegar, natu- 
ralmente, á conocer la existencia de Dios, su- 



LA FE 



243 



puesto que nuestra inteligencia en el modo de la 
presente vida comienza su conocimiento por el 
sentido, y por lo tanto, las cosas que no caen 
bajo el sentido no pueden percibirse sino en 
cuanto por los sentidos puede colegirse su cono- 
cimiento. .. 

La tarde estaba fría y apacible. La campiña 
se extendía debajo del cielo trasparente, refle- 
jando con tonos verdes, claros, amarillentos, los 
rayos del sol que se ocultaba. El mar era una 
mancha azul allá á lo lejos. Los dos clérigos ha- 
bían atravesado ya el caserío principal, donde 
las mujeres, sentadas á la puerta de casa, les 
daban las buenas tardes y los niños acudían á 
besarles la mano. Estaban en la región abierta^ 
ligeramente ondulada, que caracteriza la costa 
en aquel país. El P. Gil, silencioso, caminaba 
con la cabeza baja, levantándola de vez en cuan- 
do para enderezar su mirada vaga, perdida, hacia 
lo lejos, á las tierras rojas y á las rocas peladas 
que festonaban la orilla del mar. El sol moría 
despidiendo su última llamarada, que enrojecía 
una parte del horizonte. Y de allí venía una leve 
brisa helada que coloreaba los dedos y la punta 
de la nariz, vigorizando los músculos y produ- 
ciendo cosquilleo en los ojos. La campiña se 
preparaba á dormir, exhalaba un suspiro de bien- 
estar, mezcla confusa de voces y mugidos, re- 
chinar de carros, tañido de esquilas y rumor de 



244 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



olas, fundido todo y armonizado en la amplitud 
de la llanura ilimitada. El P. Gil se esforzaba 
en atender á los argumentos que su anciano com- 
pañero iba vertiendo con voz profunda y solem- 
ne. Eran los mismos que había estado oyendo 
durante siete años en las cátedras del semina- 
rio de Lancia. 

Al dejar la senda y penetrar en una callejuela 
estrecha vieron llegar un hato de ganado avan- 
zando lentamente. D. Restituto atajó su discur- 
so teológico y se llevó la mano á los ojos á gui- 
sa de pantalla. 

— Son mis vacas — dijo sordamente. 

Y antes que llegasen se puso á gritar al criado 
que las conducía: 

— ¿Qué tiene la Parda, que cojea? 

— Debió meterse una espina. 

— Pues en cuanto llegue al corral la registras 
bien y se la sacas, ¿entiendes?... Es la mejor 
vaca que tengo — añadió por lo bajo, dirigiéndose 
á su compañero. 

Y como ya estuviera entre ellas, el cura se 
acercó solícito, paternal, á la Parda y comenzó á 
acariciarle el testuz, bajando al mismo tiempo 
la cabeza para mirarle las patas. 

• — ¡To, Parda!... ¡to! ¡to!... Espina debe de 
ser, porque en las patas no veo nada. Después 
que se la saques la lavas bien con un poco de 
vino y romero... Di á Teresa que te lo prepare... 



LA FE 



245 



Nacida y criada en casa, ¿sabes tú? — prosiguió 
volviéndose al excusador con la fisonomía enter- 
necida. — Me daba D. Jovino, tu feligrés, sesenta 
duros por ella. . . ¡ Gomo si me diera ochenta! Esta 
alhaja no sale de casa. ¡Qué anchura de pechos, 
eh? ¡Qué cuarto trasero! (Y se lo acariciaba 
blandamente con la palma de la mano.) No da 
mucha leche, pero toda es manteca... Esta otra 
también nació en casa... ¡Quieta, Guinda, quie- 
ta!... Es más torpe que la otra... Una novilla 
todavía... No hace quince días que ha parido 
por primera vez... Esta se deshace en leche... 
¡Repara, repara que ubre! ¡No puede andar con 
ella!... Cada chorro suelta como el dedo... Mira, 
mira... ¡Quieta, Guinda!... 

Y bajándose tiró de una de las tetas al animal 
é hizo salir dos ó tres chorros de leche que hu- 
medecieron el suelo. Al mismo tiempo volvió su 
faz, congestionada por la posición tanto como por 
el gozo, hacia el joven coadjutor. Este sonrió por 
complacencia, pero separó al instante la vista, 
no pudiendo reprimir bien la repugnancia que 
sentía. 

Se puso de nuevo el hato en marcha y ellos 
también. D. Restituto cogió otra vez el hilo de 
su discurso. 

— Ya sé que hay quien dice que por la razón 
no puede demostrarse que Dios es, y que esto 
sólo puede obtenerse por la fe y la revelación... 



246 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Error crasísimo. La falsedad de esta opinión se 
manifiesta por el arte déla demostración, que de- 
duce por los efectos las causas, y por el orden 
mismo de las ciencias-, porque si no hay ningu- 
na sustancia cognoscible fuera de lo sensible, no 
habrá tampoco ninguna ciencia supranatural, 
como se dice in quarto Metaphysicorum. Hay que 
distinguir lo que es conocido per se simpliciter, y 
lo que es conocido quoad nos. Simpliciter que 
Dios es por sí, es conocido... 

D. Restituto tenía una memoria felicísima. 
Al cabo de tantos años recordaba perfectamente 
su Dogmática, y la recitaba vertida al castella- 
no con el mismo énfasis que si la hubiera inven- 
tado. También la recordaba el P. Gil, porque la 
tenía más reciente, pero escuchaba con aten- 
ción, por humildad, esforzándose en admirar la 
fortaleza de aquellos argumentos, en considerar- 
los irrefutables. El anciano teólogo se detenía 
á menudo, balbucía olvidando alguna demostra- 
ción, pero súbito tomaba vuelo y se lanzaba vi- 
goroso sobre las premisas, haciéndoles sudar in- 
mediatamente las conclusiones apetecidas. 

— ...Todo lo que se mueve se mueve por algo. 
O lo que mueve es movido ó no. Si no se mue- 
ve, tenemos lo que buscamos, un móvil inmó- 
vil, y á esto llamamos Dios. Si se mueve, es 
por algo que le mueve, y entonces, ó hay que 
seguir así hasta el infinito, ó tenemos que llegar 



LA FE 



247 



á algún móvil inmóvil; pero en el orden del movi- 
miento no puede haber proceso infinito... ergo hay 
que suponer un primer móvil inmóvil. Probemos 
ahora que todo movimiento se determina por 
algo. Si algo se mueve á sí mismo, es necesario 
que tenga en sí el principio de su movimiento... 

Caminaban por una senda estrecha abierta 
entre los maizales. El teólogo iba delante y el 
P. Gil detrás. Súbito aquél paró en firme el paso 
y la lengua. Al doblar un recodo se encontró de 
frente con el hijo de Cosme, que traía colgado 
á la espalda un cesto mediado de anguilas. Ver- 
lo el teólogo y arrojarse sobre él sin conmisera- 
ción fué todo uno. 

— ¡Granuja! ¡Grandísimo perro! ¿Conque eres 
tú el que me quitas el agua del molino? ¡Te voy 
á desollar vivo! ¿Es tu padre quien te enseña 
esas picardías? ¿Es el maestro quien te las ense- 
ña? ¡Desvergonzado, cínico! 

Le tenía asido fuertemente por entrambas ore- 
jas, y á cada interrogación le daba una fuerte 
sacudida. El chico, comprendiendo bien que 
aquellos interrogantes tenían un fin puramente 
retórico y no debían ser contestados, limitábase 
á lanzar gritos de dolor inarticulados. 

— ¡Ven acá, pilluelo! ¡Quiero llevarte delante 
de tu padre! ¡A ver si me dices ahora que yo te 
tengo mala voluntad! ¡Has de parar en un presi- 
dio! ¡Ven aquí, ven! 



248 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y como no era factible llevarle cogido de las 
dos orejas, el anciano teólogo se avino, aunque 
con profundo dolor, á soltar una, comunicando 
instantáneamente á la otra su parte de presión 
para que no se desperdiciase nada. En esta for- 
ma, con el rostro encendido y los ojos llameando 
de cólera, dió la vuelta hacia el pueblo sin despe- 
dirse de su compañero, llevando medio en sus- 
pensión al chico, que lanzaba quejidos lasti- 
meros. 

El P. Gil le contempló estupefacto hasta que 
le perdió de vista. Permaneció todavía unos mo- 
mentos inmóvil, abstraído. Y emprendió de nue- 
vo su camino que se acercaba cada vez más á la 
orilla del mar, para bajar por una rampa suave á 
Peñascosa. La luz desaparecía por momentos. 
El frío aumentaba. El océano en calma había 
perdido su bello color azul, cambiándolo por 
otro gris con reflejos acerados. De vez en cuando 
un soplo de viento helado hacía correr por la 
tersa superficie de las aguas un estremecimiento 
que las rizaba leve y momentáneamente, como 
si al mar se le pusiera carne de gallina. Y este 
estremecimiento se comunicaba al joven presbí- 
tero y llegaba hasta el fondo de su ser. Lo que 
sentía en su alma no era ni dolor, ni agitación, 
ni congoja; era tan sólo frío, un frío mortal que 
le roía los huesos. Nunca se había visto tan solo 
y desvalido. Sus ojos iban obstinadamente fijos 



LA FE 



249 



en el suelo. No se atrevía á levantarlos é inte- 
rrogar la inmensidad como otras veces. Estaba 
seguro de su respuesta y la temía. 

Cuando llegó á las primeras casas del arrabal 
de la Gusanera había cerrado ya la noche. Al pa- 
sar por delante de una de las más pobres y sucias 
llamó su atención el estrépito de golpes y gritos 
que de adentro partía. Detuvo el paso asustado 
y procuró averiguar qué era aquello. Por las pe- 
queñas ventanas iluminadas no se veía más que 
agitarse violentamente algunas sombras. A sus 
oídos llegaban, entre el confuso vocerío, algunas 
blasfemias que le estremecían. De pronto se abre 
con violencia la puerta y sale precipitadamente 
una masa negra, disparada por unas manos que 
cierran de nuevo al instante. El P. Gil recono- 
ció en aquella masa negra á un clérigo. Se 
aproximó solícito y vio que era el P. Norberto, 
con manteos y sin sombrero. 

— ¡D. Norberto! ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa? 

— Hola, querido. Nada, nada... no es nada — 
respondió sin aturdimiento. 

— Sí le pasa algo... ¿Qué le han hecho á usted 
en esa casa? 

— Nada, nada... Vámonos que se reúne gente. 

— ¿Se va usted á ir sin sombrero? 

— Es verdad... Voy á pedirlo... Aguarda un 
poco. 

Pero en aquel instante salió de una de las ven- 



250 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tanas de la casa y voló por el aire el sombrero, 
cayendo enmedio de la carretera, esto es, cerca 
de los clérigos. Al mismo tiempo una voz ruda 
dijo, acompañándolo de varias interjecciones: 

— Toma la teja, ladrón. Si vuelves por aquí, 
te vas sin las orejas. 

El P. Norberto se apresuró á recogerla del 
suelo y echó á andar. 

— Pero explíqueme usted... — le dijo el coad- 
jutor juntándose á él y haciendo esfuerzos por 
seguirle el paso. 

— Ya te lo explicaré... Ahí más abajo. 

Cuando hubieron salido de la Gusanera, sal- 
vado la plaza y entrado en la calle del Cuadran- 
te, D. Norberto acortó un poco el paso. El ex- 
cusador aprovechó la ocasión para insistir en sus 
preguntas. 

— Vamos á ver, ¿qué le ha pasado á usted? 

— Pues mira, en esa casa vive una muchacha, 
una niña que apenas tiene quince años, á quien 
su madre ha prostituido, entregándola á ese 
chalán que llaman Pepe el Manchego. 

— ¿Y usted ha ido allí á ver si la sacaba de 
sus garras? 

— La había visto ya otras dos veces, y no pa- 
recía mal dispuesta; pero no sé quién dió soplo 
á ese hombre, y hoy se presentó de repente y 
armó un alboroto. 

. — ¡Jesús! ¡Está usted herido! — exclamó el pa- 



LA FE 



dre Gil, viendo correr algunas gotas de sangre 
por las mejillas de su compañero. Al mismo 
tiempo le levantó un poco el sombrero y vió que 
tenía un fuerte golpe en la frente, de donde par- 
tía la sangre. 

— ¡Pero esto es una indignidad! Vamos á dar 
parteen seguida al juez... 

— No pienses en eso, querido... Esto no vale 
nada... El parte lo echaría todo á perder; se da- 
ría un escándalo, y la chica, viéndose perdida, 
se iría de este pueblo con el chalán. Quedándose 
aquí, tengo esperanzas que con un poco de maña 
lograré quitársela á ese diablo y reducir á la 
misma madre... Esto no es nada — añadió lim- 
piándose la sangre con el pañuelo. — Lo que me 
duele algo más es este hombro... 

— ^Pero ¿le ha dado á usted más golpes? 

— Me ha sacudido un poco la badana — respon- 
dió riendo candorosamente. — Es cuestión de 
árnica y reposo... Yo creo que no me viene mal. 
Estaba demasiado apoltronado... Desde hace 
algún tiempo todos los días me convidan á ca- 
llos... Voy engordando demasiado, ¿no te pa- 
rece? 

Despidióse el P. Gil á la puerta de su casa y 
siguió caminando con pie más ligero hacia la 
suya. Parecía como si le hubiesen aliviado de la 
carga que le abrumaba. Sintió suavizarse la hon- 
da melancolía que le había oprimido todo el ca- 



252 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mino, y corrió por su ser una dulce inexplicable 
vibración de bienestar. 

Después de interrogar á la naturaleza muda, 
después de consultar á la teología decrépita, el 
soplo de Jesús había pasado al fin por su alma y 
la había refrescado. 




X 




os meses después, el P. Gil descansaba 
sentado en su pobre sillón de gutaper- 
cha. El trabajo de todos aquellos días, 
sobre todo del último, le había ren- 



dido. Era un trabajo puramente material, donde 
su espíritu, atribulado por nefandos y horribles 
pensamientos, se complacía; buscaba un calman- 
te para la agitación interior que le atormentaba. 
Tratábase de festejar la colocación de la primera 
piedra del nuevo templo con una gran función 
religiosa y profana. La erección de este templo 
había sido desde largos años el sueño dorado de 
los piadosos vecinos de Peñascosa. Siempre ha- 
bía tropezado con obstáculos insuperables. El 
dinero por una parte, por otra la corta volun- 



254 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tad del párroco, que oponía sorda resistencia 
al proyecto, le habían hecho fracasar cons- 
tantemente. Pero al encargarse Gil de la pa- 
rroquia tomó este asunto con calor; convocó á 
los vecinos más ricos de la villa y abrió una sus- 
crición, que dió buen resultado; logró que el 
ayuntamiento otorgase una crecida subvención; 
fué á Lancia é interesó al prelado y á varios 
proceres, que le prometieron su concurso. En 
fin, después de muchas vueltas y sudores, la nue- 
va iglesia era un hecho. La primera piedra de- 
bía de colocarse el día 24 de Enero, con asisten- 
cia del prelado, el gobernador, varias digni- 
dades del cabildo catedral de Lancia y muchas 
personas notables de la provincia. Estábamos, 
á 23. El peso de los preparativos había caído 
sobre los hombros del P. Gil, quien, ayudado 
de las personas de buena voluntad que se pres- 
taron á ello, organizó no sólo la fiesta reli - 
giosa, sino también alguna parte de la profana, 
la iluminación, los fuegos y la ceremonia de la 
primera piedra. 

En aquellos últimos días no había tenido tiem- 
po á pensar. Había sido menos desgraciado. Pero 
sus fuerzas estaban agotadas con tanta menuda 
y enfadosa ocupación, y gozaba con voluptuosi- 
dad de un corto momento de reposo, en espera 
del trajín del día siguiente. Caíansele ya blanda- 
mente los párpados, cuando se abrió la puerta 



LA FE 



255 



con violencia, haciéndole dar un brinco en la 
butaca. Aturdido por la sorpresa, con los ojos 
desmesuradamente abiertos, vió á Obdulia que 
penetraba como un huracán y se dirigía á él con 
la fisonomía alterada, mostrando en ella agita- 
ción y cólera. 

— ¿Sabe usted lo que pasa, padre? — le pregun- 
tó sin saludarle. 

El coadjutor no respondió, interrogando sólo 
con la vista. 

— Pues acabo de saber que le han birlado á 
usted el cargo de coadjutor... Se lo han dado á 
D. Narciso. 

— ¿Nada más? — preguntó sorprendido aún el 
presbítero. 

— ¿Y le parece á usted poco? — exclamó con 
ímpetu. — Después de lo que usted ha trabajado 
en este pueblo, después de haberlo puesto todo 
en orden, después de haber logrado que se edi- 
ficara la iglesia... Porque á usted exclusivamen- 
te se debe... todo el mundo lo sabe... ¡Quitarle 
lo que le pertenece y darle la plaza á un D. Nar- 
ciso!... ¡Es una infamia! ¡es un asco!... ¡Qué 
bien han manejado la intriga esos envidiosos! 
¡Ya me parecía á mí que tanto viaje á Lancia 
algo significaba!... Por supuesto que yo bien sé 
quién le ha ayudado... ¡ya lo creo que lo sé! 
D. a Filomena es prima hermana del gobernador 
de Madrid, y por ahí viene la cosa... ¿Y qué di- 



256 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



remos del señor obispo que, sabiendo los servi- 
cios que usted ha prestado á la religión en este 
pueblo, se presta á servir de juguete á una vieja 
verde? ¡Qué indignidad! ¿No le dije bien á tiempo 
que no se durmiera en las pajas?... ¡Ah, qué in- 
famia tan grande! ¡Qué infamia! ¡Qué retein- 
famia! 

Hablaba atropellándose, con las mejillas en- 
cendidas, vibrando por los ojos rayos de ira, agi- 
tando las manos temblorosas, moviendo todo su 
esbelto cuerpo como si estuviera sujeto á una 
fuerte corriente eléctrica. El P. Gil la contem- 
plaba estupefacto. Por fin, aprovechando un ins- 
tante de vacilación, antes que de nuevo tomara 
vuelo y lanzara otra sarta de denuestos, la atajó 
diciendo: 

— Agradezco á usted mucho, hija mía, el in- 
terés que me manifiesta en esta que usted cree 
injusticia que se me hace, y que no lo es. Yo no 
he deseado nunca ese cargo ni he hecho nada 
por merecerlo. La persona á quien se encomien- 
da, si es cierto lo que usted me dice, me parece 
dignísima y me lleva, entre otras muchas venta- 
jas, la de la antigüedad. Pero sobre todo, aunque 
en efecto se cometiera conmigo una injusticia, ¿á 
qué viene esa alteración? ¿Á qué vienen esos 
insultos á personas respetables por cuya cabeza 
no habrá pasado la idea de hacerme daño al- 
guno? 



LA FE 



257 



Obdulia se puso fuertemente colorada y dijo 
balbuciendo: 

— Porque usted es un santo... sí... porque us- 
ted es un santo. 

— ¡Qué santo! — exclamo el clérigo alzando la 
mano con impaciencia. 

— Sí; porque usted es un santo y mira todas 
estas cosas desde la altura en que se encuen- 
tra... Pero es una injusticia, padre; ¡es una vi- 
llanía! — añadió volviendo á exaltarse. — Usted 
es demasiado bueno para vivir entre esta gen- 
te... y le sacrifican como un cordero... ¡Si fuera 
yo!... ¿Cree usted que no me apena verle á us- 
ted humillado, verle pisoteado por esos 'peleles 
que no sirven para limpiarle los zapatos?... ¿No 
es triste que otro recoja el premio de sus afa- 
nes?... A usted no le importará nada, padre, pero 
yo no podré, sin que me arda toda la sangre del 
cuerpo, verle á usted de excusador, de simple 
ayudante de ese... de ese farfantón. 

Se dejó caer en una silla y comenzó á sollo- 
zar; pero levantándose súbito, prosiguió, dando 
patadas de rabia en el suelo, agitando frente á 
la puerta los puños cerrados, con una voz con- 
centrada y áspera que daba miedo: 

— ¡Pillos! ¡Infames! ¡Herejes! ¿Creéis que os 
ha de salir bien la cuenta? Pues no os saldrá, por- 
que hay un Dios en el cielo... y porque estoy yo 
además sobre la tierra, que os he de dar todavía 

18 



258 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alguna guerra... ¡Vaya si os la daré!... ¡Ya ve- 
réis de lo que es capaz una pobre mujer!... No 
os reiréis, no... Ya veréis cómo me arreglo para 
echar una gotita de hiél en vuestro plato de 
crema, para que no os relamáis, ¡puercos!... 

Concluyó por sentirse mal. Fué necesario que 
el P. Gil llamase á D. a Josefa y le mandase 
traer una taza de tila con gotas de azahar. 

A las nueve de la noche aún no habían con- 
cluido de adornar la iglesia las señoritas y los 
obreros que las secundaban. La velada se pro- 
longó sabrosamente para todas aquellas almas 
piadosas que servían á su Amo Divino en ta- 
les pequeños menesteres con una espontánea 
alegría precursora de la que habrán de sentir en 
el cielo cuando, trasformadas en ángeles, ro- 
deen cantando el trono del Altísimo. Aquí una 
cortina que tape la suciedad de la pared, allí una 
araña, más allá un jarrón con. flores, todo dis- 
cutido larga y calurosamente antes de ser colo- 
cado en su sitio. Las que más se distinguían en 
la obra de ornamentación eran D. a Marciala 
y Marcelina, la primera por su actividad frené- 
tica, la segunda por su gusto y habilidad. Pre- 
sidía los trabajos el P. Gil, como coadjutor in- 
terino, pero la mayor parte de las damas aten- 
dían ya más á las indicaciones del P. Narciso. 
La noticia de su triunfo había volado por todo 
Peñascosa, y las señoras, con su inclinación na- 



LA FE 



259 



tiva á todo lo que brilla y alcanza, éxito lison- 
jero en el mundo, comenzaban á sentir de nuevo 
cierta ternura por él. En los grupos que se for- 
maban por los rincones del templo cuchicheá- 
base dirigiéndole miradas furtivas, acogíanse 
todas sus palabras con mirada benévola y su- 
misa, se le colmaba de atenciones. Mientras 
tanto, D. a Filomena, procurando ocultarse de- 
trás de todas, gozaba en lo profundo de su cora- 
zón de aquel fausto suceso, que á ella sola se 
debía, acariciaba á su director con una mirada 
húmeda y suave donde se pintaba la ternura, 
el secreto y la sumisión. Obdulia se había reti- 
rado temprano, no pudiendo soportar tanta as- 
querosa adulación y el abandono de su amado 
confesor. Además Marcelina le había dirigido 
una pulla, y aunque había contestado con otra 
más sangrienta, que en esto nunca se había que- 
dado atrás, tenía miedo á enfermar de ira. 

No todo era bienandanza, sin embargo, para 
los futuros querubes de la corte celestial. Don 
Miguel, el terrible párroco, turbaba de mil mo- 
dos, á cual más grosero, la paz de su corazón, 
ora echando una cortina al suelo bajo pretexto 
de que le tapaba alguna imagen, bien trasladan- 
do los jarrones de flores adonde se le antojaba, 
ó deteniendo á los recadistas y empleándolos en 
otros menesteres, etc., etc. Ninguna censura ó 
mandato episcopal podía debilitar la energía del 



2Ó0 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



feroz cabecilla ni hacerle doblar la cerviz. Él 
era el cura propio de Peñascosa y ninguna po- 
testad de la tierra, ni la del mismo Pontífice, 
podía privarle de este carácter. Que le pusieran 
coadjutor. Bueno, él se reía del coadjutor, y si 
se torcía un poco, le alumbraba un par de cosco- 
rrones para que anduviera derecho. Felizmente 
para todos, el P. Gil era la mansedumbre per- 
sonificada, y le dejaba pasar con cuanto quería, 
con tal que no tocase directamente á la cura de 
almas, y esto último no era, como ya sabemos, 
la especialidad de D. Miguel. Pero las damas 
protestaban sordamente contra su tiranía y es- 
peraban con anhelo que D. Narciso empuñara 
con más brío las riendas de la parroquia. 

— ¡Holgazanazas! ¡Pendonas! Mejor estabais 
en vuestras casas espumando el puchero ó reco- 
siendo calcetas... ¡Lástima de vara de fresno! Si 
yo fuera marido ó padre vuestro, ya os diría lo 
que era candonguear á todas horas por la igle- 
sia... 

Estos y otros requiebros semejantes eran los 
que el cura murmuraba por los rincones de la 
iglesia en tono bastante alto para que pudieran 
oirle. Y claro está, todas aquellas rosas místi- 
cas, oyéndolas, se estremecían en sus cálices y 
se plegaban tímidamente. Susurrábanse al oído 
amargas quejas, mas no osaban producirlas en 
voz alta. D. Miguel era muy capaz de echarlas 



LA FE 



2ÓI 



de la iglesia á coces. No teniendo ocasión de ha- 
cerlo, el párroco aliviaba su corazón adminis- 
trando un par de ellas en el trasero á cualquier 
monaguillo que tropezaba en su camino. 

Mientras esto sucedía en la iglesia, una mu- 
chedumbre inmensa se agolpaba á las puertas 
del Agora, donde su digno presidente, D. Gas- 
par de Silva, estaba ensayando á dos docenas de 
jóvenes artesanas un himno de su invención (mú- 
sica del director de la banda municipal) para 
cantar durante el banquete del teatro. Y las vo- 
ces argentinas del coro salían á intervalos por 
las ventanas de la casa, despertando en la mul- 
titud un entusiasmo sin límites, que estallaba en 
aplausos y en hurras. De tal manera que al cabo 
de algún tiempo varios dignísimos vecinos, de 
oficio pescadores, pidieron á gritos que se pre- 
sentase D. Gaspar á la ventana para tributarle 
los honores merecidos. EÍ gran poeta no tuvo 
más remedio que ceder á esta exigencia de la 
multitud, que le recibió con palmoteo atronador 
y fuertes vivas. La silueta angulosa del vate se 
destacó en el hueco de la ventana, y pudo verse 
claramente que se llevó repetidas veces la mano 
al sitio del corazón, con lo cual el entusiasmo de 
la muchedumbre se convirtió en verdadero de- 
lirio. 

Un viento de regocijo, de pura y fervorosa 
alegría soplaba por el vecindario de la noble 



2Ó2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



villa. Habían deseado siempre un templo más 
digno y más capaz, pero no se daban cuenta ca- 
bal de la importancia que esto tenía. Sólo 
cuando supieron positivamente que iba á alzar- 
se uno en la plaza, de mayores dimensiones que 
todos los de Sarrio, sintieron removidas hasta 
las últimas fibras de su patriotismo. No hubo 
grande ni pequeño que no repitiese con frenesí: 
«Cuarenta y cinco cincuenta de largo, treinta 
veinticinco de ancho. La iglesia mayor de Sa- 
rrio no tiene más que cuarenta por veintiocho 
cincuenta.» Estaban reservadas aún al corazón 
de los beneméritos peñascos otra porción de ale- 
grías inefables. El pavimento del nuevo templo 
no sería de baldosa común, como el de Sarrio, 
sino de azulejos; los altares vendrían tallados 
de Italia, los cristales de Londres; el altar ma- 
yor sería todo de mármol. Cada uno de estos 
pormenores, repetidos de boca en boca, les ha- 
cía derramar lágrimas de ternura. 

En la plaza y sitio que había de ocupar el 
nuevo templo se había levantado un cadalso para 
las autoridades, los proceres del pueblo y las 
damas. Desde este cadalso, el obispo colocaría 
la primera piedra, que ya pendía de unos cordo- 
nes de seda, perfectamente preparada. En el tea- 
tro no cesaba el martilleo para colocar la mesa 
del banquete, guirnaldas y trofeos. Sobre cada 
uno de los pesebres, llamados palcos, colocaron 



LA FE 



263 



dos banderas nacionales cruzadas; una guirnal- 
da de laurel las iba enlazando todas graciosa- 
mente. Fué idea de D. Peregrín Casanova, que 
también había presidido un banquete en el tea- 
tro de Tarragona en los quince días que gober- 
nó aquella provincia. Por último, en el Campo 
de los Desmayos estaban ya tendidos los alam- 
bres para la iluminación, si bien no pendían de 
ellos aún los faroles. Esto se dejaba para lo úl- 
timo, por miedo á la lluvia. 

No había cuidado. El día 24 amaneció sere- 
no. Unas cuantas nubecillas impertinentes, que 
se amontonaban del lado de tierra, fueron barridas 
muy pronto por la brisa del Nordeste, con gran 
regocijo y aplauso de todas las personas sensa- 
tas de la población. El mar se rizaba blanda- 
mente sonriendo á la privilegiada villa, y el sol 
asomaba majestuosamente su disco por detrás 
de las olas, dispuesto á dar gusto siquiera una 
vez en su vida á los honrados peñascos. Porque 
desde tiempo inmemorial se sabía que apenas se 
preparaba una fiesta en Peñascosa, el sol toma- 
ba las de Villadiego y dejaba que las nubes die- 
sen buena cuenta de ella. Cuatro docenas de co- 
hetes de dinamita, capaces de estremecer á los 
muertos en sus tumbas, anunciaron su salida. La 
murga municipal saludó al astro del día tocando 
por las calles la famosa polka de los paraguas. 
Después se situó en el Campo de los Desmayos, 



264 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rodeada de un enjambre de chiquillos, y ejecuto 
algunas piezas de ópera. El mar, batiendo sua- 
vemente en las peñas, le servía de contrabajo. 
Hasta que á eso de las nueve se fué hacia la plaza 
tocando un paso doble, y desde allí salió por la 
carretera de Lancia á esperar al prelado, al go- 
bernador y á las personas que los acompañaban. 

No tardaron en llegar en seis coches que con 
el estrépito de sus ruedas estremecieron de júbi- 
lo la villa. Una nube de cohetes estalló en el 
aire. Los viajeros fueron acogidos en la plaza 
con inmensa gritería. Todo peñasco en uso de 
sus extremidades abdominales salió del domici- 
lio en aquella sazón, para regocijar la vista con 
el espectáculo de la bella comitiva. El obispo era 
un hombre alto, gordo, con el pelo blanco y la 
faz redonda, de luna llena, adornada de gafas. El 
gobernador un hombrecillo enteco, pálido, de 
ojos hundidos. Vestía de gran uniforme y cruza- 
ba su pecho la banda de Isabel la Católica. Igual- 
mente las personas que los acompañaban lucían 
cruces, uniformes y condecoraciones. Detrás de 
ellos marchaba el piquete de carabineros. Al ver 
desfilar aquel lucido y esplendoroso cortejo, la 
fantasía, siempre propensa á la exaltación, de los 
patriotas peñascos, se arrebató de un modo inex- 
plicable. El orgullo de haber nacido en aquel 
pueblo privilegiado les embriagó como nunca. 
Por un instante creyeron estar en la capital de 



LA FE 



265 



un gran imperio, que los ojos de todo el mundo 
civilizado estaban fijos en Peñascosa. Irresisti- 
ble debía de ser esta embriaguez cuando á perso- 
na tan grave y calificada como D. Juan Casano- 
va se le subió á la cabeza hasta hacerle caminar 
delante de la comitiva con el sombrero en la 
mano, gesticulando y hablando solo como un 
loco. «¡Cuándo habíamos de pensar — exclama- 
ba agitando el sombrero! — ¡Cuándo habíamos de 
pensar que se reunieran en nuestra villa tantas 
notabilidades, tantas personas eminentes del cle- 
ro, de la administración y de la milicia! ¡Ale- 
graos, vecinos de Peñascosa! ¡Alegraos! Para 
nosotros comienza la era de la justicia. Esta po- 
bre villa, tan postergada ¡ya sabéis por quien!... 
esta pobre villa, tan postergada, levanta al fin la 
cabeza y dirá al mundo entero lo que vale... eso 
es... lo que vale. Si hemos sido esclavos hasta 
ahora de otro pueblo que no vale lo que el nues- 
tro, ya hemos roto nuestras cadenas. ¡Salid á 
los balcones, bellas peñascas! ¡Salid á los bal- 
cones y arrojad flores sobre nuestros ilustres 
huéspedes! ¡Salid! ¡Salid!» 

D. Juan Casanova había ganado mucho en 
emoción, en calor, durante esta tirada. La voz 
salía temblorosa, ronca. Pero la imparcialidad 
nos obliga á confesar que había perdido algo de 
su majestad característica. Por lo menos aque- 
llos movimientos descompasados de hombros y 



2Ó6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cabeza eran inexcusables en un hombre tan ele- 
vado física y moralmente. Los chicos que iban 
á la par le miraban con asombro, y las bellas pe- 
ñascas, evocadas por él, si no arrojaban flores, 
sonreían desde los balcones al verle tan descom- 
puesto, mostrando unas hileras de dientes como 
nunca veréis en Sarrio, yo os lo juro. 

Después de tomar un refrigerio en las Con- 
sistoriales y descansar un poco, la comitiva se 
restituyó á la plaza, donde se efectuó con una 
solemnidad capaz de hacer derramar lágrimas 
al ateo más empedernido el acto de colocar la 
primera piedra de la nueva casa de Dios. Uno 
de los que más bullían y mangoneaban por allí 
era D. José María el boticario, el antiguo sus- 
critor de El Motín y corifeo de los masones, 
dando claro testimonio de que para Dios no hay 
imposibles, y que nadie puede decir que está por 
completo dejado de su mano. Después el gober- 
nador dirigió desde el tablado la palabra al pue- 
blo, y aunque su discurso no llegó á más de tres 
ó cuatro metros de distancia, el pueblo compren- 
dió en seguida con admirable instinto que rebo- 
saba de elocuencia y se entusiasmó de un modo 
frenético. Centenares de boinas de todos colores 
surcaron el aire en prueba del efecto mágico que 
entre ellas había producido la oración de la pri- 
mera autoridad civil de la provincia. Los cohe- 
tes y la murga municipal secundaron esta glo- 



LA FE 



267 



riosa manifestación de las boinas. Una muche- 
dumbre inmensa de blusas azules y pantalones 
rayados se agitó conmovida, embargada por los 
más nobles sentimientos religiosos y humanita- 
rios. 

Acto continuo se trasladaron todos á la anti- 
gua iglesia parroquial para cantar el Te Deum en 
acción de gracias. El templo, adornado como 
ya sabemos por lo más selecto de la sociedad fe- 
menina de Peñascosa, estaba deslumbrante de 
lentejuelas, arañas y cirios. El día anterior ha- 
bía llegado una exigua orquesta de Lancia, com- 
puesta de dos violines, una viola, un violoncello 
y un contrabajo, y con ella tres ó cuatro canto- 
res de la catedral. Los músicos se situaron en el 
coro, el obispo y el clero en el presbiterio. Don 
Miguel, el tozudo párroco, no quiso revestirse 
con los sagrados ornamentos, bajo pretexto de 
sus achaques, y se fué al coro con la orquesta. El 
prelado dijo una breve y sentida plática desde 
el pulpito. Tenía una hermosa voz de barítono 
que hizo vibrar las cuerdas más delicadas del 
corazón de todas las rosas místicas de la villa. 
El brillo del pectoral de diamantes y de los cris- 
tales de sus gafas daba mayor realce y un po- 
der mágico á su palabra sonora, dulce, per- 
suasiva. 

Cantóse después el Te Deum. Los tiples y los 
bajos de la catedral de Lancia hicieron prodigio- 



268 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sos gorgoritos, que dejaron asombrados á los 
buenos peñascos. La diminuta orquesta les se- 
cundó perfectamente. Pero hé aquí que á D. Mi- 
guel se le antoja mirar con malos ojos al pobre 
contrabajo, tan sólo porque no pasaba el arco 
sobre las cuerda más que de vez en cuando. El 
párroco estaba de rodillas y tenía delante y vuel- 
to de espaldas al músico. Mirábale de hito en 
hito y cada vez con mayor excitación. El músi- 
co cumplía con su deber rozando las cuerdas par- 
simoniosamente, produciendo un sonido sordo y 
antipático. A D. Miguel le parecía aquello él 
colmo de la estupidez y la holgazanería. Venir 
de Lancia con un buen sueldo y el viaje gratis 
para hacer unas cuantas veces ron, ron con aquel 
trasto, era cosa verdaderamente irritante. La ola 
de la indignación fué subiendo en su pecho. Mil 
pensamientos de exterminio se le amontonaron 
en el cerebro mientras su mirada torva y sinies- 
tra permanecía clavada en las espaldas del infe- 
liz contrabajo, bien ajeno por cierto de los sen- 
timientos sanguinarios que en aquel momento 
inspiraba su inofensiva persona. Al fin, habien- 
do dejado escapar un acorde más áspero y es- 
tridente que los otros, el viejo párroco no pudo 
aguantar más, y levantándose vivamente, se fué 
hacia él y le encajó una patada en los ríñones 
que le hizo caer de bruces. Allá fueron el músi- 
co y su violón rodando con estrépito. Al ruido 



LA FE 



269 



levantaron la cabeza todos los fieles. Satisfecha 
su justicia, D. Miguel se volvió al sitio que ocu- 
paba antes. Cuando el desdichado músico vino á 
preguntarle por qué había hecho aquello, res- 
pondió que él no quería gorrones en la iglesia y 
que hiciese el favor de marcharse con su arma- 
toste más lejos, porque no daba palabra de con- 
tenerse. 

Concluido el Te Deum, volvieron, como es ló- 
gico, á restallar en el aire otras cuantas docenas 
de cohetes de dinamita. Los simpáticos hijos de 
la Pepaina, Chola y Lorito, estuvieron á punto 
de perecer, víctimas de su arrojo, al apoderarse 
de uno que aún no había chasqueado. D. Miguel, 
cuando supo que se habían quemado la cara y las 
manos, manifestó, de acuerdo con todos los San- 
tos Padres, que creía en la intervención directa 
de la Providencia en las cosas humanas. 

Poco después dió comienzo el banquete en el 
teatro. Exceptuando el. obispo y sus familiares, 
todos los huéspedes de Lancia asistieron á él. 
Eran más de cien los comensales, que ocupaban 
tres mesas paralelas, situadas en el recinto de 
las butacas. En el escenario se colocó el coro de 
muchachas ensayadas en el Agora por D. Gas- 
par de Silva y el director de la murga munici- 
pal. Los palcos estaban ocupados por cuanto de 
elegante, aristocrático y exquisito guardaba Pe- 
ñascosa en su seno. Apenas sirvieron la sopa, se 



270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dejó oir el himno de D. Gaspar. Comenzaba por 
una especie de recitado de notas lúgubres, pro- 
longadas, ejecutado por un tenorete, ebanista de 
oficio. Decía, si no recordamos mal: 

«Peñascosa, triste ayer, 
Hoy venturosa, 
Sacude la apatía en que vivió, 

Y se lanza al progreso entusiasmaaaada 

Y se laaaanza al progreso con ardor.» 

Después de esta tirada, sombría como un la- 
mento, que el tenor cantó con todo el énfasis de 
que es susceptible un ebanista en casos semejan- 
tes, las doncellas arremetieron vigorosamente 
con el alegro. 

«El pueblo animoso 
Y lleno de esperanza 
Á gozaaaaar se lanza 
Con mágico ardor.» 

Este himno de corte clásico, y que bien puede 
compararse, sin desmerecer, con los más inspi- 
rados de los sacerdotes salios, en el caso de que 
conociésemos alguno, despertó inmediatamente 
en los comensales y en el público mil ideas de 
progreso indefinido yperfectibilidad. Por un mo- 
mento todos aquellos espíritus elevados vivieron 
dos siglos más adelante y vieron con los ojos del 



LA FE 



271 



alma una Peñascosa ideal cuajada de fábricas y 
cervecerías. ¡Poder maravilloso de la poesía! Se 
aplaudió furiosamente con las manos y con las 
cucharillas. Y aunque algún personaje de espíri- 
tu ligero y afeminado manifestó por lo bajo que 
lo que él aplaudía eran los ojos negros y los 
dientes blancos de las peñascas, tenemos la cer- 
teza de que la mayoría supo apreciar perfecta- 
mente la intención pura y el clasicismo del him- 
no del vate de Peñascosa. La prueba de ello es 
que cuando se escuchó en una de las pesebreras 
la voz de: «¡Que salga el autor!», en todas las 
demás se pusieron á gritar lo mismo, y los con- 
vidados expresaron con la boca llena idéntico 
deseo. D. Gaspar salió al final escenario y avan- 
zó, doblado como un arco, hasta el borde del ta- 
blado. Después, haciendo un esfuerzo sobre sus 
callos, se volvió prontamente y fué á recoger del 
foro al autor de la música, un hombrecillo re- 
gordete, que se presentó con los pelos tiesos 
como un aparecido. El público rompió á aplau- 
dir calurosamente al verlos cogidos de la mano. 
D. Gaspar apuntaba para el director de la murga 
como diciendo: «A éste se debe todo.» El direc- 
tor de la murga apuntaba para D. Gaspar, ma- 
nifestando por mímica: «El triunfo es de este se- 
ñor.» Por último, en la imposibilidad de expre- 
sar de un modo más plástico la profunda admi- 
ración que el uno sentía por el otro y la perfecta 



272 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



compenetración de sus espíritus entusiastas, se 
abrazaron en medio del escenario y permanecie- 
ron unidos bastante tiempo. 

No sabemos qué influencia misteriosa, mági- 
ca puede ejercer sobre un concurso el acto de 
abrazarse dos individuos del mismo sexo; pero 
siempre que lo hemos visto declaramos que pro- 
dujo el mismo efecto sorprendente. El público 
se levanta electrizado, grita, aplaude, saca el 
pañuelo, gesticula con violencia y hasta hay se- 
ñoras que derraman lágrimas. ¿Por qué? No nos 
lo preguntéis. Creemos que la ciencia no se en- 
cuentra todavía en estado de dar una explicación 
satisfactoria á este enigma. Aquello fué un vérti- 
go, un delirio; más de diez minutos duró el es- 
trépito, mientras Euterpe y Talía permanecie- 
ron estrechamente abrazadas. Cuando empezó á 
sosegarse el tumulto se oyó uno voz que dijo: 
«¡Que se besen!» Al parecer, quien lanzó este 
grito fué un periodista de Lancia. Si se trataba 
de una broma, la verdad es que tenía bien poca 
gracia. Burlarse en aquel acto solemne donde se 
festejaba la regeneración moral y material de 
Peñascosa, era una insolencia, y como decía 
muy bien D. Juan Casanova, «no daba buena idea 
de la cultura de la prensa de Lancia.» No se be- 
saron, pues, aunque D. Gaspar mostró ciertas 
tendencias á hacerlo, aproximando demasiada- 
mente sus narices color violeta al rostro del apa- 



LA FE 



273 



recido; pero éste lo retiró, dando pruebas de pru- 
dencia, pues se hablaba en términos muy graves 
por Peñascosa de las narices de D. Gaspar. 

Terminado el himno, comenzó de nuevo y se 
repitió indefinidamente hasta los postres. El go- 
bernador volvió á dirigir la palabra al público. 
A unos gobernadores les da por destituir ayun- 
tamientos, á otros por llevarse los colchones 
que les pone la Diputación provincial. A éste le 
daba por la elocuencia. Le contestó D. Pere- 
grín Casanova, y tuvo ocasión de llamarle «mi 
distinguido compañero» y aludir á los altos de- 
beres que impone el gobierno de una provincia, 
«que él había tratado de cumplir en otro tiempo 
en la medida de sus débiles fuerzas. » Habló 
también D. José María el boticario, abogando 
por el fomento de la religión como «elemento 
de progreso» (le quedaban ciertas frasecillas 
del tiempo en que era librepensador) y como 
«freno para los apetitos bastardos.» Habló don 
José el estanquero; habló D. Remigio Flórez, 
el fabricante de conservas alimenticias; habló 
el director de El Porvenir de Lancia (que hacía 
pocos días se había batido á sable con D. Ro- 
sendo Belinchón, director de El Faro de Sarrio), 
Y habló otra vez el gobernador. Un redactor de 
El Joven Sarriense trató de pronunciar algunas 
palabras, pero le interrumpieron con algunos 
murmullos desde los palcos, y se sentó muy 

19 



274 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



desabrido. Por último, D. Gaspar de Silva 
avanzó por el escenario con un papel en la 
mano. «¡Silencio! ¡Chis, chis!... ¡Que se ca- 
llen! — ¡Silencio! ¡Fuera! — ¡Chis, chis!» En me- 
dio de un silencio religioso, el famoso vate de 
Peñascosa comenzó á leer con voz dramática 
una Oda d la Religión. Los temas sagrados no 
eran su especialidad. Había preferido siempre 
poner la lira al servicio de la libertad y de las 
ideas democráticas. Su mejor composición era 
un soneto al pacto sinalagmático bilateral. Com- 
prendiendo, sin embargo, con profunda intui- 
ción, el sublime destino que el cielo le había 
designado, cantaba, como los vates y semidioses 
de la antigüedad, todo lo que se ofrecía á su 
vista, la paz y la guerra, la democracia y los 
señoríos, la religión y ej libre pensamiento. 
Esta oda, que empezaba: «¡Oh dulce religión in- 
maculada!» era inspiradísima y fué recibida con 
vivas muestras de aprobación. El banquete ter- 
minó de noche cerrada. 

Á las seis, el sacristán y algunos empleados 
del municipio comenzaron á iluminar los faro- 
lillos á la veneciana del Campo de los Desma- 
yos, de tal modo que á las ocho estaban casi 
todos encendidos. La velada se presentó muy 
alegre. En uno de los ángulos del Campo baila- 
ban los aldeanos al son de la gaita y el tambor; 
en otro hacían lo propio las artesanas al com- 



LA FE 



275 



pás de la banda municipal. La gente discurría 
por el espacio libre cada vez con menos desahogo, 
pues la calle del Cuadrante no cesaba de vomi- 
tar blusas azules y pañuelos de percal sobre el 
citado Campo. Lo más exquisito de la sociedad 
peñasquense se refugió en el pórtico de la igle- 
sia, estableciendo la consabida división de cas- 
tas. Organizóse un paseo inmediatamente donde 
los forasteros de Lancia pudieran apreciar de 
un solo golpe de vista todo lo grande y majes- 
tuoso que encerraba Peñascosa en su seno. Allí 
estaba la tertulia en masa de D. a Eloísa, y ade- 
más, otra parte de la nobleza de la villa, con la 
cual no hemos podido poner al lector en rela- 
ción. Después de haber disfrutado por largo rato 
del placer de verse, como los inmortales en el 
Olimpo, aislados y encima del resto de los seres 
de la creación, aquella sociedad hizo irrupción 
en el Campo de los Desmayos, para contemplar 
los fuegos artificiales de los renombrados piro- 
técnicos palentinos. Entró sin descomponerse, 
con un desdén y una gravedad calculados para 
henchir de respeto el corazón de las castas in- 
feriores. 

Deslizándose como un mono por los para- 
jes oscuros, buscando la proximidad de las mu- 
jeres obesas, y cuando no, la de las que estaban 
en regulares carnes, andaba nuestro amigo Osu- 
na, el administrador de la casa Montesinos. A la 



276 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hora en que le sorprendemos no se había ganado 
más que una bofetada; caso extraño, porque en 
estas noches de jolgorio solía encontrarse con 
media docena, por lo menos. Algo desengañado 
bajo este aspecto, no tanto por las bofetadas 
como por lo que las precedía, movíase impa- 
ciente echando miradas carniceras en torno suyo, 
sin hallar un sitio lo bastante ameno y deleitoso 
para fijar sus pasos. Aquella noche se habían 
dado cita todas las flacas de Peñascosa. Mas hete 
aquí que cuando empieza á arder la primera 
rueda de pólvora, columbra no muy lejos á la 
fresca D. a Teodora, al sueño constante de su 
existencia, más radiante y más lozana que nun- 
ca, con sus cabellos blancos y sus mejillas rosa- 
das de cutis terso y brillante. Verla y empren- 
der la marcha hacia ella fué todo uno. Pero esta 
marcha en tales circunstancias era más difícil 
de lo que cualquiera puede imaginarse. La gente 
se apiñaba á ver los fuegos y permanecía inmó- 
vil, formando una espesa muralla. Nuestro joro- 
bado la atravesó con arte diabólico, retorcién- 
dose como una lagartija para pasar por los agu- 
jeros más estrechos. Después de un buen rato 
logró colocarse detrás de la simpática jamo- 
na. Estaba escoltada por los dos hermanos Ca- 
sanova, que la habían acompañado en unión de 
la doncella. Continuaban disputándose su cora- 
zón, con empeño rabioso por parte de D. Pere- 



LA FE 



277 



grín, con noble y severa tranquilidad por la de 
D. Juan. En este certamen de amor la virtuosa 
y madura señorita padecía mucho, por creerse 
culpable de las reyertas que á lo mejor estalla- 
ban entre los dos hermanos. Procuraba conser- 
var la neutralidad, pero se echaba de ver que 
D. Peregrín llevaba la peor parte. Explicábale 
éste, con el tono de suficiencia que le caracteri- 
zaba, algunos pormenores interesantes de la in- 
dustria pirotécnica y citaba algunos fuegos que 
había visto, en su época de covachuelista, ver- 
daderamente asombrosos. El pobre D. Juan, que 
no había salido jamás del estrecho recinto de Pe- 
ñascosa y que no podía citar nada, callaba como 
siempre. Pero la pulquérrima jamona le dirigía 
de vez en cuando una mirada suave y una son- 
risa más suave aún, que podían indemnizarle de 
su vida sedentaria. 

Cuando D. a Teodora volvió la cabeza para 
ver quién la apretaba tanto y se encontró con 
Osuna, cambió de color. Aquel maldito joroba- 
do no la dejaba jamás en paz. En la tertulia, 
en el paseo, en el teatro, en la iglesia, en to- 
das partes donde tuviera ocasión de aproximar- 
se, era sabido que se veía necesitada á sufrir 
el contacto asqueroso de sus piernas y á veces 
de sus manos también. Osuna conocía bien el te- 
rreno que pisaba. La bella y pudorosa jamona 
se hubiera caído antes muerta de vergüenza que 



278 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



confesar á alguno los atentados de que era obje- 
to. Pero si no los confesaba, cualquiera podría 
cerciorarse de ellos, observando el estado de agi- 
tación en que se hallaba. En esta ocasión el jo- 
robado anduvo audaz en demasía. D. a Teodora 
comenzó á dar muestras tales de inquietud que 
para cualquiera serían visibles. D. Juan no las 
vio, sin embargo. Era un varón puro y magná- 
nimo, incapaz de sospechar las grandes sucieda- 
des que puede haber sobre la tierra. Pero D. Pe- 
regrín, como hombre de mundo, concluyó por 
advertir algo de lo que pasaba. Espió á Osuna 
con el rabillo del ojo, y cuando penetró en su 
espíritu gubernamental el convencimiento de la 
trasgresión que se estaba cometiendo, comenzó 
á roncar y silbar por la nariz como un vapor en 
peligro, lanzando al mismo tiempo centellantes 
miradas de indignación al audaz jorobado. Éste 
prescindió en absoluto de aquellos silbidos teme- 
rosos, y no vió siquiera la expresión fatídica de 
los ojos del ex-gobernador interino de Tarrago- 
na. ¿Qué había de suceder? La caldera del re- 
molcador, no teniendo más desahogo que el de 
la nariz, estalló con horrible estruendo. 

— ¡Oiga usted, grosero, sucio, cínico, desore- 
jado! — rugió D. Peregrín cogiendo por el cuello 
al contrahecho y sacudiéndole con rabia. — Si 
usted continúa en modo alguno molestando á 
esta señora, con esta mano (alzando la derecha) 



LA FE 



279 



le doy una bofetada en esta mejilla, y con la 
otra (alzando la izquierda) le doy otra bofetada 
en la opuesta. Acto continuo le vuelvo á usted, 
y con estas botas gordas que usted ve aquí le doy 
á usted dos puntapiés en el trasero. 

El físico de D. Peregrín no era á propósito 
para infundir terror pánico en el corazón de 
sus enemigos. Sin embargo, su continente seve- 
ro y administrativo como pocos y el torrente de 
voz grandioso con que la naturaleza le dotara 
suplían bastante bien la deficiencia de otros ór- 
ganos. Además, Osuna era un ser más débil y 
más ruin que él. Por esto y por el tumulto que 
se armó en seguida, en vez de hacerle frente, se 
escurrió entre la muchedumbre y desapareció en 
un momento. D. a Teodora, al verse objeto de la 
curiosidad pública, se desmayó. D. Juan y la 
doncella la sostuvieron. D. Peregrín siguió in- 
crepando á su enemigo ausente. La muchedum- 
bre rió, gritó, se agitó tumultuosamente. Al fin 
todo quedó en paz, y la pudibunda jamona tornó 
á su domicilio, donde la dejaremos esparciendo 
un torrente de lágrimas. 

Obdulia, agitada todo el día por un vivo dolor 
y por un deseo rabioso de reparar la injusticia 
que se había cometido con su amado director es- 
piritual, no salió de casa ni de la cama. Estaba 
realmente enferma. Tenía fiebre, la fiebre que 
produce en los temperamentos como el de ella un 



28o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pensamiento único que se va exacerbando por 
grados. Al llegar la noche se levantó y se vistió 
apresuradamente. Sus grandes ojeras azuladas se 
marcaban ahora de un modo chocante. Una arru- 
ga profunda, signo de resolución inquebrantable, 
le surcaba la frente. Llamó á la doncella y le ma- 
nifestó que quería salir á ver los fuegos. Todo 
lo que ésta hizo por disuadirla, representándole 
el grave daño que podía ocasionarle el frío y la 
humedad de la noche, fué inútil. Cogió la man- 
tilla, se la echó encima de la cabeza con mano 
convulsa, obligó á la doméstica á ponerse la 
suya y se lanzaron á la calle. El Campo de los 
Desmayos hervía ya de gente. Les costó mucho 
trabajo avanzar hasta colocarse en el medio. 
Obdulia quería á todo trance acercarse á la casa 
del párroco, donde se alojaba el prelado. Había 
visto brillar las gafas de éste y ocultarse en se- 
guida en una de las ventanas. Debajo, á la puer- 
ta misma de la rectoral, un grupo numeroso de 
muchachas bailaba la giraldilla, cantando á gri- 
to pelado coplas de circunstancias improvisadas 
en el momento. Aludían en ellas á la nueva 
iglesia, piropeaban al obispo, al gobernador, á 
los proceres de Peñascosa, sin que faltase tam- 
poco, por supuesto, la consabida puntadita á 
Sarrio. 

La imaginación de la hija de Osuna trabajaba 
sin descanso, aumentando la calentura que la 



LA FE 



28l 



consumía. Mas por encima de los mil pensa- 
mientos y fantasmas que daban vueltas en ella, 
asomaba una idea fija, tenaz, que la impulsaba 
inconscientemente á abrirse paso con los codos 
por la muchedumbre, seguida de la doncella, que 
no comprendía el afán de su señorita. Cuando 
estuvieron próximas á la rectoral, la joven se 
detuvo unos minutos. Observó con el rabillo del 
ojo á su doncella, y cuando la vio más absorta 
en la contemplación de los fuegos que se esta- 
ban quemando, maniobró hábilmente y se alejó 
de ella ocultándose entre la gente. Una vez sola, 
se detuvo otra vez. Después de dirigir infinitas 
miradas de ansiedad y temor á la casa del pá- 
rroco, después de resolverse más de veinte veces 
y de arrepentirse otras tantas, al fin se deslizó 
como una sombra por detrás de las muchachas 
que bailaban y del círculo de espectadores que te- 
nían en torno, y se introdujo en el portal de la 
casa. Dentro de él había unos cuantos criados 
que charlaban contemplando desde allí lo que 
podían. Tenían la puerta abierta, y Obdulia, sin 
decirles palabra, se introdujo por ella y subió 
unas cuantas escaleras. Pero deteniéndose de 
repente y permaneciendo un instante indecisa, 
tornó á bajarlas y se dirigió al grupo de los 
domésticos. 

— ¿El secretario del señor obispo está arri- 
ba? — preguntó al más próximo. 



282 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿D. Cayetano?... Sí, señora, arriba está — 
respondió uno de los más lejanos. 

— ¿Podría hablar unas palabras con él? 

— ¿Por qué no?... Le avisaré... Suba usted 
conmigo. 

Ascendieron ambos por la sucia escalera de 
D. Miguel, pues ni por la llegada del prelado se 
había limpiado. 

— Tenga usted la bondad de aguardar un mo- 
mento. 

Poco después se presentaba el secretario, un 
clérigo de media edad, feo, desgarbado, pero de 
mirada inteligente y franca. La miró con gran 
curiosidad y preguntó, esforzándose en mostrar- 
se amable: 

— ¿Preguntaba usted por mí, señora? 

— Sí, señor. 

— Usted me dirá... 

— Deseo hablar con el señor obispo. 

Volvió á mirarla el secretario con mayor cu- 
riosidad aún, y después de un instante de vacila- 
ción, apareciendo en su rostro un esbozo de son- 
risa, respondió: 

— Usted comprenderá que la hora no es opor- 
tuna... Su Ilustrísima se va á retirar en seguida 
á descansar... 

— Es urgente y de mucha importancia lo que 
tengo que comunicarle ... — dijo precipitada- 
mente. 



LA FE 



283 



Otra vez la contempló el clérigo con penetran- 
te mirada, advirtiendo su agitación. 

— Bueno... Lo que puedo hacer en su obsequio 
es avisar á Su Ilustrísima... No respondo de que 
la reciba á usted á estas horas... Puede usted 
pasar á esta sala y aguardar un momento. No 
tardaré en traerle la respuesta. 

Abrió la puerta del saloncito de recibo, hizo 
traer un quinqué y la dejó sola. En aquel instan- 
te la joven sintió que le abandonaban todas sus 
fuerzas. El corazón comenzó á darle fuertes gol- 
pes en el pecho. La habitación se movía suave- 
mente como la cámara de un buque. Se vió obli- 
gada á sujetarse con las dos manos al respaldo de 
una butaca para no venir al suelo. El secretario 
apareció á los pocos minutos, y sin traspasar el 
marco de la puerta, dijo con afectada solemnidad: 

— Su Ilustrísima va á llegar en este momento. 

Obdulia cerró los ojos y se agarró con más 
fuerza á la butaca. Cuando los abrió tenía de- 
lante de sí la figura imponente del prelado. 

La estancia se hallaba á media luz á causa de 
la pantalla que cubría el quinqué. Los contornos 
de aquella figura se esfumaban en la sombra. 
Pero los diamantes del pectoral lanzaban deste- 
llos y los cristales de las gafas brillaban también 
con los débiles rayos de luz que sobre ellos 
caían. Avanzó algunos pasos por la sala. Obdu- 
lia se dejó caer de rodillas. ^ 



284 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Es para algún asunto de conciencia, hija 
mía? — preguntóle el prelado dulcemente, dán- 
dole al mismo tiempo su anillo á besar. 

— Sí, señor — respondió la joven con voz alte- 
rada por la emoción. — Es para un asunto de la 
conciencia de Su Ilustrísima. 

— ¿De mi conciencia? — exclamó el obispo, ir- 
guiéndose lentamente y dejando caer sobre ella 
una mirada de sorpresa y curiosidad. 

— La conciencia más pura, Su Ilustrísima lo 
sabe mejor que yo, está sujeta á error. Cuando 
pensamos estar haciendo el bien hacemos el mal. 
El alma de Su Ilustrísima es noble y es santa, 
según dicen todos los que la conocen. Por algo 
Dios le ha elegido para apacentar su rebaño. 
Pero los ojos de Su Ilustrísima no llegan á todas 
partes como los de Dios. Su brazo se extiende 
en vano para bendecir. La bendición no alcanza 
á todos. Entre los pastores que Su Ilustrísima 
tiene colocados para ayudarle los hay que guar- 
dan con fidelidad y amor el rebaño, los hay tam- 
bién que tienen la vista y el amor fijos en sí mis- 
mos... 

— Levántese usted, hija mía... ¿Qué quiere 
decir con estas palabras? 

— Lo que quiero decirle, señor — profirió la 
hija de Osuna con audacia, serenándose de pron- 
to bajo el impulso de la exaltación, — es que te- 
níamos en esta villa un coadjutor celoso, mode- 



LA FE 



285 



lo de abnegación, de mansedumbre, de activi- 
dad, que había logrado á fuerza de inmensos sa- 
crificios inspirar devoción y piedad á muchos 
que jamás las habían sentido, que sin violencia 
ninguna había puesto en orden la parroquia y de- 
vuelto á Dios lo que le pertenecía... Pues bien, 
he sabido... hemos sabido con dolor los feligre- 
ses todos, que en vez de dejarle en el cargo que 
desempeñaba interinamente, Su Ilustrísima se lo 
ha dado á otra persona... 

El obispo la contempló en silencio un buen 
espacio. La joven, bajo aquella mirada, que pa- 
saba por los cristales de las gafas penetrante, 
indagadora, volvió á perder la serenidad. 

— ¿Es el coadjutor interino quien la envía 
á usted para dirigirme una representación? — 
preguntó con extremado sosiego, recalcando 
cada sílaba de un modo que resultaba epigra- 
mático. 

— ¡Oh! ¡No, señor! — exclamó toda turbada la 
joven, poniéndose roja. — El señor coadjutor no 
tiene aspiración ninguna. Está tan contento con 
el cargo como sin él. Nada sabe ni nada quiero 
que sepa... He sido yo quien por el odio que me 
inspira la injusticia me atreví á dar este paso... 
acaso imprudentemente... 

— jSin acaso! ¡Sin acaso! — murmuró el prela- 
do, sacudiendo la cabeza. 

Quedósela otra vez mirando fijamente sin pes- 



286 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tañear, absorto en intensa contemplación. Obdu- 
lia bajó la cabeza.. 

— Hija mía — siguió diciendo gravemente, — 
la juventud tiene sus derechos. Puede ser atur- 
dida, imprevisora, gozar sin medida de los do- 
nes con que Dios nos ha favorecido, vivir ofus- 
cada sin el pensamiento del pecado... Pero la ju- 
ventud no tiene derecho á jugar con nuestra 
salvación eterna, con la vida y con la muerte. 
La Santa Iglesia Católica tiene sus ministros 
encargados de velar por la fe. Yo, aunque in- 
digno, soy uno de ellos y soy responsable ante 
Dios y ante el Sumo Pontífice de mis actos. No 
he aprendido en ningún Santo Padre ni en nin- 
guna decretal que los prelados tuviéramos que 
dar cuenta de ellos á las niñas como usted... 

— ¡Oh, señor obispo... yo no quería!... 

— Escuche usted, escuche usted con paciencia, 
hija mía, escuche usted de rodillas á su prelado. 

Obdulia se arrodilló de nuevo llena de confu- 
sión, roja como una amapola. La figura corpu- 
lenta del obispo se agrandó desmesuradamente 
delante de sus ojos; su blanca cabeza coronada 
por el morado solideo resplandecía de majestad. 

— Los cargos de la Iglesia católica no deben 
ser empleos codiciados: no se buscan, se aceptan 
con humildad y resignación. Cuanto más alto, 
más duro y espinoso es para el que quiere servir 
á Dios. Usted, al hablar de injusticia, los ha 



LA FE 



287 



considerado por lo visto como una granjeria, y 
ha pecado gravemente. Si no he dado el cargo 
de coadjutor á la persona por quien usted se in- 
teresa, esa persona debe agradecérmelo, pues la 
he librado de muchas terribles responsabilidades 
que dificultarían su salvación eterna. 

Obdulia, viendo el rayo marchar otra vez ha- 
cia su confesor, halló palabras para desviarlo. 

— Vuelvo á decirle, señor obispo, que el pa- 
dre Gil nada sabe de este paso... que se morirá 
de pena y de vergüenza si llega á conocerlo, por- 
que es la modestia y la humildad personificadas. 
La estimación y el respeto que le profeso, como 
todos los vecinos de este pueblo, y mi deseo de 
ver la parroquia en orden y bien servida, me im- 
pulsaron en un momento de ligereza á acudir á 
Su Ilustrísima... 

— Pero ¿no comprende usted, hija, que al dar 
este paso, extraño en una joven sensata y piado- 
sa, se compromete usted, y lo que es peor, com- 
promete usted á un sacerdote gravemente? 

— ¡Oh Virgen Santa! ¿Qué he hecho? — excla- 
mó la joven tapándose la cara con las manos. — 
Sí, sí, comprendo ahora que he sido una loca, 
que tratando de hacer un bien he causado un te- 
rrible mal... Su Ilustrísima me desprecia y tiene 
razón, porque ño soy más que una pobre tonta... 
Pero no es eso lo malo... Lo horrible es que de 
aquí en adelante estará prevenido contra un po- 



288 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bre inocente... ¡Jesús de mi corazón, qué tenta- 
ción ha sido la mía!... 

Y rompió á sollozar perdidamente murmuran- 
do frases ininteligibles. El prelado se inclinó ha- 
cia ella y le habló con dulzura. 

— Sosiégúese usted, hija mía. Sosiégúese us- 
ted y aprenda que un sucesor de los Apóstoles 
no puede sentir prevención ni odio. Si usted ha 
pecado, pida la absolución á su confesor. Seré- 
nese usted, que ningún mal ha causado más que 
á sí misma... Ni el inocente ni el culpable tie- 
nen nada que temer de mí. Que lo teman todo 
de Dios... 

Después de pedir muchas veces perdón y de- 
rramar infinitas lágrimas, Obdulia besó otra vez 
con devoción el anillo del prelado, y se levantó. 
Sin alzar los ojos del suelo murmuró débilmente: 

— Adiós, señor obispo. Perdone Su Ilustrísima 
el disgusto que le he causado, y olvídelo. 

— Que la Virgen Santísima la proteja, hija 
mía. Rece una salve por mí, que bien la necesi- 
to — respondió el prelado, dejándola pasar y mi- 
rándola con expresión de lástima hasta que tras- 
pasó la puerta. 

Salió aturdida, loca de vergüenza, con las ma- 
nos trémulas y las mejillas encendidas. En cuan- 
to llegó á casa se metió en la cania, con una fie- 
bre altísima. 




XI 



M(ibA está descifrado el enigma, padre Gil — 
dijo D. Alvaro desde su butaca viéndole 
£\ ^ entrar. La sonrisa con que acompañó 
estas palabras era tan contraída y extra- 
ña que daba frío. 

— ¿Qué enigma? — preguntó el P. Gil, un poco 
agitado por el presentimiento de alguna des- 
gracia. 

— No se asuste usted; no es el de la Creación: 
un enigma más modesto, el de la venida de mi 
mujer á Peñascosa hace unos meses... Entérese 
usted de esa carta. 

El joven presbítero tomó de las manos del ma- 
yorazgo la que le presentaba y se puso á leer: 



«Mi querido Alvaro: Acabo de saber que Joa- 

20 



29O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



quina dió á luz hace seis días un niño, el cual se 
ha inscrito en la parroquia y en el registro civil 
con tu apellido. He procurado informarme, y 
me han dicho que era perfectamente legítimo, 
puesto que tu esposa ha estado en Peñascosa 
hace unos meses y ha dormido en tu misma casa. 
Te escribo apresuradamente para preguntarte 
si es cierto. Lo dudo mucho, porque no me has 
dicho jamás una palabra del asunto. Contéstame 
inmediatamente. 

Julio.» 

El P. Gil dejó caer los brazos, dobló la cabe- 
za y murmuró sordamente: 
— ¡Qué infamia! 

El mayorazgo soltó una carcajada. 

— Pero ¿aún cree usted que hay infamias en 
el mundo? ¿De qué le sirve á usted tanto como 
ha leído? Quisiera que me explicase cómo es po- 
sible hacer porquerías dentro de una letrina. 
Por lo visto, todavía se encuentra usted asistien- 
do á la primera representación de la comedia. 
Yo estoy en la segunda, y puedo decir anticipa- 
damente lo que ha de suceder. 

— De todos modos, D. Alvaro, me duele en el 
alma esta indignidad que con usted se ha come- 
tido sin merecerla. 

— ¿Indignidad? ¿Llama usted indigna á la ara- 
ña que ahoga á la pobre mosca en su tela, ó al 



LA FE 



291 



milano que cae sobre el inocente polluelo y lo 
arrebata por el aire? Pues la misma fuerza infa- 
me (¡ésa sí que es la infame!), la misma fuerza 
que mueve á la araña y al milano es la que habita 
dentro de mi mujer. La mosca, el pollo y yo me- 
recemos la misma suerte por haber nacido. Por- 
que el delito mayor — del hombre es haber nacido, ya 
lo ha dicho Calderón, que era sacerdote como 
usted. 

El P. Gil meditó unos momentos , y dijo al 
cabo, como si se hablase á sí mismo: 

— No puedo acabar de persuadirme á que en 
nosotros no exista más que la fuerza ciega; que 
esta luz que de vez en cuando brilla en el cora- 
zón de los hombres, y que se llama unas veces 
justicia, otras amor y abnegación, dependa ex- 
clusivamente de combinaciones químicas. La in- 
famia es infamia siempre, y despierta en nuestro 
espíritu un sentimiento de repugnancia. La ara- 
ña y el milano no saben que hacen el mal, pero 
su esposa lo sabe. 

— ¿Y qué importa? Dote usted á la bestia con 
la conciencia de sus actos y habrá usted forma- 
do al hombre. La conciencia no es más que una 
antorcha. Los crímenes lo mismo pueden ejecu- 
tarse en las tinieblas que á la luz. Si yo pensase, 
como usted, que hay un Dios creador conscien- 
te de todos los seres, le mandaría un «besa la 
mano» felicitándole por haber formado una cria- 



292 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tura tan amable y encantadora como mi mujer 
y dándole las gracias por haberla reservado para 
mi uso particular. Desgraciadamente no puedo 
representarme á ese Dios recibiendo en bata y 
zapatillas mis tarjetas de felicitación. Creo más 
bien que ella y yo somos víctimas de la lógica. 
La vida tiene por objeto inmediato el dolor... 
Saque usted la consecuencia. Mi mujer nació con 
uñas para desgarrar. Yo nací con un corazón 
blando á propósito para ser desgarrado. Sería 
una contradicción que ella no arañara y que yo 
no fuese arañado. 

— ¡Y sin embargo, usted ha amado á esa mu- 
jer con toda su alma! 

— ¡Ah, sí! — exclamó el hidalgo, cerrando los 
ojos y pasando su mano descarnada por la fren- 
te. — ¡La he amado!... Por un momento fui com- 
parable á los inmortales del Olimpo. La felici- 
dad cantó dentro de mi alma el himno más her- 
moso que acompañó jamás á sus divinos juegos. 
El sol se levantaba y se acostaba tan sólo para 
dorar mis ilusiones. El mar estaba murmurando 
ahí únicamente para reflejar las imágenes de oro 
que cruzaban por mi mente... Ningún hombre 
fué cazado por la especie con más precauciones, 
con más exquisito cuidado... Todos los lazos 
que nos tiende la Naturaleza para realizar su 
plan misterioso se pueden evitar; hasta la mis 
ma voluntad de vivir se puede vencer; yo la h 



LA FE 



293 



vencido, pues que apetezco con ansia la muerte. 
Pero esta voluntad de perpetuarse que se mani- 
fiesta en toda la especie, esta fuerza soberana 
que empuja á un individuo hacia otro de sexo 
diferente, crea usted, padre, que es insupera- 
ble... ¡Qué brazo tan bien torneado! ¡Qué espal- 
das de alabastro! ¡Qué modo tan fascinador de 
quitarse los guantes y agitar su dedo meñique, 
que tenía lindísimo! 

— No conozco el amor, pero sé que hay dos 
clases: uno el que tiene por objeto exclusiva- 
mente el goce sensual que nos equipara á los 
brutos, y otro el amor puro de dos almas que se 
completan, de dos corazones que se unen para 
gozar y padecer al mismo tiempo, para formar 
uno solo hasta la muerte. Este es el amor que 
nos ennoblece, el único digno del ser humano y 
que merezca tal nombre. 

— En efecto, eso creen todos los poetas cursis 
y todas las niñas opiladas... Pero usted es una 
persona formal y no puede pensar semejante dis- 
parate. Todo amor, por tierno y sublime que sea, 
tiene su raíz en el instinto natural de los sexos: 
no es más que ese instinto individualizado. ¿Ha 
visto usted alguna vez unirse un corazón de diez 
y ocho años con otro de ochenta para formar uno 
solo? Y sin embargo, el de ochenta puede ser 
tanto y más noble y bondadoso que el de diez y 
ocho. Suprima usted la voluptuosidad, y ¿cuán- 



294 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tos serían los hombres que se unieran á una mu- 
jer y soportaran la carga de los hijos y las innu- 
merables molestias del matrimonio por el solo 
gusto de completar su espíritu? El amor no es 
más que una treta de la Naturaleza, padre. 
Para vencer nuestro egoísmo, que es muy gran- 
de, nos engaña con una ilusión, haciéndonos 
creer que lo que deseamos es nuestra felicidad, 
cuando sólo es el bien de la especie. El indivi- 
duo es el esclavo inconsciente de... 

Un violento golpe de tos le cortó la palabra. 
Pidió por señas al P. Gil el pañuelo que tenía 
sobre la mesa y se lo llevó á la boca. Cuando lo 
separó, estaba manchado de sangre. Una sonrisa 
de tristeza mortal contrajo sus labios al contem- 
plar aquella sangre. 

— Esta es la única amante que no engaña ja- 
más, padre — dijo mostrando el pañuelo al joven 
presbítero, que había empalidecido. — Vea usted 
el beso que acaba de darme. Mañana me dará 
otro más prolongado; después otro y otro, hasta 
que me coja entre sus brazos fríos y me estreche 
eternamente. 

Y lo terrible del caso era que tenía razón. La 
salud de D. Alvaro, que jamás había sido com- 
pleta, se arruinaba sensiblemente desde hacía 
una temporada: tal vez desde la visita inopina- 
da de su esposa. Habíase demacrado mucho más, 
con estarlo siempre bastante. El color, de pálido 



LA FE 



295 



daba ya en terroso; los ojos habían perdido en 
movilidad y ganado en brillo; las manos pare- 
cían las de un esqueleto. 

Desde que supo la cobarde y traidora intriga 
urdida para que sus bienes fueran á parar al fru- 
to de los adúlteros, no levantó cabeza. Bebió el 
cáliz del dolor hasta las heces. Lo bebió con la 
sonrisa en los labios para no desmentir sus teo- 
rías, pero el veneno produce siempre su efecto; 
le abrasó las entrañas. La tos fué en aumento, 
los esputos sanguinolentos también. Pasaba las 
noches enteras sin poder conciliar el sueño. Co- 
menzaron á darle algunos ataques de disnea. 
Todo hacía presagiar un próximo y funesto des- 
enlace. 

En aquellos días se operó una crisis intere- 
sante en el espíritu atormentado del P. Gil. El 
materialismo pesaba como una losa sepulcral so- 
bre su corazón. Pero dentro de aquel sepulcro 
el espíritu idealista del sacerdote se revolvía in- 
cesantemente, luchaba con ansia por salir al aire 
libre y respirar una atmósfera más pura. El afán 
de sacudir la lepra que le iba royendo poco á 
poco le impulsó á estudiar los sistemas de meta- 
física dogmática antiguos y modernos. Fué una 
felicidad para él que el obispo hubiese nombra- 
do coadjutor al P. Narciso. Tenía mucho más 
tiempo disponible y el espíritu más libre. Entre- 
góse de nuevo á la lectura con ardor febril. Por 



296 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



delante de su vista asombrada desfilaron todas 
las grandes concepciones del entendimiento hu- 
mano, los esfuerzos colosales, sublimes, llevados 
á cabo por el hombre para dar una explicación 
satisfactoria al gran problema de la existencia. 
De muchos de ellos tenía noticia, pero era vaga, 
incompleta y á veces falsa, como que procedía 
de las citas de los libros que había manejado en 
el seminario. Al estudiarlos ahora en sus fuentes 
se sintió poseído de una admiración que semeja- 
ba al estupor. La grandeza, la perfección mara- 
villosa de algunos de estos sistemas parecía in- 
superable y fascinó su alma. Por momentos, 
cuando acababa de examinar alguno, le parecía 
haber levantado el velo de la verdad para siem- 
pre. Aquel sabio y portentoso engranaje de todas 
las verdades parciales para obtener la verdad 
total satisfacía la aspiración de su mente hacia 
la unidad. Además, aquellos sistemas le devol- 
vían á Dios. No se lo devolvían como él loque- 
ría, personal, providente, atento á las oraciones 
de los hombres, pero al fin lo alzaban sobre el 
Universo material como su principio y su razón. 
Ya no andábamos perdidos como tristes náufra- 
gos en el océano turbulento de las fuerzas físi- 
cas; ya teníamos algo á donde levantar los ojos 
y el corazón. El malo volvía á ser malo, y el 
bueno, bueno. Y como hombre de espíritu lúci- 
do no se fijó en la contradicción superficial de 



LA FE 



297 



los sistemas, que tanto impresiona y desencanta 
al vulgo. Fué más allá y vió claramente que, por 
debajo de esta aparente lucha, los sistemas de la 
filosofía moderna idealista se besaban fraternal- 
mente. Todos estaban empapados en el mismo 
idealismo panteista. Penetrando aún más, advir- 
tió que la filosofía alemana se daba la mano con 
la griega al través del desierto de la Edad 
Media. 

Por desgracia, el último filósofo que leyó fué á 
Kant, debiendo ser el primero. Al recorrer las 
primeras páginas de la Crítica de la razón pura, 
sintió la impresión extraña del que va á contem- 
plar un paisaje y le faltan los pies. 

Estaba avezado áno pensar en el suelo, y hete 
aquí que de repente se hunde. Para conocer las 
cosas es preciso averiguar antes si podemos co- 
nocerlas. Y el resultado que iba deduciendo de 
la lectura es que de las cosas no podemos cono- 
cer más que la apariencia. Nuestros conocimien- 
tos no son, en último término, más que percep- 
ciones; las percepciones, impresiones, modifica- 
ciones de nuestro propio ser. Todo es, pues, una 
pura representación. El instinto le obligó á bus- 
car con anhelo tierra firme; pero cuanto más se 
esforzaba en levantar los pies, más se hundía, á 
imagen de los incautos que penetran en un te- 
rreno pantanoso. Alzábase repentinamente y 
quería apoyarse en esas nociones firmísimas que 



20,8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



jamás han faltado al entendimiento humano, en 
las nociones de Tiempo y Espacio. El filósofo 
de Koenisberg le demostraba poco á poco, con 
lógica inflexible, que el Espacio y el Tiempo no 
son seres reales, ni tampoco propiedades de es- 
tos seres, sino tan sólo formas de la percep- 
ción que tocan á las cualidades de nuestro es- 
píritu y no á la realidad externa. Buscaba des- 
pués con ansia apoyo en el enlace constante de 
la causa con el efecto. Kant le hacía ver que este 
enlace no es más que el encadenamiento no in- 
terrumpido de los cambios sucediéndose en el 
tiempo, que cada efecto es un cambio y cada cau- 
sa también. Por lo tanto, que es tan absurdo 
pensar en una causa primera de las cosas como 
en el sitio en que termina el espacio ó el instan- 
te en que el tiempo ha comenzado. 

El pánico se apoderó de su alma como nunca. 
El positivismo materialista le dejaba algo: la 
materia era una realidad; sus relaciones tam- 
bién. Además, nunca se había entregado á él, por 
más que agitara en su mente dudas violentísi- 
mas. Pero ahora quedaba solo, sumido en com- 
pleta oscuridad, lo mismo acerca del universo 
que nos envuelve, como de su propia existencia 
y destino. Luchó; pues, con las ansias del que 
va á morir, con la desesperación del náufrago 
que disputa á otro el socorro de una tabla. Dis- 
cutió las proposiciones del libro una por una. 



LA FE 



299 



Era el combate de un niño con un atleta. Cada 
una de aquellas proposiciones había sido medi- 
tada en todos sus aspectos largamente por el 
pensador más profundo de su siglo y también por 
el más prudente. ¿Qué fuerza habían de hacer 
sus débiles manos contra baluartes fabricados 
con tanto esmero? Su espíritu sobrexcitado ima- 
ginaba un argumento; lo apuntaba en la margen 
del libro; lo juzgaba inexpugnable. A la página 
siguiente se encontraba con que el filósofo ya 
lo había tenido en cuenta y lo deshacía de un 
soplo. 

¡Lucha triste y cruel! Lanzaba, en el frenesí 
de su cólera y pavor, una granizada de golpes al 
pecho del viejo atleta. Este permanecía inmóvil 
como una roca. Luego, con burlona calma, de- 
jaba caer su mano de hierro sobre la frente del 
sacerdote y le hacía rodar por el suelo. Alzába- 
se vivamente y acometía de nuevo con mayor 
ardimiento, y otra vez volvía á caer aturdido 
por el golpe. Se aproximaba al término del libro. 
Sentía ya sus fuerzas agotadas. Quiso, no obs- 
tante, tentar un último esfuerzo contra aque- 
lla lógica abrumadora y desembarazarse de los 
lazos que le aprisionaban. Todo fué inútil. El 
hércules alemán le sujetó entre sus brazos pode- 
rosos, le sacudió unas cuantas veces, cual si fue- 
se de paja, y por último lo arrojó con violencia 
al suelo. 



300 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Ya no pudo levantarse. Cuando despertó de 
su aturdimiento se confesó que estaba vencido. 
El mundo se le ofreció entonces claramente 
como su propia representación. Todo lo que 
existe no existe más que por el pensamiento. El 
filósofo de Koenisberg no quiso sacar esta con- 
secuencia; pero estaba bien clara; no había otra 
posible para sus terribles premisas. Ese sol que 
nos alumbra, ese mar que ruge á nuestros pies, 
esos mundos que pueblan el espacio son otras 
tantas representaciones de nuestro pensamiento. 
Sólo sabemos de ellos que hay un ojo que los ve. 
El centro de gravedad de la existencia recae en 
el sujeto yes un fenómeno de su cerebro. Todo 
este universo tan rico y tan vario, todos los seres 
grandes y pequeños, los astros como los insectos, 
tienen suspendida su existencia de un hilo muy 
delgado, el hilo de la conciencia. El mundo guar- 
da mucha semejanza con un sueño, una quime- 
ra... Y de ese Dios creador de las cosas, padre 
de los hombres, ¿qué sabemos? Jamás sabremos 
nada. Desde el momento en que el mundo y el 
orden del mundo son puros fenómenos determi- 
nados por nuestra inteligencia, no tiene razón de 
ser una Inteligencia Suprema. Había llegado la 
hora de poner á Dios á la puerta y despedirlo 
con todos los honores de un rey destronado le- 
galmente. 

Pálido, anhelante, con el cuerpo rendido á la 



LA FE 



301 



fatiga y el alma deshecha de dolor, el P. Gil 
permanecía extendido en su pobre sillón. Tenía 
el libro abierto sobre las rodillas, los brazos pen- 
dientes, los ojos cerrados. Por los intersticios de 
sus pestañas comenzaron á rezumar algunas lá- 
grimas, que bajaron trémulas y silenciosas por 
sus mejillas. Era la imagen triste del vencido. 
Poco después su cuerpo delicado se estremeció, 
contrajéronse los rasgos de su fisonomía dulce y 
apacible, y sacudió su pecho un sollozo. Se lle- 
vó las manos al rostro y lloró con desconsuelo. 

— ¡Nada, nada!... ¡Nunca sabremos nada! 

Su ama D. a Josefa quedó estupefacta al pene- 
trar en la estancia y encontrarle de aquel modo. 
El excusador levantó la cabeza y se apresuró á 
volverla en seguida para que la buena mujer no 
advirtiese su estado; pero ya era tarde. 

— ¿Cómo?... ¿Está usted • llorando, señor ex- 
cusador? ¿Qué le ha pasado, criatura? ¡Virgen de 
la Soledad! Si tuviera padres ó hermanos, cree- 
ría que se le había muerto alguno... Apuesto á 
que ese narizotas de D. Narciso le ha dado otro 
disgusto. ¡Desprécielo, D. Gil, desprécielo! 

— ¡Oh, no! ¡Cuidado con las injusticias, doña 
Josefa! — se apresuró á decir el joven. — Nadie 
me ha causado disgusto alguno. Estas lágrimas 
provienen de un malestar nervioso que siento 
hace días. 

— ¡Si ya se lo decía yo! Usted trabaja dema- 



302 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



siado... Esos dichosos libros, que quisiera ver 
quemados... 

Aquí D. a Josefa enjaretó una larga catilina- 
ria, declarándose en principio sectaria devota 
del califa Ornar. El P. Gil la atajó antes de ter- 
minar. 

— ¿Qué venía usted á decirme, D. a Josefa? 

— ¡ Ah, se me olvidaba! Su madrina manda re- 
cado de que el hermano se está muriendo: que 
vaya usted en seguida y que lleve los santos 
óleos. 

— ¡Jesús!... ¡Vaya por Dios! ¡Vaya por Dios!... 
No pensé que fuera para tan pronto... ¡Pobre 
D. Alvaro! — exclamó levantándose vivamente y 
apresurándose á ponerse los manteos y el som- 
brero. 

— ¡Bah! ¡Un hereje que no ponía los pies en 
la iglesia! ¿Qué importa que se muera? Cuanto 
primero se lo lleven los demonios, mejor. 

El excusador le dirigió una mirada tímida y 
ansiosa. No se atrevió á protestar de la barbarie: 
temía que penetrara en su alma y leyera sus sa- 
crilegas dudas. 

Después de pasar por la iglesia y recoger los 
óleos, penetró en el vetusto palacio de Montesi- 
nos. El día estaba encapotado. La lluvia caía 
tristemente con una pertinacia que sólo se co- 
noce en aquella región de la Península. Salió 
á abrirle, como siempre, Ramiro. El viejo do- 



LA FE 



303 



méstico estaba desencajado. Parecía que le ha- 
bían echado en pocos días diez años encima. Así 
que vio al sacerdote le cogió, con sus manos 
trémulas, por las muñecas y exclamó con voz 
alterada: 

— ¡Se muere, D. Gil! ¡Se muere! 

Y un raudal de lágrimas corrió por sus meji- 
llas surcadas de arrugas. 

— ¿Está tan grave? 

— ¡Se muere! ¡Se muere!... ¡Ha sido ella, sí, 
ella!... Pero yo la mato... ¿sabe usted? la mato... 
Después que me maten á mí... que me echen al 
mar... Quiero vengar á mi señorito... ¡Yo mato 
la zorra, yo! 1 

El anciano, sin saber de dónde la sacaba, 
apretaba al mismo tiempo con tal fuerza las mu- 
ñecas del presbítero que á éste le costó trabajo 
reprimir un grito de dolor. 

— ¡Calma, Ramiro, calma! Lo que ahora nos 
toca es atender al enfermo y ver si podemos ali- 
viarle. 

— Suba usted conmigo, señor excusador. No 
hay esperanza... El médico lo ha dicho... ¡Pobre 
señorito de mi alma!... ¡La mato, la mato! 

En el gran patio, toscamente empedrado, la 
lluvia producía ruido lúgubre. Subieron la es- 
calera deteriorada y sucia del principal. Rami- 
ro iba llorando y murmurando amenazas. As- 
cendieron después al segundo. El viejo empujó 



304 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la puerta del cuarto de su amo, y el sacerdote se 
detuvo, impresionado por el espectáculo que se 
ofreció á su vista. D. Alvaro Montesinos yacía 
en la cama, más bien reclinado que extendido, 
con una pila de almohadas detrás de la espalda; 
yacía presa de un síncope ó ataque de disnea, con 
los ojos cerrados y la boca entreabierta, sacudi- 
do de vez en cuando su mísero tórax por un hipo 
aciago. No había á su lado más que D. a Eloísa 
y una criada. Aquélla le daba con un abanico 
aire, que el enfermo instintivamente trataba de 
recoger. Ofrecía ya en su fisonomía todos los 
signos de la muerte. 

D. a Eloísa, al sentir el ruido de la puerta, 
volvió su rostro bañado de lágrimas, é hizo seña 
al sacerdote para que se aproximase. 

— Hace un cuarto de hora que está en el 
ataque — dijo con voz de falsete. — Puede que- 
darse en él... ¿Quiere usted ponerle la Santa 
Unción? 

Ni las ideas del enfermo, ni el caos que reina- 
ba en aquel momento en su cabeza le estimula- 
ban á hacerlo. Sin embargo, el P. Gil abrió 
como un autómata la caja de los óleos y se dis- 
puso á imponer el último sacramento á su desdi- 
chado amigo. Hubo que alzar un poco la ropa 
para ungirle los pies. D. a Eloísa y la criada se 
volvieron; marcharon hacia un rincón de la es- 
tancia y sollozaron fuertemente. La lluvia batía 



LA FE 



305 



en aquel momento los cristales emplomados del 
balcón con triste repiqueteo. Las cortinas su- 
cias ya, de muselina antigua, cernían tenue cla- 
ridad en la alcoba. El P. Gil, con mano trému- 
la, iba cumpliendo su piadoso oficio, mientras 
el último vástago de la casa Montesinos yacía 
sin conocimiento, con la terrible palidez de la 
muerte impresa en sus facciones. Cuando esta- 
ban á punto de terminar, serenóse un tanto el 
pecho del enfermo. Poco después abrió los ojos 
y paseó una mirada de sorpresa y aun de espan- 
to por la estancia. Tornó á cerrarlos. Al cabo de 
un momento los abrió, miró fijamente al P. Gil, 
dirigió después la vista á los óleos que tenía en 
la mano, y sus labios amoratados quisieron ple- 
garse con una sonrisa. 

— ¡Al fin me han untado ustedes! — dijo con 
voz apenas perceptible. — Han hecho bien... Pero 
esta máquina ya no anda, por mucho aceite que 
ustedes la echen... 

El P. Gil dirigió una mirada expresiva á doña 
Eloísa. Esta exclamó con angustia: 

— ¡Acuérdate de Dios, hermano mío! 

— Me acuerdo mucho, querida... Le estoy muy 
agradecido. 

El P. Gil quiso evitar una escena repugnante. 
Hizo seña á D. a Eloísa y á la criada de que se 
retirasen, como si fuese á confesarle. Las muje- 
res se apresuraron á cumplir la orden, ávidas, 

21 



30Ó ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sobre todo la hermana, de que el moribundo se 
reconciliase con Dios. 

— Aunque hace ya mucho tiempo que no he- 
mos hablado de asuntos religiosos — dijo el pa- 
dre Gil, sentándose al pie de la cama é inclinan- 
do su cabeza hacia el mayorazgo, — presumo que 
sus ideas no habrán cambiado desde la última 
vez que hemos discutido. Sin embargo, en estos 
momentos en que su vida corre algún peligro, 
¿no siente usted la necesidad de una fe que le 
alumbre en las tinieblas en que puede ser envuel- 
to, de alguna esperanza que le consuele en este 
amargo trance? 

— Ninguna... He llegado felizmente al desen- 
lace de la horrible comedia... Todos los hom- 
bres juegan en ella un papel bien poco airoso... 
El mío ha sido tristísimo... 

— Verdad, D. Alvaro... Es usted uno de los 
hombres más desgraciados que he conocido. Pol- 
lo mismo creo que, ó no hay justicia en el cielo, 
ó recibirá en él la recompensa de sus dolores si 
se arrepiente en este instante de sus pecados... 
y también de sus ideas anticristianas. 

Estas últimas palabras las pronunció el padre 
Gil en voz más baja, como si sintiera vergüenza. 

— Ni en el cielo ni en la tierra... hay esajus- 
ticia ridicula que usted supone... Pero hay otra 
más grande... y se va á cumplir ahora. 

— Y tantos dolores como usted ha experimen- 



LA FE 



307 



tado, ¿serán infructuosos? ¿No se cree usted con 
derecho á una compensación? 

— No... Soy profundamente culpable por el 
hecho de haber nacido. 

— Eso es horrible, D. Alvaro, y además ab- 
surdo. Los dolores de este mundo nos hacen 
creer que éste es un pasaje de tránsito y prueba, 
que depués de esta vida, triste y amarga, hay 
otra eterna donde nuestra alma inmortal gozará 
al fin la felicidad más pura. Usted, que ha pa- 
decido más que los otros, gozará de mayor 
premio. 

— ¡Oh, no!... ¡No quiero premios!... ¡No quie- 
ro vida futura!... Quiero reposar... ¡reposar 
eternamente!... ¡Qué dulce... es esta palabra, 
padre!... ¡No sentir ya nunca más los latigazos 
de la naturaleza ni las puñaladas de los hom- 
bres!... ¡No sentir este cuerpo miserable que 
tanto me ha hecho padecer! ¡No sentir los dien- 
tes de esa infame royéndome el corazón lenta- 
mente!... Escuche usted, padre... Si usted me 
tiene siquiera un poco de lástima... no intente 
quitarme esta última ilusión... Si sabe usted que 
hay cielo, cállelo... No turbe usted, por cuanto 
más haya querido en el mundo, esta paz bendita 
en que voy á entrar... 

El P. Gil, sacudido por un estremecimiento 
de tristeza y compasión, comenzó á llorar. 

— Gracias... gracias por esas lágrimas— dijo 



308 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el enfermo sonriendo. — Al mismo tiempo dejó 
caer su mano, trasparente como la porcelana, 
sobre la del sacerdote y la apretó suavemente. 

Hubo un largo y triste silencio. El P. Gil, 
con la mirada extática, clavada en el balcón, me- 
ditaba. El moribundo, con los ojos cerrados, pa- 
recía prepararse á conciliar el sueño dulce que 
anhelaba. La estancia se oscurecía por momen- 
tos fuertemente y en otros se esclarecía, revelan- 
do la espesura de las nubes que interceptaban la 
luz del sol. 

— Pero ¿no siente usted horror á la nada, al 
aniquilamiento absoluto? — exclamó al fin el 
P. Gil con cierta violencia, como si argumenta- 
se contra su propio pensamiento. 

El mayorazgo abrió los ojos sorprendido. 

— ¿Cómo?... ¿Si no tengo miedo á la nada?... 
¡Oh, no! A lo que tengo miedo es á la vida... 
Todos se casan con ella al nacer, y á todos les 
sale p... Unos lo dicen como yo... Otros lo ca- 
llan por vergüenza, como hacen la mayor parte 
de los maridos. 

— ¿Y si Dios le condenase después de esta vida 
á eternos tormentos por haber blasfemado tanto? 

El moribundo sonrió con trabajo. 

— Eso lo han inventado ustedes los clérigos... 
para turbar la paz de esta hora... de esta hora 
dichosa... Pero yo la he comprado demasiado 
cara para desprenderme de ella... 



LA FE 



309 



Hubo otro largo silencio. El enfermo volvió 
á cerrar los ojos. Aparte de cierta extraña agi- 
tación en los dedos, su actitud tranquila confir- 
maba el sentido de sus palabras. Parecía estar 
gozando con voluptuosidad de la insensibilidad 
que poco á poco penetraba en su ser, de los pre- 
ludios de la nada. 

— Y sin embargo — concluyó por decir el 
P. Gil, exhalando un suspiro y con los ojos cla- 
vados siempre en el balcón, — ¿no sería infinita- 
mente más dulce esta hora si fuese la entrada 
de una nueva vida, si por nuestra alma bajase 
una legión de ángeles que la llevasen á gozar 
de Dios eternamente, como creemos los cris- 
tianos? 

El mayorazgo alzó un poco los ojos é hizo 
signos de negación con la cabeza. Volvió á ce- 
rrarlos. Pero haciendo al cabo de algunos ins- 
tantes un esfuerzo para incorporarse, dijo con 
voz más firme: 

— Para que la vida en otro mundo me fuese 
soportable... sería forzoso que trasformasen mi 
ser por completo... Mi carácter por sí sólo bas- 
taría para aburrirme... Déjeme usted reposar 
en paz... Deje usted, padre, que se destruya el 
error fundamental de mi existencia... Ni yo ga- 
naría nada con perpetuarme... ni el Universo 
tampoco... Ahí quedan otros millones de seres 
encargados de sostener el fardo de la vida. 



3io 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Pero es horrible entrar en una noche sin 
límites, eterna! 

— No tal... La vida es una pesadilla... La 
muerte es un sueño tranquilo... 

Cerró de nuevo los ojos. El P. Gil le apretó 
cariñosamente la mano, exclamando: 

— ¡Quién sabe! 

La mano del moribundo se estremeció leve- 
mente. El excusador no volvió á desplegar los 
labios. Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró 
también los ojos, apretándolos con las yemas de 
los dedos, cual si tratara de contener el torrente 
de pensamientos que se escapaban de su cere- 
bro. El viento y la lluvia habían cesado. No se 
oía en la estancia más que el rumor lejano de las 
olas batiendo contra los peñascos. 

La meditación del sacerdote fué larga y dolo- 
rosa. La hoja aguda y fría del escepticismo pe- 
netraba en sus entrañas: una mano cruel la re- 
volvía sin piedad para desgarrárselas mejor. Lo 
que aquel hombre, enloquecido por el dolor, de- 
cía quizá no fuese cierto. Pero ¿lo era lo que 
afirmaba el cristianismo? Este, en último resul- 
tado, también era una tentativa para explicar la 
Existencia y el Universo, más hermosa, más con- 
soladora que las demás... pero al fin una tenta- 
tiva. Ninguna seguridad podíamos tener de ella, 
pues que no la tenemos de nuestra facultad de 
conocer las cosas. 



LA FE 



3" 



Cuando al cabo de un rato largo levantó la ca- 
beza, el susto que recibió le hizo dar un salto en 
la silla. D. Alvaro se estaba muriendo. Tenía 
la boca abierta y recogía en silencio el aire, 
que ya no bastaba á mover sus deshechos pul- 
mones. 

— ¡D. Alvaro! ¡D. Alvaro! — le gritó, sacu- 
diéndole. 

No respondió. El P. Gil cogió el abanico que 
estaba sobre la mesa de noche y se apresuró á 
darle aire. Al mismo tiempo gritó: 

— ¡Madrina! ¡madrina! ¡Venga usted! 

D. a Eloísa y la criada se precipitaron en la ha- 
bitación. En vano trataron de reanimar al mo- 
ribundo dándole aire después de incorporarle, 
abriendo el balcón, frotándole los pies con un 
cepillo, haciendo todo lo que les sugería en aquel 
momento su imaginación. Era el último ataque 
de disnea. Abría de vez en cuando la boca. Mo- 
vía los dedos con ligeras sacudidas. Pero su fiso- 
nomía se iba inmovilizando rápidamente. El 
hombre trasmigraba á la estatua; el alma se con- 
vertía en piedra. 

Aspiró tres ó cuatro veces seguidas el aire y 
quedó rígido, inmóvil, con los ojos y la boca en- 
treabiertos. 

D. a Eloísa se abrazó á él sollozando y cubrió 
de besos su faz cadavérica. La criada rompió á 
gritar como si la estuvieran golpeando. El pa- 



312 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dre Gil se dejó caer de rodillas y se puso á leer 
en voz baja por su breviario. 

Al cabo de un rato D. a Eloísa y la criada 
también se arrodillaron al pie del lecho y oraron. 
Pero aquélla, viendo asomar una lágrima por 
entre las pestañas de su hermano, se levantó 
prontamente y la recogió con el pañuelo. Era la 
lágrima que vierten los que acaban de morir; 
lágrima de protesta de la criatura contra el po- 
der aciago que la ha sacado de la nada sin pe- 
dírselo. 

— ¡Mire usted, padre, qué sosiego, qué quie- 
tud tan dulce respira su fisonomía! — exclamó la 
buena señora, contemplando á su hermano con 
ojos de dolor y ternura. — ¡Bien se conoce que al 
fin se ha reconciliado con Dios! 

El sacerdote dejó caer el libro sobre el lecho 
y se tapó el rostro con las manos. 



XII 




bdulia manifestó á su confesor que es- 
taba resuelta á dejar el mundo y con- 
sagrarse por entero á Dios en un con- 
vento. No pudo darle noticia más grata. Hacía 
ya mucho tiempo que las preferencias, la exage- 
rada sumisión y hasta idolatría que la joven de- 
vota se complacía en mostrarle inquietaban al 
P. Gil. La última extravagancia que había come- 
tido, y de la cual le enteró el secretario del obis- 
po, le puso en un estado tal de confusión y eno- 
jo que en muchos días no quiso hablar con ella, 
ni menos se avino á confesarla. El suceso había 
trascendido y se comentaba mucho y se reía no 
poco también. Claro que quien perdía principal- 



314 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mente era ella; pero de reflejo también se me- 
noscababa la dignidad del sacerdote. La joven 
estaba avergonzada. No se presentaba en públi- 
co ni en casa de sus amigas, y hasta procuraba 
ir á la iglesia á las horas en que no hubiese gen- 
te. Pero estaba aún más afligida, con la actitud 
de su confesor, que avergonzada. Quizá por esto, 
y para granjearse de nuevo su voluntad, le fué á 
noticiar una tarde al confesonario la determina- 
ción que había tomado. 

No vaciló en darle su consentimiento. Una 
devoción tan exaltada, un anhelo tan vivo de 
penitencia y sacrificio se hallarían más á su gra- 
do entre las paredes de un convento que en me- 
dio de las impurezas de la vida mundanal. A de- 
cir verdad, siempre le había sorprendido un poco 
que su penitenta no se acordase de la vida mo- 
nástica, tan conforme con sus inclinaciones. Lue- 
go, la edad á que había llegado, traspuesta ya la 
primera juventud, no hacía temer que su resolu- 
ción fuese hija de un deseo efímero, de una fugaz 
exaltación romántica, como suele acaecer á las 
niñas de quince á veinte años. No sólo, pues, se 
manifestó conforme, sino que la alentó con sua- 
ves palabras á persistir en ella y á llevarla á 
cabo en el plazo más corto posible. Quedó en 
principio acordado entre ambos que se buscarían 
los medios más adecuados para ello. El P. Gil, 
aunque no se lo confesase claramente, estaba 



LA FE 



315 



contentísimo de librarse de aquella inquieta y 
enfadosa beata, que á todas horas le molestaba, 
y que el día menos pensado podía comprometerle 
gravemente. 

Se trató la cuestión de convento. El P. Gil 
deseaba que fuese al de Agustinas de Lancia, 
pero la joven prefirió una regla más estrecha. 
En un pueblecito de Castilla llamado Astudillo 
existía un convento de Carmelitas Descalzas, 
donde estaba de superiora una prima suya. Era 
un retiro dulce, remoto; no había más que diez 
ó doce monjas: un rinconcito del cielo, como le 
decía cierto capellán que lo había visitado. A 
ése se empeñó en ir, y su confesor no tuvo al 
fin más remedio que ceder. 

Quedaba la cuestión más grave; el permiso de 
su padre. Obdulia la presentó desde luego como 
muy ardua. Osuna no tenía más hija que ella. 
Era verosímil que se resistiera á perderla para 
siempre. Mostrábase rehacía, temerosa, para ha- 
blarle: dejó trascurrir días y días sin intentarlo. 
El P. Gil la animaba representándole que nada 
reprobado iba á solicitar de él. La resolución de 
retirarse del mundo era buena y piadosa para la 
Iglesia. Para los que no creyeran en ésta, in- 
diferente, nada tenía de inmoral; dependía en un 
todo del gusto ó vocación de la persona. Si un 
padre consiente que un hijo se case ó elija ca- 
rrera acomodada á sus aficiones, ¿por qué no ha 



3i6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de permitir que otro busque su felicidad en el si- 
lencio de una celda? Sobre todo, nada tenía de 
ofensivo para su autoridad el solicitarlo humil- 
demente. Si lo negaba, se alegarían razones; tal 
vez se llegase á convencerle. 

Finalmente, después de muchas idas y vuel- 
tas, tentativas y sustos y vacilaciones, las cua- 
les rodeaba la exaltada doncella de gran aparato 
y misterio, se decidió un día á acometer aquella 
empresa espeluznante. ¡Cielo santo, en qué esta- 
do de confusión y terror llegó aquella tarde al 
confesonario! Su padre se había puesto loco, 
rabioso, al solo anuncio de lo que deseaba hacer. 
No quiso escuchar razones; la increpó, la inju- 
rió y la arrojó de su cuarto á empellones. Jamás 
consentiría en darle permiso. Primero quisiera 
verla muerta, y aun la mataría por su propia 
mano. El P. Gil halló exagerada y hasta irracio- 
nal aquella oposición, y manifestó propósitos de 
dirigirse él mismo á Osuna y hacerle comprender 
que no tenía derecho á violentar de tal modo la 
inclinación de su hija, sobre todo considerando 
que no era una niña privada de reflexión. Obdu- 
lia se apresuró á disuadirle de este empeño. Su 
padre había dicho en un arranque de enojo que 
consideraría como enemigo á cualquiera que le 
hablase del asunto, que no le escucharía y le 
arrojaría de su casa. 

Fué preciso resignarse por el momento, espe- 



LA FE 



317 



rando tiempo más propicio. Sin embargo, la pia- 
dosa joven manifestaba cada día mayores y más 
vehementes deseos de abandonar el mundo para 
siempre. Esto la reconciliaba con el P. Gil, que 
había comenzado á desestimarla. Varias veces, 
desde el primer intento, había abordado á su pa- 
dre, pero siempre en vano y con desgracia. Osu- 
na se oponía cada vez con más alta violencia. 
Desde que supiera el propósito de su hija se 
mostraba con ella despegado, la trataba con ex- 
traordinaria dureza; en todas ocasiones, pero 
sobre todo á la hora de comer, hacía befa de 
su devoción y se complacía en atormentarla 
con burlas sangrientas que le hacían llorar. Y no 
sólo con palabras, sino también con obras la tor- 
turaba despiadadamente. Afirmaba tener los bra- 
zos negros de los pellizcos que la infligía en cuanto 
se tocaba la cuestión del convento. Un día mos- 
tró á su confesor una oreja rota, de un tirón del 
feroz jorobado; otro, llegó con una mejilla infla- 
mada y renegrida por haberle tirado un cepillo 
á la cara. El P. Gil estaba horrorizado y con- 
fundido. No sabía qué hacer ni aconsejar. 

Los malos tratos y la violencia de las escenas 
que con su padre tenía á todas horas llegaron á 
tal extremo que un día declaró á su confesor ha- 
llarse resuelta á no padecerlos más tiempo. Te- 
nía el propósito de entrar en el convento á des- 
pecho de todos los obstáculos que se le presen- 



318 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tasen. Si el P. Gil la ayudaba en su empresa, se 
escaparía de la casa paterna y entraría inmedia- 
tamente en la de Dios. Quedó aquél asustado 
y confuso ante tan arrebatada determinación. No 
se le ocultaba que la joven tenía razones pode- 
rosas para desobedecer la autoridad de su padre, 
y si se quiere para huirla. Pero el caso era muy 
grave. Desde luego trató de disuadirla aconse- 
jándole calma y resignación. Acaso con el tiem- 
po Osuna se convencería, le tocaría Dios en el 
corazón y podría realizarse con su anuencia lo 
que tanto anhelaba. 

Obdulia no quiso escucharle. Había padecido 
ya demasiado. Dios no podía querer que obede- 
ciese á un padre tirano y cruel que desobedecía 
él mismo las leyes divinas 'poniendo trabas á 
la salvación de una hija. Con muchas lágrimas 
y extremosos ademanes le rogó que la socorrie- 
se en aquel trance, que la condujese al convento 
de Astudillo. El sacerdote se negó rotundamen- 
te á ello. Volvió á aconsejarle calma y que bus- 
case siempre por los medios suaves de la obe- 
diencia y la humildad ganar el consentimiento 
de su padre. Pero Obdulia, conducida á la deses- 
peración por el creciente rigor de éste, le dijo al 
fin de un modo terminante que si en el plazo de 
ocho días no se decidía á acompañarla al con- 
vento, se escaparía de la casa y se iría sola. 

Gran turbación arrojaron estas palabras en el 



LA FE 



319 



espíritu del joven excusador. Ayudar tan direc- 
tamente á cometer una desobediencia le causaba 
repugnancia. Pero consentir que un padre abu- 
sase de tan bárbara manera de su autoridad para 
violentar la inclinación de su hija y contrariar la 
voluntad misma de Dios, que la llamaba hacia 
sí, tampoco le parecía bien. Por algunos días 
lucharon dentro de él estas opuestas tendencias. 
Obdulia le veía preocupado, irresoluto. Con as- 
tucia le iba atrayendo á la determinación que 
ella deseaba, haciéndole entender, cada vez con 
más fuerza, que si se negaba á acompañarla se 
marcharía sola. Esto le parecía al excusador el 
colmo del escándalo. Además, se expondría á 
mil accidentes lamentables, y acaso á su perdi- 
ción completa. Consentirlo, era echar sobre la 
conciencia una terrible responsabilidad. Pensó 
prevenir á su padre; pero la joven, que le adivi- 
nó el pensamiento, le declaró con firmeza que 
sería inútil y aun nocivo para todos este paso. 
En cuanto tuviese un momento libre para esca- 
parse, lo haría aunque fuese á medianoche. 

El P. Gil tuvo la debilidad de ceder. Con la 
viva imaginación que la caracterizaba, la hija 
de Osuna se puso á idear los medios de llevar á 
cabo su propósito. Era condición de su tempera- 
mento el no hacer nada por medios naturales y 
sencillos. Para que saliese á gusto suyo, todo ha- 
bía de ser laberíntico, extraño, violento. El plan 



320 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



era el siguiente: el P. Gil se iría una mañana á 
Lancia, alquilaría un coche y volvería con él por 
la noche. Lo dejaría en las cercanías de la villa 
y vendría á dormir á su casa. Por la mañanita, 
antes de amanecer, saldría ella con pretexto de 
ir á misa, tomaría por la carretera de Lancia y 
se reunirían en el lugar designado de antemano: 
se meterían en el coche é irían á tomar el tren 
de Castilla á una estación más allá de Lancia, 
para despistar á su padre, si por acaso pretendía 
perseguirla. 

No le pareció bien al excusador este proyecto: 
le causaba instintiva y profunda repugnancia. 
Hizo algunas observaciones, pero todas se las 
desbarató prontamente la joven con su facundia 
y aguzado ingenio. Le hizo ver que cualquier 
otro ofrecería más graves inconvenientes; fué 
paliando con arte los que en éste pudieran cho- 
car más á su confesor; le aturdió con tanta pa- 
labrería. El carácter débil y bondadoso del pa- 
dre Gil no supo resistir á aquellos ataques, y 
convino al fin en poner en práctica lo que su pe- 
nitenta había imaginado. 

Un lunes del mes de Abril salió nuestro excu- 
sador en la diligencia de Lancia, con pretexto de 
ir á consultar sus achaques con un médico ami- 
go. Obdulia se personó poco después en su casa. 
Habían enterado á D. a Josefa de todo. Al ama 
le parecía tan mal como al excusador aquel plan, 



LA FE 



321 



y en su interior llamaba «enredadora y liosa» á la 
beata; pero era tanto el gusto que sentía por ver- 
se desembarazada de ella, que calló y pasó por 
todo. Existía siempre entre ambas una rivalidad 
fácil de explicar. Obdulia, con ocasión ó sin ella, 
visitaba á su confesor, vigilaba su bienestar do- 
méstico, unas veces arreglándole la ropa, otras 
enviándole algún plato de su gusto, etc. Esto 
indignaba de un modo indecible á D. a Josefa. 
La odiaba á par de muerte. Decía de ella pe- 
rrerías en todas partes, y por causarle daño, 
estuvo á punto de comprometer varias veces á 
su amo. No es extraño, pues, que conociendo 
todo lo ridículo y peligroso de la escapatoria, la 
favoreciese, alentando al P. Gil, disipando sus 
escrúpulos. No veía en ella más que un medio de 
librarse para siempre de aquella insufrible verru- 
ga que le había salido. 

Lo primero que hizo la joven fué pedir al 
ama una maleta para colocar en ella la ropa que 
su confesor había de necesitar en el viaje. Doña 
Josefa trajo del desván un saquito de noche. 

— Esto es muy pequeño, señora. Aquí no cabe 
nada. 

— ¿Cómo pequeño?... — preguntó el ama, estu- 
pefacta. — Aquí cabe ropa para una porción de 
días. ¿Cuánto tiempo ha de estar por allá el se- 
ñor excusador? 

— Poco, poco — se apresuró á decir con ma- 

22 



322 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nifiesta turbación, poniéndose colorada. — Pero 
ya ve usted, en los viajes nunca se sabe lo que 
puede ocurrir... Á lo mejor falta la diligencia 
ó las caballerías... Una enfermedad... ¡Quién 
sabe!... 

— ¡Válgala Dios, señorita, no se ponga á pen- 
sar esas cosas!... Iré por otra. Por falta de ma- 
leta no se quede. 

Entre ambas acomodaron en ella algunas mu- 
das de ropa blanca, zapatillas, peines, el brevia- 
rio, etc., etc. Ya que hubieron terminado la ta- 
rea, no larga ni difícil por cierto, Obdulia se 
sentó en el sillón del clérigo, declarando que es- 
taba cansadísima, que aquella noche apenas ha- 
bía dormido con la zozobra que produce siempre 
una resolución tan decisiva, y que le vendría 
bien echar un sueño. D. a Josefa la dejó reposar 
tranquilamente y se fué ásus quehaceres. 

Cuando la sintió trajinar allá abajo, por la co- 
cina, levantóse y se puso á examinar con placen- 
tera mirada cuantos objetos había en la estancia. 
Todos los tocó con sus manos. Particularmente 
aquellos de uso más inmediato y personal para 
su confesor, como los peines, las plumas de es- 
cribir, la fosforera, etc., fueron objeto para ella 
de una atención viva, ansiosa: les daba vueltas 
entre sus dedos con emoción, mientras una son- 
risa tierna y sumisa vagaba por sus labios. Un 
alzacuello usado yacía sobre una silla. Se detuvo 



LA FE 



323 



delante de él, lo alzó y lo contempló unos mo- 
mentos con interés; luego, echando una mirada 
tímida á la puerta, lo llevó á los labios dos ó 
tres veces y lo dejó donde estaba. Permaneció 
algunos minutos inmóvil, de pie en medio de la 
habitación, con los ojos en el vacío, enajenada 
por intensa meditación. Sus ojos tornaron al 
cabo á brillar sonrientes, y una ola de leve car- 
mín se esparció por sus mejillas. Dio algunos 
pasos con pie vacilante y se paró al fin á la puer- 
ta de la alcoba. Con una mirada intensa abrazó 
cuanto en ella había. El lecho del sacerdote era 
pequeñito, de madera blanca; blanca también la 
colcha que lo cubría; las almohadas y las sába- 
nas finas, pero sin encajes. Parecía la cama de 
una colegiala. Obdulia la contempló largo rato, 
como si no hubiera visto jamás cosa más sor- 
prendente. En su rostro se notaban los signos de 
una emoción respetuosa, la que se siente al pe- 
netrar en el camarín donde se guardan las reli- 
quias en las catedrales. 

Así permaneció sin osar mover un pie, la faz 
blanca, los ojos anegados en gozo extático 
como si estuviese en un baño tibio y perfumado. 
Súbito dió un paso atrás, corrió á la puerta del 
gabinete, la entreabrió, asomó la cabeza y es- 
cuchó. D. a Josefa seguía en la cocina. La cerró 
nuevamente y volvió en puntillas á la alcoba. 
Detúvose un instante, y avanzó después hasta 



324 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tocar en la cama. Puso sobre ella las manos. El 
corazón le golpeaba en el pecho fuertemente. De- 
jóse caer de bruces, y con mucha delicadeza para 
no deshacer la ropa se subió á ella y se extendió, 
apoyando la cabeza en las almohadas. Corrió por 
todo su cuerpo un estremecimiento inexplicable 
de placer, de miedo, de vergüenza; un estreme- 
cimiento delicioso que la dejó lánguida y desva- 
necida con los ojos cerrados y el rostro pálido. 
Al cabo de un rato se volvió y hundió sus meji- 
llas en la almohada, aspirando con narices y 
boca el olor que los rubios cabellos del P. Gil 
habían dejado en ella. Frotó repetidas veces la 
cara contra el lienzo, percibiendo un cosquilleo 
gratísimo que le penetraba hasta el alma. Go- 
zaba con todo su cuerpo, como si mil bocas la 
estuviesen besando á un mismo tiempo. Se dejó 
estar un largo rato quieta, perdida en un sueño 
feliz, celeste, sacudida por leves estremecimien- 
tos de una dulzura tan grande que le hacía daño. 
Sentía una angustia deliciosa; suspiraba sin 
apartar el rostro de la almohada para no romper 
la alegría que la inundaba. Se iba aletargando 
lentamente. Sus miembros empezaban á dormir, 
privados de movimiento. Una niebla se espar- 
cía por su mente, borrando y confundiendo las 
imágenes. Pero su corazón latía siempre con 
violencia, como si toda la vida se hubiera refu- 
giado en él. Cuando se levantó al cabo de una 



LA FE 



325 



hora, tenía las mejillas sonrosadas, los ojos bri- 
llantes: una sonrisa humilde, vergonzosa, trasfi- 
guraba su rostro marchito, prestándole una sua- 
vidad Cándida y virginal que jamás había te- 
nido. Si en algún momento de su vida estuvo 
hermosa, fué en aquél. 

Se apresuró á arreglar la cama haciendo des- 
aparecer toda señal de haber descansado en ella 
y salió de la estancia; se despidió de D. a Josefa 
y fué á su casa. 

Al oscurecer llegó el P. Gil; se vio con él y 
convinieron en salir á la madrugada, antes que 
fuese día, y montar en el coche que aquél había 
dejado en las inmediaciones. D. a Josefa envió, 
de noche ya, las maletas por su sobrino á cierta 
venta no lejana de Peñascosa. 

Gran rato antes de percibirse la claridad de 
la aurora, llamó Obdulia discretamente á la 
puerta de la casa de su confesor. Salió D. a Jo- 
sefa á abrirle. El P. Gil estaba ya listo. Toma- 
ron apresuradamente chocolate, y después de 
haber besado á D. a Josefa con efusión, la pre- 
sunta monja salvó la puerta y se deslizó rápida- 
mente por la calle abajo. Diez minutos después 
salió el P. Gil. La noche estaba oscura y hú- 
meda. Había llovido bastante. La calle, llena 
de charcos; la carretera, de lodo. Fuera ya de 
los arrabales, Obdulia esperó á su confesor y 
juntos se dirigieron á la venta donde paraba 



326 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el coche. Mientras llegaron allá no cruzaron 
ninguna palabra. El P. Gil caminaba silencio- 
so, taciturno, revelando bien á las claras un 
mal humor que no era frecuente en él. Tardó 
un rato el cochero en enganchar. Mientras duró 
la operación, la futura monja se metió en la 
venta. El P. Gil permaneció fuera, presencián- 
dola. Uno y otro fueron objeto de gran curiosi- 
dad parala ventera, para sus hijos, para el ma- 
yoral y el mozo del coche. Apenas les quitaban 
ojo. El joven presbítero observó que cambiaban 
entre ellos algunas miradas expresivas y burlo- 
nas que le avergonzaron. Vió repentinamente la 
falsedad de su situación, la enorme tontería que 
había hecho. Otro hombre de más carácter hu- 
biera retrocedido en aquel instante. Tuvo ama- 
gos de hacerlo, vaciló si le diría á la joven que 
le era imposible acompañarla; al fin no se atre- 
vió, y cuando el cochero advirtió que todo estaba 
listo y Obdulia le dijo con su viveza caracterís- 
tica: «Vamos, padre; pronto... ¡arriba!» subió 
al carruaje con la resignación de un cordero. 

Empezaba á amanecer. Clareaba el horizonte 
y soplaba un viento húmedo y caliente, propio 
de primavera y de tiempo achubascado. El ca- 
rruaje rodaba por la carretera, haciendo saltar 
nubes de lodo. Era una carretela vieja que en 
otro tiempo debió de pertenecer á un particular. 
Obdulia se colocó en la trasera y el P. Gil en la 



LA FE 



327 



delantera, lo más lejos posible. Siguió mostrán- 
dose serio y taciturno, más aún que antes. La 
joven le observaba con el rabillo del ojo, y adi- 
vinando lo que pasaba en su espíritu, permane- 
cía silenciosa también, en un estado de recogi- 
miento que diera buena muestra de sus místi- 
cos pensamientos. Para ayudar á ella, dijo al 
cabo de media hora de silencio: 

— Padre, no hemos pedido á San José que nos 
proteja en nuestro viaje. 

— Es cierto — respondió el clérigo, cuyos ojos 
claros, azules, vagaban perdidos por el paisaje, 
que empezaba á desembozarse del manto oscuro 
de la noche y salía fresco y hermoso y gotean- 
do todavía de su baño prolongado. 

— ¿Quiere usted que le recemos cinco padre- 
nuestros? 

El sacerdote se despojó del sombrero en silen- 
cio y comenzó en voz baja á decir el padrenues- 
tro. Obdulia le respondió con verdadera emo- 
ción, también en voz baja. Formaban la del uno 
y la del otro un murmullo suave, discreto, que 
sin saber por qué llenaba de emoción el alma 
de la joven. Sentíase poseída de una languidez 
extraña, de una felicidad íntima, que aniquilaba 
ó adormecía su pensamiento. El ruido sordo de 
las ruedas del coche y el cascabeleo de las mu- 
las contribuían á sumergirla en este arrobamien- 
to. Cuando terminaron, quedó largo rato ensi- 



328 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mismada. Por su gusto aquella oración no se hu- 
biera terminado nunca. 

Pero el joven presbítero se había puesto el 
sombrero y miraba otra vez por la ventanilla. El 
paisaje se animaba bajo la claridad rosada de la 
aurora. El viento había barrido los nubarrones 
hacia el poniente y dejaba en la parte de levante 
una claraboya por donde surgía esplendoroso el 
disco del sol. Aquella visión le apartó del míse- 
ro cuidado que ocupaba su mente. Sintió un es- 
tremecimiento y cayó de nuevo en la idea fija, 
terrible, que desde hacía algunos días le roía el 
corazón. Volvió á sentir aquella angustia opre- 
sora que hinchaba poco á poco su pecho y que 
amenazaba ahogarle. Dejó de existir Obdulia y 
cuanto tenía á su alrededor. No quedó en el Uni- 
verso más que su pensamiento frente al gran pro- 
blema del conocer. 

Aquélla, que le observaba atentamente, no se 
atrevió en mucho tiempo á turbar su éxtasis. 
Pensaba que lo que le ponía taciturno era lo que 
le había leído antes en los ojos, el pesar de ha- 
berse colocado en una falsa situación. Sin em- 
bargo, concluyó por hablar y adoptó el tono jo- 
coso. Quería distraerle á todo trance. 

— Padre, está usted muy pensativo. Usted tie- 
ne hambre. 

El sacerdote hizo un esfuerzo para sonreír. 

—No tal. 



LA FE 



329 



— Sí, la tiene; no me lo niegue usted. ¡Y el 
hambre nos hace pensar unas cosas tan tris- 
tes!... Verá usted cómo yo le quito en un mo- 
mentito esa cara de vinagre y se la pongo de je- 
rez amontillado... Aquí lo traigo en este frasco... 

Al mismo tiempo abrió un saquito de piel que 
traía en la mano y comenzó á sacar vitualla y 
dos ó tres frascos con vino y leche. 

— Yo necesito verle á usted con cara de pas- 
cua, padre — prosiguió mientras desenvolvía los 
papeles blancos en que traía envueltas las rajas 
de carne, de pescado, los pastelitos, etc. — En 
cuanto le veo á usted esa arruguita ahí... ahí — 
y le tocó con su dedo en la frente: el sacerdote 
la retiró con viveza, — ya me tiene usted más tris- 
te que la noche... ¿Por qué será?... ¿Por qué no 
será?... Usted, que sabe tanto, me lo dirá. 

Las últimas palabras las dijo canturreando y 
afectando distracción. 

— ¡Ea! Voy á poner la mesa... Tenga usted 
quietecitas las piernas, que necesito de ellas en 
este momento. 

Juntó las suyas con las del clérigo, extendió 
una servilleta por encima y fué colocando los 
víveres. Los frascos con el vino los puso en el 
suelo. 

— Me parece que no habrá necesidad de que 
saque los tenedores, ¿verdad?... Seamos humil- 
des. Comamos con los dedos. 



330 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Es humildad, ó es que le sabe mejor así? — 
preguntó sonriendo el P. Gil. 

Obdulia soltó la carcajada. 

— Es usted mi confesor y no puedo decirle 
mentira. Me gusta así mucho más... Es de las 
pocas cosas sucias que me gustan. 

— Eso último tampoco es humildad — dijo el 
confesor sin dejar de sonreír. 

— Vaya, vaya, no se me ponga regañón y coma 
con garbo... si es que sabe... que estoy viendo 
que no... Pero ¡criatura! ¿Qué hace usted ahí 
echando bocados á ese trozo de mero sin quitar- 
le las espinas?... ¿No ve usted que se le puede 
clavar una en la garganta?... Déme usted acá — 
y se la arrebató al mismo tiempo de las manos. 
— Verá usted cómoyo se las quito sin dejar una... 
Digo ... si es que usted no tiene asco á mis dedos... 

El P. Gil se apresuró á hacer signos nega- 
tivos. 

— Salen ahora mismo de los guantes... Ade- 
más — exclamó riendo, — usted me tiene mucho 
cariño y lo come más á gusto pasando por mis 
manos... ¡Qué tonta soy! ¿Verdad, padre? — aña- 
dió bajando la voz. 

— Tonta, no. Un tanto ligera, sí — repuso el 
sacerdote, acompañando estas palabras con una 
sonrisa para desvirtuar su aspereza. 

La joven se puso encarnada. La conversación 
se hizo más seria. 



LA FE 



331 



Cerca de las nueve divisaron las torres de Lan- 
cia y la gran cortina negra de montañas que cie- 
rra su horizonte. El cielo estaba despejado. El 
viento soplaba tibio del Sur. La mañana ofrecía 
esa dulzura exquisita que se observa en algunos 
días de primavera. 

El P. Gil advirtió al cochero que pasase cerca 
de la capital sin entrar y se dirigiese á la pri- 
mera estación del ferrocarril, distante una le- 
gua de ella. Había resuelto tomar el tren allí 
para mayor recato. La estación se llamaba la 
Reguera. Cuando. llegaron eran las once. Debían 
esperar dos horas y media, porque el tren no pa- 
saba por allí hasta la una y cuarenta. 

La Reguera estaba situada al extremo de un 
pintoresco y risueño valle. Desde la estación, 
asentada en un alto terraplén, se divisaba todo 
perfectamente. Circundábalo un cinturón de co- 
linas suaves vestidas de árboles y praderas y des- 
pués de éste otro de altas y escuetas montañas, 
cuyos tonos rojizos formaban hermoso contraste 
con el verde del primero. En el llano había un 
mosaico caprichoso de prados con lindes de ave- 
llanos, tierras de maíz y arboledas. Por el medio 
atravesaba majestuoso un río ancho, cristalino, 
que, herido por el sol, parecía una gran faja bri- 
llante de plata. Así que despidieron el coche, 
Obdulia propuso á su confesor el bajar á este 
llano y aguardar allí la llegada del tren. Aceptó 



332 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gustoso, por librarse de las miradas de la gente 
de la estación. Bajaron por un sendero estrecho 
y empinado y entraron en un bosque de castaños 
que se prolongaba hasta la orilla del río. El sa- 
cerdote advirtió que estaba muy húmedo, pero la 
joven marchaba delante dando gritos de alegría, 
metiéndose hasta la rodilla en la yerba, batiendo 
las palmas como una niña á quien perdonasen la 
escuela. Las grandes copas de los castaños aún 
no estaban vestidas del follaje que ostentan en 
el verano. Los rayos del sol, pasando al través 
de sus ramas descarnadas, bebían el agua fresca 
que formaba charcos entre el césped. 

Obdulia no paró hasta llegar al talud guija- 
rroso que servía de margen al río. Allí se detuvo 
y volvió la vista atrás y contempló con semblan- 
te risueño á su confesor, que venía tomando pre- 
cauciones, apoyando con cuidado el pie en los si- 
tios más secos. Tenía el rostro encendido por la 
carrera, los cabellos revueltos y sus grandes ojos 
negros brillaban con expresión de vivo placer. 

— ¡Ande usted, cobarde! ¿Tiene miedo á mo- 
rirse por los pies? 

— Y si pilla usted un catarro, ¿cómo podrá re- 
sistir la vida dura del año de noviciado? — repuso 
el clérigo aproximándose. 

Por los ojos de la joven pasó una nube som- 
bría y quedó repentinamente seria. Luego, ha- 
ciendo un esfuerzo para animarse, dijo: 



LA FE 



333 



— ¿Á que no se atreve usted á desenganchar 
esa lancha para que demos un paseito por el río? 

— ¡Ya lo creo que no! 

— Pues yo sí... Ahora va usted á ver. 

Una gran barca vieja y deteriorada, que servía 
para trasportar á los paisanos de una orilla á 
otra en los días de mercado, yacía amarrada por 
una cadena á la orilla, debajo de unos juncales 
que la sombreaban. 

— ¡ Ay, qué lástima! — exclamó la joven devota 
cogiendo entre sus manos la cadena. — ¡Tiene 
candado! 

— Me alegro. Eso evita que usted hiciera una 
locura. 

— Pues yo no renuncio á flotar un poco. Me 
meto dentro. Soy de puerto de mar y el agua es 
mi elemento. 

Y diciendo y haciendo, saltó con decisión en 
la barca, que se inclinó de un lado para recibir- 
la; se fué por encima de los bancos hasta la 
popa, y allí se sentó. 

— ¡Oh! ¡Qué bien se está aquí á la sombra! Y 
hay su cachito de balanceo... Véngase, padre. 
En ninguna parte se puede esperar mejor... 

El clérigo saltó también por encima de los 
bancos, y se fué á sentar no lejos de ella. La 
sombra, en efecto, era grata en aquella hora del 
mediodía. La corriente balanceaba suavemente 
la lancha y producía al chocar un glu glu suave 



334 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



y cristalino que convidaba al sueño. Después 
de alegrarse de su buena fortuna por hallar 
asiento tan agradable y de cambiar algunas 
frases, ambos guardaron silencio. Obdulia incli- 
nó su cuerpo sobre el agua y clavó los ojos en 
ella con expresión melancólica. El P. Gil dejó 
los suyos vagar por el horizonte, recorriendo 
sin verlas las altas montañas que aislaban el va- 
lle del resto del mundo. Y como siempre que 
quedaba un momento abstraído, la fatal duda 
volvió á flotar en su mente. ¿Qué era todo aque- 
llo que tenía á su alrededor? Una pura represen- 
tación de su pensamiento, un producto de él, 
un sueño quizá... ¡Un sueño!... Mientras dormi- 
mos también vemos, también palpamos, lo sen- 
timos todo al igual que despiertos. ¿Por qué no 
ha de ser la vida un largo sueño? La diferencia 
que establece Kant entre la vigilia y el sueño le 
parecía deleznable. Porque el encadenamiento 
de las representaciones lo mismo existe en la 
una que en el otro. Lo único que rompe este en- 
cadenamiento es el acto de despertar. Pero mu- 
chas veces al despertar confundimos los aconte- 
cimientos del sueño con los de la realidad. ¿No 
indica esto bastante claramente que todo tiene 
el mismo origen y fundamento? ¿Por qué razón 
decimos que los unos son reales y los otros 
no?... 

Sacóle de su intensa meditación la voz de Ob- 



LA FE 



335 



dulia, que desde hacía algunos minutos le ob- 
servaba. 

— Vamos, padre, no piense usted más en eso, 
y dígame de verdad si no está á gusto aquí. 

— ¿En qué no he de pensar, hija mía? — res- 
pondió el sacerdote poniéndose levemente colo- 
rado, como si ya se lo hubiese adivinado. 

— ¡En eso!... No sé lo que es, pero debe de 
ser algo malo cuando le hace á usted arrugar la 
frente y abrir unos ojazos pasmados como si vie- 
ra delante un alma del otro mundo... Vamos, 
piense usted un poco en mí, ya que me he con- 
fiado á sus cuidados. 

— Ya pienso. ¿No acabo de advertir á usted 
que no debía mojarse los pies? Pero usted no 
hace caso — replicó sonriendo con benevolencia. 

— ¡Eso es! Se acuerda usted de mí para rega- 
ñarme... ¡Se ha vuelto usted muy regañón, pa- 
dre!... En otro tiempo era usted más cobarde, 
más suavecito; todo lo decía dando rodeos, de 
miedo de ofender áuna... ¡Pero ahora! ¡Anda, 
anda, buenos rodeos te dé Dios!... Ya ha apren- 
dido bien á regañar... Por supuesto — añadió 
cambiando de tono y acercándose más á él — que 
á mí me gusta más de esta manera. Yo quiero 
que mi confesor tenga firme por las riendas, que 
sea severo y hasta duro conmigo... Usted me ri- 
ñe poco todavía, padre. Quisiera que usted fuese 
más severo... que me castigara fuerte... y hasta 



336 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



me pegara, para demostrarle bien mi sumisión. 

Dijo las últimas palabras con voz temblorosa 
y el rostro avergonzado, fijando en su confesor 
una mirada de tímida adoración. El rostro de 
éste expresó turbación y disgusto. Volvió la vis- 
ta al otro lado y guardó silencio. 

Al cabo de unos instantes, la joven devota, que 
miraba melancólicamente al agua, dijo con ím- 
petu reprimido: 

— Cuánto daría porque se rompiese la cadena 
que sujeta esta barca y la corriente me llevase 
muy lejos... ¡muy lejos!... donde no viese nada 
de lo que he visto hasta ahora, donde todo lo que 
imaginara se realizase al instante... ¡Ah! Yo qui- 
siera ir á parar á un valle más pequeño que éste, 
pero más risueño todavía: el cielo siempre azul, 
la tierra llena de flores y animales hermosos que 
viniesen á comer á mi mano. Y vivir allí sola 
con Dios y las personas que eligiese para acom- 
pañarme. Vivir enmedio de los campos y enten- 
der lo que dicen los árboles cuando el viento agi- 
ta sus copas y lo que murmuran las fuentes y lo 
que gorjean las aves y lo que silban los insectos. 
Marchar siempre acompañados de una escolta de 
pajaritos de Dios que nos enseñaran el camino 
y nos deleitaran con su canto, embriagados por 
los aromas de las flores, inundados de luz, en- 
vueltos en la caricia de una primavera eterna. 
Esto es lo que soñaba cuando tenía catorce años. 



LA FE 



337 



Y hoy, sin saber por qué, vuelvo á soñarlo otra 
vez... Pero no — añadió con voz profunda al cabo 
de una pausa, frunciendo fuertemente su frente 
pálida, — mejor sería que la barca me llevase á 
alguna gruta oscura entre peñascos inaccesibles 
y me volcase allí y me sepultase en sus aguas 
negras, para que nunca más se volviese á saber 
de mí... Así concluiría de una vez de padecer... 

Al pronunciar las últimas palabras se llevó 
las manos á la cara y comenzó á sollozar. 

El P. Gil la contempló un momento con ojos 
severos. 

— Lo que acaba de decir es una gran impie- 
dad, tanto más grande y abominable, cuanto que 
sale de una boca que va á pronunciar muy pron- 
to votos sagrados. 

— Perdón, padre... Son sueños nada más. 

— Pida usted perdón á Dios y prepárese de un 
modo más respetuoso para ser su esposa. 

El P. Gil se levantó al decir esto gravemente 
y salió de la barca. Obdulia le siguió con el pa- 
ñuelo en los ojos. 

Subieron de nuevo á la estación. En una can- 
tina próxima tomaron caldo y aguardaron la lle- 
gada del tren, que no se hizo esperar. No había 
ningún coche vacío, pero en uno estaba solamen- 
te una persona, y á él subieron. Partió el tren al 
instante. El viajero les miró distraídamente, con 
poca curiosidad, figurándose tal vez que eran 

23 



338 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hermanos. Sin embargo, al cabo de unos mo- 
mentos la joven pidió á su confesor que le baja- 
se la maleta de la rejilla para sacar un pañuelo. 
El viajero percibió que se trataban de usted, y 
entonces los examinó con viva atención. El pa- 
dre Gil se turbó bajo su mirada fija, inquisido- 
ra. Por fortuna, á la tercera estación se bajó. 
Pero todavía, en pie sobre el andén, los seguía 
saetando con los ojos hasta que el tren se puso 
en marcha. 

Ambos guardaron silencio obstinado. El pa- 
dre Gil ya no se sentía arrastrado por la meta- 
física; empezaba á atormentarle una sorda in- 
quietud que llenaba su espíritu de temores, de 
vagos presentimientos. Sentía vergüenza singu- 
lar desde que el viajero que se había apeado les 
observara con atención tan sostenida. Aquella 
muchacha le inspiraba miedo. Un tropel de pen- 
samientos feos, insensatos, acudió á su cerebro 
y lo llenó de confusión. Tenía las mejillas en- 
cendidas y los ojos asustados. Procuraba evitar 
el encuentro con los de su penitenta, que sentía 
posados constantemente sobre él. 

Por atracción irresistible ó por casualidad lle- 
gó un momento en que se cruzaron sus miradas. 
La joven dejó escapar una risita maliciosa. El 
sacerdote apartó prontamente la vista y perma- 
neció grave, como si no la hubiera advertido. Al 
cabo de un rato volvieron, sin saber cómo, á en- 



LA FE 



339 



contrarse sus ojos, y otra vez soltó á reiría 
devota, mirándole con semblante alegre. El 
padre Gil no hizo aprecio de ello y volvió el 
suyo hacia la ventanilla. Pero Obdulia ex- 
clamó: 

— ¿A que no sabe, padre, de qué me estoy 
riendo? 

— Usted dirá — repuso gravemente el clérigo 
sin volver la cabeza. 
— Pues de usted. 

— ¿Por qué motivo? — preguntó con naturali- 
dad y modestia. 

— Porque adivino perfectamente lo que está 
pensando. Usted teme que llegue la noche, como 
los niños... Empieza usted á estar violento con 
una mujer que todavía no es vieja, y se arrepien- 
te ya de haber cedido á acompañarme... 

— No anda usted muy distante de la verdad — 
replicó el sacerdote con firmeza. 

Obdulia se turbó un poco; pero reponiéndose 
inmediatamente: 

— Eso prueba su gran modestia, padre. Un 
santo como usted no debe temer nada en ningu- 
na situación. Yo, sin ser santa, estoy perfecta- 
mente tranquila. 

Estas palabras gustaron al P. Gil. Le respon- 
dió con benevolencia, y un poco más sereno y 
confiado, volvió á entablar conversación con ella, 
procurando mostrarse familiar y jocoso, tanto 



340 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



más cuanto que deseaba alejar el malestar y la 
inquietud que se cernía sobre ellos. 

Rezaron el rosario. Luego cenaron con la vi- 
tualla que traían. Mientras duró la cena, Obdu- 
lia estuvo oportuna y alegre. El clérigo le seguía 
el humor con cierta afectación para ocultar el 
embarazo que á su pesar le dominaba. 

Había cerrado la noche, una noche soberbia 
de Castilla, fría y azul, alumbrada por los rayos 
de la luna, que trasformaba la llanura en un vas- 
to lago dormido. El tren corría á toda velocidad 
por el medio rompiendo con sus silbos estriden- 
tes, con el fragor de su marcha, el encanto de 
aquella claridad suave y tranquila. Los altos 
chopos parecían flotar sobre ella como fantas- 
mas envueltos en el blanco cendal de la neblina. 

Los cristales del coche se empañaron al fin. 
Obdulia se apartó de su confesor y fué á arrebu- 
jarse en un rincón, tiritando de frío. Luego se 
puso á hacer dibujos sobre el cristal con un dedo. 
Escribió su nombre: Obdulia Osuna; después el 
de su confesor, Gil Lastra. Y volviéndose al rin- 
cón, se rebujó de nuevo. El P. Gil, que había 
leído bien desde su sitio los dos nombres, se 
acercó á la ventanilla, con pretexto de estirar las 
piernas, y escribió debajo del suyo con letra cla- 
ra: presbítero. 

Trascurrió un rato en silencio. Ambos pare- 
cían soñolientos. Obdulia dijo al cabo: 



LA FE 



341 



— Con permiso de usted, voy á acostarme un 
poquito, padre. Tengo sueño. 

Y se estiró sobre los almohadones, echándose 
una manta encima de las piernas. 

— ¡Ay! ¡ay! — exclamó á los pocos instantes. — 
¡Cómo me lastiman las botas!... ¡Claro, como 
las he humedecido primero y luego puse los pies 
sobre el calorífero, se han contraído!... Vamos, 
padre — añadió sonriendo graciosamente, — sír- 
vame de doncella una vez siquiera... Quíteme- 
las usted, que yo no puedo. 

Una ola de rubor subió á las mejillas del 
sacerdote. Tuvo un momento de vacilación. 

— Vamos, padre — insistió ella, — sea usted hu- 
milde como todos los santos. El Papa lava los 
pies á los pobres: bien puede usted quitarme á 
mí las botas. 

El P. Gil se levantó y empezó con mano tem- 
blorosa, rojo como una amapola, á soltar los bo- 
tones del calzado á su hija de confesión. Ella le 
contemplaba con sonrisa maliciosa. 

— Muchas gracias, padre. Ahora hágame el 
favor de. envolverme las piernas en la manta... 
Así; perfectamente. Ahora acuéstese un poco 
también y no haga ruido. 

El sacerdote, que á todo esto sonreía forzada- 
mente, se acomodó en el rincón opuesto y quedó 
de repente serio, con el entrecejo violentamente 
fruncido. Una viva terrible inquietud se apoderó 



342 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de su espíritu. La escapatoria le iba pareciendo 
una ligereza cada vez más imperdonable. Aque- 
lla muchacha, ni tenía verdadera vocación de 
monja, ni llevaba trazas de tenerla jamás. Era 
un temperamento frivolo, malicioso, arrebatado, 
capaz de cualquier atrocidad. jQué necedad la 
de haber cedido á sus instancias! Se confesaba 
que merecía un poco lo que le estaba pasando 
por su afán de desembarazarse de ella á todo 
trance. Pero como ya no era tiempo de volverse 
atrás, lo importante era dejarla cuanto más an- 
tes en el convento, y á eso debían tender todos 
sus esfuerzos. 

Obdulia parecía dormida. Sus ojos, no obs- 
tante, se entreabrían de vez en cuando para mi- 
rarle, y dejaban escapar una llamarada burlona 
y maliciosa. 

A las nueve llegaron á Palencia. Se hicieron 
guiar á una posada modesta. Antes de retirarse 
cada cual á su habitación, el P. Gil quiso pre- 
venir todo lo necesario para emprender el viaje 
á Astudillo al día siguiente. Mandó buscar caba- 
llos, se enteró del camino que habían de seguir, 
del tiempo que iban á tardar, etc. Quiso dejarlo 
todo listo, á pesar de que Obdulia le indicaba que 
no corría tanta prisa. Puesto que se trataba de 
un viaje corto, por la mañana era fácil arreglarlo 
todo. Pero el excusador no podía disimular el 
ansia que tenía de dejar zanjado aquel asunto. 



LA FE 



343 



Se levantó muy temprano, pero no se atrevió 
á avisar á la joven. Entretuvo su impaciencia 
rezando, paseando por la habitación, yendo á 
casa del alquilador de los caballos para cercio- 
rarse de que los tenía dispuestos. Al fin, cerca 
ya de las diez, se atrevió á pasar un recado por 
la criada, preguntándole si estaba ya preparada 
á partir. La respuesta que aquélla trajo fué que 
la señorita aún no se había levantado, por ha- 
llarse un poco constipada, que en cuanto se le- 
vantase le avisaría para ponerse en camino. 

Sin saber por qué, aquella novedad produjo 
en el P. Gil un gran desconsuelo; sintió profun- 
do disgusto, presintiendo una catástrofe. Una 
hora después recibió otro recado de ella aconse- 
jándole que almorzase solo y pasase después por 
su habitación, que para entonces ya estaría ves- 
tida y preparada. Así lo hizo, cada vez más in- 
quieto y receloso; pero al entrar en el cuarto de 
la joven, encontró que estaba, en efecto, levan- 
tada, pero de ningún modo dispuesta para par- 
tir. Vestía una bata elegante y tenía los cabellos 
recogidos en una cofia blanca con lazos de seda 
encarnados. Estaba bastante pálida y tenía los 
ojos con señales de haber llorado. 

El P. Gil se detuvo á la puerta y frunció el 
entrecejo. 

— Entre usted, padre, y siéntese aquí en esta 
butaca— dijo ella desde una sillita, mirándole 



344 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



con dulzura. — Ya estoy bien. He pasado una 
noche muy mala. 

— ¿Ha tosido usted? — preguntó el excusador, 
sentándose. 

— No... la he pasado toda llorando. 

El clérigo la miró estupefacto. 

— ¿Cómo es eso, hija mía? 

Obdulia se llevó el pañuelo á los ojos y no 
contestó. Al cabo de un largo silencio dejó caer 
el pañuelo, se apoderó de una mano de su con- 
fesor y la besó con efusión repetidas veces y la 
llenó de lágrimas, exclamando: 

— ¡Soy muy desgraciada! 

El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, 
pero la devota se la apretó con más fuerza. 

— No... no me retire usted esta mano, pa- 
dre... esta mano que tantas veces me ha absuel- 
to de mis pecados, y que ahora ¡ay! no podrá 
absolverme ni sacarme del abismo en que he 
caído... 

— Cálmese usted, hija — repuso el clérigo, im- 
presionado. — ¿Acaso se arrepiente usted de su 
decisión?... Por eso no ha caído usted en el 
abismo. Todo se puede arreglar sin escándalo. 
Tiene usted un año de noviciado, en que puede 
salir del convento cuando lo desee... 

Obdulia volvió á taparse el rostro con las ma- 
nos y dijo entre sollozos: 

— No es eso... Es otra cosa peor... Yo tengo 



LA FE 



345 



un secreto, padre; un secreto que me pesa en el 
corazón hace tiempo y que me ahoga... 

El P. Gil quedó unos instantes suspenso, y 
dijo al fin: 

— Si usted lo desea, iremos á la iglesia y la 
escucharé en confesión. 

— No, no... Usted ya no puede ser mi confe- 
sor — y levantando repentinamente la frente, pá- 
lidas las mejillas, los ojos secos y brillantes, 
donde se pintaba una resolución extrema, si- 
guió: — Sé muy bien, padre, que mi vida entera 
está destinada á llorar... Sé también que des- 
pués de esta vida me espera quizá una eternidad 
de tormentos. Pero la desesperación no cuenta 
los tormentos ni teme nada. No tiene más que 
un pensamiento. Todo lo demás queda aniquila- 
do... Yo le he engañado á usted, padre. Yo no 
quiero ni puedo ser esposa de Jesucristo, porque 
sería infiel á mis juramentos. Tengo dentro del 
alma, allá en el rincón más oculto y sagrado, un 
amor al cual seré fiel toda la vida. Este amores 
mi delicia y es mi tormento. Hace dos años que 
vivo muriendo de una muerte dulce, porque ado- 
ro mis propios sufrimientos... Hace dos años 
que lloro en silencio, pero mis lágrimas son dul- 
ces y las bebo con placer. Sin saberlo, padre, 
usted me ha estado envenenando lentamente; 
pero, lejos de aborrecerle, le quiero, le adoro con 
toda mi alma... He procurado arrancar de mi 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alma este amor que me consume, he golpeado 
mi pecho, he martirizado mis carnes... Usted 
bien lo sabe, padre... Después me he convenci- 
do de que era inútil, y lo he dejado florecer en 
mi corazón. Cúmplase la voluntad de Dios. Sé 
que estoy condenada, pero yo le quiero á usted... 
¡Te quiero! ¡te quiero más que á mi salvación!... 
Llévame adonde se te antoje, pero no me sepa- 
res de tí... Déjame ser tu sierva... Déjame be- 
sar el suelo que pisas... 

Cayó de rodillas delante de su consejero, con 
el rostro entre las manos. Al través de sus dedos 
flacos se notaba el vivo carmín de que estaba cu- 
bierto. 

El P. Gil se puso en pie vivamente, pálido 
como un muerto, con el espanto pintado en los 
ojos. Sus labios temblaron para fulminar sin 
duda alguna frase durísima, pero no llegó á pro- 
nunciarla. Se lanzó rápidamente á la puerta y 
desapareció por ella. 

Salió de casa sin darse cuenta de lo que hacía. 
Caminó á la ventura largo rato por las calles en 
un estado de aturdimiento que le impedía razo- 
nar sobre lo que acababa de sucederle. Salióse 
al campo y dio un largo paseo. El cansancio 
físico produjo su acostumbrado efecto sedante y 
comenzó á ver con claridad su situación. Nada 
ganó con ello. Lo que le estaba pasando era 
gravísimo, una verdadera catástrofe. Sus pre- 



LA FE 



347 



sentimientos se habían realizado. ¿Cómo volver 
á Peñascosa con la muchacha? ¿Cómo dejarla 
allí abandonada? Todas las soluciones que acu- 
dían á su mente le parecían igualmente compro- 
metidas. Pensó en telegrafiar al padre, pero no 
era posible explicar en un telegrama lo ocurri- 
do, ni aun de palabra podía hacerlo dignamen- 
te. Además, ¡quién sabe de lo que sería capaz 
aquella loca si se veía acosada! Una viva irrita- 
ción se iba apoderando del alma pacífica del 
presbítero. Hacía ya tiempo que no estimaba á 
la exaltada beata; ahora la aborrecía. 

Cuando regresó á casa era ya noche. Se ence- 
rró en su cuarto sin preguntar por su compañe- 
ra, y continuó meditando con febril impaciencia 
sobre el mismo tema. La solución que le pare- 
ció menos mala, después de haber tomado y 
desechado muchas, fué presentarse al obispo 
de la diócesis y confiarle todo el asunto y pedir- 
le consejo y órdenes para salir del paso. 

— Señor cura, la señorita que ha venido con 
usted me manda decirle que haga el favor de 
pasar por su habitación. 

El P. Gil levantó la cabeza, y avergonzado y 
confuso como si tuviera que arrepentirse de algo, 
respondió ála huéspeda: 

— ¿La señorita?... ¡Ah! Bien... Allá voy en 
seguida. 

Pero no se movió del sitio. Aquella llamada 



348 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



aumentó aún más su irritación. Estaba resuelto 
á no volver á verla mientras el prelado no inter- 
viniese en un asunto que tan gravemente podía 
comprometerle. Trascurrió cerca de una hora. 
Al cabo de ese tiempo se presentó de nuevo la 
patrona, toda azorada. 

— La señorita tiene un ataque y está en la 
cama sin conocimiento. ¡Venga, venga, señor 
cura! 

— ¡Voy, voy! — exclamó asustado , corriendo 
en pos de ella. 

En efecto, Obdulia yacía en la cama, priva- 
da de sentido y extrañamente pálida. Parecía 
muerta. El P. Gil sintió al verla en tal estado 
una punzada de remordimiento en el corazón. 
Se apresuró á prodigarle todos los cuidados que 
en el momento se le ocurrieron. Entre la patro- 
na y él le bañaron las sienes con agua fría, le 
hicieron oler algunos pomos de los que ella traía 
en su saquito de mano. No tardó mucho en abrir 
los ojos. Estuvo algunos momentos con la mira- 
da seria y fija en el sacerdote. Luego sonrió dul- 
cemente. La huéspeda se apresuró á ofrecerse. 

— ¿Quiere usted que llamemos al médico, se- 
ñorita? 

— No, no... Esto no es nada... Hágame una 
tacita de tila. 
— Ahora mismo. 

Cuando se quedaron solos, la beata volvió á 



LA FE 349 



mirarle larga y fijamente. Al cabo dijo con voz 
débil: 

— Escuche usted, padre. 

— ¿Qué desea usted, hija mía? — respondió in- 
clinando la cabeza hacia ella. 

— Acérquese usted más... No puedo esforzar 
la voz. 

El P. Gil se inclinó todavía más. Súbito, con 
movimiento imprevisto, la joven devota sacó los 
brazos desnudos de la cama y se los echó al cue- 
llo, atrajo su rostro hacia el de ella con inusita- 
da fuerza y le dio un beso prolongado, frenético, 
en los labios, y después otro y otro. El sacerdo- 
te forcejeó en vano por 'desasirse. Aquellos bra- 
zos le apretaban como si fuesen de hierro, y una 
nube de besos ardorosos corría por todo su ros- 
tro, sin tregua. No se oía en la estancia más que 
el suave rumor que producían y el resuello de dos 
pechos anhelantes. 

Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, 
se desligó. La joven cayó pesadamente en la 
cama. Aquél se sintió acometido de tal susto, 
repugnancia y horror que, después de vacilar 
unos momentos, perdió el sentido y se desplomó 
sobre el pavimento. 

Viéndole caer, la joven se levantó con preste- 
za del lecho y acudió solícita á socorrerle. Pero 
al poner los pies en el suelo, su flaca naturaleza, 
hondamente perturbada por lo que acababa de 



350 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



suceder y por la vista de su confesor tendido en 
el suelo, le faltó también y cayó presa de un 
síncope. 

El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tar- 
dó pocos segundos en volver en sí. Incorporóse 
en el suelo, y viendo á Obdulia tendida á su lado 
en camisa y con una parte del cuerpo descu- 
bierta, sintió un fuerte estremecimiento de ver- 
güenza y se alzó como movido por un resorte. 
Y pensando con horror que podía llegar el ama 
en aquel momento, se apresuró á tomar á la jo- 
ven entre sus brazos para trasportarla á la cama. 
Cuando la tenía suspendida á media vara del 
suelo, sintió ruido en la puerta. Volvió la cabeza 
aterrado, y un grito ahogado de vergüenza se 
escapó de su garganta. Á la puerta estaban Osu- 
na, D. Martín de \a.s Casas y D. Peregrín Ca- 
sanova. 

— ¡Ya cayeron los tórtolos! — gritó D. Martín 
con voz estentórea. 

El P. Gil dejó caer de nuevo á la joven y re- 
trocedió, mirándoles con ojos de espanto. 

— ¿Qué es esto?... ¿Qué es lo que pasa? ¡Mi 
hija!... ¡Dios mío! — clamó Osuna, apresurándo- 
se á reconocerla. 

— Oiga usted, ¡sucio, canalla, desorejado! — 
profirió D. Peregrín, dirigiéndose al excusa- 
dor. — ¿Qué situación es ésta para un sacerdote? 
¿No se le cae la cara de vergüenza? 



LA FE 351 



D. Martín de las Casas le agarró con la mano 
izquierda por el brazo, y empujándole contra la 
pared, le vomitó con voz campanuda, blandiendo 
al mismo tiempo el bastón: 

— ¡Granujota, indecente! ¡En buen lugar has 
dejado á los que te sacaron del polvo! ¡Misera- 
ble gusano, debiera aplastarte y arrojarte des- 
pués como una piltrafa á la calle para que te co- 
man los perros! Debiera clavarte por las orejas 
á la pared y exponerte á la vergüenza pública... 
Por lo menos debiera romperte las costillas con 
este bastón, ¡y me están dando ganas de ha- 
cerlo! 

No sería difícil, mejor dicho, sería casi segu- 
ro que el enérgico inválido satisficiera en esta 
ocasión, como en tantas otras, su apetito desor- 
denado de contundir á sus semejantes, si no fue- 
ra porque en aquel instante se interpuso la hués- 
peda. 

— ¿Qué va usted á hacer, caballero? ¡Maltra- 
tar á un sacerdote!... En mi casa no se dará tal 
escándalo... 

Repuesto un poco de la sorpresa el P. Gil, 
dijo con firmeza entonces: 

— Señores, esta joven se ha desmayado al 
tiempo de venir en mi socorro por haberme caí- 
do. La he acompañado hasta aquí, á ruego suyo, 
porque desea entrar en un convento y consagrar- 
se áDios, á lo cual su padre se opone sin razón 



352 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ni derecho y para ello la maltrata bárbara- 
mente... 

— ¡Maltratar yo á mi hija, canalla! — gritó 
en el colmo de la indignación el jorobado, que 
había conseguido trasportar á Obdulia hasta la 
cama y se disponía á echarle agua en la cara. — 
Miente usted y miente quien lo diga. Yo no sa- 
bía siquiera que deseaba entrar en un conven- 
to... ni me hubiera opuesto á ello. 

El P. Gil quedó estupefacto, sin acertar á de- 
cir una palabra, porque el acento de Osuna de- 
notaba sinceridad. 

— Yo creo que lo que procede en este caso — 
manifestó D. Peregrín con su voz gangosa, ad- 
ministrativa, — es dar inmediatamente conoci- 
miento del hecho á la autoridad civil... Á mí se 
me presentó un padre, siendo gobernador de Ta- 
rragona... 

— ¡Déjenos usted de Tarragona, D. Pere- 
grín! — interrumpió el señor de las Casas. — Aquí 
lo que procede es atender á esa niña... Usted, 
señora, haga lo que sepa para hacerle volver en 
sí. Usted, D. Peregrín, que conoce bien la po- 
blación, vaya á buscar un médico... Y tú, don 
Gil el enamorado... al infierno si te parece. 

— ¡Decir que yo maltrato á mi hija, porque 
quiere hacerse monja! — seguía exclamando por 
lo bajo Osuna, mientras ayudaba á la huéspe- 
da. — ¡Canalla, más que canalla! 



LA FE 



353 



— Señor Osuna, dispénseme usted... Yo lo 
creía así — dijo el sacerdote. 

— Bueno, bueno. Ya se arreglará esa cuestión 
en Peñascosa — profirió D. Martín con su energía 
característica. — Ahora, ¡largo de aquí!... ¡largo! 

El P. Gil se dirigió á la puerta, pero cuando 
ya iba á trasponerla, D. Martín le gritó como si 
estuviese al frente de un batallón: ¡Alto! 

— Amigo Osuna — dijo dirigiéndose al joro- 
bado, — á usted le han inferido una ofensa grave 
y usted no queda decentemente si no da ahora 
mismo una bofetada al individuo que le ha ofen- 
dido (apuntando para el P. Gil). 

Hubo silencio embarazoso. El semblante de 
Osuna expresó malestar y vacilación. 

— Nada, nada — siguió el feroz inválido con su 
voz resonante de barba de teatro, — no es usted 
hombre de honor, no tiene usted pizca de ver- 
güenza si deja sin correctivo la ofensa. 

Osuna vaciló todavía un instante, echó una 
mirada de misericordia al inválido; pero viendo 
su rostro espantable, se resolvió al fin. Alzóse 
sobre la punta de los pies y descargó una sonora 
bofetada en la mejilla del sacerdote. 

— ¡Jesús! — exclamó la huéspeda. — ¡Eso es 
una iniquidad! 

El P. Gil se puso densamente pálido: asoma- 
ron dos lágrimas á sus ojos; pero no hizo movi- 
miento alguno para arrojarse sobre su agresor. 

24 



p 



XIII 



V&\JiAv racias á la actitud resuelta de Obdu- 
e ^ asun t° n o fué llevado á los tri- 
\g¡k bunales. Desde el primer momento se 
confesó autora y única responsable de la fuga: el 
excusador ninguna culpa había tenido en ella; 
sólo había cedido á acompañarla después de in- 
cesantes ruegos y valiéndose del ardid de los 
malos tratos en su casa. D. Peregrín Casanova, 
queriendo sin duda demostrar que no guardaba 
rencor alguno á Osuna por la escena de la ilu- 
minación, seguía opinando que debía instruirse 
expediente gubernativo. Hacía ya mucho tiem- 
po que estaban reconciliados. En Peñascosa los 
particulares se injurian públicamente, se llaman 
canallas, miserables, etc., etc., y á los ocho 



356 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



días se les vuelve á ver juntos tomando café. 
Pero esto no es privativo de Peñascosa. Lo mis- 
mo sucede en Sarrio y en Nieva. De otro modo, 
¿cómo sería posible la vida en estas villas in- 
signes? 

Contra el parecer de D. Peregrín se hallaban 
todas las personas sensatas de la población. Unos 
por afectos al excusador, otros por timoratos, 
otros porque no veían motivo para armar un es- 
cándalo, casi todos aconsejaron á Osuna que se 
estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos que 
el excusador tenía, mejor diremos, los envidiosos, 
se encresparon terriblemente. No quisieron asen- 
tir á la versión de la doncella. Opinaban que era 
una patraña forjada por ella para salvarle; y si no 
lo creían, por lo menos así lo manifestaban ba- 
jando la voz y sonriendo maliciosamente. Se les 
cubrió de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que 
á su hija de confesión, y se hicieron correr por la 
villa mil chuscadas más ó menos ingeniosas á 
propósito de su viaje. Fácil es de adivinar que 
quien más trabajó en esta propaganda, aunque 
de un modo solapado, fué el P. Narciso. No le 
bastaba al capellán de Sarrio haber humillado á 
su émulo arrancándole el cargo de coadjutor, que 
en justicia le pertenecía. Quería á toda costa 
concluir con él, pulverizarle, que no se oyese * 
más su nombre en boca de las beatas de Peñas- 
cosa. 



LA FE 



357 



Parecióle la ocasión de perlas para ello. Por 
eso se dirigió espontáneamente á Osuna, pre- 
guntándole si no pensaba acudir á los tribuna- 
les. Cuando supo que esto no podía ser porque 
Obdulia asumía toda la responsabilidad y decla- 
raba haber engañado á su confesor, experimen- 
tó profundo pesar. Tanto era su anhelo de ex- 
terminar al P. Gil, que aunque hacía ya muchí- 
simo tiempo que sus relaciones con aquélla eran 
tirantes, y aun puede decirse de abierta hostili- 
dad, se aventuró á tantearla. Tres ó cuatro días 
después de haber regresado á Peñascosa la vió 
una mañana en la iglesia. Le mandó recado por 
un monaguillo que deseaba hablar con ella y la 
esperaba en la sacristía. Fué allá la joven, aun- 
que de malísima gana. El coadjutor se hizo de 
miel; la trató con extremado cariño; manejó con 
brío el incensario, sabiendo hasta qué punto era 
vivo y delicado su amor propio. Cuando creyó 
tenerla blanda, le hizo presente con grandes pe- 
rífrasis que él, como párroco coadjutor, tenía el 
deber de velar por la honra de todas sus feligre- 
sas; que la de ella andaba en boca de la gente 
hacía unos días, y que esto le pesaba en el alma 
por el particular cariño que la profesaba. Le pe- 
saba tanto más, cuanto estaba seguro de que no 
había dado motivo alguno para ello. Conocía su 
carácter generoso, su espíritu noble; por eso es- 
taba convencido de que en esta ocasión, como en 



358 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tantas otras, se sacrificaba por los demás. Ahora 
bien, este sacrificio no era admisible; podía con- 
siderarse como un pecado. La honra no nos per- 
tenece; es un depósito que Dios nos confía y que 
tenemos la obligación de defender. Por otra par- 
te, la deshonra no era solamente para ella, sino 
también para su anciano padre. El pobre se veía 
á causa de este sacrificio motejado y murmura- 
do en la villa. Aún más: aunque se diera por 
bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como 
él, que eran miembros de la Iglesia, tenían el 
deber de denunciar á la autoridad eclesiástica á 
cualquier sacerdote que se extralimitase en el 
ejercicio de su ministerio, para que recibiese el 
condigno y fraternal castigo que los cánones pre- 
vienen. Esto redundaba en bien de la fe. Ella, 
tan excelente cristiana, no había de permitir que 
se burlase la justicia de Dios. Comprendía per- 
fectamente que le sería doloroso declarar contra 
su confesor; pero era un sacrificio mayor que el 
que estaba llevando á cabo, y que Dios le agra- 
decería seguramente. Además, debía tener en 
cuenta que al denunciar á su confesor no le cau- 
saba daño alguno; al contrario, el castigo en la 
Iglesia se considera como un bien, como una 
justa expiación que, cuando va acompañada del 
arrepentimiento, redime del pecado y nos libra 
de las penas del infierno. 

El pobre D. Narciso ignoraba, á pesar de ha- 



LA FE 



359 



berla tratado tanto tiempo, con quién se las ha- 
bía. Antes de que hubiera pronunciado palabra > 
ya sabía Obdulia qué iba á decirle y en qué for- 
ma poco más ó menos; le conocía como si pasa- 
ra la vida dentro de su cerebro. Aquella habili- 
dad frailuna hecha de lugares comunes se estre- 
llaba contra la viva imaginación, el ingenio 
sutil y la perspicacia de la joven beata. Respon- 
dióle en el mismo tono persuasivo, untuoso, que 
el clérigo había adoptado. De nada podía acusa 1 " 
al P. Gil, que era un santo, un ser excepcional 
cuya ilustración servía de faro en la parroquia 
desde que por dicha había llegado á ella, y 
cuya modestia, abnegación y piedad podían ser- 
vir de ejemplo y estímulo á sus compañeros. 
Pero aunque hubiera motivo para acusarle, se 
abstendría muy bien de hacerlo, sabiendo que el 
escándalo aprovecharía principalmente á los ene- 
migos de la religión. La falta de una mujer cuan- 
do es soltera redunda sólo en perjuicio de ella. La 
de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en 
menoscabo por lo tanto de la religión católica. 
Otras varias consideraciones añadió, y entre ellas 
más de una frase aguda de doble intención que 
supo á cuerno quemado al nuevo coadjutor. 

— Vaya, adiós, D. Narciso, y dispénseme si no 
he podido comprender bien su caritativa inten- 
ción. Soy una ruin mujer y no entiendo de teo- 
logías. 



360 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El P. Narciso quedó sonriendo como ej cone- 
jo. Viendo .cerrada esta vía, entró resueltamente 
por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joa- 
quín el capellán y mayordomo de la señora de 
Barrado que el P. Melchor, enemigos natos del 
joven excusador, vomitaban veneno contra él, 
como es lógico. Pero había otros cuantos cléri- 
gos en Peñascosa que se habían mostrado siem- 
pre imparciales. A éstos procuró atraérselos 
pintándoles el lance desde otro punto de vista, 
asegurando que tenía motivos secretos para sa- 
berlo. El viaje había sido un verdadero rapto 
frustrado. La muchacha se sacrificaba. Hacía ya 
tiempo que él, D. Narciso, tenía sospechas de lo 
que iba á pasar. El excusador había concebido 
una pasión sacrilega. La escapatoria estaba con- 
certada desde hacía tres meses, etc., etc. Les 
llenó la cabeza de viento. La posición que ocu- 
paba como párroco, de hecho si no de derecho, 
facilitó mucho esta atracción. Quedó convenido 
entre la mayoría, casi la totalidad de los capella- 
nes de la villa, que el excusador era un chicuelo 
sin peso ni formalidad, que había desprestigiado 
á la clase sacerdotal y que Dios sabe dónde para- 
ría si el prelado no tomaba cartas en el asunto. 

Desde entonces no perdonaron medio todos 
ellos de demostrarle su desprecio. No hay nada 
que plazca tanto á la naturaleza humana como 
despreciar. Empezaron á saludarle fríamente, 



LA FE 



361 



luego á volver la cabeza., después áno contestar- 
le. Cuando entraba en la sacristía, si había allí 
otros sacerdotes, notaba que se apartaban de él y 
formaban grupo aparte. Si iba á revestirse para 
decir misa, se encontraba la mayor parte de los 
días con el armario de las vestiduras cerrado: ha- 
bía que esperar á que D. Narciso llegase para pe- 
dirle la llave. Se prescindía de él en las funciones 
cuando era posible: no le convidaban á los gau- 
deamus que celebraban. Finalmente, le vejaban 
de todas las formas y maneras que se les ofre- 
cía. Y no dejaban de ser bastantes. 

El P. Gil quedó más sorprendido que enojado 
de aquel desprecio. Viendo que sus compañeros 
prescindían de él, prescindió de ellos sin gran 
pesar. Sólo hablaba con el P. Norberto y con 
D. Miguel. El viejo párroco, á quien se había 
privado de la jefatura de hecho, mantenía, no 
obstante, con tesón su derecho, inventaba mil 
trazas de demostrarlo al vecindario. Entre él y 
D. Narciso había una enemiga profunda, feroz. 
Pero éste le tenía miedo. El antiguo cabecilla de 
las huestes carlistas era capaz, si se le irritaba 
un poco, de apalearle en la misma iglesia. Don 
Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso 
afectaba despreciarle, pero siempre á sus espal- 
das. Delante le trataba con extremada conside- 
ración, y sufría con paciencia las rociadas que 
de vez en cuando le soltaba. Y cuando se le ocu- 



362 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rría al coadjutor, predicando á los feligreses en 
el ofertorio de la misa, decir: «Nosotros los pá- 
rrocos tenemos el deber, etc.,» D. Miguel, desde 
su rincón donde oía la misa, profería en voz bas- 
tante alta para que le oyeran los que estaban á 
su alrededor: «¡Párroco yo! ¡párroco yo!» 

Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, 
que acababa de recibir un fuerte desaire de sus 
compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si 
le diera cualquiera noticia. 

— No hagas caso de ellos — le replicó el viejo 
caudillo, poniéndole la mano jugosa y seca como 
un haz de sarmientos sobre el hombro. — Son 
todos unos maricas. Viven pegados á las ena- 
guas de las beatas, como los gatos... Mira: yo, 
cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego 
á casa, nunca dejo de soltarles media docena 
de... Pero tú, si estás agraviado, puedes llegar 
sin inconveniente á la docena. 

Una carcajada brutal, semejante á un rugido, 
sacudió su pecho vigoroso al pronunciar estas 
palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial 
alegría. El excusador se puso rojo como una ce- 
reza y guardó silencio. No volvió á tener más 
confidencias con él sobre este punto. 

Su vida interior le causaba demasiados tor- 
mentos para pensar mucho tiempo en estas fu- 
tilidades. El escepticismo le minaba sordamente. 
El mundo le parecía cada vez más incomprensi- 



LA FE 



363 



ble. La idea constante de que todo lo que le ro- 
deaba era una pura apariencia, cuyo verdadero 
sentido permanecería eternamente ignorado para 
el hombre, engendraba en su alma una melanco- 
lía profunda, que se reflejaba bien en su frente 
pálida y en la sonrisa triste é indiferente que 
plegaba sus labios. La experiencia toda ente- 
ra — decía Kant — no es más que el conocimiento 
del fenómeno, no de la cosa en sí. Ésta se ocul- 
ta y se ocultará eternamente á la razón huma- 
na. Platón también lo había dicho antes. Las co- 
sas de este mundo, tales como nuestros sentidos 
las perciben, no tienen realidad alguna. Mientras 
nos encerramos exclusivamente en la percepción 
sensible somos como prisioneros sentados en una 
caverna oscura, encadenados tan fuertemente 
que no pueden volver la cabeza. No ven nada. 
Sólo perciben en la pared que tienen enfrente, 
á la luz del fuego que arde detrás, las sombras 
de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. 
Tampoco ellos mismos se ven sino como som- 
bras proyectadas en la pared. Nuestra ciencia, 
pues, se reduce y se reducirá siempre á predecir, 
según la experiencia, el orden en que se suceden 
las sombras. 

¡Triste resultado después de tantos esfuerzos! 
El Universo entero se le aparecía como una som- 
bra fugitiva que se desvanece con el sujeto que 
lo contempla. Es la Maya — como dicen los Ve- 



364 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



das, — es el velo de la ilusión el que, cubriendo 
los ojos de los mortales, les hace ver un mundo 
del cual no puede decirse si existe ó no existe, 
un mundo que semeja á un sueño, á la radiación 
del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos 
cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, 
no sólo en su razón, sino también en sus senti- 
dos, la vida de nuestro clérigo se arrastraba si- 
lenciosa, indiferente, en medio de un hastío in- 
finito. 

Obdulia no le había visto en los quince días 
siguientes á su regreso. La beata salía muy poco 
de casa por razones fáciles de comprender, y á 
la iglesia procuraba ir á las horas en que no es- 
tuviese el excusador. Esto último no precisa- 
mente por vergüenza, sino por el mismo senti- 
miento amoroso que seguía agitando su corazón. 
Creía, y no le faltaba motivo, que, supuestas las 
habladurías que corrían por el pueblo y la gue- 
rra de todos los capellanes, principalmente de 
D. Narciso, cualquiera aproximación á su con- 
fesor podía comprometerle. Así que se imponía 
este sacrificio con la satisfacción del que pade- 
ce por el ser adorado. Pero llegó á ser un tor- 
mento superior á sus fuerzas. Su loca pasión, en 
vez de calmarse, cada día se exaltaba más. No 
vivía más que con la imagen del joven ex- 
cusador. Hasta en sueños le veía. Y su fantasía 
desarreglada le forjaba un sin fin de ilusiones. 



LA FE 



365 



Dábase á pensar que el P. Gil correspondía 
á su amor, y para creerlo sacaba de quicio 
todas sus palabras y acciones. Una vez que 
le había apretado la mano con más fuerza, otra 
que le había sonreído desde lejos, otra que se 
había ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo 
lo convertía en sustancia. Luego el viaje á Pa- 
lencia era objeto para ella de un minucioso y fe- 
bril examen. Su alegría en el coche cuando al- 
morzaban, y ella le limpiaba el pescado de espi- 
nas; la escena de la barca, en que le vio me- 
lancólico, á punto de llorar al escucharla; la 
turbación que se apoderó de él en el tren cuando 
le invitó á descalzarla; finalmente, aquel beso de 
amor en los labios que le impresionó hasta ha- 
cerle perder el sentido, le parecían á la luz de 
los recuerdos otros tantos signos indudables del 
sentimiento que embargaba el pecho de su con- 
fesor. El pobrecillo era un santo, y su amor lu- 
chaba con el deber. Esta lucha que creía adivi- 
nar le hacía doblemente interesante á sus ojos, 
y exaltaba aún más, si posible era, su desapode- 
rada pasión. 

Al cabo nació en su mente la idea de verle 
otra vez. La idea se convirtió al momento en 
propósito, y la inundó de alegría. La entrevista 
debía ser secreta, que nadie en Peñascosa tuvie- 
se noticia de ella. Esto satisfacía su deseo de no 
comprometerle, y al mismo tiempo la condición 



3 66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de su temperamento, inclinado siempre al mis- 
terio. Determinó que fuese de noche: sorpren- 
der al excusador en su cuarto, gozar unos mo- 
mentos de afectuosa expansión y marcharse al 
instante. Señaló, por fin, el día. Durante todo él 
estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la 
colegiala que espera ver á su amante escalar de 
noche las rejas del balcón. Cuando llegó la hora, 
dijo á su padre que le dolía la cabeza, para re- 
tirarse temprano. Así que le oyó salir de casa, 
se echó con mano trémula un mantón sobre los 
hombros, y acompañada de su doncella, que era 
su encubridora perpetua, encaminóse á casa del 
excusador. Las piernas le flaqueaban de placer, 
el corazón le latía fuertemente. 

Lo raro del caso es que no se le pasaba pol- 
la imaginación que aquel amor era sacrilego. No 
sentía remordimientos. Su cerebro desequilibra- 
do trastornaba todas las leyes divinas y sociales, 
las fundía de nuevo á su capricho. Para ella, el 
amor del joven presbítero era un puro idealismo 
conforme con el espíritu cristiano: hallaba en 
las historias de los santos varios casos semejan- 
tes. Cuando soñaba con huir en su compañía al 
fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era 
bajo el supuesto de seguir confesándose con él 
y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba den- 
tro de su ser, ó no la escuchaba, ó fingía no es- 
cucharla, engañándose á sí propia. 



LA FE 



367 



Al llegar á la mansión del sacerdote, ordenó á 
su doncella que la aguardase en el portal: no 
tardaría en bajar. Llamó toda temblorosa. Salió 
D. a Josefa á abrir. Como desde su famoso viaje 
no la había visto, se arrojó en sus brazos, la 
abrazó y la besó con afectada efusión. El ama 
se mostró muy poco contenta: la recibió con 
frialdad glacial; hasta se le conocía que luchaba 
consigo misma para no soltarle una rociada de 
desvergüenzas y darle con la puerta en las na- 
rices. Sólo le contuvo la idea de que su amo se 
había reconciliado con la beata, lo cual deploraba 
en el fondo del alma, juzgándolo feo y peligroso. 

Obdulia fingió no advertir la frialdad de la 
buena señora. 

— ¿Está en casa? — preguntó con el mismo 
semblante risueño. 

— Está... Voy á avisarle. 

— No hay necesidad. Me ha mandado venir á 
estas horas y me estará aguardando. 

Seguidamente tomó la escalera y se dirigió al 
cuarto del P. Gil. D. a Josefa la miró subir con 
aversión y desconfianza. Preguntar si estaba en 
casa y luego decir que la aguardaba era una con- 
tradicción manifiesta. Por esto y por la curiosi- 
dad natural la siguió á los pocos momentos. 

Bailándole de gozo el corazón, Obdulia se 
acercó á la puerta del gabinete ymiró por el agu- 
jero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado á 



368 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



su mesa de escribir, leyendo á la luz de un quin- 
qué. Una sonrisa de afecto y entusiasmo contra- 
jo los labios de la joven devota. Abrió de golpe la 
puerta para darle una grata sorpresa y exclamó 
con alegría: 

— ¡Padre, aquí me tiene usted! 

El sacerdote levantó los ojos sorprendido. La 
sonrisa de la beata se heló repentinamente en 
su rostro. En vez del gozo que esperaba, vió cru- 
zar por ellos un relámpago de ira al cual sucedió 
instantáneamente una expresión de absoluta in- 
diferencia, la misma expresión de cansancio y 
hastío que hacía tiempo reflejaba su semblante. 
Alzóse con lentitud de la silla, sin contestar á la 
exclamación de su penitenta, y avanzó hasta ella 
en silencio. La beata, clavándole una angustiosa 
mirada de terror, retrocedió un paso. El sacer- 
dote llegó á cogerla por un brazo, y suave, pero 
firmemente, la llevó en silencio hasta la puerta, 
la puso fuera del gabinete y cerró de nuevo. 

Obdulia tropezó con un bulto. Era D. a Josefa, 
que le soltó una carcajada en la cara. 

— ¡Parece que no la reciben á usted bajo pa- 
lio, señorita! 

No contestó. Pálida, con el corazón fuerte- 
mente contraído y en un estado de desfalleci- 
miento que le hacía tambalearse, bajó la escale- 
ra sin darse cuenta. D. a Josefa, cortando el flujo 
de la risa, la persiguió hasta la puerta de la calle 



LA FE 



369 



gritándole con acento iracundo, esforzándose en 
bajar la voz para que no le oyera su amo: 

— Bien empleado le está, holgazana, gallari- 
na... ¡Vergüenza había de darle!... ¡Engañar á mi 
pobre señor y llevarle como un dominguillo de la 
ceca á la meca!... ¡Mire usted la monjita!... ¿Es 
ésa su religión? ¿Es ésa su delicadeza?... Si quie- 
re hombres, vaya á casa de María Ramona con 
mil pares de demonios y no pretenda á los sacer- 
dotes... ¡ Fuera de aquí!,.. Métase en su casa y ten- 
ga honradez y tenga vergüenza, y no ande como 
una perra salidaá todas horas por esas calles... Si 
fuera á llevarme del genio, le levantaba las sayas 
ahora mismo y le daba en el tras con la zapatilla 
hasta que me cansara... ¡Pícara! ¡Mala cabra! 

Salió á la calle aturdida, quebrantada. Tuvo 
que arrimarse á la pared de la casa para no caer. 
Los horrores y monstruosidades que le había 
vomitado el ama del excusador seguían sonán- 
dole como martillazos en los oídos. Hubo un 
instante en que creyó perder el sentido; pero del 
fondo de su ser salió un grito rabioso, un grito 
de venganza que le mandó tenerse firme. Y cum- 
plió la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre 
sí misma. Descansó unos momentos contra la 
pared, pasóse la mano por la frente y se encami- 
nó con paso rápido hacia su casa, seguida de la 
doncella, que no había podido obtener respuesta 
á ninguna de sus preguntas. 

25 



370 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Aunque se sentía muy mal, se empeñó en es- 
perar á su padre. Cuando lle^ó éste á las once, 
le siguió hasta su cuarto y, después de cerrar la 
puerta, le dijo de repente: 

— Papá, note he dicho la verdad... Cuando 
me hallasteis con el excusador acababa de arro- 
jarse sobre mí, estando en la cama. Me resis- 
tí, luchamos, y al fin quedé desmayada en sus 
brazos. 

El jorobado dió un grito de rabia. 

— ¡Ah puerco! ¡Bien lo presumía yo! 

Y se puso á dar vueltas como un tigre por la 
estancia, vomitando injurias y blasfemias. Al 
cabo de un rato se detuvo delante dz su hija, y 
le preguntó, más con la vista que con las pala- 
bras, algo. 

La joven bajó la cabeza ruborizada é hizo un 
signo negativo. 

— Bien. . . De todos modos, has perdido la hon- 
ra en la población. Es menester que ese infame 
no se ría de tí... ¿Estamos? 

— En eso estoy — repuso ella con firmeza, — y 
para eso te lo he confesado. 

Osuna le clavó una mirada de sorpresa y cu- 
riosidad. 

— Vamos— dijo al cabo con sonrisa sarcásti- 
ca, — ha habido rompimiento. 

— Poco importa que haya uno ú otro — respon- 
dió con acento desabrido. — Lo que me interesa 



LA FE 



371 



en este momento es que no pague yo sola la 
culpa que es de los dos... de él principalmente. 

Asintió el jorobado con toda su alma, porque 
aún más que la desgracia de su hija, le preocu- 
paba el vengarse del excusador. Y comenzaron 
á cuchichear largamente sobre los medios de 
llevarlo á cabo. Habían dado ya las cuatro de 
la madrugada cuando Obdulia salió del cuarto 
de su padre. 

Se metió en la cama con fiebre. No pudo con- 
ciliar el sueño. La escena en que acababa de 
hacer un papel tan triste se le presentaba á la 
imaginación cada vez con más relieve. Por más 
esfuerzos que hacía, no le era posible borrarla 
ni por un momento siquiera. Su amor propio 
gemía como si le estuvieran atenaceando. 

En cuanto se levantó llamó á su padre, y se 
fueron ambos, como habían convenido, á ver 
al P. Narciso. Fué idea de ella. Comprendió 
que la persona que en Peñascosa podía ayudar- 
les más en la empresa era el coadjutor, y á él 
se dirigió. Este se mostró sorprendido de su re- 
solución, y aun quiso , hipócritamente , disua- 
dirles ; pero el gozo le rebosaba de tal modo 
por los poros, que una palabra un poco agria 
de Obdulia bastó para ponerle suave como un 
guante. 

Osuna apuntó la idea de acudir al obispo. Don 
Narciso se opuso terminantemente á ello. El 



372 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



delito era común, y á los tribunales ordinarios 
debía acudir. Cuando éstos hubieran cumplido 
con su ministerio, entonces era el caso de pedir 
á la Iglesia el castigo del culpable. El taimado 
clérigo sabía muy bien que los tribunales ecle- 
siásticos procuran encubrir los delitos de los 
sacerdotes para evitar el escándalo, cuyas con- 
secuencias son peores. Se hace como que no se 
cree en ellos, para no verse en la precisión de im- 
poner una pena que excite la atención demasia- 
do. Determinaron, pues, acudir en queja al juez 
de primera instancia. Al día siguiente fué Obdu- 
lia á Lancia á consultar el caso con uno de los 
abogados más notables. Le encargó la dirección 
del negocio, dejó nombrado procurador é hizo 
con el mayor sigilo todas las gestiones condu- 
centes á su propósito, sin olvidar el procurarse 
algunas cartas de los personajes más influyentes 
de la provincia para el juez de Peñascosa. 

Mientras estas nubes temerosas se amontona- 
ban sobre su cabeza, el inocente excusador pa- 
seaba desde casa á la iglesia y desde la iglesia 
á casa, su frente pálida, su figura melancólica 
y resignada. Los ojos, ordinariamente fijos en 
el suelo, sólo dirigían de vez en cuando miradas 
tímidas á la gente, como si temiera que por ellos 
descubrieran el cáncer que roía su corazón. No 
leía más que libros de entretenimiento; no me- 
ditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro 



LA FE 



373 



infranqueable, huía con terror de lanzar su pen- 
samiento por las esferas de la metafísica. 

Llegó un rcfomento, sin embargo, en que lo 
hizo sin darse cuenta de ello. Era una noche 
plácida de Mayo. Hacía poco más de un mes del 
famoso viaje á Palencia. Había leído un rato 
cierta historia de Grecia de la biblioteca de 
Montesinos, que á su muerte se había deshecho. 
Sentía calor y cansancio. Apagó el quinqué, 
abrió las puertas del corredor y trasladó á él la 
butaca, sentándose á respirar el aire del mar. Por 
algunos minutos fijó la vista con atención en la 
bóveda celeste cuajada de estrellas, y se esforzó 
en reconocer algunas constelaciones. Después 
contempló, con el asombro que siempre produ- 
ce, la vía láctea, que aquella noche se señalaba 
admirablemente. Aquella faja blanca donde se 
veían los astros como polvo finísimo le causaba 
siempre un estupor profundo. Cada grano de ese 
polvo es un cuerpo millares de veces mayor que 
la Tierra, el cual hace girar á su alrededor otros 
planetas que nosotros no podemos percibir. 

— Y sin embargo — se dijo al cabo de un momen- 
to, saliendo de su estupor con un suspiro, — todas 
esas grandezas yano me espantan, porque no tie- 
nen realidad. La existencia de esos astros está 
pendiente del hilo de mi razón. Yo llevo en mí 
la forma eterna de esos objetos, como de todos 
los demás. No son otra cosa á mis ojos que un 



374 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



espejo donde se refleja mi ser interior. Por me- 
dio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad 
de conocer, se representa la comedia fantástica 
que se llama mundo externo. Ese tiempo infini- 
to al través del cual existe la materia revistiendo 
formas infinitas; ese espacio infinito también que 
llenáis, esferas luminosas, no existen más que en 
mi representación; son las formas que yo llevo 
aparejadas en mi cerebro para que seáis, ó lo que 
es igual, para que estéis representadas en mí... 

Pero ¿qué es lo que hay detrás de ese fenó- 
meno, única cosa que puedo percibir? ¿Cuál es 
el ser íntimo y verdadero del Universo? Esos 
mundos infinitos, ¿son por ventura algo fuera de 
mi representación? Sí. El idealismo absoluto es 
un absurdo, porque yo soy objeto de representa- 
ción para los demás, y sin embargo, tengo la 
absoluta certeza de que existo fuera de esa re- 
presentación. Eso mismo pasará á los otros 
hombres. ¿Qué soy yo mismo separado de esta 
forma corporal en que me veo, fuera del tiempo 
y el espacio que llevo en el cerebro? ¿Cuál es 
mi propia esencia y la esencia del Universo?... 

No lo sé. No lo sabré jamás. Los esfuerzos de 
la filosofía se han estrellado contra este miste- 
rio impenetrable . Nadie ha descifrado hasta 
ahora el gran enigma de la existencia. Algunos 
seres privilegiados han intentado descorrer el 
velo y nos han ofrecido, cada cual según su fan- 



LA FE 



375 



tasía, sistemas risueños ó lúgubres, austeros ó 
frivolos, de lo que constituye el fondo de la vida. 
Pero estos sistemas no tienen ningún valor cien- 
tífico; no son más que hipótesis. El paso de le. 
representación al ser es un salto mortal en que 
han perecido los filósofos más sagaces y los ge- 
nios más sublimes de la humanidad. Kant, el co- 
loso, que ha batido las cataratas de mi inteligen- 
cia, atribuye al imperativo de la conciencia mo- 
ral un valor absoluto fuera del tiempo y el es- 
pacio. Partiendo de él, cree penetrar con planta 
segura en los misterios de la esencia infinita. 
¡Ilusión! Este imperativo es un fantasma. Los 
filósofos materialistas han metido en él el escal- 
pelo de su crítica y se ha visto que está hueco. 
Schopenhauer, el sutil pensador que hoy arrastra 
á la juventud, fuera del mundo fenomenal co- 
loca la Voluntad, que es en su opinión la cosa 
en sí. ¿Por qué? Con la misma razón que él la 
llama voluntad, la han llamado los escolásticos 
ens- realissimum, y sus predecesores en Alema- 
nia absoluto. Por mucho que se esfuerce en 
ocultarla, su teoría está fundada como las de- 
más en una pura hipótesis, y las hipótesis no 
tienen valor en la ciencia; sólo se sostienen en 
la fe... 

Al formularse esta palabra en su cerebro, el 
corazón le dio un vuelco sin saber por qué. 
Sintió vagamente que había chocado con algo 



376 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



donde asirse y quedó sumido nuevamente en pro- 
funda meditación. 

— Nohay que dudarlo. Lo que la ciencia puede 
darme son las relaciones de las cosas bajo el im- 
perio del tiempo y el espacio. Jamás me dirá su 
esencia. Para que sepa algo de ella, menester es 
que se trasforme mi facultad de conocer... ¿Y por 
qué no he de dejar que se trasforme? ¿Por qué no 
he de prescindir por un momento de mi razón y 
no he de prestar asenso á los presentimientos de 
mi alma, á la voz interior que me explica de un 
modo claro la esencia divina del Universo? La 
razón no me dice por qué es hermosa la puesta 
del sol en el mar. ¡Y sin embargo es hermosa! 
La razón no me dice por qué San Juan de Dios 
es sublime abrazándose á los leprosos. ¡Y sin 
embargo es sublime!... 

¡Ah, sí! Por encima de este vulgar conoci- 
miento que me esclaviza á la materia hay otro 
que me emancipa. Los ojos del cuerpo no pene- 
tran en la intimidad profunda de los seres; pero 
la fe no necesita de ojos: la pintan vendada. No 
sólo poseo una razón que me explica la aparien- 
cia de las cosas: existe también en mi espíritu 
una revelación constante que las ilumina por 
dentro... ¿Por qué he de prescindir de esta revela- 
ción? ¿Por qué he de cerrar los oídos á los sus- 
piros de mi alma? Esta revelación es el tesoro 
más precioso con que he sido dotado. Quiero go- 



LA FE 



377 



zar de él; quiero recobrar la libertad y respon- 
der al llamamiento de lo que hay en mí de divi- 
no. Esta revelación me dice que soy un extranje- 
ro en este mundo, sometido á la necesidad, y que 
puedo romper los lazos que me unen á él. Me 
manda sacudir el yugo del tiempo y distinguir 
lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay 
de eterno... Si llevo en mi cerebro las formas 
eternas de los objetos, es que soy superior y 
tengo una existencia independiente de ellas. 
Esta existencia es lo único que hay en mí de 
real; lo demás es pura apariencia, y como ha na- 
cido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal 
y libre; quiero conocer directamente la verdad 
eterna que se oculta detrás de este Universo. 
«La hora vendrá — dice Jesús — en que los muer- 
tos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que 
la oirán vivirán.» La hora ha llegado para mí... 
¡Oh sí, Dios eterno, al través del tiempo y el es- 
pacio y de todas las formas efímeras de la exis- 
tencia te veo inmutable, infinito, única fuente 
de verdad y de vida, única luz en las tinieblas 
que envuelven nuestra vida temporal; te veo, te 
reconozco y te adoro!... 

Un sacudimiento semejante al que produce 
una corriente eléctrica le hizo ponerse en pie vi- 
vamente. El corazón le latía con tal fuerza que 
se llevó las manos al pecho. Una emoción gran- 
de, intensa subía de él hasta la garganta y se la 



37$ ARMANDO PALACIO VALDÉS 



apretaba. Sentíase inundado de una extraña ale- 
gría. Comenzó á pasear por el corredor, presa 
de un desasosiego tan dulce que le hacía daño. 
Le parecía que su ser trasmigraba súbito al de 
un ángel, que en su espíritu se cumplía un mis- 
terio inefable y augusto. Le acometían impulsos 
de reir y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la 
situación de un desterrado á quien restituyen de 
repente al seno de su patria y su familia. Necesi- 
taba hacer esfuerzos sobre sí mismo para no brin- 
car, para no gritar y reir como un oxigenado. 

De tal modo estaba abstraído, que no oyó el 
ruido de la puerta de su gabinete al abrirse, ni 
tampoco los pasos de una persona que avanzaba 
por él hasta llegar al mismo corredor. 

— Buenas noches, señor excusador — dijo una 
voz conocida. 

— ¿Quién va?... ¡Ah!... ¿Es usted, señor juez? 
¿Cómo no han encendido una luz? 

— No hace falta. La noche está hermosa. In- 
dudablemente, este corredor es una gran cosa. 

Se dieron la mano, y el juez de primera ins- 
tancia, que era hombre de unos cuarenta años, 
de fisonomía abierta y simpática, se arrimó á la 
barandilla del corredor y puso las manos sobre 
ella. 

— Se extrañará usted — dijo con afectada indi- 
ferencia — de verme por aquí á estas horas... 
j Phs ! . . . Hay en el j uzgado una denuncia. . . Nada. . . 



LA FE 



379 



Supongo que será nada entre dos platos. Pero 
como ya sabe usted que todas estas cosas de jus- 
ticia se llevan con tanta formalidad... Luego en 
la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de 
ser á punta de lanza... En fin, me veo en la ne- 
cesidad de detener á usted... Supongo que* será 
por muy poco tiempo... una pura formalidad; 
pero hay que cumplirla... No he querido man- 
dar al alguacil ¿sabe usted? por no asustarle, 
porque la cosa no merece la pena. He venido yo 
en persona para tranquilizarle... No se apure 
usted, pues, que la detención no tiene importan- 
cia, y véngase conmigo. De este modo y á esta 
hora nadie se enterará. 

— ¿Una denuncia?... ¿De qué me acusan? 

— Al parecer es el asunto de la escapatoria de 
la chica de Osuna... No se asuste usted. 

— No me asusto, señor juez. Estoy dispuesto 
á seguirle al instante... Si usted me permite, en- 
cenderé el quinqué para quitarme las zapatillas 
y ponerme los zapatos... 

— Todo lo que usted quiera, señor excusa- 
dor — se apresuró á decir. — Puede usted tomarse 
el tiempo que guste y mandar á la cárcel cuan- 
tos efectos tenga por conveniente. 

El sacerdote sacó un fósforo y se dispuso á en- 
cender el quinqué. El juez quedó estupefacto. 
En vez del rostro pálido y descompuesto que 
pensaba hallar, pudo observar la fisonomía más 



380 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



plácida y feliz que jamás había visto en su vida. 
En la mirada que el excusador le dirigió, des- 
pués de encender, brillaba una alegría tan pura 
como si hubiese venido á noticiarle que le habían 
hecho obispo. El juez dió un paso atrás y le cla- 
vó los ojos con desconfianza. Pero se aseguró en 
seguida viendo el perfecto sosiego con que hacía 
todos los preparativos. Empaquetó alguna ropa 
en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y 
el sombrero y dijo sonriendo: 

— Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en 
arreglarnos, ¿verdad?... A D. a Josefa no le diré 
nada para evitar una escena triste, ¿no le parece 
á usted? Le escribiré desde la cárcel, pidiéndole 
la ropa. 

Aprobó el juez cuanto decía, y ambos tomaron 
la escalera y salieron á la calle como dos ami- 
gos. Durante el trayecto, el joven presbítero dió 
señales de una verbosidad y alegría que hacía 
tiempo no se observaban en él. Entraron en la 
cárcel, eligió el juez la habitación menos mala 
y, después de dejarle instalado, se despidió con 
creciente sorpresa al ver que se quedaba allí tan 
sereno y risueño como en su casa. 

Salió vivamente impresionado de la cárcel. 
Mientras caminaba por la calle del Cuadrante 
arriba, su imaginación daba vueltas buscando 
una explicación á aquella conducta extraordi- 
naria. 



LA FE 381 



El señor juez de primera instancia estaba lejos 
de sospechar que, al ingresar en la cárcel, el ex- 
cusador de Peñascosa acababa de salir de los ca- 
labozos del escepticismo. 



*0 



XIV 




u arden ceremonia, señores ! 



La voz del hujier, imperativa, estri- 
dente, no lograba calmar la risa y los 
murmullos de los concurrentes. Por- 



que aunque el presidente de la sala había re- 
suelto que el juicio se celebrase á puertas cerra- 
das, atento á la índole delicada del delito y á las 
personas que habían intervenido en él, fueron 
tantos los abogados que reclamaron su derecho 
á presenciarlo y tantos los permisos concedidos, 
que se formó pronto una asamblea numerosa y 
más inquieta de lo que debía esperarse. 

La sala de lo criminal de la audiencia de Lan- 
cia era una pieza rectangular, grande, oscura, 
polvorienta. Allá en el fondo, debajo de un do- 
sel de damasco marchito, estaban sentados en 



384 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sendos sillones de terciopelo los tres magistra- 
dos que componían el tribunal. A un lado, el 
acusador privado, con una mesa delante. En- 
frente el defensor. El relator en pie, frente al 
tribunal. Detrás el acusado en su banquillo. 

El testigo que deponía en aquel instante era 
el cochero que había conducido al P. Gil y su 
penitenta desde Peñascosa á la estación de la 
Reguera. Lo presentábala acusación. Era hom- 
bre viejo ya, con la faz extremadamente roja, 
iluminada por el alcohol tanto como por la in- 
temperie. Vestía un chaquetón del grueso de 
una albarda, y hacía rodar su gorra de pana entre 
los dedos con manifiesto embarazo mientras de- 
claraba. La voz era bronca, como conviene á 
todo mayoral que se estime en algo; el estilo 
pintoresco, abusando un poco de los tropos. 

— Pus á mí me dijo el amo: Lico, hay que 
dir á Peñascosa á por unos señores. No pases 
de la venta de Marica, y duérmete allí. Llévate 
paja pa el ganao, porque allí no la hay. (En 
esto el amo no habló bien, porque en casa Ma- 
rica hay paja... sólo que no se la da á los cua- 
lisquiera, entendámonos.) Llévate al Tizón y al 
Sencillo: son quién pa traerlos con la carretela. 
— Sigún y conforme, dije yo. El Tizón es un pe- 
rro. Como le dé la serenita por no andar, ya le 
puede usted alumbrar candela, que ¡ni pa Dios! 

—Déjese usted de tizones y candelas, y diga 



LA FE 



385 



lo que sepa del asunto — interrumpió el presi- 
dente con voz irritada. 

Este presidente era un viejo terco , colérico, 
impertinente, que dirigía las sesiones del juicio 
oral como una escuela de párvulos. Ofendía á 
reos y á testigos, sin respetar mucho más á los 
abogados. Mostraba sus simpatías ó antipatías 
con una franqueza que aterraba. Sin embargo, 
no era un perverso ni procedía de mala fe. Todo 
dependía de su temperamento excesivamente ner- 
vioso y de la edad, que le obligaba á chochear. 

— Bien tá eso, señor, y voy al caso. A la una, 
menuto más órnenos, llegó este señor cura (apun- 
tando para el acusado) á montar en la mesma co- 
chera. Llegaríamos á casa de Marica á eso de las 
seis. Allí nos dejó el señor y nos dijo que volvería 
al día siguiente con otra presona pa volvernos á 
Lancia. Por la noche vino un chico á traerme dos 
maletas, y al otro día bien temprano dio allí el 
señor cura con una chavalita que venía toa tapá. 
Nos mandó enganchar y, mientras, la chavalita 
se subió á la casa. 

— ¿Y no observó usted — preguntó el presiden- 
te — si el sacerdote la acompañó arriba? 

— Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fué poco 
tiempo. 

— ¿No notaron usted y el zagal nada de par- 
ticular en la manera de portarse y hablar entre 
sí el sacerdote y la joven? 

26 



386 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Yo no estaba en el toque de los particula- 
res, señor, porque andaba de aquí para allá de- 
trás del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un 
pensar naide se lo quita á uno. Cuando vi llegar 
por la carretera al señor cura, que- es bien pare- 
cido de suyo, con la chávala, dije: Estos lo mes- 
mo pueen venir de rezar vísperas que de tocar á 
maitines... Dempués enganché, y dempués me 
entré en la taberna á limpiar el pasapán. No es- 
taba allí más que Marica. — ¿Sabes, Marica, le 
dije, que me pesa llevar al curita y á la chávala 
en la carretela? — ¿Por qué te pesa? — Porque sí... 
porque el hombre no está hecho tovía á estos 
oficios, ¿entiendes tú? — ¡Ave María, qué burro 
eres, Lico! ¡Quita allá! ¿No te da vergüenza? — 
Mia, Marica, tú no has corrió el mundo como yo. 
Yo he dido por León, por Palencia, por Sala- 
manca y hasta por tierra de Extremadura... Los 
curas son, hablando con perdón, hombres como 
todos los demás, y hay casos en que la mujer no 
arrepara ni en curas ni en frailes, ni en el verbo 
devino... 

Estas palabras fueron las que promovieron la 
algazara dicha. Ni los hujieres con sus voces, ni 
el presidente con la campanilla pudieron apaci- 
guarla en algún tiempo. Por último, aquél logró 
hacerse oir. Amenazó con hacer desalojar el lo- 
cal inmediatamente, y esto bastópara restablecer 
el silencio. Después se revolvió contra el testigo. 



LA FE 



387 



— Advierto al testigo que si ha dido por todos 
esos sitios que dice, ahora no va por buen cami- 
no. Absténgase de frases groseras y declare sen- 
cillamente la verdad. 

Después del cochero declaró el zagal. No tuvo 
importancia su declaración. Salieron luego suce- 
sivamente algunas beatas de Peñascosa que de- 
clararon en términos vagos que habían observa- 
do cierta intimidad desusada entre Obdulia y su 
confesor, aunque nunca habían pensado mal de 
ella. También depuso el P. Narciso. Fué una 
declaración modelo de hipocresía y maldad. Ha- 
ciendo elogios hiperbólicos de la virtud y el ta- 
lento de su compañero, supo, no obstante, cla- 
varle el estilete hasta la empuñadura. Sus reti- 
cencias insidiosas, el acento protector y triste 
con que disculpó las faltas de los sacerdotes, y 
las últimas palabras dirigidas á excitar la bene- 
volencia del tribunal, causaron profunda impre- 
sión en el auditorio. Parecía justificar ásu com- 
pañero; pero al través de su acento y de su mí- 
mica se leía bien claro que le condenaba. 

Todas las miradas se volvieron hacia el acu- 
sado. El P. Gil estaba como hacía tres meses, 
cuando ingresó en la cárcel de Peñascosa. Con 
el encierro su rostro había ganado aún en blan- 
cura. En vez del cansancio y melancolía que en 
los últimos tiempos reflejaba, observábase aho- 
ra un alegre sosiego, una firmeza que tenía des- 



388 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



concertados á todos los asistentes al juicio oral. 
Parecía que aquellos debates no iban con él, que 
no estaban su honra y su libertad sobre el tape- 
te. La opinión que prevalecía en el concurso, y 
de la cual se había hecho eco ya la prensa libe- 
ral de Lancia, era que aquel clérigo era un cí- 
nico, con poca ó ninguna vergüenza. No se nece- 
sitaba ser muy lince para ver que se había cap- 
tado la antipatía del tribunal, sobre todo del pre- 
sidente, que la había puesto ya de manifiesto en 
varias ocasiones. Como hacía siempre que decla- 
raba algún testigo, el acusado contemplaba ahora 
al P. Narciso de hito en hito, con mirada firme y 
tranquila. El coadjutor habló con los ojos pues- 
tos en el suelo, y todo el mundo aplaudió su mo- 
destia y la moderación de sus palabras. 

Salió luego por la puerta de los testigos don 
Martín de las Casas. Después de su nombre, 
edad, estado, profesión, etc., el presidente le 
preguntó: 

— ¿Ha estado usted procesado alguna vez? 

D. Martín, que se hallaba bastante turbado, 
porque era principalmente hombre de acción, 
como ya sabemos, y no de derecho, respondió 
vacilando: 

— No recuerdo. 

— ¡Hombre, no recuerda usted! Pues eso no 
suele olvidarse. 

La frase presidencial despertó gran alegría en 



LA FE 



389 



el concurso. El inválido rechinó los dientes. 
Hubiera dado el otro hombro por poder asestar 
una bofetada á aquel viejo. Este, observando su 
irritación, le interrumpió varias veces mientras 
declaraba, dirigiéndole con zumba algunas pre- 
guntas, que siguieron regocijando al auditorio. 
El feroz cacique de Peñascosa almacenó en po- 
cos momentos tanta cólera, que se propuso nada 
menos que escupir en la cara al presidente y 
desafiarle tan pronto como saliesen á la calle. 
Sin embargo, este varón poderoso, digno de vi- 
vir en la edad de hierro, tropezó con él por la 
tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, 
le quitó el sombrero con mucha reverencia. Y es 
que no hay nada que desanime á los héroes tan- 
to como las cárceles celulares. 

Llamaron inmediatamente á D. Peregrín Ca- 
sanova, el cual, al revés de lo que le había suce- 
dido á su amigo, entró majestuosamente en el 
salón, resoplando y balanceándose como un va- 
por que atraca al muelle. En sustancia, el ex- 
gobernador interino de Tarragona vino á decir 
que el excusador de Peñascosa nunca había sido 
santo de su devoción. Los caracteres retraídos, 
mansos, silenciosos, no le habían dado resulta- 
do. A otros quizá se lo dieran, no lo discutía, 
pero él en su larga carrera administrativa tuvo 
varios subordinados que estuvieron á punto de 
comprometerle, y siempre habían sido caracte- 



390 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



res semejantes al del acusado. Cuando corrió por 
Peñascosa la especie de que Obdulia se había 
fugado con el excusador, él había dicho: «Impo- 
sible; estoy seguro de que ese hombre la ha lle- 
vado engañada. Hace mucho tiempo que le ob- 
servo, y yo no necesito tanto. Me precio de te- 
ner buena nariz.» (¿De que no se preciaba D. Pe- 
regrín?) A pesar de que existían ciertas diferen- 
cias entre él y Osuna, las dio al olvido inmedia- 
tamente, porque nunca había sido rencoroso, y 
se ofreció á acompañarle en la persecución de la 
pareja. La situación en que los habían encontra- 
do en Palencia no era para descrita. Baste saber 
que él, D. Peregrín, había enrojecido de indig- 
nación. Sin embargo, á ruego del abogado acu- 
sador la describió. Después quiso entrar en 
consideraciones filosóficas sobre la magnitud del 
delito y sobre la conveniencia para la sociedad 
de que los tribunales castiguen con mano firme 
en estos casos, pero le atajó el presidente. El 
tono pedantesco, la voz nasal y recia y la acción 
de dómine con que emitía su declaración habían 
impresionado de mal modo al auditorio, pero 
peor que á todos al presidente, que le miraba 
con ojos torvos desde que había comenzado. 
Cuando ya tuvo lleno el saco de la paciencia, 
que no llevaba mucha, dijo con su voz áspera de 
vejete irritable: 

— ¿Acaso quiere usted darnos un curso de de- 



LA FE 



39 1 



recho penal? Déjese de filosofías y manifieste los 
hechos como Dios le dé á entender... que se lo 
da bien mal por cierto. 

— Señor presidente, creo que estoy en mi per- 
fecto derecho... 

— Aquí no tiene usted derecho ninguno, ni 
perfecto ni imperfecto... 

— Señor presidente, yo... 

— Basta. Retírese usted. 

— ¡Señor presidente!... 

— Que se retire usted inmediatamente, ó será 
expulsado por los hujieres. 

Rojo de confusión, trémulo y aturdido, á pun- 
to de llorar, el hombre que rigió los destinos de 
la provincia de Tarragona por más de dos sema- 
nas, salió al fin de la estancia dando traspiés. 

— Señor presidente — manifestó el abogado 
acusador con entereza, — esa orden debilita la 
prueba que propongo y me parece arbitraria... 

— ¡Llamo al orden al letrado! — gritó furioso 
el presidente, agitando la campanilla. 

— Señor presidente, yo entiendo que se vulne- 
ran los derechos de la acusación... 

— ¡Llamo por segunda vez al orden al letra- 
do! — gritó más furioso aún el presidente, levan- 
tándose á medias del asiento y golpeando la mesa 
con la campanilla. 

— Pues formulo la correspondiente protesta. 

— Proteste usted cuanto quiera, pero abstén- 



392 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gase en lo sucesivo de dirigir palabras irrespe- 
tuosas á la presidencia. 

El abogado acusador era un joven flaco, de bar- 
ba negra, ojos pequeños insolentes, y muy sobre 
sí en todos los ademanes. Figuraba como jefe de 
los republicanos federales de Lancia y dirigía el 
periódico que éstos publicaban. Su odio al clero 
era proverbial en la población. Había tenido va- 
rios choques por este motivo, uno de ellos con el 
obispo: estuvo procesado por injurias á la reli- 
gión. Como es natural, cogía por los pelos cual- 
quier ocasión de vejar á sus ministros. Un pro- 
ceso como el presente, en que figuraba como reo 
un sacerdote, le llenaba de júbilo, lo atendía con 
cuidados tan tiernos como si se tratase de la hon- 
ra de una hermana. 

Después de D. Peregrín, fué llamada el ama 
de la casa de huéspedes de Palencia. Venía pre- 
sentada por la defensa. Declaró que había obser- 
vado relaciones extrañas entre el sacerdote y la 
joven, pero que en nada podían comprometer á 
aquél. Cuando llegaron, pidieron caballos para 
marchar al día siguiente por la mañana á Astu- 
dillo. Le dijo la criada que ya no se marchaban, 
porque la señorita estaba algo constipada y no 
se había levantado. Pasó á verla y la encontró 
pálida, pero no constipada. Le preguntó si había 
estado á verla su compañero de viaje el sacerdo- 
te, y se apresuró á responderle que no, de un 



LA FE 



393 



modo tan vivo que le llamó la atención. Des- 
pués supo que había enviado un recado al sacer- 
dote diciéndole que almorzase solo y que pasase 
luego por su habitación. Estuvo poco tiempo en 
ella. Le vio salir corriendo, agitado y tembloro- 
so y echarse á la calle. Estuvo por allá toda la 
tarde, y vino muy de noche ya. Mientras tanto, 
la señorita había tenido dos ataques; ella la ha- 
bía asistido, porque no quiso que se llamase al 
médico. El sacerdote se encerró en su habita- 
ción. La señorita me mandó llamarle, pero no 
quiso acudir hasta que le fui á decir que estaba 
con un ataque. Después fué cuando la señorita 
me mandó que le hiciese un poco de tila, y mien- 
tras yo estaba en la cocina subió su padre con 
los amigos. Cuando llegué la encontré tendida 
en el suelo en paños menores. El papá trataba 
de llevarla á la cama y yo le ayudé. 

— Dice usted — manifestó el acusador — que 
cuando le vio salir del gabinete de la joven ofre- 
cía señales evidentes de turbación. ¿No habrá 
usted observado, por casualidad, si presentaba 
igualmente signos de desarreglo en las ropas? 

Hubo un murmullo en el auditorio. 

— No, señor; no noté nada. 

Otras varias preguntas le hizo con la misma 
intención que ésta. Luego fué repreguntada por 
la defensa. 

Salió inmediatamente, también presentada 



394 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



por ésta, D. a Josefa, el ama del excusador. Se 
decía que esta señora tenía pruebas de la ino- 
cencia de su amo, que iba á relatar cosas muy 
curiosas. Se esperaba su declaración con ansie- 
dad. Cuando le hubo tomado juramento y des- 
pués de las preguntas de reglamento, el presi- 
dente le dijo con el tonillo agrio que le era ca- 
racterístico: 

— Ahora va usted á decir lo que sepa, pero 
mucho cuidado con los embrollos, porque la ten- 
go á usted sobre ojo... 

El abogado defensor, que era un hombre cor- 
pulento con largas patillas blancas, protestó con- 
tra esta advertencia. Preguntada por el presi- 
dente, D. a Josefa declaró que Obdulia hacía 
tiempo que perseguía á su amo y le molestaba 
proponiéndole la escapatoria al convento. Que el 
excusador había tratado en vano de disuadirla; 
sus esfuerzos habían sido vanos. Estaba tan re- 
suelta á marcharse, que se hubiera ido sola si él 
se negaba á acompañarla. En vista de eso, su 
amo, aunque de malísima gana, había cedido. 
La testigo misma se lo había aconsejado para 
que se librase de una beata tan insufrible. 

— ¿Y no es cierto — preguntó el defensor — que 
un mes, poco más ó menos, después del regreso 
de Palencia, la querellante se presentó una no- 
che en casa de mi defendido, y que fué arrojada 
por él de allí? 



LA FE 



395 



— Sí, señor. 

— Explique cómo ha sido. 

D. a Josefa relató exactamente la escena ya co- 
nocida, sin omitir los insultos que dirigió á la 
joven. 

— Como esta versión — dijo el defensor — no 
concuerda con lo manifestado por la querellante 
en el sumario, de no haber hablado con mi defen- 
dido desde su regreso de Palencia, pido un careo 
entre ambas. 

— Señor presidente — manifestó el abogado de 
Obdulia, — la acusación se adhiere á esta pe- 
tición de la defensa, pero solicita que este careo 
se efectúe después que la querellante haya de- 
clarado. 

Así lo dispuso la presidencia. El acusador re- 
preguntó á D. a Josefa: 

— ¿Es cierto que la testigo miraba con malos 
ojos á mi defendida, por suponer que la sustraía 
una parte del cariño ó la estimación de su 
amo?... 

— ¡No conteste usted á esa pregunta! — se apre- 
suró á decir el presidente. 

— Está bien — expresó el defensor. — ¿No es 
igualmente exacto que la testigo detestaba á to- 
das las hijas de confesión del procesado, estable- 
ciendo con ellas una suerte de rivalidad? 

— No conteste usted tampoco. Esa pregunta 
es tan impertinente como la otra. 



396 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Renuncio á seguir repreguntando — dijo el 
abogado con una sonrisa maliciosa, que indica- 
ba bien claramente que ya creía haber conse- 
guido su objeto. 

Faltaba la gran emoción de aquel juicio, el 
acontecimiento que desde que se comenzara ha- 
cía unos días se esperaba por todos con verdade- 
ro anhelo; faltaba, en suma, la declaración de la 
querellante, que estaba la última en la lista. 
Cuando el presidente dio la orden de hacerla pa- 
sar, hubo un prolongado rumor en el auditorio, 
al cual siguió silencio sepulcral. Todos los ojos 
estaban vueltos hacia la puerta con expresión 
de intensa curiosidad. 

Pareció, al fin, la hija de Osuna. Vestía con 
modestia y elegancia al mismo tiempo. Su figura 
esbelta y distinguida y la hermosura ajada, pero 
interesante, de su rostro causaron favorable im- 
presión en los circunstantes. Al pasar para ocu- 
par su sitio, no se dignó arrojar una mirada á su 
antiguo confesor. Estaba más pálida que de or- 
dinario, más ojerosa; pero en su mirada podía ob- 
servarse una vehemencia y un brillo inusitados. 

El presidente le hizo las preguntas de la ley, 
en tono respetuoso y hasta galante. Respondió 
con notable claridad y precisión. 

— ¿Es cierto — le preguntó el presidente — que 
ha sido usted objeto de una agresión maliciosa 
y escandalosa por parte del procesado? 



LA FE 



397 



— Sí, señor. 

— Relate usted lo ocurrido en la forma que 
usted crea más oportuna, sin separarse de la 
verdad. 

— Muy poco tiempo después de llegar el pa- 
dre Gil á Peñascosa y desempeñar el cargo de 
excusador, empecé á confesarme con él. Le en- 
contré prudente, advertido y extraordinariamen- 
te piadoso. El respeto que yo tenía á su talento 
y la admiración á sus virtudes eran tan gran- 
des que algunos maliciosos de la población pu- 
dieron muy bien figurarse que existía una incli- 
nación en mí hacia su persona. Yo no puedo ne- 
gar que le profesaba estimación y cariño. Du- 
rante el tiempo que fué mi confesor, jamás noté 
en él más que una estimación espiritual á ve- 
ces, no siempre, porque ordinariamente se ma- 
nifestaba severo y poco comunicativo. Sólo en 
los últimos tiempos empecé á observar que se 
detenía más tiempo que antes en las confesio- 
nes (risas y murmullos en el auditorio); que procu- 
raba prolongarlas entrando en conversaciones 
que nada tenían que ver con ellas. No hice apre- 
cio de esto, ni tampoco de que alguna vez al des- 
pedirnos me retenía la mano entre las suyas 
largo rato. (Más risas. El presidente agita la cam- 
panilla.) Lo atribuía á la confianza que habíalo- 
grado inspirarle, porque tenía, al menos en la 
apariencia, un carácter tímido y retraído. Hace 



398 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ya lo menos un año que le manifesté deseos de 
entrar en un convento, pero se opuso tenazmen- 
te á ello. De vez en cuando volvía á la carga ro- 
gándole que me ayudase á llevarlo á cabo. Siem- 
pre encontré la misma resistencia. Hasta que re- 
pentinamente, pasados algunos meses, me dijo 
un día que encontraba mi proyecto muy bueno y 
muy santo, y que estaba dispuesto á prestarme 
los medios para realizarlo. Lo primero que se 
me ocurrió, como es natural, fué solicitar el per- 
miso de mi padre. El P. Gil se opuso á ello. Me 
dijo que por entonces no era conveniente; más 
adelante ya veríamos. Empezamos á tratar la 
cuestión de convento. Yo quería entrar en las 
Agustinas de Lancia, pero él me dijo que cono- 
cía un convento de Carmelitas en Astudillo que 
era el que me convenía. Era un convento que 
no tenía más que diez ó doce monjas, muy tran- 
quilo, muy apartado, un verdadero rinconcito del 
cielo, como él decía. (Risas.) Preparamos la ex- 
pedición. Se ofreció á acompañarme. Yo no ce- 
saba de instarle para que mi padre tuviese noti- 
cia del proyecto. No se oponía abiertamente á 
ello, pero lo iba dilatando. Por fin, cuando llegó 
el momento de realizarlo, me dijo que creía más 
prudente no darle parte. El pobre iba á tener un 
disgusto muy grande. Acaso viendo la posibili- 
dad de desbaratarlo se opondría, mientras que 
sabiéndolo cuando ya estuviese hecho, no ten- 



LA FE 



399 



dría más remedio que resignarse. En fin, me 
alegó una porción de razones que concluyeron 
por convencerme... 

Aquí hizo una pausa la querellante; se llevó 
la mano á la frente, como si le doliese traer á 
la memoria lo que iba á decir. Un gesto digno 
de una actriz de primer orden. 

— Salimos un martes al amanecer. Lo había 
preparado todo perfectamente. El día anterior 
había ido á Lancia y trajo una carretela que 
dejó en las inmediaciones de Peñascosa. Du- 
rante el camino hablamos poco. Yo iba inquie- 
ta y triste. No entramos en Lancia, sino que 
seguimos á la Reguera para tomar allí el tren. 
Esperamos bastante tiempo y dimos un paseo 
por la orilla del río. Nada me dijo entonces que 
pudiera hacerme concebir sospechas. Sólo cuan- 
do estuvimos en el tren y quedamos solos, noté 
que me miraba fijamente y de un modo par- 
ticular. Yo me fui al opuesto rincón. Traté de 
descansar y quise quitarme los zapatos porque 
me lastimaban. Entonces él se brindó á sacár- 
melos, y sin esperar contestación se puso á ha- 
cerlo. (Rumores y risas. El presidente amenaza 
con despejar la sala.) A mí, á la verdad, me dio 
aquello vergüenza y quedé muy inquieta. Me 
pesaba ya muchísimo de haber ido con él. Pro- 
curé disimular, sin embargo, porque empezaba á 
tener miedo. Llegamos á Palencia y mandamos á 



400 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



buscar caballos para ir al día siguiente á Astu- 
dillo. Pero al día siguiente me sentí muy mal. 
La emoción del viaje me había descompuesto los 
nervios. Me esperaban, por desgracia, otras más 
fuertes. El padre entró á verme; se sentó á la 
cabecera de mi cama, y después de algunos lu- 
gares comunes, empezó á hablarme de amor 
como un galán cualquiera. Me hizo una declara- 
ción. Yo estaba aterrada y escandalizada. Me 
dijo que sólo había ideado aquel viaje con el 
objeto de marcharse conmigo, que podríamos ir 
al extranjero y vivir como marido y mujer... una 
serie de cosas escandalosas que me dejaron yer- 
ta. Tuve fuerzas, sin embargo, para responder- 
le. Lo hice con tal energía, porque estaba como 
loca, que le asusté. Le amenacé con gritar si no 
se marchaba inmediatamente... 

Obedeció. Llegó el ama después á verme, y 
estuve por decirle lo que me había pasado, pero 
me contuve. Sentía en el alma dar un escán- 
dalo y perder á un sacerdote. Me pareció me- 
jor disimular. Envié un recado al padre para 
que almorzase solo y viniese después á verme. 
Mi objeto era hacer que reflexionase un poco y 
rogarle que escribiese á papá ó le telegrafiase 
para que viniese á recogerme, con pretexto de 
que estaba enferma y no podía entrar en el con- 
vento. Llegó después de almorzar; pero en vez 
de presentarse arrepentido por lo que había 



LA FE 



401 



hecho, comenzó otra vez á solicitarme de un 
modo más feo, más asqueroso que antes. Enton- 
ces le hablé como debía, recordándole sus debe- 
res y la confianza que había depositado en él. 
No hizo caso. Viéndome perdida, porque trata- 
ba de pasar de las palabras á las obras, cogí un 
Santo Cristo de ébano que había sobre la mesa 
de noche y lo puse delante de mí, diciendo: ¡Se- 
ñor, protegedme!... Entonces él, como si viera el 
diablo, se marchó corriendo... 

Después tuve dos ataques muy fuertes. Creí 
que me moría. Cuando pude coordinar las ideas, 
era ya cerca de noche. El ama me dijo que ha- 
bía salido de casa y no había vuelto. Encargué 
que le avisaran para hablarle por última vez y 
resolverme ó no á dar parte de lo que ocurría. 
No quiso venir, temiendo sin duda mi indigna- 
ción. Caí con otro ataque, y el ama sin duda fué 
á buscarle, porque cuando abrí los ojos estaba 
él á mi lado. Pedí al ama que me hiciese una taza 
de tila... En cuanto quedamos solos, sin mediar 
palabra alguna se arrojó sobre mí, cubriéndo- 
me la cara de besos, apretándome con tal fuerza 
que pensé morir... Aturdida y horrorizada, lan- 
cé algunos gritos, pero él los sofocó poniéndome 
la mano en la boca... Luché con desesperación, 
y Dios me dio fuerzas para desprenderme de 
sus brazos y saltar de la cama... Pero apenas ha- 
bía puesto los pies en el suelo, me encontré 

27 



402 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



otra vez sujeta y con la boca tapada... Force- 
jeamos un rato, pero aquella lucha no podía du- 
rar mucho tiempo... Al fin, perdí el sentido... 

Una emoción violenta corrió por la sala. Hubo 
un rumor prolongado. Todas las miradas, fijas 
hasta entonces en la querellante, se dirigieron 
hacia el acusado. El P. Gil había escuchado 
aquella infame declaración, primero con sor- 
presa, después con una triste compasión, que 
los circunstantes, impresionados por las pala- 
bras de la joven, no supieron leer en sus ojos. 
Aquella actitud tranquila, aquella mirada per- 
sistente, fija sobre su acusadora, siguió atribu- 
yéndose á cinismo. 

Era difícil que sucediese de otro modo. Obdu- 
lia había mostrado, bajo el latigazo de la ira, un 
talento diabólico. Su palabra y sus ademanes, 
un poco exagerados, vibraban de indignación. 
Su mirada no se cruzó jamás con la del sacerdo- 
te; pero supo bien dar á este miedo el aspecto 
de desprecio. 

— Deseo que manifieste la querellante — pre- 
guntó el abogado defensor — cómo es que, habien- 
do sucedido todo lo que acaba de declarar, se 
confesó después única autora de aquella fuga y 
nada dijo hasta trascurrido mucho tiempo de la 
violencia de que fué objeto. 

— No he dicho nada por vergüenza. Creo que 
cualquiera mujer haría lo mismo en mi caso. 



LA FE 



403 



¿Qué ganaba con revelar estas cosas tan sucias? 
Sólo cuando vi mi honra por los suelos, sólo 
cuando llegó á mis oídos lo que se decía en Pe- 
ñascosa, me aventuré á confesarlo á mi padre. 
Por mandato de éste me encuentro aquí, que de 
otro modo tampoco hubiera venido. 

Á todas las preguntas que le hicieron, tanto 
el presidente como los letrados, respondió con 
admirable serenidad y viveza. Ni un momento le 
faltó su imaginación. 

El defensor del P. Gil propuso al fin el careo 
con D. a Josefa. Entró ésta de nuevo y clavó una 
mirada iracunda en Obdulia, la cual le pagó con 
otra de afectado desprecio. A instancia de la pre- 
sidencia relató de nuevo la escena en que el 
P. Gil arrojó de casa á su penitenta. A las pocas 
palabras ésta dio señales de agitación y se puso 
horriblemente pálida. 

— ¡Falso, falso! — gritó sin poder contenerse. 

— ¿Es falso que entró usted en la habitación 
de mi amo diciendo: «¡Padre, aquí me tiene us- 
ted!», y que mi amo, sin contestar palabra, se 
levantó de la silla, la cogió á usted por un brazo 
y la puso de patitas fuera del gabinete? 

— ¡Mentira!... Esa mujer está loca... Por sal- 
var á su amo inventa una calumnia. 

— No estoy loca, no, ni calumnio á nadie... 
La que calumnia á un sacerdote es usted, picara, 
que tiene que dar cuenta á Dios de su maldad... 



404 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Repórtese la testigo — dijo el presidente. — 
Repórtese también la querellante, ó me veré 
obligado á expulsarlas de la sala. 

Pero ni una ni otra hicieron caso de la ame- 
naza. Obdulia siguió gritando: 

— ¡Falso! ¡Miente usted! 

— La que miente es usted, que quiere por or- 
gullo perder á un sacerdote... ¡á un santo! 

— ¡Silencio! — gritaba el presidente golpeando 
con la campanilla. 

— ¡Buen santo te dé Dios! — exclamaba la jo- 
ven con sonrisa sarcástica. — No calumnie usted 
á los demás por salvarle á él. 

— ¡Basta! Expulsad del local á estas muje- 
res — profirió el presidente, dirigiéndose á los 
hujieres. 

— ¡La calumniadora eres tú!... ¡Tú, bribona! 
¡Bribona!... ¿Porque te ha despreciado le acu- 
sas, infame? ¿No temes que se abra la tierra y te 
trague?... 

En aquel momento un hujier la cogió por un 
brazo y la empujó brutalmente hacia la puerta. 
Pero D. a Josefa, hasta que llegó á ella, siguió 
gritando: 

— ¡No hay justicia que azote á esa mala mu- 
jer, que la emplume!... ¡Bribona, que has anda- 
do siempre detrás de los curas, como una perra 
salida!... ¡Meterla en un baño de agua fría para 
que se refresque!... 



LA FE 



405 



Otro hujier fué á expulsar á la otra; pero en 
el momento de acercarse, Obdulia se desplomó, 
acometida de un síncope. Su abogado y las per- 
sonas que estaban cerca acudieron á socorrerla. 
Se la trasladó al despacho del secretario. Dos 
médicos del concurso fueron espontáneamente á 
visitarla. 

Terminada la prueba, y después de descansar 
unos minutos, el presidente concedió la palabra 
al acusador privado. 

Su discurso fué, como se esperaba, elocuente 
y sañudo. Tenía la voz velada á causa de una 
bronquitis crónica: cuando quería elevarla resul- 
taba chillona, estridente. La palabra era fluida, 
aunque abundaba en los lugares comunes del pe- 
riodismo. En Lancia nadie sabía hablar con esta 
tersura. Pintó al P. Gil como un ser hipócrita, 
rastrero, alimentando en secreto pasiones ver- 
gonzosas, ocultándolas con cuidado por el temor 
de perder su posición. Estas pasiones son frecuen- 
tes en los clérigos, en quienes un régimen de hol- 
ganza y una vida muelleysedentaria las excitan... 

Como insistiera demasiado en esto, el presi- 
dente le llamó al orden. 

Describió el delito con una crudeza pintores- 
ca á propósito para impresionar al tribunal. Un 
plan odioso trazado de antemano y llevado á 
cabo con firmeza y habilidad implacables. Abu- 
so de confianza primero, ataque al pudor des- 



406 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pués; por último, una cobarde y sacrilega viola- 
ción. Las pruebas eran concluyentes. Con vigor 
y sutileza al mismo tiempo las fué acumulando 
todas sobre la cabeza del presbítero para concluir 
con este párrafo: 

— Y por si' todos estos datos irrecusables no 
fuesen bastante á demostrar palmariamente la 
premeditación del crimen, voy á aducir otro. Se 
dice, y todos están conformes en ello, que el pa- 
dre Gil llevaba á su hija de confesión á un con- 
vento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien, 
excelentísimo señor... en Astudillo no hay con- 
vento de Carmelitas. ¿Quiere más el tribunal? 

El discurso fué corto y contundente. Al termi- 
nar se sintió un murmullo aprobador, de mal 
agüero para el procesado. 

El defensor de éste era un abogado de expe- 
riencia é inteligente, pero que carecía en abso- 
luto de las dotes oratorias de su contrincante. 
Tenía palabra abundante, pero era monótona, 
pesada, más á propósito para dilucidar algún 
punto oscuro en un expediente civil que para 
arrastrar el espíritu del tribunal y del público. 
Se entretuvo con suma prolijidad á reconstituir 
el sumario buscando informalidades, llamando 
la atención del tribunal acerca de pormenores, 
algunos de ellos insignificantes. Nada de entrar, 
como debiera, en el carácter de la querellante, 
de hacer resaltar el trastorno crónico de su sis- 



LA FE 



407 



tema nervioso, la violencia sorprendente de sus 
sentimientos, lo mismo el amor que el odio, 
la susceptibilidad enfermiza de su amor propio 
que parecía desprovisto de piel y en carne viva 
siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el 
verdadero génesis de aquella acusación extraña. 

Habló cerca de hora y media. Al terminar, lo 
mismo el tribunal que el público, estaban visi- 
blemente fatigados. Rectificó brevemente el acu- 
sador privado algunos errores de hecho. Sostú- 
volos el defensor, según era su condición, larga 
y prolijamente. De tal modo, que el fastidio en- 
gendrado por su primer discurso se multiplicó 
notablemente en el segundo. 

Por último, el presidente hizo sonar la campa- 
nilla y, encarándose con el acusado, dijo: 

— En vista de las pruebas que acaban de prac- 
ticarse y de los informes de los señores letrados, 
¿tiene el procesado algo que manifestar al tri- 
bunal? 

El P. Gil se levantó de su banco y paseó una 
mirada tan suave como vaga por la sala. Pare- 
cía que le despertaban de un sueño. Tardó al- 
gunos instantes en hablar. Reinó en el auditorio 
silencio profundo y ansioso. A pesar de la atmós- 
fera desfavorable que habían formado en torno 
suyo, su figura delicada, poética, donde resplan- 
decía la humildad, no podía menos de causar 
impresión favorable. 



408 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Soy inocente del crimen que se me imputa. 
En las manos de Dios, en quien he dejado hace 
tiempo todos mis pensamientos y cuidados, dejo 
ahora también mi sentencia. Cúmplase su vo- 
luntad. 

Estas sencillas palabras, pronunciadas con 
lentitud, causaron una conmoción eléctrica en 
el concurso. Por un instante se entrevio la ver- 
dad como á la luz de un relámpago. Pero las ti- 
nieblas cayeron de nuevo en la sala y se espesa- 
ron dentro de las más perspicuas inteligencias. 
No faltó quien murmurase que los curas, por 
malvados que fuesen, tenían siempre en los la- 
bios estas palabras. El presidente le respondió 
con su acritud acostumbrada: 

— Bueno; más adelante le juzgará Dios. Por 
lo pronto van á juzgarle á usted los hombres. 




El oficial de sala de la Audiencia que fué á 
leerle la sentencia á la cárcel se creyó en el 
deber de prodigarle consuelos. El caso no era 
desesperado. El Tribunal Supremo podía aún 
casar la sentencia. Si esto no sucediese, él era 
todavía joven y volvería seguramente del presi- 
dio, sobre todo teniendo en cuenta las rebajas 
de tiempo que el gobierno otorga de vez en cuan- 
do, etc., etc. 

— Gracias, gracias, señor — dijo el presbítero, 
cuya fisonomía expresaba una calma profunda, 
una serenidad íntima que llamábala atención. — 
Usted me cree muy desgraciado, ¿verdad? 



410 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Mucho... Me inspira usted una gran com- 
pasión — respondió con cara compungida el 
curial. 

— ¿De modo que no se cambiaría usted por mí 
en este momento? 

El empleado hizo una mueca de susto. 

— Por desgracia... Ya comprenderá usted... 
¡El caso es terrible!... 

El P. Gil permaneció un instante mirándole 
fijamente con una dulzura no exenta de lásti- 
ma, y dijo al fin, poniéndole una mano sobre el 
hombro: 

— Pues haría usted mal, señor, haría usted 
mal. Podía usted muy bien dar su libertad, su 
honor , su posición y su familia por hallarse 
como yo... y todavía saldría usted enormemente 
ganancioso. 

El curial le miró con estupor. Por sus ojos 
pasó después un relámpago de inquietud, temien- 
do hallarse frente á un loco, y se apresuró á des- 
pedirse y salir. 

Quedó solo el sacerdote. La celda en que se 
hallaba era lóbrega y sucia. Un catre de hierro, 
una mesilla de pino, una cómoda tosca y algu- 
nas sillas de paja componían todo el mobiliario. 
Por la única ventana enrejada que la esclarecía, 
abierta á bastante altura, entraba en aquel mo- 
mento un haz de rayos de sol. El P. Gil, des- 
pués de permanecer un momento inmóvil en ac- 



LA FE 



4 II 



titud reflexiva, fué á colocarse debajo de aque- 
llos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repenti- 
namente, brilló con reflejos de oro, su tez blan- 
ca adquirió una trasparencia singular. Su cuer- 
po fino, delgado, vestido con negra sotana, pa- 
recía una columna de ébano destinada á sostener 
aquella cabeza. 

Dejóse anegar por la onda tibia, bebiendo len- 
tamente su dulzura, palpitando bajo su caricia 
como un pájaro prisionero. Alzó los ojos á la 
ventana. Por entre las rejas percibió el azul del 
firmamento, trasparente, infinito, convidando á 
volar por él. 

El cielo reía. Pero más alegremente que el 
cielo reía su alma, inundada de gozo embriaga- 
dor. En el fondo de su ser también brillaba el 
infinito azul. Desde que la Gracia le había visi- 
tado vivía en perpetua fiesta. Sus ojos, ilumina- 
dos bruscamente, contemplaban el Universo en 
su naturaleza ideal. Todos los velos tendidos 
por la razón habían caído al suelo: el gran se- 
creto de la existencia se le revelaba directamen- 
te con admirable claridad y pureza. 

Detrás de esta vida aparente que nos rodea 
vió la vida real, la vida infinita, y entró en ella 
con el corazón henchido de alegría. En esta vida 
infinita todo es amor, ó lo que es igual, todo es 
felicidad. Entrar en ella es poner el pie en el 
imperio de la Eternidad. Es la vida del espíritu. 



412 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El mundo no puede cambiarla ni el tiempo des- 
truirla, porque es ella el principio mismo del 
tiempo y del mundo. Gustó la vida en Dios; vi- 
vió más allá del tiempo en la fuente misma ideal 
y perenne del mundo imaginativo que nos en- 
vuelve. Sus días ya no se deslizaban tristes y 
ansiosos como una porción del tiempo. Ya no 
sufría el torcedor de la voluntad; no exhalaba 
quejas lastimeras sobre sus pecados, sobre sus 
resoluciones vencidas, porque no amaba ya sus 
propias obras, por buenas que fuesen, como an- 
tes, sino únicamente lo Eterno. Porque las obras 
tienen su origen en la persona, y él se había 
despojado de la suya; la había negado con firme- 
za. En medio de una santa y dulce indiferencia 
dejaba que Dios obrase dentro de su espíritu. 
Exento para siempre de duda y de incertidum- 
bre, sabía que no debía querer más que una cosa, 
y que todo lo demás se le daría por añadidura. 
Estaba seguro de que la fuente de amor divino 
que había brotado en él no se agotaría jamás, y 
que este amor le guiaría eternamente. El temor 
de la destrucción por la muerte ya no le turbaba. 
La muerte, desde que había entrado en la vida 
de la eternidad, era para él incomprensible. No 
necesitaba bajar á la tumba para obtener esta 
vida eterna. Bastábale unirse de corazón á Dios 
para poseerla y para gozarla. 

Averiguó, en fin, de una vez para siempre, 



LA FE 



413 



que el hombre no puede salvarse del dolor y de 
la muerte por la razón, sino por la Fe, esto 
es, por un conocimiento distinto y superior del 
que aquélla puede darnos. Desde que este cono- 
cimiento iluminó su espíritu, alcanzó la felici- 
dad absoluta. Sin inquietud por lo porvenir, sin 
sentimiento por lo pasado, no apeteciendo nada, 
no rechazando nada tampoco, su vida se desli- 
zaba tiempo hacía como un sueño feliz, como 
una dulce embriaguez. Dejó caer el plomo de 
los deseos y las tristezas que le ligaban á la tie- 
rra. Desprendido de toda ilusión y de todo es- 
fuerzo, sin temores de aniquilamiento ni espe- 
ranzas egoístas de resurrección, por la virtud de 
la Fe y del amor supo reproducir en su alma 
el verdadero reinado de Dios. 

Sólo breves instantes permaneció así inmóvil, 
recibiendo el beso cálido del astro del día. No 
tardó en representársele que aquél era un goce 
de los sentidos, y haciendo un gesto de desdén, 
fué á sentarse en el ángulo más oscuro de la es- 
tancia. Sólo renunciando á los placeres, sólo 
buscando el sufrimiento y señoreando sus senti- 
dos había llegado á aquel estado de beatitud, de 
sublime indiferencia. 

— ¿Para qué necesito los rayos de ese sol — se 
dijo, — si el fuego que arde dentro de mi alma me 
calienta y me conforta mejor? ¿Qué vale esa luz 
efímera, comparada con esta otra que no se os- 



414 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



curecerá jamás? Vivir en la vida de los sentidos 
es ser un esclavo del tiempo y la necesidad. 
Todo lo que no pertenezca al ser interior y libre 
que dentro de mí he conseguido hallar me es 
extraño é indiferente. ¡Oh, no! No temblaré ya 
como un esclavo. Tengo la conciencia de mi li- 
bertad. No necesito morir para recobrarla. Este 
sentimiento de mi libertad me llena de gozo, soy 
un emancipado y llevo impreso en el alma el se- 
llo de mi Dios. Nada de lo que sucede, nada de 
lo que sucederá puede alterar la paz de mi cora- 
zón. El pulso de mi vida interior batirá con la 
misma fuerza hasta que suene la hora de dejar 
este mundo. He comido de la carne y he bebido 
de la sangre del Redentor, y según sus promesas, 
yo habito en El y El habita en mí. Soy un hijo 
de la Eternidad. He -recogido la herencia de mi 
Padre, y nadie, ¡nadie me la podrá arrancar!... 

El cerrojo de la puerta sonó con estrépito. 
Apareció el llavero, un hombre grueso, con la 
faz colorada, los ojos llenos de carne, el traje 
sucio y grasiento, y alrededor del abultado ab- 
domen un cinturón ancho de cuero guarnecido 
de llaves. Sin dar los buenos días ni hacer una 
mínima señal de cortesía, volvió el rostro hacia 
el pasillo, diciendo: 
— Pasen ustedes, señores, pasen ustedes. 
Detrás de él aparecieron dos caballeros con 
levita y sombrero de copa. El uno alto, rubio, 



LA FE 



415 



con larga barba que le llegaba hasta la mitad 
del pecho, fisonomía abierta y simpática; joven 
aún. El otro más bajo y más delgado, de color 
enfermizo, barba rala y gafas. El primero era 
un médico distinguido de la población. El se- 
gundo, un jurista muy aficionado á los estudios 
penales y que había publicado ya varias mono- 
grafías referentes á ellos. 

Levantóse el P. Gil al verlos. Ellos le saluda- 
ron cortésmente, aunque sin darle la mano. 

— Bueno; ahí les dejo á ustedes con el pater — 
dijo el llavero con grosería. — Avisen ustedes 
cuando quieran salir. 

Y se fué. 

El abogado dio un paso hacia el penado, y le 
dijo con amable sonrisa: 

— Desearíamos, si usted no tiene inconvenien- 
te en ello, hacerle algunas preguntas... 

— Son ustedes muy dueños — respondió el sa- 
cerdote, clavando en él una mirada límpida 
que consiguió turbarle. 

El médico se adelantó también, y sacando la 
petaca le ofreció un cigarro puro, preguntándo- 
le al mismo tiempo: 

— ¿Qué tal? ¿Le tratan á usted bien por aquí? 

— Muchas gracias, no fumo... Sí, señor, me 
tratan bien. Hay más caridad en la cárcel de lo 
que ordinariamente se dice. 

Entablóse una conversación animada. Procu- 



416 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



raron, lo mismo el médico que el jurista, ha- 
cerla cada vez más íntima y familiar, enterán- 
dose con interés de los pormenores de su vida 
cotidiana. Pasaron después insensiblemente á 
interrogarle acerca de su infancia, de las pri- 
meras impresiones de su vida, de su educación, 
y se detuvieron particularmente en la adoles- 
cencia. ¿Cuál era su vida en el seminario? ¿Cuál 
su régimen de alimentación? ¿Era aficionado á 
la soledad? ¿Qué enfermedades había padecido? 
Enteráronse también de algunas particularidades 
referentes á su familia. El suicidio de su madre 
les llamó sobre todo la atención, y se entretu- 
vieron largo rato á preguntarle lo que sabía 
acerca de la que le había dado el ser. Por últi- 
mo, después de una hora de conversación, du- 
rante la cual le miraban con la insistencia per- 
tinaz de quien va á comprar un animal, el mé- 
dico le preguntó: 

— ¿Nos permitirá usted ahora que tomemos al- 
gunos datos acerca de su cráneo y otras me- 
didas?... 

El P. Gil, un poco sorprendido , consintió 
inmediatamente. El médico sacó del bolsillo 
de atrás de la levita un craniómetro y una 
cinta. 

Tomóle la medida del cráneo en redondo, 
después la de la caja ósea que protege el en- 
céfalo, la del ángulo facial, la del largo de la 



LA FE 



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cara; midió la proyección facial y la parietal, 
los arcos zigomáticos y la mandíbula... 

Al llegar aquí, el médico y el jurista cambia- 
ron una rápida mirada significativa. 

— ¿Nos hace usted el favor de abrir los brazos? 

El P. Gil se puso en cruz, mientras una mi- 
rada dulce y melancólica plegaba sus labios. Mi- 
dieron el largo de los brazos. Después el de las 
manos. En este punto, médico y jurista torna- 
ron á cambiar otra mirada de inteligencia. 

Finalmente, luego que se hubieron enterado 
de todo lo que quisieron, despidiéronse de él 
muy cortésmente, dándole muchas veces las gra- 
cias por su amabilidad y procurando animarle 
con buenas razones. 

Al día siguiente aparecía en El Porvenir de 
Lancia, firmado por el abogado criminalista, un 
artículo con el título de Una visita al P. Gil. Ha- 
cíase en él relación exacta de la entrevista, des- 
cribíase con minuciosidad la persona del sacer- 
dote penado, y terminaba con una serie de pro- 
fundas consideraciones científicas acerca de los 
caracteres anatómicos, patológicos y fisiológicos 
que el delincuente presentaba. 

«Entre los datos antropométricos — decía en 
uno de sus párrafos — comunes á todos los cri- 
minales, sólo hemos podido observar cierto pre- 
dominio ligero de la proyección parietal compa- 
rada con la frontal y bastante desarrollo de los 

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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



arcos zigomáticos y de la mandíbula. En cam- 
bio, el P. Gil ofrece en su figura absolutamente 
todos los rasgos que la escuela criminal positiva 
asigna como peculiares á los estupradores y liber- 
tinos; es á saber: el pabellón de la oreja saliente 
é inserto á manera de asa, la mirada brillante, 
la fisonomía delicada (á excepción de la man- 
díbula) , el cabello liso, el cutis mórbido, las 
manos muy largas y algo de afeminado en el 
conjunto.»